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Capítulo 6º- Miedo
El carruaje en el que se hallaba el Máximo Sacerdote Gulen Selen-Et acababa de llegar a la plaza Mar Romín. Tuvieron que rodear toda la ciudad por la avenida concéntrica “Isla Isuna”, porqué la Avenida Este estaba, a pesar de las horas de la noche, a rebosar de curiosos que a pesar de las altas horas de la madrugada que eran, todavía se congregaban cómo curiosos alrededor de aquel extraordinario evento que representaba aquel enorme buque.
No podía entenderse mucho la llamada a aquel encuentro. La política era muy reacia a aceptar consejos de los religiosos, y la religión prefería no inmiscuirse en temas políticos. Siempre había excepciones, pues todos somos humanos, y hay mejores o peores personas. No obstante el “ofrecer la harina al panadero, y la moneda al dependiente”, famosa metáfora de Zet, era más o menos la norma a seguir.
El Etallen, incluso el Patriarca Foxel CXI, podrían atreverse a dar una opinión y un consejo, y hasta una hoja de ruta, frente a los nuevos acontecimientos que se presentaban cómo demoledores para el país. Pero aún así, era extraña una invitación cómo aquella para “informarle” a su beatitud sobre qué era lo que ocurría. Y más viniendo del libertino Graden Faunen, personaje que no había hecho más que acaparar competencias que no le correspondían desde que llegó al poder unos años atrás.
De hecho ya tenían suficiente con acallar todos los temores de los que acudían a los templos con el pánico en el cuerpo sobre todas las desconcertantes noticias que habían recibido.
De hecho, es que no ellos mismos sabían cómo desenvolverse en una situación que se antojaba de “irreal”.
El Máximo Sacerdote salió del carruaje por su propia cuenta, sin darle tiempo al sofocado alférez Araren Caen a poder llegar a su puerta para poder abrírsela, cómo marcaba el protocolo.
El protocolo resultaba tedioso y artificioso. Gulen Selen-Et siempre había pensado así. Si Etall fuese tan protocolario, hubiese necesitado Zet cien vidas cómo mínimo para recibir la revelación de su Palabra.
Esa manera de pensar, tan impulsiva para muchos, le había acarreado muchos problemas. No obstante, ahí estaba. Cómo Máximo Sacerdote del carisma “Etall Etall”,
- No sé preocupe – le dijo al llegar el muchacho a él. – las cosas cuanto con más premura, mejor. Todavía me sé manejar.
- Sí, señor – respondió el joven.
- Gulen. – recriminó poniéndole la mano en el hombro en señal de señar de despedida.
- Sí, Gulen – volvió a responder, esta vez extasiado y con la mirada esquiva por lo que seguramente que él opinaba cómo una estupidez.
El sacerdote avanzó unos pasos al frente. Adelante tenía la majestuosa figura del enorme objeto, iluminado por los múltiples focos, que sobresalía sobre cualquier cosa a su alrededor. Por primera vez en mucho tiempo, Gulen pudo darse cuenta que estaba boquiabierto.
Sinceramente, desde lejos parecía grande, pero uno no podía imaginarse cuan gigantesco era hasta que no estaba bajo sus pies. Unos soldados de facciones alienadas le preguntaron por su identidad, para después llevarle dentro del edificio ‘Mar Romín’, a la izquierda de dónde se había parado su carruaje. Al principio se mostró reacio, impactado por aquellas extrañas personas, para después sobreponerse y aceptar su petición.
El alboroto de las voces de los curiosos, apilados detrás de las vallas al comienzo de la plaza ‘Mar Romín’, se hacían llegar hasta su posición cómo agua de lluvia salpicando el cristal de una ventana en mitad de una tormenta.
La forma figurada era adecuada. Para él, todo aquello le parecía el calor previo que desencadena una fuerte tempestad en una noche de verano.
Las puertas del edificio, hechas de madera lacada con detalles florales dorados, estaban abiertas de par en par, y eran custodiadas por unos diez Guardias de Ise. Cinco a cada lado. Dentro, en la recepción del lugar, habían adaptado la zona para convertirla en una especie de embajada improvisada. Unos tres sofás granates, emportrados contra una de las esquinas a la derecha del enorme salón de entrada, a la derecha del punto de información. Con armazón de madera forrados con algodón formaban un cuadrado que rodeaba una sencilla mesa rectangular de no más de cuatro cenbras de longitud en su interior. Sentados en ellas estaban Faunen y el ministrum Joen Men en el asiento en frente a la entrada; un general de la Guardia de Ise, a mano izquierda de los anteriores; y dos perfectos desconocidos a la derecha con uniformes grises muy parecidos a los que estaban acompañándole desde que salió del carruaje. La estancia era iluminada por las numerosas lámparas de corriente colgadas en el techo en forma de elegantes arañas de siete brazos, y en particular por una pequeña de aceite en el centro de la mesa, rodeado por múltiples papeles.
- ¡Reverencial Gulen Selen-Et! – soltó Graden Faunen levantándose cómo si tuviese dinamita en el trasero. – Nos alegramos de verle. Es una lástima que su Beatitud no pudiese venir en momentos tan transcendentes – Tenía la cara completamente brillante de todo lo que debía haber sudado.
¿Graden Faunen nervioso? Eso era nuevo.
Aunque para nada extraño dadas las circunstancias. El propio Gulen se estaba percatando de cómo su corazón estaba a punto de salírsele del pecho.
- Foxel CXI es ya muy mayor, y la salud le abandona por momentos, cómo ya lo sabe, Faunen. – respondió de forma poco cortés. No le gustaba nada ni él, ni ninguno de los congregados.
¿Estaban decidiendo el futuro del país aquel “grupejo” de cinco impresentables?
El lugar, no obstante estaba rodeado por multitud de hombres, ya fuesen por Guardas de Ise, o por los uniformados de gris, que resultaban claramente otro tipo de cuerpo militar venido en aquel desmesurado buque atracado solo unos decbras atrás.
- Nos lo habíamos figurado. – inquirió el hombre con claro nerviosismo en su voz. – Déjeme que haga las presentaciones. – Pidió volviéndose al resto de los reunidos, que se levantaron para realizar el saludo pertinente.- Les presento al Máximo Sacerdote, su Reverencial Gulen Selen-Et, del carisla “Etall Etall”, y nombrado Portavoz del Etallen por su Beatitud Fexel CXI.
A Gulen le mareaba tanta pomposidad. Demasiado artificiosa.
- Nos honra con su presencia, – saludó acercándose a él a estrecharle la mano uno de los dos forasteros de la derecha de Faunen, el de piel más clara, y de rasgos menos exóticos. – Mi nombre es Walash Karen, capitán del “Nuenia Triada”, el precioso buque que ya habrá podido observar en este acogedor puerto.
- El honor es nuestro – estrecho el saludo en respuesta, atónito, una vez el capitán se colocó a su altura, a escasas cenbras de distancia de dónde estaban el resto - ¿Walash?
- Sí, puedo entender que nuestros nombres propios le resulten extraños. – aclaró el capitán – Yo al tener una orgullosa ascendencia Romín, tengo cómo ustedes un apellido con la típica terminación que resulta tan característica. Sin embargo, mi familia materna es de la casta Soltia. De ahí que le resulte tan extravagante para ustedes.
- ¿Soltia? – preguntó Gulen al recordar vagamente aquella denominación. – Insinúa que desciende de los antiguos habitantes del desaparecido país de Soltia?
- Al igual que mi querido primer oficial, el teniente Wharf Wonag – le informó girando para presentarle debidamente.
El alto hombre de piel marrón tosió.
- Un placer conocerle, Reverencial. – saludó con ciertos reparos.
A Gulén le asqueaba todo aquello. Nombres raros, caras raras, pieles raras y demasiado parafernalia a la hora de hablar que disfrazaba las verdaderas intenciones de los interlocutores con enrevesadas mentiras.
- El placer es nuestro, Wharf.
El militar disimuló un gruñido, claramente molesto por haber sido llamado por su nombre y no por su rango y apellido.
- Le veo distraído, Reverencial. – le invitó el capitán a sentarse poniendo su mano en la espalda del sacerdote. – Imagino que son demasiadas novedades para usted. Siéntese y le explicaremos porque le hemos solicitado su presencia.
- Tranquilo, sé el camino. – se zafó el hombre – Solo estoy anodado por la presencia de una raza que dábamos por muerta hace mucho tiempo. – se sinceró sentándose al lado del general de la Guardia de Ise.
- ¿Quiere algo de beber? – preguntó el alto rango entre susurros a su oído. – Lo necesitará.
Gulen negó con la cabeza. Agradeció la bondad de aquel hombre, pero siguió mostrándose desconfiado. Era lo mejor entre aquella jauría de impresentables. Todo aquello le venía demasiado grande.
- Bueno, amigos – pidió Gulén acomodándose el alba verde y su capa negra también aterciolepada, por debajo de sus piernas para no arrugárselas. – comencemos directos y sin rodeos políticos, ¿qué es lo que realmente desean de este humilde servidor de Etall?
Jamás lo habría imaginado. Cuando le ofrecieron aquel maldito trabajo de mercenario, nunca pudo pensar que se verían envueltos en una batalla contra el mítico cazador de barcos que había estado los últimos meses minando todas las comunicaciones de Ise.
Era algo inconcebible. Si aquello era realmente el enemigo, no le extrañaba que nunca hubiese dejado rastro alguno, y que todos los supervivientes acabaran locos.
Pero para desgracia de aquella bazofia voladora, estaban preparados.
El subteniente Fenen, de incógnito en el navío de lujo “Mar de Ise” como su capitán, había estado estudiando las declaraciones de los que pudieron sobrevivir a los ataques previos al que estaban sufriendo en ese instante, desde los distintos barcos, hasta la misma destrucción de la localidad del la isla Isune. Todos coincidían en el mismo común denominador. Algo blanco, grande y volante.
No era mucho. Y jamás habría imaginado que sería una especie de balón apepinado. Era sumamente silencioso, atacaba por sorpresa, y desaparecía con la misma determinación.
Pero aquella noche, las lunas estaban casi llenas, e irradiaban una luz que permitía aventurar cual sería el siguiente movimiento de aquel objeto.
Ante todo, Fenen era un profesional. Reconocía que aquella situación le venía grande. Y reconocer las propias limitaciones, hace a uno ser el mejor ante las situaciones. No dejaría llevarse por la locura. Mucho menos con la ventaja que contaba aquel barco con respecto a los anteriores.
Cañones.
También su audacia a la hora de esquivar los proyectiles que dejaba caer aquel monstruo. Desde que el ataque hubiese empezado hacía ya quince minus, pudo observar que no disparaba la munición. Simplemente la dejaba caer encima de sus objetivos. Y al caer explotaban. El “Mar de Ise” era un navío lo suficientemente ágil cómo para esquivar aquella cosa antes de que se colocara encima de ellos. Sobre todo si se tenía en cuenta la dirección del viento.
El enemigo era extraordinariamente sensible a este último, a pesar de las enormes hélices que poseía a cada lado de su barcaza inferior, y que parecían otorgarla la capacidad de maniobralidad.
- Capitán Rulen – le gritaron por su nombre de tapadera detrás de él, manejando el timón y dando órdenes a pleno pulmón. Se encontraban en el puente, en la cubierta superior del buque. – Somos incapaces de dar blanco. No tenemos ni potencia ni visibilidad. ¡Está demasiado alto y oscuro!
El Sub-teniente se volvió. Era un Guarda de Ise apostado en la puerta colocada al lateral de estribor, al fondo de la estancia. Pertenecía al pelotón que, a órdenes del Teniente Groen Sen, hacían de escolta del barco cómo había ordenado el gobierno a todos los barcos que zarparán después de la instauración del Estado de Excepción. Estaban a sus órdenes por mandato expreso del anterior.
- ¡Lancen las puñeteras bengalas! ¡Lancen esas mierdas de bengalas! – le ordenó - ¡¿Por qué no las han lanzado cómo ordene?!
Todavía no entendía porque el condenado cabo Quenen no había tomado cartas en el asunto. Las órdenes de pegarle bengalas para delatar su posición había sido dada cinco minus antes.
- ¡Señor, con eso no…!
- ¡Láncelas! ¡Que se claven en su maldito cuerpo!
- Con el debido respeto…
Una tremenda explosión sacudió el barco por la proa. Todos los presentes, unos ocho marineros, cayeron al suelo. Se levantaron como pudieron.
Fenen miró adelante.
Lo tenían justo enfrente. A menos de una brazada de distancia.
Era imposible esquivarlo.
Estaban muertos. Puñeteramente muertos.
En ese instante una lluvia de veinte luces anaranjadas voladoras sobrevolaron el cielo dejando una estela de humo por detrás.
Demasiado tarde. Si las órdenes hubiesen sido cumplidas eficientemente, no se habrían visto sorprendidos por proa.
- ¡Mujer al agua! – se oyó vociferar a lo lejos, por babor.
Todos muertos. El Subteniente, en un acto desesperado, giró en redondo el timón a babor y ordenó entre bramidos invertir las hélices al primer oficial, la disfrazada alférez Fualenen.
Empezaron a virar, pero estaba claro que no sería suficiente. La inercia, si no los hacía volcar, les llevaría hasta las fauces de aquella abominación y serían bombardeados desde las alturas.
Mientras, podían verse como las silbantes bengalas alcanzaban su objetivo. Al ser más ligeras, llegaban más alto. Y una vez allí, se pegaban en la cubierta.
- Imbéciles. ¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde! – gritó con furia desmedida el sub-teniente, mientras gesticulaba locamente con los brazos en alto. - ¡Vamos a morir pos culpa de su…!
Fue tan inesperado, que cortó sus despropósitos contra sus subordinados, y quedó con su cara congelada en aquel gesto como si de una fotografía se tratase.
Mientras viraban con violencia a babor, el enemigo flotante se ilumino cual antorcha para inmediatamente explotar en mil pedazos. La noche se hizo día, y la onda expansiva destrozó todos los cristales del puente del “Mar de Ise”, de tal manera, que el barco, ladeado, hizo amagos de voltearse. Todos se tiraron al suelo, mientras Fenen giró en sentido contrario el timón del navío como un intento vano de evitar un desgraciado desenlace.
Fue por muy poco. El suelo se inclinó en un ángulo demasiado alto, y los que no estaban sujetos a nada se resbalaron a babor, chocándose con los objetos que tenían a su paso. Los gritos inundaban la sala, solo ensordecidos por el chirriar del barco y los ecos de la explosión de la enorme bestia blanca. A los pocos mecones, reaccionó en sentido contrario y se ladeo hacia el otro sentido, a estribor, como si de un huevo se tratara. Estuvieron repitiendo ese proceso durante un buen rato.
- ¡Paren las máquinas!, ¡paren las malditas…! – Fenen se dio cuenta que no había nadie en pie para cumplir esa orden. Se levantó él mismo, y lo realizó el mismo dirigiéndose a los controles situados a escasos pasos delante del timón. - ¿Están bien todos? – preguntó a la tripulación mientras se levantaban. Nadie dijo nada. Todos emitían gemidos de malestar. Algunos fuertes improperios.
Mientras seguían los vaivenes de estribor a babor, todos levantaron la vista a estribor. El barco había girado perpendicularmente y a su lado se desmoronaba aquel ser sobre las aguas con estruendoso ruido, como si de un castillo de naipes se tratarse. Se veía un armazón de una especie de vigas circulares y perpendiculares, con un color más oscuro sobre lo que era una cubierta blanca, que caían una sobre otra. No se podía adivinar dónde estaría la barcaza que parecía trasportar en la panza.
Pero, ¿por qué? ¿Qué lo había destruido?
Solo las bengalas habían hecho blanco. Eran unas bengalas con forma de arpón que se lanzaban para localizar objetos esquivos en alta mar. Una especie de cañón las disparaba cómo un mortero. En la parte inferior era donde se alojaba la mecha propiamente dicha. Era muy buen sistema contra el contrabando. Pero nunca había hundido ningún barco… y mucho menos podría ser capaz de tirar abajo algo tan…
- ¿Las bengalas serían capaces de tal cosa? – le preguntó por detrás la alférez Fualenen limpiándose la sangre que la manaba de una brecha en su cabeza. Su cabello corto y castaño estaba revuelto y embadurnado en sus propios fluidos.
- Solo si alcanzaran algo inflamable cómo un polvorín… pero solo les hemos dado en su enorme cuerpo. – respondió una voz familiar entrando al puente. – parece razonable pensar que ahí llevaban mucho material inestable. Y al entrar las bengalas en su interior han hecho mucho más que todos nuestros cañones juntos.
- ¿Por qué tardaste tanto en cumplir la orden, Quenen? – se quejó Fenen sin girarse a mirar su estado. El hombre se derrumbó en uno de los asientos empotrados al lateral de babor de la sala
- Lo siento mucho capitán. Esto ha sido un caos. – intentó disculparse. Cuando su superior le vio, pudo observar gran cantidad de cortes, magulladuras, heridas y harapos varios cubriéndole. – Muchas de las bengalas que teníamos preparadas habían quedado inutilizadas en los primeros instantes. Los Guardas no quisieron cumplir la orden de recuperar las de repuesto de la bodega al entender que somos civiles y no tenemos potestad sobre ellos. Tuve que encontrar las de repuesto personalmente.
Fenen suspiró mientras observaba consumirse al monstruo a lo lejos en una nube de rojo fuego. El infierno parecía haber terminado.
- Encendamos motores y acerquémonos a esa porquería a ver que podemos sacar en claro. – ordenó Fenen. – mientras, que alguien haga un recuento de daños. Y preparen botes para rescatar a los que han caído a las aguas. Quiero saber número de heridos. Quiero conocer pérdidas… ¡Lo quiero todo!
- Capitán, todavía… - empezó a decir la alférez.
La sala empezó a vibrar de manera muy extraña. El barco había parado, y solo se alejaban del cadáver del monstruo, dando una especie de giro completo, por la inercia que llevaban.
Lo que aconteció a continuación pareció sacado de las más esperpénticas locuras.
¿Qué puede dar derecho a un Gobierno para hacer cosas injustas? ¿Qué es un derecho, de hecho?
¿Puede acaso esa palabra justificar injusticias? Las personas son libres por naturaleza. Privarlas de ese aspecto entraba en terrenos muy polémicos solo aceptables si dicha persona había herido su propia dignidad moral.
Pero ellos no eran delincuentes. Eran víctimas.
Mucha gente había muerto. Tenían derecho a llorarles. Eran sus familiares, amigos, confidentes…. Sus vidas.
Las vidas de las personas son construidas en gran parte por las vidas de las otras personas, formando entre sí, cuando se observa de lejos, una red de una gran riqueza. Cuando alguien moría, se llevaba mucho consigo. Entre todo eso, parte de las vidas de sus círculos cercanos.
Basán no se merecía ese trato.
¿Acaso Ise consentía tan horrenda manera de actuar?
Enren Gonen no lo comprendía.
En su grupo iban las dos Mauen, su cuñado Anren, los dos Eoren y Moreren. Todos con caras idénticas, con la salvedad de su sobrina. De máximo enfado. A mitad de la noche, habían sido sacados del hospital dónde estuvieron recluidos, sin posibilidad de poder despedirse de los heridos que quedaban, de malos modales, para ser transportados en dos carruajes de vapor hasta la Plaza Mayor de Ísundol, también llamada de “la Constitución”. Allí habían llegado hacía ya un buen rato mientras llegaba el barco que los transportarían a Ásundol, para ser metidos en unas salas de espera de las “Juntas de Abastecimiento”, en el edificio de la isleta central situada en el epicentro de la ciudad, en plena bahía de Ísundol.
Sería uno de los buques insignia, el “Alas Casaben III”. La primera vez que se separaría de la triada que hacía con otros dos buques idénticos de mismo nombre. Demasiado honor para tan deshonrosa manera de actuar.
Lo peor es que tardaría todavía en llegar una mera. Demasiado tiempo cómo para que no hubiesen podido al menos despedirse del resto de superviviente.
La pobre Nuen se quedaría con su abuela Tianen. Mientras, tendrían que apoyarse solamente en Elien, que estaba desquiciada; del muchacho Vamen, que asustaba solo de verle; y de la señora Lamoen Unien, que parecía la única que podría hacer de argamasa entre todos ellos. Un grupo tan heterogéneo, con unos lazos tan débiles que no sabrían cómo reaccionarían en esa situación hasta que se reunieran con ellos en la capital del país.
Para terminar de mejorar, a Enren no se le olvidaba la falta al deber que cometió con Semaren. No podía volver a Basán a buscarle. Él le vio vivo. Transportaba algo o alguien. Era lógico pensar que podría estar vivo.
Pero según pasaron las meras, aquella posibilidad era cada vez más exigua. Habían oído muchos disparos, y la Guardia de Ise no les había facilitado ninguna información al respecto. Si Semaren hubiese seguido con vida, le habrían transportado al hospital con ellos.
¿O tal vez no?
Fuese lo que fuese, hasta que no supiesen la verdad, vivía en una agonía continua agudizada por su sentimiento de culpabilidad. Su hermana Mauen no le había vuelto a dirigir la palabra desde aquel mediodía.
Lo intentó varias veces, pero las palabras cortantes serraron el ambiente como el mejor de los cuchillos.
Sin embargo, en aquel momento, siempre la veía abrazada por el hombro a su hija Mauen. Estaba claro que algo había pasado entre ellas.
- No llevan ninguno equipaje salvo la joven, ¿verdad? – preguntó la señorita sentada con ellos en uno de los bancos de madera situado a espaldas de la única ventana, de no más de dos cenbras de anchura.
La iluminación era a base de una gran lámpara de sencillo diseño cónico de corriente situada en lo alto de la habitación, y varías lámparas de aceite colocadas en las distintas mesillas colocadas a lo largo de la estancia rectangular. La ventana daba al este, por lo que solo se veía mar, si fuese de día. Había dos mesas rectangulares también de media brazada de longitud situadas a cada lado alargado de la habitación, ocupando casi toda la estancia en esa medida. Dejaban un pasillo central, mientras un banco empotrado tapizado con telas verdes rodeaba a cada mueble. A ambos lados de la habitación existían dos grandes puertas de entrada y de salida. La que daba al sur era por dónde habían entrado. Aunque en ese momento estaba otra vez cerrada para preservar “intimidad”. Todos ellos estaban en la mesa al lado de la ventana. La funcionaria que les estaba entrevistando, otra vez, en la cabecera sur.
- También está el mío. – respondió Enren, que ya parecía haberse instaurado cómo jefe del grupo de supervivientes de manera casi natural.
- Correcto – se disculpó la mujer del gobierno, de melena rizada y morena que la llegaba hasta los hombros. Iba ataviada con un traje verde y blanco que consistía en pantalón, blusa y chaqueta con exquisitas puñetas blancas. No tendría más de treinta años. Parecía trabajar para la Guardia de Ise, a pesar de no llevar uniforme. – Bien. Sus pertenecías serán embarcadas cuando llegué el barco. Antes de nada – les avisó levantando la vista de los papeles que tenía encima de la mesa – he de reconocerles que el Gobierno lamenta enormemente su situación.
- ¿Está de broma? – chilló Anren.
- Ni mucho menos, señor Buren. En mi misión para con ustedes esta informales de todo lo que sabemos hasta el momento para que no se sientan secuestrados por su propio país. – la mujer se levantó y alzó la mano a cada uno de los asistente para presentarse. – Mi nombre es Milenen Fuen, y soy su portavoz.
- ¿Nuestra portavoz? – repitieron al unísono con extrañeza.
- Sí. Mi misión es velar por sus intereses ya que el estado de Excepción les ha privado de ciertas libertades. Diríase que soy una árbitra entre Ise y ustedes. – informó – De momento, hablemos de lo acontecido.
- Ya hemos dicho todo lo que sabíamos en las innumerables entrevistas a las que hemos sido sometidos cómo si fuéramos delincuentes. – se quejó su hermana Mauen mientras rodeaba con su hombro izquierdo a su hija.
- Esto no es una entrevista. Es justo lo contrario. Imagino que estarán interesados en saber qué ha ocurrido. – afirmó la señorita Fuen.
- Más bien – se exasperó Anren frotándose los ojos con la mano derecha.
- El Gobierno no tiene mucha idea. Por eso son ustedes tan especiales. – respondió la “representante” con una cercanía que Enren no era capaz de averiguar si era fingida o verdadera – Nuestros barcos de mercancías han sido diezmados en el último año, según el Regentor ha afirmado hoy en la rueda de prensa.
- ¿Diezmados? – frunció el ceño Enren.
- ¿Por eso el gobierno compraba tanto grano? – quiso saber Eoren padre.
- El gobierno – respondió la mujer – tenía que suplir todo lo que perdía para evitar una crisis que al final ha golpeado de la manera más insospechada. Lo de su pueblo ha sido el desencadenante final.
- ¿Y porque narices nadie había hecho nada hasta ahora? – se quejó Mauen madre.
- No soy capaz de responderla a esa pregunta satisfactoriamente. – se apocopó la mujer. – Pero podemos comprender que existía el miedo a desatar el pánico de manera innecesaria.
- ¡Menuda excusa! – terminó Mauen todavía abrazada a su hija.
Enren estaba atónito. ¿Ya había habido casos cómo aquellos? ¿Los famosos naufragios que se podían oír últimamente eran consecuencia de…?
- No obstante he de comentarles que la razón de que se vean envueltos en tan desagradable situación de ser deportados a la isla Isún se debe a que ustedes tienen más información de la que tiene en su poder el Gobierno. Son ahora mismo las personas más importantes del país. Y de ustedes depende el poder salvarlo. – intentó convencerles la portavoz- Son los únicos que no han perdido la cordura en todo esto. En Ásundol están ocurriendo cosas extraordinarias que ni se las creerían. Estamos en un momento histórico, y los supervivientes de Basán sois la llave para descubrir si hay fraude o no.
Todos la miraron con incomprensión.
- ¿Fraude? – preguntó Moreren - ¿Histórico?
- Si se lo contará, no sé sise lo creerían a pesar de lo que han vivido. De hecho a la mayoría de nosotros, aquí en Isune, nos cuesta tragarlo.
El silencio era sepulcral. Aquella mujer estaba entonando todo aquello cómo si fuese una ceremonia solemne, o un cuento de terror. ¿Se creía acaso qué eran unos niños? Menuda falta de respeto.
- No somos capaz de seguirla el hilo de lo que quiere decir. – se quejó Enren, que se encontraba delante de Moreren, la cual estaba a la izquierda de las Mauen. – No sé si se da cuenta que cómo excusa para movilizarnos en contra de nuestra voluntad, cuando esa misma función la podemos hacer de buen grado aquí mismo sin vernos recluidos, es de lo más enclenque.
La reacción de ella no fue más que una mueca de inseguridad.
- Han llegado unos visitantes a la capital, en una especie de navío gigantesco, asegurando que son otros supervivientes del Gran Cataclismo.
Todos la miraron incrédulos. No obstante, la verdad era que si solo doce meras antes les hubieran dicho lo mismo, la hubieran tachado de lunática. Pero después de lo vivido aquella mañana, tenía hasta su absurda lógica.
El silencio se mantuvo un buen rato. Se oía el respirar de cada uno de los asistentes que se miraban mudamente, salvo la portavoz, que los escrudiñaba en busca de posibles reacciones adversas.
Nadie parecía querer posicionarse ante tan estúpida afirmación. Tal vez lo mejor sería ignorarlo. Pero si fuese verdad, aquello sería una afirmación no solo histórica, si no casi de novela de ficción.
- Perdone usted, señorita… - Pronunció al fin Anren, que estaba sentado a la derecha de su mujer e hija.
- Señora Fuen. – corrigió ella.
- Perdón, señora Fuen – prosiguió él. - ¿Ha habido más supervivientes? En realidad es una de nuestras más urgentes preguntas.
Hubo un silencio incómodo. La mujer pareció intentar buscar una mejor posición en su asiento, a la vez que carraspeaba.
- No es fácil decírselo. A la zona no ha podido ir más que un grupo de treinta hombres entre médicos, guardas y voluntarios. Estamos esperando que los barcos “Alas Casaben I y II” lleguen a la zona para poder…
- ¿Los hay o no? – se exaspero Enren por fin ante tanto rodeo.
La mujer suspiró.
- Sí. – confesó ella al fin. – sí que los hay.
El teniente Groen Sen estaba que se tiraba de los pelos. ¿Qué demonios estaba haciendo el imbécil de Fenen? No había respondido en todo el rato al sistema de cartas por cable, para terminar por sorpresa enviando una llamada de socorro a todos los barcos de la zona.
Ese idiota estaba arriesgando la misión. Si se daban cuenta de la tapadera del ministrum, todos estarían perdidos. Y él el primero. Todas las familias de la elite huyendo de Ásundol… si la gente se llegase a enterar…
No es que tuviese algo de malo aquello. Era en lo que aquel barco transportaba. El teniente sabía que lo realmente valioso era…
- Eso indican en un principio, señor – informó el Teniente Gren. Un hombre bien arreglado, de unos cuarenta años, pero que aparentaba diez menos por todos los potingues que se debía echar. Tenía el pelo negro cómo el carbón, peinado hacia atrás, humedecido y brillando más que el betún.
Entre los soldados le apodaban “El ciclón amanerado” no solo por aquello, si no por su forma de actuar y pronunciar las frases.
Aún así se había labrado una fama terrible. Más incluso que el mismo Groen. Aunque para él, no era más que un “trepador” entre las escalas de oficiales. No le tenía mucho apego.
Aunque, ¿qué persona podría hacerle sentir apego a el teniente Sen?.
Nadie.
Bueno, su hija Modelen...
Groen se sacudió la cabeza.
Nadie. No había porque tener apego a nadie. Su hija era caso aparte. Punto.
- ¿Han conseguido derrumbar un bicho de esos? Fascinante. – apuntó el capitán Selen. Un tipo con una barriga cervecera difícil de disimular. Su rasgo más llamativo era su barba típica de los marineros, plateada por las canas, y muy bien cuidada. Sin duda era la imagen prototípica del máximo mandatario de un navío. - ¿No hay más información en la carta?
- Algo más – respondió – Han sufrido daños en los motores de vapor y no prevén poder llegar a su destino por sus propios medios. Piden ayuda médica. Hay varios muertos, y decenas de heridos. – se interrumpió – Han cesado al capitán y a su primer oficial.
A Groen le vino un pinchazo en el estómago. Ahora entendía.
- ¿Cesado? – arqueó una ceja el capitán, con su ronca voz de bebedor empedernido - ¿Cómo que cesado? ¿Quién ha escrito esa carta entonces?
- No lo indican. Dicen que ambos han mostrado indicios de locura, y que han sido recluidos. – terminó de informar el teniente.
- No serían los primeros en sumirse en la locura. – se rió Selen- ¿Algo sobre cómo consiguieron vencer al atacante?
- No. Sí que comentan extraños sucesos posteriores al suceso, pero nada más. Ni sí se han podido acercar a ver que era realmente lo que han hundido, ni cómo lo vencieron, ni cómo sobrevivieron. – terminó el teniente.
Groen tragó saliva. Estaban en el puente. Todos los presentes, unos quince hombres entre oficiales y suboficiales, miraban atónitos la carta que traía Gren, y esperaban ansiosos, como perros hambrientos, las ordenes del capitán. Seguramente el propio Groen tendría la misma cara.
Hubo un silencio tan angustioso para él mismo, que tuvo que explotar.
- ¿Cuáles son sus órdenes capitán? ¿No tendríamos que acudir en su ayuda? – quiso saber el teniente Sen.
El silencio se mantuvo. Selen mantuvo la vista al infinito mientras se mesaba la barba, dubitativo.
- ¿Capitán? – insistió Groen.
- No podemos desviarnos de nuestra misión Nos pilla muy mal de nuestro destino. Perderíamos casi un día. ¿Hay algún barco en la zona? – respondió dubitativo a uno de los oficiales sentado en
- Nadie, salvo algún pesquero rezagado que haya recibido tarde la orden de volver a puerto tras la instauración del estado de excepción. – respondió por detrás el alférez Kururen, un joven sentado entre los instrumentos de comunicación, al lado izquierdo del timón, a unos dos pasos de distancia hacia atrás.
- El Coronel Rauen en el “Alas Casaben I” decidirá. Él es el que tiene el mayor rango en está misión. Mientras, reenvíen esta misiva a Casaben. Ellos sabrán que hacer. Sería una oportunidad de oro recoger una muestra material de a lo que nos enfrentamos.
El teniente Groen tenía un nudo en el estómago. Joen Men iba a caer estrepitosamente si descubrían su juego. Y no iba a permitir que su carrera se hundiera con el corrupto ministrum que ostentaba el poder.
No, no lo iba a hacer. Tenia que ir cuanto antes a desmontar todo el operativo abierto. Si el sub-teniente Fenen había perdido el control de su barco, ello significaba que Groen lo había perdido de la misión.
El había previsto muchas cosas. Pero no que atacaran al barco.
¡Mierda! Era obvio que podía suceder algo cómo aquello. Si se llegara a descubrír toda la mercancía de las bodegas de aquel barco…
Ciertamente, el teniente no sabía que contenía exactamente. Pero viniendo de quien veía la orden, se lo temía. No quería perder lo que tanto había conseguido.
No quería acabar como su puñetero padre.
Y haría lo que fuera necesario para impedirlo.
- ¿Estás despierta? – preguntó su voz en la oscuridad, mientras se incorporó un poco hacía su derecha.
- Sí, lo estoy.
- ¿Quieres hablar?
- No. – titubeó.
Nuen Buren suspiró. Había intentado dormirse en la cama de aquel hospital, pero no podía. Cada vez que cerraba los ojos revivía aquella mañana. La estaba poniendo de los nervios.
Cascotes, escombros, gente extraña persiguiéndola, más cascotes, heridas, el dolor de su caída, la pérdida de su casa, la ausencia de su hermano, las extrañas reacciónes de su hermana con todo el mundo….
Más cascotes.
¡Solo veía horribles cascotes por doquier!
Tenía que hablar, aunque fuese con la pared de enfrente.
- Venga, Elien. Sé que hace mucho que se te pasó el efecto de los calmantes.
Se la oyó llorar en la oscuridad.
- No quiero que me vuelvan a drogar. ¡No quiero que me vuelvan a drogar!
- Elien…
- ¡Déjame en paz! ¡Cerda!
Era la primera vez que la insultaba de aquel modo.
- ¡Elien! – se ofendió Nuen. - ¡No tienes derecho a insultarme! ¿Te crees que eres la única que has perdido algo?
Elien ahogó un grito sordo. Estaba claro que quería responder, perlo la daba pánico que la escucharan las enfermeras, y la volvieran a sedar.
- ¡Claro! ¡Tú has perdido a Semaren! – lloró ella - ¡A tu pobre hermano! ¡¿Sabes todo lo que he perdido yo?! ¡Lo sabes, Nuen!
- ¿Acaso te atreves a equiparar nuestras desgracias? ¿Acaso hubieras preferido que toda mi familia muriera? – se indignó la chica enredándose en la cama. Era previsible que la discusión iba a ir a más. A mucho más. Pero no podía dejar aquello así. Y menos cuando la desagradecida había empezado a hablar coherentemente.
- Me despierto en un hospital, me decís que mi familia, mis amigas, mi casa, mi vida, ¡todo!, ha muerto, ¿e intentas hacerme pretender que os sonría, o que no equipare nada?
- No estás siendo justa, egocéntrica.
- ¡¿Qué me has llamado?! – amenazó Elien.
- ¡Egocentrica! – repitió - ¡Egocéntrica!
- ¡Imbécil! – la injurió la malherida mientras Nuen la oía chirriar los muelles de su cama al intentar moverse.
- ¿Crees que con insultos llegar a algún lado? ¡Elien, por favor! ¡Qué somos amigas!
- Las “mejores” amigas… - respondió sarcásticamente.
Estaba claro que la situación era demasiado delicada. Nuen no sabía por dónde tirar. Era obvio que el dolor de su amiga era demasiado intenso cómo para hacerla reflexionar lógicamente. Al fin y al cabo, Nuen suponía que si a ella misma la hubiera sucedido lo mismo, estaría comportándose igual que lo hacía su amiga Elien en aquel momento.
Y es que Elien y Nuen formaban un trío, junto Fianen, de lazos muy fuertes. Habían hecho y aprendido muchas cosas juntas. Se habían ilusionado por lo mismo, habían pensado en su futuro de la misma manera, tenían filosofías de vida muy parecidas, y se guardaban secretos entre ellas, algunos de los cuales no se los habían comentado ni a su propia familia.
Alguna vez se unía a ellas cuando volvía de Ísundol su hermana Mauen. Sin embargo, ella tenía amistades más fuertes en la capital de la isla.
Ni a sus padres.
Sin embargo en aquel momento, Fianen, estaba muerta y pudriéndose en los escombros de Basán, según el testimonio de su tío Enren. Elien estaba desquiciada del dolor, y Nuen no sabía cómo actuar entre todo aquello.
Empezó a llorar. Se había hecho la fuerte todo aquel tiempo, pero era ya demasiado. Si no lo hacía, iba a reventar, y con ella, todo aquel infesto hospital.
- ¡Maldita sea! – se quejó ella - ¡Elien! Si mi familia hubiera muerto, tú también lo estarías. Fue mi tío quién te rescató.
- Mejor morir que vivir sufriendo – se indignó ella – Ahora no tengo futuro. La culpa es de tu tío. ¡Ojala estuviese muerta ahora mismo!
Nuen se inclinó lo más bajo que pudo, aguantando el dolor de su tobillo, y la lanzó lo más rápido que pudo una de sus zapatillas, con la mala puntería de darla. O al menos eso pareció ser, pues nada más oír el sonido seco de su parada, Elien profirió una maldición.
- ¿Te crees que eres la mejor por decir eso? ¡¿Te crees que es más fácil la muerte?! ¡¿Acaso te crees que estás sola?! ¡¿Te atreves a decir, no solo eso, a asegurar que a tus padres les encantaría oír esa idiotez que tan alegremente has dicho cómo la mayor de las verdades?! – la chilló Nuen.
Si seguían así, seguramente las llamarían la atención. Debían de estar despertando a todo el vecindario
Nuen oyó a Elien sollozar.
- Nuen, no quiero estar sola, no quiero estar sola. – se quejó – Yo quiero a mi madre, a mi padre, a mi hermanita de cinco años, a mi gatito ronroneándome…
- No estás sola – intentó incorporarse Nuen. – Nos tienes a nosotros. A todos nosotros.
- Estoy sola, Nuen. Y eso nadie lo va a cambiar.
Nuen se sentó en la cama de su amiga tras una pequeña odisea de incomodidades del traslado de una cama a la otra, intentándose apoyar, buscando a tientas en a oscuridad, cualquier apoyó que la pudiera servir.
Notó cómo Elien estaba tumbada boca arriba. Ella se había sentado a mitad de la cama. La cogió la mano, que la tenía rezagada en el pecho. No notó impresión alguna. La amiga se lo esperaba seguramente, pues había hecho Nuen mucho ruido cuando se traslado. No obstante, no dijo nada. Acepto de buen grado el contacto físico.
- Estás sola solo si quieres. – la indicó – Ahora nos necesitamos los unos a los otros como nunca antes. Se han llevado a mucha gente a Ásundol, y aquí solo quedamos unos pocos con muy poca relación entre nosotros. Si no nos tenemos, ¿a quién tenemos?
Elien no dijo nada.
- ¿La familia Fen se ha ido? – preguntó.
- Solo queda la señora Unien.
Elien lanzó un gemido de aceptación.
¿Quiénes quedamos en el hospital? – quiso saber ella.
- La señora Unien, mi abuela, Vamen Ruen y nosotras dos.
Elien emitió el mismo sonido.
- Siento haberte insultado. – se disculpó.
- Pues yo no el haberte lanzado la zapatilla – se sinceró Nuen.
- Como eres de mala… - respondió con desgana.
Nuen la apretó la mano.
- Eso solía decir mi hermano a mi hermana… - se puso melodramática Nuen – eso solía decir…
A pesar de se noche cerrada, no soplaba ni una gota de aire.
Ni una mísera gota de aire. Y si embargo se alegraba de ello.
Acababa de ver la muerte de cerca. La había podido saborear. Era dulzona. Muy dulzona. Tanto, que una vez se la admitía y se dejaba el pánico a parte, aparecía muy apetitosa.
La muerte. ¿Qué es la muerte?
¿Es acaso el miedo puro?, ¿es acaso el paso a la no existencia? ¿Tal vez el paso a una resurrección plena cómo predica la religión Etalliana?
¿Es si no, la nada, el absurdo o el fin de la actuación en una obra que no tiene final?
¿Qué es la muerte? ¿Por qué nadie sabía lo que era?
¿Y por que nadie la había advertido lo tentadora que podía llegar a ser?
¿Puede ser porque es un tema tabú?
No lo sabía. Pero aquella terrible experiencia la estaba empezando a asustar y mucho. Una luchadora nata se había dejado abrazar por su enemigo, y bien estuvo a punto de habérsela llevado a un lugar del que jamás volvería.
La muerte no es para tomársela a broma. Es un tema muy serio en el que había que tratar las cosas con sumo cuidado.
Bien se había planteado la muerte desde una visión madura. Pero nunca la había madurado desde un contacto directo.
Nuen Men estaba aterrada por la experiencia.
Hacía escasos minus habían sido atacados por un objeto volador gigantesco, de color blanco, y que esputaba destrucción desde su panza.
Poco después de haber de salir del camarote en el que estaba alojada junto con su cuñada y su sobrina en el barco “Mar de Ise”, decidieron ir directas a la cubierta de popa para estar lo más cerca posible de los botes salvavidas.
Tras mucho ajetreo, golpes, pánico, gritos de la gente y llantos de su sobrina, consiguieron llegar a dónde querían, tras una odisea de cortes de luz, vaivenes del navío, y manotazos variados. Gracias a Etall, habían tenido tiempo suficiente para llegar al aire libre.
Sin embargo, una vez allí, Nuen se había preguntado si no habrían estado mejor dentro. Lo que vieron era de otro mundo.
Cuando las sacaron a empujones de su alucinación al ver aquel gigante volador persiguiéndoles por todas partes, intentaron llegar a los botes desesperadas.
Lo acontecido a continuación de estar pululando por la cubierta no lo recordaba bien. Solo sentirse ligera… y golpearse contra la barandilla de babor antes de sentir algo frío y húmedo por todo su cuerpo.
Lo que había ocurrido fue que el objeto volador había explosionado una carga por la proa. Al estar tan cerca de la borda, ella salió volando al mar al balancearse el barco por la enorme embestida de la onda expansiva.
Cuando se percató de que estaba en el agua, era demasiado tarde. Intentó mantenerse a flote pero en vano. La violencia del agua embravecida por las continuas detonaciones y virajes del navío, era tal, que el nadar era un imposible.
Mientras el barco se iba alejando de ella para huir de una destrucción segura, ella forcejeaba contra el pánico.
Pero el pánico la venció. Empezó a tragar mucha agua, y la razón empezó a nublarse en ella. Pataleaba, se giraba, realizaba espasmos, pero nada la funcionaba en aquella pesadilla salada. Estaba a merced de las sobrehumanas corrientes de agua. Así se estuvo varios minus, hasta que se dejó vencer.
Pudo oír la explosión del objeto volante, y ver a través del agua cómo caía al mar cual ave malherida. Pero ya todo la estaba bien. Era como un sueño. ¡Era todo tan cómodo!
Que bien se estaba en aquel estado… era… placentero…
Poco a poco se fue dejando caer al abismo. Hasta que una gigantesca masa negra la sacó a flote chocando contra su cuerpo, para luego resbalarse en su superficie metálica y volver caer al agua, volviendo a sumergirse en lo pofundo.
No supo cuanto tiempo habría estado en aquel estado. Pero cuando se despertó, estaba ya en la cubierta del barco.
Fue horrible. La sacaron de aquella ensoñación tan perfecta de la manera mas violenta. Fue cómo una arcada. Sintió una punzada de ahogo tan profunda en el interior de ella misma, que esputó en espasmos todo lo que tenía dentro.
Debió de echar mucha agua. Toda la que habría debido tragar.
La comentaron que unos marineros de la tripulación se lanzaron al mar con una soga nada más terminar la persecución. No debían haberse ido tan lejos cómo a ella la pareció, porque fueron capaces de dar con ella al poco tiempo, y traerla a bordo lo suficientemente rápido cómo para realizarla un masaje cardíaco para “resucitarla”.
No sabía quién habían sido sus salvadores. Tenía que darles las gracias. Pero había mucha gente mojada, pues muchos habían caído a la mar, cómo ella misma. Algunos habían perecido también.
Muertos.
Nuen había “besado” a la muerte. Y si estaba viva, la decían, era porque algo grande, oscuro y alargado había emergido del océano, lanzándola contra la superficie el tiempo suficiente cómo para poder ser localizada. Aquel objeto debió estar un buen tiempo a flote, y después volvió a sumergirse tan misteriosamente cómo había aparecido.
Mientras, se podía seguir oyendo el chisporrotear del fuego consumiendo lo poco que quedaba del perseguidor de “Mar de Ise”.
Ahora ella estaba tapada con varias mantas, intentando secarse, con la mirada perdida, con el susto en su cuerpo, y con el desconcertante hecho de haber aceptado su final de una manera tan…
- ¿Estás mejor? – quiso saber su cuñada Fianen con su hija todavía llorando brazos. Estaba sentada a su derecha en un banco anclado a la pared, situado a babor, cerca de la mitad de la eslora.
Nuen asintió.
- ¡Etall santo! – lloró ella - ¡Creímos haberte perdido! ¡Cuando te vi volando de aquella manera…
- Tú hiciste bien agarrando a la pequeña con todas tus fuerzas entonces. – la respondió con voz ronca y baja. – si hubiese sido ella quien hubiese caído, no habría sobrevivido de ninguna de las maneras. Es mucho mejor que haya sido yo.
- Lo importante es que sigues viva. – terminó ella acunando a la pequeña para que se calmara. – Calma, mi niña, ¡calma! Todo ha terminado… ya todo esta bien – susurró a su hija a la vez que la empezó a cantar una nana.
Nuen seguía con la mirada perdida.
El barco ahora estaba parado. Las maquinas había dado demasiado de sí en la huida, y estaban inutilizables tras las violentas embestidas a las que se vio sometido el barco. Era un milagro que todavía siguiese a flote.
Para colmo de males, el capitán y la primera oficial debía de haber sufrido un motín entre la tripulación. Los muy insensatos no deseaban lanzar un mensaje de socorro.
Nuen esperaba que la llamada de auxilio hubiese sido lanzada, pues en el estado en el que estaban no era como para no recibir ayuda.
- ¿Están bien ustedes, señoras? – las preguntó delante de ellas un hombre de pie que por el uniforme que llevaba debía de pertenecer a la sección del servicio del barco.
- Sí, nos encontramos bien – le respondió Nuen saliendo de su ensoñación.
- ¿Las gustaría algo? – las preguntó - ¿Algún café o té? ¿Tal vez algo de leche?
- No, gracias, acabamos de pedir que nos traigan un café hace escasos minus. – respondió Fianen – además de ropa seca para mi cuñada.
- A mí – inquirió Nuen – me gustaría dar las gracias a quien me salvo la vida.
El hombre la miró extrañado.
- Usted es uno de los que fueron lanzados al mar, ¿no?
- Sí.
- ¿Y no recuerda nada?
- La verdad es que no mucho – lanzó con un acento incómodo – casi ni recuerdo cómo cai.
El hombre carraspeó.
- No creo que pueda dar las gracias a nadie.
Nuen se mostró contrariada con una mueca de disgusto.
- ¿Por qué? ¿Les ha pasado algo? – quiso saber la afectada.
- Quienes salvaron a todos los que cayeron al agua no hemos sido nosotros. Nos habría sido humanamente imposible.
- ¿Quiénes si no? – se asustó.
- ¿No lo recuerdas, Nuen? – la preguntó Fianen cogiéndola del brazo derecho.
Negó con la cabeza.
- Señorita, a quienes debe la vida son a las extrañas personas que salieron de aquella gigante boya negra que emergió de la nada, la reanimaron, la pusieron en una especie de bote inflado y la lanzaron hacia este barco. – la informó. – no respondieron a ninguna de nuestras llamadas. Simplemente, les salvaron.
Nuen se rió nerviosa.
- ¿Pero estáis tontos o qué? – les incriminó - ¿Me estáis tomando el pelo?
¿Personas dentro de la boya? El mundo se estaba volviendo loco, y no había cura alguna. Cuando hasta la muerte se mostraba jugosa, la esperanza se volvía difusa. Inexistente. No había remedio para aquello.
No. No lo había.
Sencillamente habían tenido mucha suerte.
Mucha suerte.
No es de extrañar pensar que muchas veces las cosas no ocurren por causalidad. Algo que tenía tan pocas posibilidades de ocurrir, cómo ser rescatados en mitad de la noche, había ocurrido.
¿La realidad está determinada, o por el contrario es caótica? ¿Acaso hay un orden dentro del caos, o simplemente es una ilusión de una percepción humana ávida de buscar sistemas predecibles para su propia manipulación?
¿Qué es el destino? ¿Es solamente un determinismo cómo el de un personaje de ficción, o acaso es algo diferente?... ¿algo más profundo?
La posibilidad de ser rescatados que habían tenido era ínfima. Tras un estado de excepción cómo el que decían que se había instaurado, que hubiese todavía alguna embarcación por la zona se le antojaba de extraordinario.
Todo gracias a Etall. Sin duda alguna. Que no le dijeran que Etall no había tenido nada que ver, porque si no, no se lo creería.
Semaren se encontraba en aquel momento en un pequeño comedor del interior del barco pesquero. No llevaba mucho tiempo allí. Escasos minus. Una vez fueron trasportados a bordo les llevaron muy amablemente al único camarote que tenían libre. Era estrecho y angosto. Con solo una mesa de metal clavada en el suelo, y cuatro mínimas literas dispuestas de dos a dos a cada lado de la estancia. Nada más tenía salvo un ojo de buey para mirar al océano.
Esa había sido otra suerte.
El día había sido mucho más que excelente. Calma chica.
Si las olas de alta mar hubiesen mostrado su típica crudeza, él hubiera dudado mucho de que hubiesen podido sobrevivir.
Encontrar un barco para huir de la destrucción, luego el océano tranquilo, más tarde que les encuentren en una zona en la que ya no navegaba nadie por orden expresa del gobierno.
Todo demasiado bonito para ser casualidad. Sin embargo lo era. Aquello podría iniciar toda una conversación filosófica sobre el sentido de la vida, o de la realidad. Pero no era precisamente el momento.
Tras la euforia de verse salvado, le vino las dudas de saber si conseguiría ocultar a Laroen con éxito de las miradas curiosas de sus salvadores.
Bien es cierto que se sentía orgulloso de su inesperada idea de hacerse trizas su propia camisa. Pero aquello no podía durar mucho como tapadera. Es lógico que quisieran examinarla para verla las heridas. Y alegando que eran respetuosos con sus “deformidades”, la obligarían a mostrar su verdadera naturaleza.
Eso era otra cosa. “Deformidades”. Semaren había dicho lo primero que le había venido a la cabeza, pero pensándolo fríamente, parecía que, o la había descubierto, traicionándola, o peor, insultado horriblemente.
No obstante le había dado las gracias.
Se meneó la cabeza. Se estaba comiendo demasiado la conciencia con aquellas cosas. Tenía que pensar en soluciones factibles, no en sentirse culpable, cómo comúnmente él solía hacer con todo.
Volviendo a lo que realmente le preocupaba, solamente el hecho de que no había ni una mujer a bordo podría mantener a raya el que la inspeccionaran. Pero eso no podría mantenerse indefinidamente. En algún momento, ella se encontraría en la necesaria situación de mostrarse al mundo.
Si todo continuaba tal cual, iba a ocurrir así.
Pues el barco se dirigía a Ísundol, y una vez allí lo más probable es que les llevaran a un hospital, o les dirigiesen a un centro de la Guardia de…
- ¿Estás bien chico? – preguntó el capitán Seren Jolen, un hombre de mediana edad, con una personalidad afable, obeso, pelo castaño sin barba, y una mirada penetrante…
Semaren apartó la vista del infinito al instante y la dirigió a su anfitrión.
Estaban solos en el comedor. Había sido por expresa petición de Semaren el que nadie más se encontrará allí. Mostrando cierta timidez, algo muy normal en él, e incluso miedo ante lo ocurrido, había conseguido la discreción de sus salvadores. Laroen no había querido asistir por miedo. Seguía en el camarote.
El comedor era un lugar alargado, con varias estanterías de metal colocadas a lo largo y ancho del lugar, una simple lámpara cónica colgada del techo que se mecía al son del barco, y dos puertas a cada extremo para salir y entrar. Estaban en la primera planta.
Acababa de darse cuenta de otra cosa. Con los nervios, se había olvidado del típico mareo que suelen acontecer en los legos navegantes. Pero ahora que veía bambolear tan angustiosamente la lámpara…
- ¿Chico? – Insistió el capitán - ¿chico? Responde, muchacho. ¿Estás bien?
Semaren se meneó la cabeza.
- Sí, sí, perdone. Estaba distraído.
- Entiendo que estéis traumatizados tu hermana y tú. Pero tenéis que ser fuertes. En algún momento habréis de hablar. – le explicó el capitán. – Os hemos dejado un rato solos en vuestro camarote…
“Un rato que tampoco ha servido de mucho, porque hemos estado callados cómo tumbas.” – se lamentó Semaren en pensamientos.
- … y aunque agradezco que estés aunque sea solamente tú aquí y ahora, no puedes evadirte así de mi presencia.
- Lo siento de verdad – se volvió a disculpar Semaren – Es que soy muy distraído, y con lo que ha pasado hoy…
El cuerpo de Semaren parecía un flan de lo nervioso que estaba. Era imposible de controlar.
- ¡Tranquilo, muchacho! – se acercó a él - ¿Quieres una tila o algo así? Tenemos cosas de esas en esta embarcación.
Semaren asintió. Le gustaban las infusiones. Y en este caso más.
- Con cuatro terrones de azúcar, por favor.
- Te gusta muy dulce, ¿eh?
El hombre se abrió camino a hasta Semaren, y le sobrepasó. Sin desviar la mirada hacía atrás, el chico pudo sentir cómo abría una de las estanterías situadas en la esquina derecha a la vez que habría la puerta de al lado.
- Calentadme una tetera con agua hirviendo, por favor, Sualen. Y pon esta Tila en su interior – le pidió volviendo a cerrar la estancia.
- Muchas gracias, señor. – le dijo Semaren.
- Llámame simplemente Selen. – le sonrió volviéndose a colocar delante de él. - ¿te apetecería poder charlar ahora sin pánico? Tú tranquilo, no vamos a hacerte daño.
Semaren quería llorar. Estaba horrible, a pesar de haberse cambiado de ropa por otra que le habían ofrecido amablemente los marineros. Los recuerdos de todo el día le venían a golpes. Tenía una persona a su cargo que le superaba en carácter, y tenía que lidiar ahora con quien quería ayudarles.
No sabía si su familia estaba viva. Y si no lo estaba, de Basán solo le quedaba una persona. La única que no había conocido en toda su vida.
Estaba hecho un lío. ¿Cómo poder decidir confiar en aquel hombre de manera lógica y razonada?
Le empezó a entrar el típico hipo previo al llanto.
- ¡Muchacho! – se lamentó el capitán - ¡Ánimo! ¡Sé un hombre!
“¡Y dale con lo de ser un hombre! ¡Serán idiotas! Si quiero llorar, haré lo que me plazca.” – pensó Semaren disgustado.
- ¿Cómo empezó todo? – Insistió el capitán – el Gobierno no ha sido muy explicito. Y nadie en Ísundol ha querido respondernos satisfactoriamente. Solo sabemos que tu pueblo has sido destruido.
A Semaren le vino en aquel entonces la imagen de Fianen, la hija de su jefe en la peluquería. Volvió a ver su cuello girarse en un ángulo horrendo cuando la había cogido en brazos aquella pasada mañana. Se hecho a llorar.
Quería a estar con su madre Mauen. Quería verla y sollozar a su lado.
- ¡Muchacho! – se lamentó – Lo siento mucho… ha debido de ser horrendo. – se disculpó ofreciéndole un pañuelo limpio y bien doblado de tela azul.
- Gracias. – le dijo – Es que ha sido horrible. Esta mañana nos dirigíamos a un viaje. Lo teníamos todo preparado. Y tal vez eso nos salvará la vida.
- ¿Qué pasó? – quiso saber el hombre.
- Algo gigante y blanco, que volaba, soltaba una especie de explosivos que reventaban todo a su paso al caer. No quedó ni una piedra el pueblo en pie. – respondió con cierto nerviosismo en la voz.
- ¿Algo….? ¿qué? – le respondió incrédulo.
- Después, unos extraños hombres me persiguieron a mi y a… - Semaren se detuvo para pensar bien lo que iba a decir - … mi hermana, intentándonos matar con sus armas. Dimos por casualidad con aquella embarcación, y huimos. Pero no contamos con que había poco carbón. Llevamos perdidos desde esta mañana…
El hombre le miró con la cabeza ladeada a la izquierda, sin saber bien que decir.
- No sé, muchacho. – admitió el capitán. – dices unas cosas tan fantasiosas que…
- ¡Qué más me gustaría a mí que fuesen fantasiosas! – suspiró el chico mirando a la mesa y terminando de enjuagarse las lágrimas.
Hubo un golpe en la puerta.
- Un segundo, por favor – gritó el capitán.
El hombre se acercó a la puerta, la abrió, dio las gracias y la volvió a cerrar. Cuando se dispuso otra vez delante del campo de visión de Semaren, el hombre portaba una humilde tetera de cerámica sujetándola con un pequeño trapo de cuadros verde y blanco. Dejó la tetera en la mesa y se dirigió a una estantería con vasos situada a su mano izquierda.
- He de reconocer… ¿Cómo te llamabas? – preguntó Sualen.
- Semaren – se dio rápido cuenta de su error. – Enren, perdón. Mi nombre es Enren. Pensaba en mi primo.
- Enren – le llamó con cierto tono de aceptación – he de reconocer que creerte eso es harto difícil, si no fuera… - se interrumpió un segundo al colocar el vaso delante de Semaren y levantar la tetera para servirle el líquido que portaba en su interior.
- ¿Si no fuera, señor…?
- Ya te he dicho que me llames Sualen, por favor – le recriminó - … si no fuera por la cantidad de noticias parecidas que han llegado a nuestros oídos.
- ¿Noticias parecidas?
- Barcos hundidos por cosas “voladoras”, cómo las que has descrito tú. Eran un rumor hasta que el gobierno lo hizo público poco después de vuestro ataque, y poco después nos llegaran noticias más desconcertantes.
Semaren levantó la vista al oír aquello. El capitán dejó de servirle aquel líquido transparente y parduzco. Era la tila.
- ¿Desconcertantes? – quiso saber - ¿Ha pasado algo cómo en Basán?
El hombre lanzó una suave carcajada. Daba confianza. Semaren estaba nervioso por tener que mentirle.
- No. Tampoco he entendido muy bien lo que ha pasado. Hablaban de “visitantes” en grandes barcos. – informó – Pero no dicen nada de “atacantes”.
- El mundo se vuelve loco… - susurro Semaren por lo bajo mientras se echaba los terrones de azúcar en la tila y los empezaba a remover con una de las cucharillas que le había dejado su anfitrión.
El capitán también se sirvió un poco.
- Si me permites, te acompaño. No soy muy aficionado a las infusiones, pero de vez en cuando, no está mal tomar aunque sea una tila, en vez de un buen vaso de licor. – se rió.
Hubo un rato de silencio solamente roto por los sorbos de ambos al intentar tragar el caliente líquido.
- Muchacho – rompió el silencio.
- ¿Sí, señor…. digo Sualen?
- No quiero asustaros ni a ti, ni a tu acompañante. Pero, ¿por qué no me sois sinceros?
Semaren se asustó. La treta era demasiado frágil cómo para que se la hubiesen tragado.
- No le entiendo, señor… - intentó esquivarse nervioso.
- Esta claro que… Modelen, o cómo se llame en realidad, no es tu hermana.
- Pe… pero. – Semaren no sabía dónde correr a esconderse. Estaba paralizado.
- Tenéis la misma edad, eso me lo habéis reconocido. Y sin embargo a los pocos minus nos dijisteis que no erais mellizos cuando os preguntamos porque tú no tenías aquella enfermedad que nos aseguraste que era de nacimiento, y ella sí. – le recriminó – No solo eso, no paras de confundirte con tu nombre, y esquivas la mirada cada vez que te preguntamos alguien. ¿Cómo pretendes que te crea lo que ha pasado en Basán, si no eres capaz de decirme tu verdadero nombre?
“Ya te dije que eso de no mirar te acabaría trayendo problemas” – pensó Semaren contra si mismo.
“Calla, imbécil, no es el momento” – se replicó contra su voz interior en mente.
- ¿Por qué no cuentas la verdad? – insistió el marinero.
- Yo…yo…
Semaren estaba atragantado. No sabía por dónde salir. Empezó a rechinar y a llorar.
- No se lo diga a nadie, ¡por favor! – le suplicó con los ojos cerrados.
- Sí. Pero no podré ayudaros sin saber qué ocurre.
- Lo de Basán es cierto, ¡se lo juro!
- No perjures, que está feo.
- ¡Vale!, ¡vale! – se arrepintió Semaren. - ¡No somos hermanos! ¡Pero salvo eso, el resto es verdad!
- ¿Cuál es el resto? – insistió.
- Tengo que custodiarla. Se lo prometí a su padre.
El tipo arqueó una ceja en señal de incomprensión.
- ¿Quién es ella?
- Una vecina del pueblo. Yo iba a Ísundol con mi tío y mi hermana. Ocurrió el ataque. Los dos me dejaron solo. Me atacaron con horribles armas, y en mi persecución di con ella y con su padre. A él lo mataron cruelmente. Ambos huimos tal y cómo se lo explicamos. – Semaren le miró a los ojos inconscientemente - ¡Tiene que creerme! ¡No tenemos nada oculto!
- ¿Y por qué tapa sus rasgos? ¿Las deformidades?
- Sí – suspiró Semaren.
Hubo un rato de silencio.
- No sabes quien es ella realmente, ¿verdad?
Esa pregunta sonaba más una afirmación que a una pregunta sin respuesta.
- Es de mi pueblo…
- Yo no te he dicho eso… ¿Cómo te llamas realmente?
- Semaren. Semaren Buren. – afirmó apartando con asco la tila.
Muchas veces se había sentido inútil en su vida. Pero nunca tanto cómo en aquel momento. Era un completo incompetente. No había sabido manejar la situación. Estaba hundido. ¿Así aspiraba a cumplir su promesa? ¿Cómo reaccionaría Laroen? Es más.
¿Qué la harían cuando supiesen la verdad?
- Semaren, bien. ¿Y ella?
- Señor… por favor – hubo un silencio inquisitorial – Laroen. Se llama Laroen.
- Laroen… - Repitió Sualen mientras se acariciaba la barbilla todavía sentado en su asiento enfrente de Semaren. – No es mal nombre.
- ¿Qué más quiere? Le he dicho toda la verdad.
- Lo dudo.
Aquella afirmación fue cómo un puño directo en su estómago.
- ¡Es cierto! ¡Ha de creerme, por favor! – intentó hacerle suplicar de manera demasiado cobarde.
- No tengas miedo, chico.
Aquella frase le quedó paralizado a Semaren.
- Pero…
- Ella posee la “luz”, ¿verdad? Por eso la has tapado hasta arriba de harapos recién deshilachados.
Semaren ya no sabía ni cómo reaccionar.
- La luz… la luz… - titubeo.
El capitán Sualen se rió
- ¿Porqué crees que me he atrevido a tanto acusándote de mentiroso? – sonrió afablemente. – Tenía que probarte. Saber que relación tenías con la susodicha. La realidad es que yo tampoco he sido sincero. No os hemos recogido por casualidad. La estábamos buscando a ella.
El ser humano esta manchado.
Sí. Está sucio.
En su naturaleza se le ha adosado un parásito que le consume por dentro. No sabe bien lo que es, y a veces hasta lo ignora. Pero eso no quita la cruda realidad.
La mancha sigue “ahí”. ¿Cómo poder lavar esa mancha? Es más, ¿cómo apareció?
Eso nadie lo sabe, pero si nos atenemos a la simple observación de todo individuo, vemos que esa parte adosada a su naturaleza le acompaña a dónde va.
Algunos la repudian y a otros le resulta placentera. Otros la ignoran, y unos pocos advierten sobre su existencia. ¿De qué estamos hablando?
Del pecado.
No. No es para tomárselo a broma. No. No es juego religioso para manipular a los más ignorantes. No. Tampoco es un signo de inmadurez.
Llámenlo cómo les apetezca. Inmoralidad, maldad, tentación o cualquier cosa que hayan podido leer. Lo cierto es que todo hace llamamiento a una tendencia del ser humano a obrar mal.
¿Y qué es el mal? ¿Y por qué esta mal hacer el mal? ¿Por qué la persona es capaz de hacer se preguntas de este calibre?
El mal es una especie de ausencia de bien, así cómo el frío es una especie de ausencia de calor.
De acuerdo. ¿Y qué es el Bien? ¿No es acaso algo convenido por la sociedad, inventado por común acuerdo de sus integrantes para poder tener una relación mutua de convivencia y de conveniencia?
No. Eso son las leyes. Y las leyes se basan, o deberían basarse, en la Verdad. Y en la Verdad está inscrita el Bien. La verdad es racional, el bien es de verdad, y por la razón bien formada se puede descubrir el bien.
Por la razón se puede descubrir el mal. Y una vez hemos descubierto esta verdad, podemos reconocer la mancha del ser humano. Su pecado original: su tendencia innata para dejarse tentar por el Mal.
El Mal no es precisamente un ente personificado, pero sí es una entidad real.
¿Qué puede hacer el débil humano ante esta contundente verdad? Más bien parece que si es algo de nuestra naturaleza, tendríamos que admitirla y seguir con nuestras vidas sin preocuparnos por estupideces filosóficas.
Nada más lejos. El pecado es un añadido. Algo que se puede borrar. Algo contra lo que se puede luchar. Contra lo que se debe luchar.
El humano ha nacido para alcanzar lo inalcanzable. Ese peso adicional, que no es más que un intruso en sí mismo, lo dejaría anclado en tierra, y no lo haría muy diferente de los animales. Del resto de los animales.
Pero está claro que hasta el más piadoso peca. ¿No es acaso una utopía el no querer pecar? Al fin y al cabo, si el agua fluye por el río, y el sol sale por el oeste, el ser humano peca sin cesar.
No es excusa el no poder para no intentarlo. Eso lo tenía muy claro.
¿Y qué se puede hacer si se ha pecado? Solamente arrepentirse de corazón, y remediar en la medida de lo posible el mal ocasionado.
Tal vez la existencia del pecado se pueda explicar razonadamente para poder experimentar la grandeza del perdón. Tal vez. Sin pecado no habría perdón, pues no habría nada que perdonar. Pero, ¿cómo se podría realizar?
El perdón no es fácil. Y menos cuando le toca a uno mismo ser el que tiene que perdonar.
Y de las suplicas de arrepentimiento, la más difícil de aceptar, son las de uno mismo. ¿Cómo hacerse entender qué es pecado, qué no, y cómo sentirse de nuevo acogido por los suyos?
Etall perdonaba todo si realmente se sentía el pecado en las carnes. Pero olvidar el pecado de uno mismo, cuando no se era más que un humano, no es tan fácil. El problema venía cuando alguien consideraba una grave falta algo que tenía una sólida explicación. Y el peligro radicaba en que si uno no se perdonaba a sí mismo, corría el riesgo de cometer actos que realmente fuesen pecados. Y muchas veces, mucho peores que el acto original.
Todo aquello se lo había intentado explicar a su hija Mauen, pero las interrumpieron en plena conversación para obligarlas a marchar por la fuerza del hospital. Y hasta entonces, Mauen Gonen no había vuelto a tener la oportunidad de hablar con su hija.
Estaba claro que lo que había ocurrido es que en un acto de legítima defensa, ella salvó la vida de Lamoen Unien a cambio de matar a su perseguidor.
La vida humana es una de las cosas más sagradas en el mundo, y sesgar aunque solo fuese una, el pecado era devastador. Aquella mañana se habían cometido muchas barbaridades por parte de sus agresores, pero aquello no podía compararse con lo que había hecho Mauen.
¿Acaso no sería que tenía demasiado amor de madre, y no la dejaba ver la realidad de las cosas?
Nada más lejos de la realidad. Ciertamente, ella es su madre, lo que la colocaba en una posición de subjetividad bastante importante. Pero su razonamiento era todo menos subjetivo. Si su hija no hubiese disparado, Lamoen hubiese muerto. Y no evitar un asesinato sería casi cómo realiarlo.
¿O no? ¿Se estaría equivocando? ¿No sería la actuación correcta haber salvado las dos vidas? Sí. Pero hay ocasiones en la vida, que nos vemos en la coyuntura de tomar decisiones precipitadas, que salvo un ser sobrenatural, nadie sería capaz de tomar correctamente. ¿Cómo se podría pretender salvar las dos vidas en momentos de una dualidad tan machacante?
Matar está mal. Pero su arrepentimiento era tan extremo, que Mauen temía que su hija quisiera suicidarse. Tenía claros síntomas de ello. Y solo el haber por fin confesado que la había pasado podría suponer un freno para sus posibles pretensiones.
¡Ya había perdido un hijo! ¡No iba a permitirse el lujo de perder a otra!
El problema era cómo hacérselo comprender a ella. Ni siquiera había podido terminar de hablar con ella.
No obstante, tenía una idea bien clara. Necesitaba un sacerdote para aplicarla el sacramento de la Avenencia. Si se sentía perdona por Etall, y alguien cómo un buen sacerdote podría explicarla esas cosas que, como madre, ella sabía, pero que se veía incapaz de explicar, sabría que todo la iría mejor.
Nada sería igual. Pero es que nada sería igual para nadie. Tendría que aprender a vivir con el hecho de haber matado a alguien con sus propias manos. Pero al menos podría vivir sintiéndose perdonada. Aunque fuese consigo misma.
- Ahí llega – avisó su marido Anren.
- Sí – confirmó ella todavía abrazada a su hija. Estaban en el Muelle Este, custodiados por cinco Guadias de Ise y por la puñetera “representante” que la había encomendado el Gobierno.
Estaban esperando allí todos los afectados a que llegara el barco que les trasladarían a Ásundol, y a la vez aguardaban a que llegaran los misteriosos “otros supervivientes”. No les habían querido dar los nombres “por seguridad”. Solo sabían que eran unos cinco.
No sabía bién, pero a Mauen toda aquella gestión se la antojaba de chapucera.
A lo que se refería Anren con su afirmación era a que el “Alas Casaben III” estaba entrando en puerto. Era uno de los barcos más insignes del país.
Correcto era que, hasta aquella mañana, nadie hablaba de la Guardia de Ise por tratarse de un tema bastante tabú, pero aquellos barcos no eran solo militares, si no políticos. Era uno de los tres mejores y más famosos navíos de Ise. La élite venía a buscarles.
La élite se podía haber quedado en casita bien dispuesta.
Esperaban de pie, mientras el amanecer hacía amagos de aparecer a su derecha. Los colores del cielo se tornaban cada vez más parduzcos, venciendo al negro azulado de la noche. La tiranía de la noche dejaba paso a la dictadura del día.
En aquel momento Mauen se percató de que estaba realmente agotada. No había pegado ojo en toda la noche. Y seguramente se estaría un buen rato más sin poder dormir. ¡Cómo se la antojaba una cama!
Aunque mejor no. En el estado en el que estaba, si se conseguía dormir, lo que más temía es que pesadillas la acecharan como recordatorio del nuevo trauma vivido.
Todos estaban callados esperando la llegada. Al fondo se oía la ciudad despertar. Las luces de corriente se apagaban mientras voces matinales de lo más madrugadores empezaban a oírse por encima de los piares de los pájaros.
Mauen oyó bostezar de manera simultánea a Eoren hijo y su tía Moreren.
- ¿Cuánto tarda el viaje? – quiso saber Eoren hijo con claro disgusto en su voz.
- No mucho. Estos motores son bastante potentes y rápidos. Esta noche estarán durmiendo en Ásundol. – respondió la señora Milenen Fuen mientras ojeaba unos papeles.
Un carruaje de vapor llegó por su izquierda. Era también de la guardia. Aparcó al lado de los otros dos de sus compañeros, los que les habían traído hasta el muelle.
- Aquí llega. – confirmó la representante de ellos.
- ¿Llega? – preguntó Mauen madre- ¿quién?
- La superviviente.
- Creí que había dicho usted que eran cinco. – inquirió la misma.
- La única superviviente ilesa. El resto se reponen de sus heridas en el otro hospital del que disponemos al noreste de Ísundol.
¿Pero porqué puñetas les había separado? ¿Acaso estaban mal de la cabeza? ¿Quién era los que gestionaban todo aquello?
Todo su enfado se disipó nada más el Guarda de Ise que hacía de conductor saliera de su habitáculo a abrir la puerta trasera izquierda del vehículo y de esta bajara quién menos se esperaba ya que estuviese con vida. Una alegría súbita la embargo, de tal modo que casi deja de rodear con sus brazos a su hija. Era un regalo del cielo.
Su mejor amiga estaba viva. Era nada más y nada menos que Anien Sen.
Graden Faunen se estaba exasperando. Estaba agotado, cansado, confuso, sudoroso, apestoso... ¡Estaba harto, dormido y casi echaba espuma por la boca!
¡Qué le dejaran en paz! ¡No quería ya el poder! ¡Todo aquello le provocaba espasmos!
¡Un momento! ¿Repudiaba el poder? ¿Qué mierdas era lo que le estaba ocurriendo, que hasta lo que más apreciaba en su vida le resultaba molesto?
El no estaba preparado para una situación como aquella. ¿Quién se hubiese imaginado en un pasado que tendría que desenvolverse en una crisis cómo aquella? Era absurdo. Durante mil años se había demostrado que eran los únicos sobre la faz de la tierra, para luego, en una mañana, resultar que no eran más que una mísera e inútil colonia de insectos dentro de una maquinaria muy superior.
Pero lo que más le exasperaba en aquel momento no era ya su negativa al poder, o a querer seguir con los forasteros. Lo que más dolor de cabeza le estaba levantando era la estúpida e intransigente mentalidad del Máximo Sacerdote Gulen Selen-Et. No había cedido ni un ápice en su posición, y por culpa de ello, el alba ya estaba a las puertas sin que hubiesen podido pegar ojo.
Todo el rato en aquella maldita sala del edicio “Mar Romín”.
- Le comprendo perfectamente, capitán Karen – volvió a repetir el pedante religioso. – Pero también ha de comprenderme a mí. El Etallen, ni ningún religioso en todo Ise, se han inmiscuido en temas políticos de ningún calibre, y ni mucho menos se ha dejado manejar por poderes públicos. Nuestra misión es más espiritual que terrenal.
- Pero no se cortan a la hora de que recriminar actos que les desagradan de los políticos – recrímino Wharf Wonag. El hombre parecía tener una clara animadversión contra todo lo que significara religión. Graden lo había podido corroborar varias veces aquella noche. Su hostilidad era abierta.
- No ser una entidad política no significa que nuestra misión de mostrar la Verdad al mundo se vea interrumpida porque quién ostenta el poder es un cargo público. – le respondió con la misma hostilidad. El comentario le había calado, y parecía extasiado de repetir siempre las mismas cosas que por lo visto a él le parecían obvias.
Karen dio unos golpes con su copa de licor, ya vacía, contra la mesa para llamar la atención.
- Señores, por favor. – Sonrió – Esta claro que esta discusión no va a ninguna parte. El Reverencial Selen-Et ya ha mostrado su clara disconformidad a aceptar nuestra… - se interrumpió buscando la palabra correcta - … “advertencia” sobre lo que hay ahí fuera. Si el refundador de la confesión “Etalliana” en Ise estipuló la búsqueda ecuménica si se encontraban supuestos supervivientes, no podemos hacer mucho por convencerles de que no es lo más racional en este momento. Ya sabemos cómo son en nuestro país, Nuenia, los líderes religiosos, y por lo que podemos observar aquí son de un calibre parecido.
El sacerdote pareció molestarse con aquella frase.
- ¿Qué insinúa con eso? – se quejó - ¿Qué somos intratables?
- ¡No! – se lamentó Karen – ni mucho menos. Pero cada uno tiene su manera de pensar. Y eso es algo que respetamos mucho en Nuenia. Si no quieren comprender la gravedad de la situación, tampoco podemos obligarles. Ya les hemos expuesto lo que ocurre. Más no podemos hacer. Ante todo somos los guardianes de la Libertad. La unión entre las personas y el respeto a la legalidad son nuestras otras banderas. ¡No vamos a hacer algo remotamente que se salga de nuestros bien y amados ideales!
El Reverencial entrecerró los ojos desconfiados. Aquellas palabras también hacían desconfiar a Graden. Sin duda demasiado grandilocuentes. Demasiado “utópicas”. Pero era lo único que tenían para protegerse de los que le venían.
- Entendemos su posición – prosiguió el primer oficial Wonag – Pero entiendan también esto. La religión en Nuenia no es pública. El estado es laico y la gente profesa su fe en sus casas y en sus templos, pero en Nutelis, el estado es teocrático. El emperador es quién manda en la tierra y en el cielo. Si se unen a ellos, se unirán a sus verdugos.
Graden Faunen se asustó ante estas palabras.
- ¿No es pública? – preguntó extrañado el General Tien - ¿Quieren decir que las fiestas religiosas y las manifestaciones…?
- Eso es tema aparte, y que no nos atañe, Tien – le interrumpió Graden. A la vez que se volvía al religioso – Reverencal, ha de comprender la situación. No es tanto tema político, cómo de proteger a sus feligreses. No sabemos a lo que nos enfrentamos.
- Precisamente, querido Regentor, precisamente. – le respondió – El tema ecuménico es algo que podemos entender que les preocupe. Pero es un tema religioso, y su Beatitud será quien tome en última instancia la decisión o no de convocar un concilio al respecto. Ninguna amenaza por parte de ninguno de ustedes nos puede influir en este respecto.
Cabezota hasta la médula. Graden esperaba que al menos el Patriarca Foxel CXI fuese más condescendiente.
- Yo lo máximo que puedo hacer por ustedes es una Acto de Adoración Litúrgica en la Plaza de la Constitución de Ásundol a modo de bienvenida, cómo me sugirieron al inicio. Más no me pidan. – prosiguió el Máximo Sacerdote – Pero no solo eso voy a decir. cómo bien me indica usted, no sabemos a lo que nos enfrentamos. Y poco sabemos de nuestros visitantes. Antes de tomar la decisión que sé que va a tomar en cuanto nuestro querido capitán Karen le de la proposición, piense mucho si será conveniente.
- ¿Perdone? – parpadeó perplejo Graden Faunen - ¿Qué proposición?
- ¿No resulta claro después de su acalorada petición contra ecuménica? – soltó seriamente el religioso – Nuestros visitantes van a proponerle que Ise pase a ser un protectorado de su país.
- ¡Bravo! – se levantó Karen de la silla lanzando un sonoro aplauso. - ¡Qué maravillosa perspicacia!