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Fiction » Fantasy » Memorias de Ise font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Bastonivo
Fiction Rated: K+ - Spanish - Fantasy/General - Reviews: 6 - Published: 02-01-07 - Updated: 08-05-09 - id:2313597

Capítulo 7º- Explicaciones

Tres de Verano del año 4000

Diario Personal:

Este pequeño diario es lo único que he podido mantener de mis objetos personales. Lo tenía guardado en mi chaqueta junto con un carboncillo para poder escribir mis impresiones durante el viaje que teníamos planeado con mi familia.

Hoy ha sido el peor día de toda mi vida. De hecho he perdido toda mi vida. Ya no entiendo nada de lo de antes, ni nada de lo de después. No entiendo que sentido tuvo y tendrá mi vida después de hoy.

Cuando nos disponíamos a partir en el carruaje de mi tío Enren, cosas, que mejor no describir, arrasaron mi Basán natal matando a todos sus habitantes, y dejándome solo a mí con la única persona que no conocía en todo el pueblo.

Hoy me he dado cuenta de mi inutilidad, de mi poco valor y de lo poco aconsejable que es confiar en mi persona. Tal vez creía que podía valer para algo, solo que no conocía bien en qué.

Desde ahora mismo soy consciente de que no tengo utilidad, y mi vida es tan poco importante cómo la de una obrera en un hormiguero.

Hoy he conocido el horror en mis propias carnes. He visto la muerte de manera real por primera vez. Todavía no me creo que nada de lo que pasó haya ocurrido y no sea más que una horrible pesadilla. Tal vez dentro de unas horas me despierte en mi cama, y todo esto se me olvide cómo todo mal sueño.

Pero no. No tengo esa suerte. Todo es real, aunque no lo parezca. Miro a mí alrededor y no reconozco nada de lo que puedo considerar lógico o normal.

Ahora estoy en un camarote de un barco que nos recogió en alta mal. Estoy con la que llamaba ayer en este mismo diario “Hija Fantasma”. Ya no solo es un ser real, si no es además la única persona de Basán que sepa que continúa con vida. Resulta que se llamaba Laroen.

Me da miedo, y no cómo me daba miedo ayer. No espero que venga a reclamar mi vida. Me dan miedo sus reacciones, su manera de ser. No soy capaz de estar a su altura. No solo eso. Tiene un algo agradable. Pero no soporto su actitud. Me da rabia. Yo no sé tratar con chicas. Nunca lo he hecho. Yo siempre he sido un niño. Menos ahora podré tratar con “esta” chica. La encontré con su moribundo padre antes de morir, y este me pidió que la custodiara. Pero no he sido capaz.

Ella me supera en inteligencia, en actitud y en forma de ser. Ella me custodia a mí, se podría decir. Y no soporto su prepotencia. No para de insultarme.

No era lo que me imaginaba por “mito”. Se diría que es alguien normal si no fuera por sus extraordinarias vetas luminiscentes; y porque la he visto un poder descomunal que aniquiló buena parte del pueblo en ruinas.

Sí, aniquiló.

Y yo solo soy un débil invitado a toda esta locura. Yo debería de haberla ocultado de su miedo a ser descubierta, y ahora resulta que el capitán de este navío que nos rescató en alta mar después de nuestra huída sabe de su secreto.

Escapamos por casualidad del pueblo. Yo casi no podía con ella, y mi torpeza por poco nos mata. En alta mar, ella era quien mandaba, yo solo obedecía, tragándome sus irritantes insultos. Y para lo único que debía hacer, he demostrado ser un inútil otra vez.

¿Cómo puedo criticar a nadie, si yo no soy nada? Sin familia sin sentido y ahora sin valor para lo más mínimo. El capitán Selen, jefe de este barco, me ha obligado a volver al camarote para “suavizar” el choque que la producirá a Laroen.

¿Suavizar? ¡Me va a matar! Encima el capitán no me ha contado nada de porqué él sabe quién es ella. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer?

¿Dormir? Llevo casi un día sin dormir… y no puedo. Tengo el pánico en mis huesos. ¿Qué va a ser de mi vida a partir de ahora?

No voy a escribir más. No tengo mucho tiempo. Debería empezar a hablar. Ahora ella parece dormir. Pero lo dudo. No para de dar vueltas. No voy a ser capaz.

Tengo miedo. Mucho miedo.

Semaren Buren Gonen.


Joen Men estaba blanquecino.

- ¿Cuándo ha ocurrido? – quiso saber él.

- Sobre las una de la madrugada, parece ser. – respondió el general Tien con el informe todavía en su mano – Tal vez algo antes.

- ¿Y por qué si se puede saber no hemos sido informados antes? – se indignó Joen Men. Si lo hubiese sabido antes, podría haber hecho algo.

- Casaben lo había sido, pero cómo nosotros estábamos aquí con nuestros invitados, no creyeron que fuese conveniente interrumpirnos. – respondió el General.

- ¿Qué clase de imbécil tomó esa decisión? – se exasperó Joen.

- Una clase de imbécil cómo yo, idiota – le miró a los ojos furtivamente el Regentor Graden Faunen – indiqué tajantemente que mientras estuviésemos reunidos, nada nos interrumpiera. Si algo importante ocurría, se encargaría Len Millen de gestionarlo.

¿Len Millen? Ese ministrum no sería capaz ni de mandar en su casa, por mucho cargo de Interior que tuviese. Graden Faunen debía de saber dentro de sí el grave error que acababa de cometer. No es solo porque él, Joen Men, tuviese a su mujer, hija y hermana a bordo. Cuando el barco fuese…

- ¡Señores! – les pidió tranquilidad el capitán Karen – ¡Cálmense! Entiendo que todo esto sea un asunto interno entre ustedes, y aparentemente no tengamos mucho que aportar nosotros. – Pero si se acuerdan, ese navío del que hablan ha sido atacado por fuerzas externas. En ese sentido, nosotros también estamos afectados. Y con ello nuestra ya ignorada actual discusión.

Salvo el Reverencial Gulen Selen-Et, todavía estaban reunidos en el edificio “Mar Romin”, sentados en sus mismas posiciones y con una gran cantidad de vasos y botellas vacías de diferentes licores sobre la mesa. Cuando el ya ausente sacerdote les había soltado la explosiva deducción de verse sometidos a sus visitantes para protegerse de la amenaza exterior, la discusión había abandonado ya sus caminos tan educados, para adentrarse en unas negociaciones arduas, tediosas, y porque no decirlo, antipáticas.

Ise no iba a someterse a nadie, ni ser el protectorado de nadie. Ise era un país independiente, que hasta hace un día, se le consideraba el único en el mundo. Si se sometían a unos desconocidos de los que todavía no tenían información alguna, no podría reprochárseles al actual gabinete de Gobierno, mayor irresponsabilidad.

Obviamente, los visitantes no eran unos críos, y les habían ofrecido una hoja de ruta en forma de pesados textos como oferta a ser estudiada a un año vista, un tiempo que los “nuenios” consideraban más que suficiente cómo para conocer todas las variables posibles del nuevo mundo que se les acababa de abrir.

Sin embargo, solo aquel ofrecimiento de unirse a su “unión de estados” había levantado ampollas entre los presentes. Y con razón. Todo estaba sucediendo de una manera demasiado casual.

- ¿Qué es lo que realmente ha pasado? – ignoró Joen Men al capitán Karen. Aquel barco le preocupaba de sobremanera. – ¿Cómo empezó el ataque? ¿Cómo sobrevivieron?

- Por lo que nos informan desde “Alas Casaben III”; – prosiguió el General Tien releyendo el papel acaban de traerle escasos minus atrás – dónde el Coronel Rauen ha pedido desde su posición cercana a Ísundol que un barco de Isuna auxiliara al “Mar de Ise” cuanto antes; el ataque fue de improviso. Una masa voladora, propulsada por una barquilla con dos hélices adosada a su lomo, les bombardearon desde el aire. Las armas ordenadas subir a bordo eran insuficientes, pues no eran algo preparado para atacar a las alturas…

- Creo señores – le interrumpió Karen, intentando unirse a la conversación – que usted está describiendo un objeto que nosotros comúnmente denominamos “dirigible”.

- ¿Dirigible? – se extrañó Graden Faunen - ¿Qué clase de objeto es un “dirigible”?.

- Un objeto que se sustenta en el aire acumulando gran cantidad de un gas más ligero que el aire en una especie de globo o compartimiento cerrado, señor Regentor. Al ser más ligero, flota, y con unos adecuados motores, puede ser controlado a voluntad. – se explicó el teniente Wharf Wonag con su peculiar acento.

- Sin embargo, son objetos únicamente dedicados a observación. – se explayó Karen – Debido a su sigilo, pueden ir casi dónde deseen sin ser detectados. En una guerra, o en batalla, es una locura mandarlos a otra misión que no sea espionaje.

- No le comprendo – sentenció molesto Joen Men por la interrupción al general. – Un aparato como el que describen serían fabulosos para atacar por sorpresa.

- Son sumamente inestables. Una fuga es fatal. – se explicó el capitán – pero sobretodo, si esa fuga se ve expuesta al fuego.

- ¿Al fuego? – se interesó el General Tien – Eso mismo explica el informe. Ningún proyectil le hizo blanco. Solamente un grupo de bengalas de posición.

- ¿Bengalas de posición? – sonrió Wonag - ¡Qué interesante! – ironizó.

- Unos arpones adosados a unas bengalas, que lanzado por aparatos de pirotecnia, se clavan en su objetivo, delatando su posición en la noche. – le informó el general sin captar el sarcasmo del extranjero.

Un silencio incómodo inundó la sala. Parecía que el general acababa de darse cuenta de su ridículo, y tosió antes de tomar lo poco de licor que le quedaba en su copa.

- Entonces ahí tienen la respuesta. Las bengalas provocaron la explosión del dirigible. Y la supervivencia del navío. – ignoró la situación Karen.

- ¿Pero cómo? – insistió Graden Faunen – Una maquina así ha estado minando nuestra economía, y matando a nuestra gente. Parecía algo indestructible. Ahora nos viene con que unas inofensivas bengalas…

- El gas que mantienen en el aire a los dirigibles – le interrumpió Wonag – es altamente inflamable.

Todos los Isunes presentes le miraron sin poder comprender.

- Eso es un suicidio entonces. – sentenció Graden Faunen.

- Por eso mismo no se usan en guerra. Con ustedes supongo que creerían que no correrían peligro debido a la inferior tecnología que disponen sobre ellos, además de que no suelen llevar armamento en sus barcos. Imagínense una masa enorme de fuego en un polvorín. Seguramente han priorizado el ser sigilosos y se han arriesgado. – le aclaró el capitán. – No obstante, bien es cierto que existe otro gas también bastante ligero y completamente seguro. Pero su extracción es difícil y muy cara. Es más rentable obtener el que es inflamable de la misma agua.

- ¿Del agua? – se maravilló Faunen.

- Sí. Grandes cantidades de corriente aplicadas al agua dan dos gases muy curiosos. Con el más ligero, llenamos los dirigibles. Curiosamente, cuando arde, vuelve a formar agua.

Existió otro rato de silencio. Joen Men creía que todos sus compañeros debían de sentirse cómo él. Como un niño al que le explican como funciona el mundo. Y eso le molestaba.

- Bueno, ya sabemos cómo sobrevivieron de milagro… - reanudo de nuevo la conversación el ministrum.

- Con simples bengalas… - repetía Faunen dándose golpes de impotencia en su pierna derecha, con la mirada al suelo – con simples bengalas…

- … pero quiero conocer la situación actual. – sentenció molesto Joen Men – prosiga, por favor, general.

El general carraspeó antes de continuar. Parecía el más cansado de los presentes.

- A pesar de su cordura a la hora de manejar el ataque, el capitán del “Mar de Ise” decidió no pedir ayuda a pesar de que las maquinas habían quedado inutilizadas por culpa del extremo esfuerzo a las que se vieron sometidas. – releía – aquello provocó que los Guardas de Ise a bordo aplicarán nuestro actual estado de Excepción, y tomarán el control del barco.

Joen Men empezaba a sentir sudor frío por la frente. Las mismas tropas que había ordenado a aquel teniente borracho que custodiaran el barco, sería las mismas que le llevarían a la ruina. Estúpido inepto. Todo había ocurrido por confiar en el idiota de Tien y seguir su consejo a la hora de escoger a Groen Sen para organizar la partida.

- ¿Algo más? – quiso saber Graden Faunen, también preocupado. Debía de haberse percatado por fin de lo que realmente significaba aquel ataque.

- Con barcas se acercaron algunos guardas a los restos de la mole. Han recuperado varios cuerpos. Unos pocos con vida. Explican que se encuentran interrogándolos.

- ¡Genial! – exclamó Faunen – ¡Por fin tenemos alguien físico a quien echar las culpas!

- Entiendo que están en su derecho a tomarles como prisioneros por sus crímenes cometidos – se expresó Karen – pero sugeriría…

- También rescataron un símbolo extraño chapado en metal entre los maderos. – le interrumpió el general.

- ¿Extraño? – preguntó el capitán – descríbanoslo. Para nosotros no será extraño.

El general Tien asintió con la cabeza, mientras removía los papeles.

- Describen un símbolo octogonal, con un árbol en su interior. Una espada delante de este, con un sol a la derecha y dos círculos a la izquierda.

- Una descripción muy parecida a la de los informes de los supervivientes de Basán, la que habían conseguido arrancar a uno de los atacantes – afirmó Graden Faunen.

- No sabía yo eso – se indignó Joen Men.

- Ha habido mucho movimiento en Casaben mientras tú realizabas tu función embajadora con nuestros invitados, amigo mío. – se ofuscó.

No entendía porque el regentor le hablaba de esa guisa. Realmente el cansancio les estaba haciendo estragos.

- Creo que sería mejor que nos tomemos unas meras de descanso. – suspiró Joen Men. – ya no pensamos con claridad.

- Ese símbolo corresponde al escudo del Imperio de Nútelis. – le ignoró Karen mientras chascaba los dedos a uno de sus soldados apostados cerca de la puerta.

El hombre, de tez negra como el carbón, le entregó una carpeta forrada en cuero y de color ocre. Karen sacó una hoja de su interior con un dibujo de imprenta. Era idéntico a la descripción. Estaba en colores ocres, verdes, blanco y negro.

- ¿Comprenden ahora la gravedad de la situación? – les avisó el teniente Wonag – Han visto nuestro escudo en nuestros uniformes, maquinas y despachos. Ustedes saben que no les mentimos.

Joen Men le miró con desconfianza. Ese comentario estaba de más, y servía para crear más incertidumbre que para suprimirla. Sin embargo, razón no le faltaba.

- Insisto en que deberíamos descansar todos nosotros. Llevamos aquí toda la noche, y necesitamos estar lúcidos para tomar las decisiones correctas. – pidió Joen Men.

En realidad, quería ir corriendo a Casaben a intentar salvar su cuello por la mercancía del “Mar de Ise”.

- Eso depende – volvió a ignorarle, esta vez el General Tien, terminando de releer el informe – hay algo más.

- ¿Perdón? – se manifestó molesto Wonag.

- Aquí indican que un nuevo y también extraño objeto hizo acto de presencia inmediatamente después de abatir al… ¿”dirigible”? – preguntó Tien.

- Sí, dirigible – le confirmó el capitán Karen - ¿Qué clase de objeto?

- No saben describirlo muy bien. Era oscuro, alargado, y había hecho acto de presencia apareciendo desde el fondo de las profundidades marinas. – describió – Solamente expresan que les ayudó a salvar a las personas que habían caído desgraciadamente por la borda antes de volver a desaparecer.

El mundo estaba loco, sin duda. A Joen Men ya no le extrañaba ya ningún nuevo ente disparatado. Lo raro empezaba a ser normal. Le daban ganas de echarse a reír de lo absurdo que era todo.

- Parece un navío submarino, ¿no? – le preguntó Wonag a su superior, girando su cabeza hacia él, mientras Karen miraba al infinito.

- Sí. Pero no de Nutelis, pues él dice que les ayudó. Y nuestro tampoco es, pues lo sabríamos. – respondió con gesto de disgusto. Era obvio que aquel detalle no era algo previsto para él.

- ¿Entonces? – se asustó el regentor.

- Esta claro, su excelencia señor Faunen. – le respondió sin cambiar su mirada a la nada – Hay una tercera potencia infiltrada en sus aguas.


Mauen Gonen estaba a la puerta del camarote que le había sido otorgado en aquella travesía obligada a Ásundol y que acababa de comenzar hacía media mera escasa.

Era un camarote para dos personas. Su hija Mauen y Anien Sen. Ella estaba, podría decirse, de visita. No había podido conversar con su amiga, y mucho menos tener un apoyo en ella desde que subieron. Mauen tampoco parecía dispuesta a abandonar el regazo de su madre. Así que ese camarote casi era más suyo que el que compartían con su esposo Anren, el cual debía de estar siendo visitado ahora por su hermano Enren… o eso creía.

Se notaba que era el barco insignia. Además de ser de lujo, les habían dado los mejores camarotes. Tapizados, con camas en vez de literas, cómo si fuese un hotel, baño propio con sus retretes individualizados y con agua corriente traída a presión desde un tanque situado en algún recóndito lugar del buque. Lo dicho, todo un lujo. Cosas que no habían tenido ni en su propias casas en Basán en todas sus vidas.

Pero eso no limpiaba toda la injusticia que cometían con ellos al trasladarles a la fuerza a la capital. ¿Para qué? Eso era algo que no habían podido explicarles con un atisbo medianamente razonable, pues perfectamente pueden hacer la misma función de explicar lo ocurrido en la isla Isune, su hogar destrozado.

- ¿Len está vivo entonces? – se alegró ella misma.

Anien suspiró.

- Está muy malherido. Todas sus extremidades están hechas añicos. Le han extirpado el bazo y no ha salido del coma desde que se le cayera aquel muro encima. – lloró – No me han dejado permanecer con él. No me han dejado seguir cuidándolo. Esas enfermeras no son su madre. Si sale del coma, ¿quién va a arroparle? ¿quién velará por mi pequeño?

Hubo un silencio atronador de casi medio minu, ocupado por los llantos de la mujer. Mauen la cogió de las manos. No podía comprender cómo podían aquellos monstruos insensibles obligar a una madre a separarse de su hijo en un estado tan lamentable.

Ambas estaban sentadas en la cama más cercana al ojo de buey que servía de ventana, y que iluminaba la estancia adornada con motivos florales dorados en sus paredes blancas y empapeladas. Su hija estaba echada en la más cercana a la puerta, intentando mantenerse despierta, pero a duras penas. El lugar era rectangular. Las dos camas se disponían a lo largo, y un pasillo era el que las unía al del exterior, en la cubierta primera del navío. El baño estaba a mano izquierda poco antes de aquella salida.

- ¿Qué le paso al muy pobre? – quiso indagar.

- Le sacaron esta tarde de los escombros de la casa de Yalen, el peluquero. Mi pequeño debía de estar en aquella calle cuándo todo ocurrió. Casi le dieron por muerto. – sollozó. – Otra persona de las que han sobrevivido además de mí, estaba en una situación parecida cerca de tu casa. Pero ha salido del coma.

- ¿Quién es? – rezó Mauen para que fuese su propio hijo.

- Mi sobrino Araren. – suspiró. – soy lo único que le queda de su familia.

Toda aquella situación era horrible. Decidió abrazar a su amiga.

- ¿Quiénes más están vivos? – Mauen en su interior insistía por Semaren.

- El sacerdote Groen-Et. Pero no creen que sobreviva. Tiene su cuerpo completamente carbonizado por las llamas. Ni siquiera saben los médicos cómo puede haber conseguido sobrevivir tanto tiempo así. – la informó – Es horrible.

- ¡Santo Etall! – se persigno Mauen con la señal de Etall en la frente.

- Y la señora Mien Romen – Anien miró a la hija de su amiga en la cama de enfrente para asegurarse si se había quedado dormida – la que en su día nos denunció y nos acosó por la existencia de mi pobre Laroen, tiene la cadera rota. Escapamos juntas por las calles del pueblo. Fue horrible.

Mauen se entristeció al conocer la que había sido la más probable realidad. Era muy difícil que Semaren estuviese vivo.

- ¿Cómo escapaste de la muerte? Al iniciarse el ataque fui incapaz de poder encontrarte. – se disculpó.

- Mi pánico me llevó a correr a buscar a mi familia a mi casa. No pensé en nada más. – admitió – Pero no pude llegar. La destrucción a mi alrededor parecía buscarme, y me impedía avanzar. Encontré a Mien Romen no muy lejos de dónde habíamos estado tú y yo despidiendo a tus hijos. Estaba huyendo con Saraen, la mujer de Yalen; y el señor Soren Ren con su esposa. En aquel momento pude ver mi casa a lo lejos reventar en el puro fuego de una explosión. Me obligaron a no ir hacía aquel lugar a la fuerza, y me arrastraron hasta el oeste para refugiarnos en los graneros contra mi voluntad. – entonces Anien la agarró la mano con extremada fuerza, tanto que casi la hizo daño - ¡Fue horrible, Mauen! ¡Fue horrible!

Mauen la abrazó con fuerza mientras se la escapaban algunas lágrimas también a ella. No quiso hablar. Las palabras sobraban.

- Allí uno seres con cara de cerdo fueron a matarnos. – prosiguió narrando Anien, intentándose tranquilizar, después de casi medio minu sollozando –Nos descubrieron nada más entrar en el granero, y dispararon con esos objetos de muerte que portaban. Solo yo y Mien nos libramos haciéndonos pasar por muertas. Pero no fue suficiente. Lanzaron algo que reventó en llamas y truenos, derrumbando una columna, y lanzando una de las vigas contra Mien, inmovilizándola. Por eso tiene la cadera aniquilada. Yo quedé detrás de los escombros, así que no intentaron asegurarse si seguía viva o no. Eso me salvo. Estuve inmóvil hasta que apareció la Guardia de Ise a sacarnos de allí casi una mera después. Estábamos aterradas.

Mauen suspiró.

- Ha sido mucho peor de lo que me había imaginado. – Mauen reconocía la enorme suerte que, dentro de lo que cabía, habían tenido su familia y ella. – nosotros pudimos escondernos en los bosques, y aunque casi matan a Nuen, nos salvamos. – se interrumpió – No sabes nada de tu esposo Daren y de la pobre Laroen, imagino.

- No – suspiró. – no me dejaron acercar a mi casa. Pero ellos dos estaban en ella cuando pasó todo. Solamente pueden estar muertos. – gimió – Me asusta además cuando encuentren sus cadáveres. ¿Qué voy a responder a la Guardia cuando me pregunten por las vetas mi hija? – se indignó – No sabes lo que me alegra que al menos los tuyos estén vivos.

Mauen suspiró, a la vez que se separaba unos milbras de Anien.

- ¿Por qué ese suspiro? – quiso saber la amiga.

- No sé nada de Semaren, mi pequeño.

- ¿No iba con tu hermano? – se extrañó - ¿No se salvó con él?

Mauen se aseguró también de que su hija no estuviese despierta. Aún así habló en susurros.

- Mi hermano dejó solos en el bosque a Mauen y a Semaren para intentar salvar a gente en el pueblo con su carruaje – en su tono de voz podía notar rencor. Todavía no había hablado con él de lo que hizo – y Mauen dejó solo a su hermano por la misma razón poco después. Esté había desaparecido cuando regresamos dónde le dejaron. Pero Enren asegura haberle visto en el pueblo poco después que fuesen volatilizados la mitad de lo que quedaba de las ruinas del pueblo.

- Es cierto. Yo también vi el erial que crearon – la interrumpió la mujer - ¿Qué ser es capaz de tamaña destrucción? ¡Son seres de inframundo! – se paró - ¿Y no se sabe nada de él?

- Yo todavía albergaba alguna esperanza cuando nos informaron que había más supervivientes. – se entristeció – pero imagino que la esperanza me nublo la razón. Mi hermano tuvo que huir de los disparos de aquellos cerdos, y dejar solo a su suerte a mi pequeño. Cuando nos den la lista de fallecidos, que supongo que harán estos incompetentes de la Guardia de Ise, saldremos de dudas. Pero no saber si vive o no, es descorazonador.

Nadie dijo nada. Sabían que la realidad anunciaba la muerte del muchacho.

- Lo siento. – dijo Anien al fin.

- Más siento yo lo tuyo. Amiga mía. – la respondió – Más lo siento.

- Cada una sentimos a los nuestros. – terminó.

En aquel momento la joven Mauen se incorporó en su cama suavemente. No estaba dormida. Su gesto no era ya tanto de amargura, como de extrañeza.

- Siento mucho meterme dónde no me llaman, pero, Anien, ¿quién es esa tal Laroen de la que habéis hablado? – interrogó la chica.


- ¿Por qué no intentas dormir un poco? – le inquirió – Me estás poniendo nerviosa.

Semaren llevaba ya así muchos minus. Seguramente casi treinta. Suspiraba, se levantaba, daba vueltas y su corazón le palpitaba como una bomba. No se había atrevido a decir nada. En dos ocasiones emitió un sonido gutural para intentar empezar una conversación. En otras tres, suspiró, y en una más se atrevió a decir una palabra de iniciación, pero se cortó en seco en ella misma.

Laroen estaba echada en la litera inferior de la izquierda de la izquierda del camarote. Sabía que con todo lo que tenía encima, sería muy difícil poder dormir. Pero estaba destrozada, no había podido descansar casi toda la noche, salvo un rato en que el muchacho había tenido que ir a hablar con el capitán. Los recuerdos la sobrevenían una y otra vez y si conseguía dormirse, todo eran pesadillas. Aun así no cejaba en su empeño. Además, la estancia estaba iluminada por la luz del día que entraba por el ojo de buey, y no había manera de taparlo para dejarles a oscuras tranquilamente.

Había trabado por dentro la habitación con un cerrojo interior, para poder quitarse las incómodas vendas. Se había cambiado con las ropas que la ofrecieron los marineros. Era ropa de una de las “hijas” del capitán. Pero la iban cómo un guante. Casi parecía que estaban hechas para ella. Se había cambiado aprovechando el momento en que se quedo sola. Era un conjunto por el cual podía verse más partes del los dibujos que hacían sus vetas luminiscentes por el cuerpo. Sobre todo parte del “triángulo” invertido por encima de su pecho, y los signos de sus manos y sus pies, pues no llevaba ni sus guantes ni su calzado. Al principio dudo dejarles a la vista de Semaren, pero ya no importaba una vez habiéndola visto el rostro. De todos modos, él no dijo nada, seguramente por vergüenza.

El conjunto que la habían dado era un pijama azul claro con adornos que realizaban tres circunferencias amarillas que rodeaban los extremos de las mangas y las piernas. Consistía en un pantalón de seda, y una blusa de manga larga del mismo material. Era muy cómoda. También la ofrecieron ropa interior limpia de su talla. Algo que la extrañaba mucho en un barco solo de hombres, por mucho que fuese de la “hija del capitán”.

Además la estancia, aunque angosta, disponía de un humilde baño con un balde de metal con agua, en el que se pudo bañar y limpiar toda la mugre que había acumulado en todo el día. Aquello la había calmado un poco. Sentirse fresca y limpia. Pero no cambiaba la situación.

Cuando regresó Semaren, además, consiguió manipularle para que llevaran la ropa sucia a lavar, incluidas las vendas, un ofrecimiento que ya les había anunciado el señor Seren Jolen

El chico se había bañado y cambiado con la ropa que le ofrecieron antes de marcharse a charlar con el jefe del barco. Sin embargo desde que había vuelto no hacía más que ponerla nerviosa. Ahora estaba dando vueltas por toda la estancia cómo un autómata.

- Lo siento mucho. No puedo dormir. – admitió.

Laroen se incorporó sentándose en la litera.

- Yo tampoco. – admitió – siéntate, anda – le pidió mostrando la litera de enfrente – ¿quieres charlar un poco?

Semaren accedió al ofrecimiento. Se sentó enfrente de ella, a dos cenbras escasos. Pero mantuvo la mirada esquiva, y no paraba de bailotear su pierna derecha de manera maniática.

- ¿Qué ha pasado? – le preguntó – Y mírame al rostro.

Semaren lo intentó, pero inmediatamente rechazó la mirada. Entendía que tenía que ser difícil hablarla a la cara con los ojos brillando de manera asquerosa, pero tampoco podía excusarse ya en ello. Antes, en el bote, él había conseguido mirarla sin ningún problema o prejuicio.

- ¡Qué me mires te digo! – le exigió. Él obedeció tímidamente. ¿Cómo podía ser tan sumiso? – Te vuelvo a recordar que te estoy agradecida por tu reacción antes de subir aquí. Sin embargo desde que has vuelto de hablar con el capitán, me estás poniendo más nerviosa de lo que ya estoy, y solo me haces ponerme en lo peor. ¿Se puede saber que te pasa?

Tras uno o dos mecones de silencio. Semaren suspiró.

- Lo sabe.

Mierda” – pensó Laroen impactada – “¿Cómo que lo sabe?

- ¿Cómo que lo sabe? – respondió asustada Laroen. - ¿Quién sabe qué? – Ahora la que temblaba era ella.

- El capitán Jolen lo sabe. Sabe tu secreto. – rechazó la mirada cerrando los ojos por miedo a la reacción.

- ¿Qué? – explotó Laroen - ¡Semaren! ¡¿Qué me has hecho?! – le gritó indignada - ¡¿Eres retrasado o solo naciste sin cerebro?!

- ¡Yo no he hecho nada! ¡El ya lo sabía! – se giró a mirarla a la cara. El insulto había surgido el efecto que ella quería. Sacarle a hervir la poca sangre que tenía.

- ¿Me tomas por idiota? – respondió. Laroen se percató de que los gritos podrían oírse desde fuera del camarote, y bajó la voz – será mejor que nos tranquilicemos. – suspiró – explícate antes de que decida darte una paliza.

- Yo seguí mi historia. Pero él me atacó una y otra vez. – se excusó tartamudeando débilmente – primero adivinó que no me llamaba Enren. Tuve que admitir todo lo demás. Sin embargo te juro que yo no le dije nada sobre tus vetas. ¡El simplemente lo sabía! Me preguntó directamente si tenías “la luz”. ¿Qué puedo hacer en esa situación?

¡Subnormal de mierda!” – pensó ella. Laroen quería matarlo. Ahora no estaba agradecida. Estaba furiosa. Semaren la había metido en la “pesadilla”.

- ¡Negarlo todo! ¡Tener más sangre! – Se indignó ella volviendo a levantar la voz sin percatarse. - ¡Cualquier cosa menos admitirlo! ¡Me van a matar! – enloqueció lanzándose contra él. – ¿Es que no lo entiendes? – Ella se quedó a medio camino entre las dos literas, agachada, sujetándole por los hombros con fuerza.

Semaren se quedó mirándola embobado unos instantes. Parecía obnubilado con ella. Laroen hecho ese pensamiento de su cabeza. Era absurdo. Y más en aquel instante.

- Lo intenté – suplicó – te lo prometo.

- Intentándolo solo no solucionamos nada – se separó contrariada de él, volviéndose a sentar en la litera. – Y si lo saben, ¿por qué no han venido a por mí? – preguntó extrañada. – ¿Por qué todo este tiempo desde que has vuelto? Es más, ¿pensabas alguna vez decírmelo?

- He tratado de hacerlo, pero tenía miedo precisamente de cómo has reaccionado.

- ¿Acaso te parece para menos?

- No – reconoció él – Soy un inútil. Soy un inútil – sollozó.

Con este incompetente era imposible conseguir nada. Mi pobre padre cometió un grave error confiando en él. Mírale, ahí, llorando cómo un bebé.” – se dijo para sí misma Laroen.

- Yo estoy aquí porque el capitán me pidió que te suavizara la reacción. – terminó volteando el rostro a su derecha– pero él es otro que también espera demasiado de un perdedor.

- ¿Ahora te vas a poner de víctima? – le recriminó – te recuerdo que la afectada aquí soy yo. Mientras a mí me matarán, encerrarán en oscuros sótanos, o diseccionarán cual animal; tú podrás vivir tranquilamente, en un nuevo hogar sin preocuparte de nada. Tú no pierdes nada, asqueroso traidor.

De repente el chico aspiró con violencia el aire, y giró con fuerza la cabeza para mirarla a la cara, de una manera cómo nunca antes lo había hecho.

- ¡Estúpida imbécil! – voceó con tremenda fuerza Semaren de la manera más inesperada. Tenía las cuencas de los ojos completamente abiertas, y la miraba con auténtica ira. Nunca se habría esperado tanta furia en él. - ¿¡Te crees que eres la única que ha perdido aquí!? ¡Estoy harto de todo esto! ¡Yo tampoco tengo a nadie! ¡No gano nada perdiéndote! ¡Todo lo contrarío, niña engreída!

Semaren se paró en seco entonces. Parecía asustado de su propia reacción. Laroen estaba anonadada. El grito había sido tan fuerte que seguramente lo habrían escuchado hasta en la misma Ásundol.

- ¿Qué? – solo acertó a decir la chica.

Semaren apartó la vista.

- Lo siento – se disculpó – Tengo mucha paciencia, pero si se rebasa, explotó todo lo que tengo acumulado. No quería gritarte. Es la primera vez que no me controlo. – Semaren estaba rojo de vergüenza – Si quieres odiarme, adelante. No he sido capaz de cumplir la promesa que hice a tu padre por ineptitud. Pero no soy un traidor. No lo soy – se giró a la derecha, apartando de nuevo la mirada. – Y si tú caes, estaré solo. Tienes razón. Aquí la víctima eres tú. No quiero seguir hablando.

¿La primera vez que no se controla?” – pensó ella – “¿Acaso este chico tiene pensamientos más fuertes de lo que se expresa?

Laroen se sintió culpable durante un breve instante, pero se contuvo. Aquí la perjudicada era ella. Aquel grito estaba de más. Durante unos minus se quedaron en esa posición sin decirse nada. Ella intentó razonar algún plan de huída, o algo que la salvara el cuello. Pero el miedo no la dejaba.

Semaren comenzó a llorar.

Otra vez, ya empezamos” – se lamentó ella por dentro.

- No me has respondido, ¿Por qué no han venido aquí todavía?

Semaren no respondió. Solo controló su llanto.

- ¿Vas a responderme?

- No quiero hablar. El traidor soy yo, ¿recuerdas?

Laroen suspiró. Se levantó y se sentó a la izquierda de él, quién le daba la espalda.

- Por favor. – Le puso la mano en su hombro derecho.

- El capitán no me dijo nada, por más que quise saber. – la explicó – me pidió que te avisará de lo que pasaba, y que el mismo vendría aquí a explicarte cuando tú considerases oportuno, pues asegura conocer cosas sobre ti que tú no sabes.

La muchacha se extrañó.

- No entiendo.

- No explicó más.

Laroen suspiró. Se levantó y se quedó ahí quieta. Pensativa. Miró a la espalda del muchacho. Si era lo único que la quedaba en quien confiar, sería mejor llevarse bien con él. Pero estaba claro que tendría que ser ella misma quien se sacará las manos del fuego. El chico obedecía bien y parecía tener buen corazón. Pero era incapaz de tener iniciativa propia, y cuando lo hacía, fracasaba. Podría ponerla nerviosa, pero es lo único que la quedaba.

- Semaren.

No respondió.

- Semaren – le repitió yendo a situarse enfrente de él, y agachándose delante de su cara. El muchacho no tuvo más remedio que mirarla – Ve a avisar a ese capitán. Ya no me importa nada. Será mejor pasar el mal trago rápido.

Semaren asintió y se levantó. Laroen se apartó. Para dejarle paso a la derecha, pues en esa dirección, en frente, estaba la puerta.

- Otra cosa – le pidió a la vez que él se volteaba ligeramente a mirarla. Pensó si hacer las paces con él. – No, nada – se arrepintió.

El joven fue a la puerta con desgana, movió el cerrojo para abrirla, salió y volvió a cerrarla desde fuera. Mientras, Laroen se sentó resignada en la litera, cogiéndose la cabeza con la mano derecha, y percatándose de que no tenía nada para taparse el rostro, pues lo había mandado llevar a lavar.

- No quiero morir – sollozó una vez sola en el cuarto – no quiero morir.


Graden Faunen estaba en su camarote, escribiendo por el sistema de comunicación ordenado por Joen Men. Él contaba con que el ministrum tardaría en hacer acto de presencia al otro lado del aparato, pues se dedicaba a hacer de embajador improvisado a los extraños visitantes que habían llegado a la capital poco antes de su partida.

Pero la realidad es que el tipo no había dado señales de vida en toda la noche. Casi hasta sería mejor así.

En aquel momento estaban a un cuarto de mera escaso de llegar a su destino en la pequeña bahía de Basán, en la isla Isuna, así que tendría que ir saliendo de su camarote en breve. Había aprovechado el tiempo que tenía para contactar con el “Mar de Ise” y conocer realmente que había ocurrido de la mano del sub-teniente Fenen. Siempre y cuando, claro estaba, los “amotinados” Guardas de Ise, que no hacían más que cumplir con la ley del estado de Excepción, no le hubiesen dejado recluido en alguna sala sin acceso a su propio transmisor de cartas por cable.

Por suerte, no fue así y pudo contactar con su subordinado una vez pudo convencer a los Guadias de que estaba en su sano juicio, y no iba a cometer ninguna locura. Se pudo ahorrar la incómoda situación de obligar a sus propios hombres en aquel barco a hacer el ridículo, y de paso ahorrarse una excusa.

Si bien es cierto que aquel comando infiltrado eran guardias de Ise, no podían darse a conocer cómo tal, pues pondrían en peligro a todos. Y la Guadia “oficial” que custodiaba el navío tampoco conocía aquella situación. A pesar que Fenen superaba en rango a todos los enviados, no podía hacer nada.

Todo aquel galimatías, creado por una enorme falta de comunicación dentro del cuerpo militar tenía una razón, proteger el cargamento que Joen Men le había mandado custodiar. La tapadera era trasladar a todas las grandes familias a un lugar seguro, pero lo realmente importante era lo que se transportaba hasta Ésundol.

No sabían que era, y tampoco a él le importaba. Sin embargo conocía que para tomarse tantas medidas debía de ser algo que si se descubría, acabarían muy mal parados. Muy legal no debía de ser.

Por otra parte, mando un grupo de Guardias a custodiar la nave, cómo mandato a las exigencias de la ley del estado instaurado, y de paso tener control directo sobre ellos, pues eran otro grupo de personas que respondían directamente a él. Cómo Teniente, tenía a su cargo una sección de cerca de sesenta personas. Cuarenta le acompañaban en el “Alas Casaben II”, y las otras veinte, mandadas por la Alférez Sumen, en el “Mar Romin”.

Su comando infiltrado por otra parte, nunca habían tenido relación con sus otros compañeros del barco, así se salvaguardaba su identidad, y la de la misión. No obstante, iban disfrazados, cambiando su imagen para evitar ser reconocidos. Eran el grupo de élite de su grupo, aunque ahora dudase de ello, y siempre habían realizado misiones parecidas, generalmente organizadas por los superiores de Groen.

En su historial ya habían conseguido cazar bastantes ladrones, asesinos, contrabandistas, y algún grupúsculo violento de gente descontenta.

En un principio ellos creían que iban haber ido solos, sin apoyo de la Guardia de Ise. Pero la realidad es que, así se indicaba cómo tenía que hacerse en los papeles que le había dado Joen Men. Todo lo había organizado muy rápido, y era lógico que todo hubiese salido de una manera tan chapucera.

Sin embargo, recibir un ataque de un objeto volador no identificado era lo que menos se esperaba que pudiera haberles ocurrido.

Aún así tenía el control de la situación. El sub-teniente había sido depuesto, pero no arrestado. Tenía control sobre su tripulación, pero no sobre la Guardia, que era la que en aquellos momentos mandaba.

Le había ordenado a Fenen que tirase la “mercancía” al mar antes del amanecer, y sobre todo antes de que la ayuda desde la isla Isune les llegase. Así que esperaba que ya estuviese cumplida la orden.

Había tomado esa decisión antes de poder establecer contacto con el ministrum de economía, pero no iba a permitir que la avaricia de un hombre acabase con su carrera. Cómo si fuese la declaración de la Constitución de Ise lo que tiraban al mar. Le daba igual.

Por otra parte, estaba tomando cartas para tener a sus hombres de uniforme en el “Mar Romín” ocupados. Sabía que tenían prisioneros. La principal orden dada, coincidente con la que recibieron de Ásunol, era seguir buscando entre los restos del artilugio volador e interrogar a los capturados. Fue dada de manera más oficial, desde el puente del “Alas Casaben II” poco antes de que diese el anterior mandato de manera encubierta a Fenen.

Ahora solo cabía esperar. Exigió noticias cuanto antes al sub-teniente Fenen por el método de “la carta del familiar”, o si no era posible, por el que les había otorgado Joen Men. Pero ante todo, ser informado cuanto antes de que el transporte había sido echado a las aguas.

Concluyendo, estaba claro que la decisión de no querer haber pedido ayuda había sido un error muy grande del jefe del comando. Complicaba mucho las cosas.

Todavía no había recibido nada, y la espera le ponía nervioso. Ya tenía que salir a organizar la expedición a Basán, y quedarse encerrado en su camarote era lo menos apropiado.

Un golpe le sacó de sus meditaciones.

Estaba sentado en la mesa de su escritorio, delante del aparato comunicador. Habían llamado a la puerta.

- ¿Quién llama? – quiso saber desde su sitio, sin querer moverse.

- El soldado Boen, señor.

Buena manera de empezar la mañana, con el irritante novato de la pasada noche. Era cierto que ya llevaba despierto un buen rato. Se había retirado a descansar lo que el tiempo del viaje le podía permitir, pero los nervios de la espera no le habían dejado dormir demasiado bien, así que ya llevaba un buen rato preparado y vestido.

Groen se levantó de su silla, de mala gana y gruñendo. Movió unos cuantos cerrojos de su puerta, y la abrió con firmeza.

El sol le cegó momentáneamente, pues su puerta, a estribor, daba un pasillo exterior orientado al este en aquel momento.

Ahí estaba el soldado. Con la misma cara de tonto que la noche anterior.

- Una nueva carta de su familia para usted, señor. – informó dándole una tarjeta blanca con caracteres escritos. – además, el capitán quiere que le informe que en quince minus esté presente en la cubierta de popa con sus hombres preparados.

- Vamos mejorando, ¿eh? – ironizó – veamos la carta – afirmó abriéndola.

El Teniente Groen Sen se ahogó un improperio.

- ¿Le pasa algo, Señor? – preguntó.

- Nada que le interese soldado – le respondió con furia. – informe al capitán que estaré en mi posición en el momento solicitado. Ahora he de terminar de prepararme en mi camarote. – le exigió cerrándole la puerta.

¡Maldita fuese aquella noche pasada!, ¡y malditas fuesen los nuevos visitantes y sus pelotas voladoras, o lo que fuese aquello!

La mercancía no había sido eliminada.


A veces, cuando uno piensa que las cosas van tan mal que parecen un sueño, tiene la tentación de comprobar si no será realmente así. Intenta desechar ese pensamiento una y otra vez, pero es persistente. La realidad es en ocasiones tan insistente e intensa, que obnubila el pensamiento igual que una experiencia onírica.

Y cuándo por fin se convence uno de que es real lo que esta aconteciendo, se pregunta cómo asumirlo de la manera más lógica y humana posible. Si no se es capaz de superar ese pensamiento, uno acaba en un fango lodoso de locura y dolor interminable.

Supuestamente un cuerpo cómo el suyo estaba formado para que este tipo de experiencias no fuesen tenidas en cuenta en las diferentes misiones u ordenes.

Pero la verdad es que aquel día había sido el estreno de fuego de muchos de ellos. Teorías, entrenamientos, estudios y disciplina en un mundo en el que su única misión era la de salvaguardar el orden interno, siendo policía y a la vez ejército, les convertía en un ente al que le resulta imposible actuar con eficacia a la hora de asumir retos a los que jamás se les habría adiestrado.

De hecho, de retos a los que ni ellos mismos podrían entender que pudiesen ocurrir.

Pero estaba claro que estaban ocurriendo. Y con este razonamiento se volvía al punto de partida. No estaban preparados para tratar con esta gente.

La Alférez Sumen, una mujer de treinta años, la Guarda de Ise que había tenido el control del “Mar de Ise” desde que depuso a su capitán civil, el señor Rulen, hasta el mismo momento en el que el barco de ayuda, “La Dama de Listol”, venido desde Ésundol, llegase escasos minus antes. En él venía la Coronel Cohen, una cincuentona de muy mal carácter, pero de muchos méritos y galardones.

Sus rescatadores les iban a remolcar hasta Ésundol, el puerto más cercano en aquel instante después de cargar todo lo posible de los restos que todavía quedaban del artefacto atacante, que no era mucho ya, pues la corriente había esparcido demasiado lo que todavía podía flotar.

La coronel era el más alto cargo militar en aquellos tiempos en la isla de Isuna. Había querido ir personalmente a socorrer al “Mar de Ise” nada más enterarse que habían capturado vivos a siete de los tripulantes de la maquina voladora que les había atacado de improviso.

La alférez no había conseguido gran cosa antes de la llegada de su superiora.

Solo sabía que se habían llamar soldados del ejercito de un país llamado “Imperio Nuteliense”. Aquella información la sumió en un estado de confusión máximo. Intentó sacar más, pero no pudo saber más que el rango y el objetivo de su misión.

Matarlos sin dejar supervivientes. Se había tirado ella y sus dos sargentos casi una mera entera interrogándolos, sin resultados, para solamente saber eso.

En un momento dado la dieron ganas de romperles la cabeza con cualquier objeto a su alcance. Pero la Constitución de Ise prohíbe expresamente las torturas. Podían caerla penas de hasta cinco años de cárcel, cómo mínimo.

Sin embargo, la Coronel Cohen era mucho más práctica. Con la excusa de no considerarles casi ni siquiera humanos, les había ordenado a dos de sus Guardas de confianza propinar una paliza a uno de los reclusos, el que aseguraba tener más rango, quien no parecía ni pariente suyo cuándo acabaron con él.

No considerarles humanos era tal vez demasiado. Realmente eran personas esperpénticas. Unos tenían la piel marrón, otros amarilla, otros blanca como la tiza. Los ojos de algunos eran rasgados y pequeños, las narices de otros amplias y abiertas…

Pero salvo esas diferencias, seguían poseyendo rasgos propiamente humanos. Dos ojos, dos brazos, boca, nariz, mente, habla, consciencia… Un montón de cosas que por separado no dicen nada, pero que juntas forman una persona.

No obstante, aquí la mandataria era Cohen, así que la responsabilidad ya no recaía sobre ella. Además, quien se encargaban eran gente de una de las compañías de la Coronel. Su sección estaba exenta de cualquier competencia.

Aún así, se había quedado por una mezcla de curiosidad y deber. El querer saber quienes eran esos seres que casi les matan con sus bombas voladoras la intrigaba tanto que casi la quemaba por dentro, y por otra, debía de informar a sus superiores de las acciones de rescate por separado de la Coronel.

En aquel momento se encontraban en uno de los pocos camarotes medianamente indemnes que habían quedado en el barco. Aunque aun así estaba hecho un desastre después de todo lo ocurrido.

Bueno, un desastre también estaba ella, con un ojo vendado y su brazo izquierdo en cabestrillo. Se había llevado una cantidad enorme de golpes en el ataque. Y cuatro de sus subordinados habían perdido la vida en el ataque.

Nunca había visto a ningún compañero morir en acto de servicio, y nunca lo había esperado presenciar en una situación de ¿guerra? Pero el hecho es que había ocurrido, y ahí ella sí era la responsable.

Por otra parte, también lo era de las decisiones tomadas desde que tomó la determinación de suspender de su poder al capitán Rulen. La ponía nerviosa aquel marinero, y no sabía porque. Tal vez tuviese que ver el hecho de ser tan cabezota y gritar a los cuatro vientos improperios cuando ella le exigió la petición de ayuda a todo barco que navegase por la zona cuando fue informado de que las maquinas del “Mar de Ise” estaban inutilizadas a causa del enorme esfuerzo al que se vieron sometidas.

En realidad, la estuvo poniendo nerviosa todo el viaje. Tenía una creencia de autoridad que parecía hacerse creer que él era un superior de todo el mundo en aquella nave. Rulen, un civil, actuaba cómo si fuese el superior de ella, una alférez de la Guardia de Ise.

- Bueno – empezó la Coronel Cohen, sentada en una de las sillas de la estancia, con su maletín de cuero negro apoyado a su izquierda. El lugar había estado hecho un completo caos, pero las cosas en su interior habían vuelto a ser colocadas en su sitio. – señor… ¿Lohio Uhm? – le habló al magullado prisionero, un hombre de tez tan pálida cómo el color de la cal y pelo rapado - ¿Vamos a ser amigos ahora, y se dignará a hablarnos a pesar de su ridículo nombre?

El tipo, con una brecha en la frente dónde la sangre ya se le había coagulado, y custodiado a su espalda por los dos Guardas, de pie, que le habían propinado la paliza, se rió. Estaba esposado de manos y pies.

La alférez estaba también de pie, pero detrás de la Coronel, observando atónita la reacción del individuo, que en aquel momento escupió al suelo. Tenía todas las encías rojas de sangre. Su uniforme caqui estaba hecho jirones del fuego de su “nave” voladora y posterior caída al mar. Tenía moratones, heridas y cortes de diferentes procedencias, tanto de su desastre en el aire, cómo de las “caricias” ofrecidas por Cohen.

- Ridículo nombre dice. – soltó una risa- Creía que los “caras sonrientes” teníais prohibido usar la tortura. – se mofó. – veo que mucho caso de vuestros valores no hacéis.

- ¿“Caras sonrientes”? – preguntó con furia pero extrañada Cohen. - ¿Qué clase de burla estúpida nos quieres hacer entender, puñetero asesino?

El tipo volvió a escupir al suelo, a su izquierda, sangre. Inmediatamente la miró al frente y se rió.

- Nadie en mil años de asilamiento en su retrasado país se ha dado cuenta de cómo es su escudo? – soltó de manera jocosa – Parece una estúpida cara sonriente con una espiga de trigo en la boca. Como los pueblerinos y aldeanos de poca monta. Cómo lo que ustedes son.

Hubo un rato de silencio muy tenso. La Coronel aspiró con fuerza una bocanada de aire, como haciendo parecer que se quería tranquilizar.

Un insulto a la insignia de Ise era lo que menos se esperaba la Alférez. Jamás lo había escuchado, y el solo hecho de imaginar a alguien decirlo, la resultaba vomitivo.

Ese tipejo se merecía otra paliza solo por lo que había dicho.

- Así que nuestro escudo nacional te resulta… “gracioso”… - soltó entre pequeñas risotadas la mujer al mando.

- “Gracioso” es una bonita manera de decirlo. – la respondió de manera amenazante – Más bien patético. Su uso más lógico sería para adornar fosas sépticas, o para limpiarme mi trasero después de usar la…

Lo que ocurrió entonces fue tan rápido que todos los presentes en la sala dieron un brinco. El golpe que la coronel le propinó le tumbó en el suelo de manera fulminante. No le había dado ni tiempo a terminar su insidiosa frase. La mujer se lo había asestado con el único objeto en la mesa que les separaba a ambos, una lámpara de aceite. El cristal rompió en mil pedazos en la cara del albino, y la llama dentro de ella se extinguió con la misma rapidez que el estruendo del vidrio opaco fragmentándose en miles de trozos en la mejilla derecha del prisionero.

La coronel dejo lo que quedaba de la lámpara en la mesa y con una mirada ordenó a sus ayudantes que agarraran y levantaran al hombre para colocarlo de nuevo en su silla, que por otra parte se había derrumbado con él.

El prisionero soltó una blasfemia tan tremenda que bien pondrían haberse roto los cielos indignados por tal semejante ultraje. Tenía la cara con cortes bastante escandalosos en su mejilla derecha, además de la marca de la contusión del impacto. Levantó la vista con las cuencas de sus ojos inyectadas de odio y desafío.

Cohen se levantó una vez le colocaron en su previo lugar, se inclinó hacía él, y le agarró por la su camisa ocre a la altura del pecho en un gesto de clara amenaza.

- Me importa una mierda lo que opines de nuestro orgullo nacional, patético intento de hombre – le gritó – y me importa una mierda tu vida, asesino repugnante. Si sigues con ella, es porque a nuestros mandatarios les interesas mucho. Si no, te juro por Etall que yo misma ya te habría matado nada más subir a este navío.

El individuo sonrió sarcásticamente.

- ¿Qué quieren de mí? – escupió sangre a su derecha – No conseguirán nada.

La Coronel Cohen no dijo nada durante un rato. Esperó a que la tensión aumentara mientras la habitación era iluminada por la luz que entraba de un ojo de buey a la espalda de la alférez.

- ¿Ha oído usted alguna vez las palabras “El Gonalith de Oro”? – preguntó ella al fin, sentándose otra vez en su silla. – No, ¿verdad? Dígame, ¿tiene idea de cuántos barcos han destruido usted y los suyos en el último año?

Silencio.

- ¿Sabe usted cuántos? – insistió Cohen. - ¿Tiene usted idea de cuántos muertos cargan en su espalda?, ¿y desquiciados mentales?

Silencio otra vez. El prisionero sonrió.

- Lo suponía. – dijo la superiora – no le voy a dar el placer de decirles cuántos. Pero sí le voy a decir algo.

- Zorra – la insultó.

Inmediatamente recibió un golpe de uno de los guardas a su espalda, el de la izquierda, en la parte trasera de su cabeza, obligándole a darse un leñazo en su frente con tremenda violencia.

Sonó a hueco.

- El “Gonalith de Oro” – prosiguió Cohen – era un trasbordador de lujo que hacía diariamente viajes desde nuestra Cápital a Ésundol. Mi primogénito trabajaba en él cómo ayudante adjunto del capitán. Su repugnante maquina de matar le quitó la vida a él y a otras cien personas. Solo quedó una mujer embarazada, que además de perder a su retoño no nacido, perdió la razón. – la mujer paró un rato de hablar y clavó el puño en la mesa – Mi hijo tenía veinticinco años. Tenía su boda en un mes, una carrera brillante y toda una vida por delante. Clamo al cielo que, si usted no dice nada de lo que quiero saber, su vida será suprimida con el mismo sufrimiento que ustedes han infringido a cada uno de nosotros. Y le aseguro que por muy ridículos que le podamos parecer, nuestros métodos no lo son para nada. Lo mío es ya de carácter personal – le informó amenazante - ¿Quiénes son ustedes, qué ganan matándonos, qué clase de objeto era ese con el que podían volar, por qué están aquí, qué es el “Imperio Nuteliense”, qué son los “Estados Unidos de Nuenia”, y por qué ahora?… Quiero saberlo “todo”.

El hombre no abrió la boca. Solo sonrió con la boca partida, la cara ensangrentada, la mejilla hinchada, y sus dos ojos inflamados de los golpes.

- ¿No dice nada? Bien. Será por las malas – se levantó, puso su maletín en la mesa lo abrió con dos chasquidos de los cerrojos.

La Alférez Sumen no podía creer lo que veía. Aquello parecía el bolso de un carnicero en vez el maletín de una oficial de alto rango. Tenía dentro un cuchillo de desollar, otro de degollar, y un serrucho. Abrió la boca confundida. ¿Qué era lo que pretendía la coronel? Si intentaba matarlo, ella tendría que intervenir, acusándola de intento de asesinato para destituirla de su cargo. ¡Pero no podía hacer eso! ¡Ella solo era una alférez con poca experiencia! Si salía mal y la diesen la razón a Cohen, a quien encerrarían sería a Sumen por desacato a un superior. Y todo el mundo conocía la cantidad de contactos que tenían los altos rangos de la Guardia.

La vida de una persona dependía de lo que decidiera en ese instante. Pero, ¿realmente aquel hombre se le podía considerar persona?

- Rolen, Gurolen, sujétenle por los brazos, bajadle los pantalones y quitadle su ropa interior. – ordenó.

Los hombres empezaron a obeceder inmediatamente. El individuo todavía no había visto los cuchillos porque el maletín les ocultaba por la tapa abierta perpendicularmente a la mesa.

- ¿Qué… qué intentan? – preguntó confundido el hombre, mientras le bajaban los pantalones dejando a la vista sus calzones pardos.

- Muchos hombres – comentó sacando a la vista el cuchillo de desollar, y mirando al objeto sádicamente – no temen a la muerte. Son valientes, aguerridos, y resulta difícil sacarles nada, pues creen realmente en lo que hacen. Sin embargo – su hombría es su perdición. Dígame, ¿en su “Imperio Nuteliense” dejaron también de tener eunucos, cómo aquí?

El tipo tenía los ojos desorbitados.

- Si no lo tienen – continuó Cohen – va a tener un grave problema social entonces.

- Señora – se atrevió a murmurar la alférez Sumen – no sé si…

- ¡Calle alférez! – ordenó sin girarse atrás a mirarla – Aquí, nuestro invitado y yo tenemos un asunto pendiente. Absténgase de opinar hasta que haya terminado.

- ¡Sí, señora! – la orden había sido tan enérgica que no tuvo el coraje de contradecirla.

- Pero, ¿qué se pretende? – tartamudeó el prisionero con su horrible y rudo acento inmovilizado por las esposas y los brazos de los Guardas - ¿Qué quiere decir con eso de “eunuco”?

- Si no me dice lo que quiero saber, pronto lo sabrá. – la informó Cohen.

- ¿No pretenderá…? – se aterró.

- ¿Sabe? – le comentó la coronel – siempre cuándo oía casos de violación a mujeres, y sentía rabia porque ellas nunca podían recuperarse de la agresión que había matado su dignidad para siempre. – hizo una pausa para mirarle a los ojos, en aquel momento desorbitados del terror – Me preguntaba una y otra vez, ¿qué clase de agresión podría equipararse en un hombre? Todos son tan orgullosos, que no parecen que nada les afecte. Hoy me percate de la respuesta. Simplemente se vienen abajo si les tocas dónde más les duele. Su género. De usted y una mujer solo le diferenciará que carecerá de pechos.

Ahora eran los guardas los que ponían el gesto y el rostro desencajado. Ellos parece que tampoco se lo esperaban.

- ¡Usted está loca! – la recriminó intentando desesperadamente zafarse, inútilmente – ¿piensa que yo hablaré con semejante absurdo de tortura?

- Su actual reacción me lo confirma. – sin duda tenía el dominio de la situación. La teniente Cohen daría miedo hasta el mismísimo inframundo en aquel instante. Su cara reflejaba una mezcla explosiva de odio, placer y demencia. – Matarle no puedo, le necesitamos vivo. Pero hasta ese punto hay mucho margen. Quiero que sufra. Que sufra mucho, y no solo por que nuestros golpes le hagan sangrar un ojo. Quiero que sufra lo que le resta de su repugnante y asquerosa vida. Quiero que su dignidad sea pisoteada, cómo ustedes pisotearon la dignidad de cientos de personas. En definitiva, si no me dice lo que quiero, ¡quiero que pague por cada uno de los atroces crímenes perpetrados por usted y los suyos! – gritó - ¡bajadle los calzo…!

- ¡No! – terminó angustiado interrumpiéndola - ¡Hablaré! ¡Hablaré!

- ¿Y bien? – le preguntó sin contemplaciones y sin cambiar de postura y gesto – ¿qué objetivo persigue su “Imperio”?

- ¡La Guerra Santa! – afirmó – ¡Guerra Santa a escala global!


La oscuridad da miedo, pero también refugio.

Da soledad, pero también ampara a quien la busca.

La oscuridad era muchas veces apetecible. Y en los momentos de más debilidad lo era más. Cuando uno se daba cuenta del poco valor que poseía, la oscuridad le acoge en un remolino de autocompasión placentera.

Cuando una persona se siente tan hundida que no desea salir de su pozo, ahí esta la oscuridad para acompañarle. Desea solo estar en ella y no salir, quedarse de por vida en una situación que realmente le entiende a uno.

Sí. Ese era el lugar dónde quería estar. No se atrevía a volver a entrar en la habitación. No quería. No tenía porque enfrentarse de nuevo a su realidad. ¿Para qué? Solo iba a seguir fastidiando las cosas. Ella ya le había dicho una y otra vez lo que pensaba de él.

Semaren se había defraudado a sí mismo. Lo único que le quedaba, que era él mismo, no significaba nada para el chico. No sabía que futuro sería el suyo.

Laroen aseguraba que él lo tenía fácil, pero nada más lejos de la realidad. Sin su familia, no tenía nada fácil. Casi sería mejor que le apedrearan cómo decía la chica que habían hecho con ella de pequeña.

En aquel momento se encontraba sentado apoyado a la puerta del camarote que les había otorgado la tripulación de aquel pesquero, sumido en la oscuridad.

Una vez había salido y cerrado la puerta, uno de los hombres que les rescataron anteriormente, que se encontraba de guardia en aquel pasillo interior por si los jóvenes necesitasen algo, le preguntó qué ocurría.

Semaren se limitó a decir que por favor avisará al capitán que ya estaban preparados para hablar con él.

El hombre se fue, y al poco rato las luces se apagaron de manera automática, sumiéndole en una oscuridad solo rota por la tenue luz del día que se filtraba debajo de las puertas de los diferentes camarotes. Seguramente sería algún extraño sistema para ahorrar energía. No lo entendía bien. Pero prefirió quedarse allí. Se agachó, y terminó sentándose mientras oía cómo dentro del camarote Laroen debía de sumirse en un ataque de histeria.

Cada vez que oía gritos, u objetos caerse o moverse, a través de la puerta, con sus ecos metálicos, más se acurrucaba Semaren en su posición fetal sin ánimo para entrar, sobretodo después de entenderla insultos a su persona. Tal vez todo sería mejor si el hubiese muerto aquella mañana, como otros tantos en Basán. Pero no era una opción viable. ¿Qué podía ganar muriendo? Solo demostrar que era aún más inútil de lo que ya era.

Los minus fueron pasando, y Semaren empezó a sentirse cansado de estar ahí sentado. Seguía sin ánimo para entrar, a pesar de que parecía que el caos que debía de estar organizando dentro Laroen ya debía de haber acabado.

Por mucho que pudiese sentirse desgraciado, la oscuridad ya no le resultaba apetecible. Se levantó, y pensó en si ir a la cubierta. Aunque pensándolo bien sería mejor esperar al capitán.

Pero si le esperaría, tendría que enfrentarse a otra situación desagradable. No quería más situaciones desagradables en su vida. Ya estaba cansado. Quería ir con su madre. ¿Dónde estaba su madre? ¿Por qué estaba tan solo? ¿Qué mal había hecho?

¿Era acaso una prueba de Etall para su fortaleza? Si era así, se demostraba que su iniciativa interior era pésima. Se estaba derrumbado.

En aquel momento, volvió a pensar en la reacción anterior con Laroen. El grito que la había lanzado cuándo explotó, al fin, no era normal en él. Semaren se estaba traicionando a sí mismo. ¿Qué clase de persona era? El no gritaba a la gente. El razonaba y actuaba para ser intentar tener empatía con todo el mundo.

Pero ella le había acusado de ser un traidor, y ese insulto fue la gota que colmó su paciencia. Él sería todos lo insultos posibles en la tierra, pero no era un traidor. Nunca traicionaría a nadie.

Nunca.

Ella se mereció aquel grito. Pero por alguna razón, Semaren se sentía muy mal por haberlo hecho. No solo por no haber podido contenerse por una ocasión en su vida. Su conciencia le dictaminaba muy severamente.

Mejor olvida ese incidente. A ella le importa un pimiento eso ahora mismo” - pensó el chico para sus adentros.

Era cierto. Ahora la chica ya tenía bastante con sus “luces”. Él ya había hecho todo lo que podía, y había fracasado. ¿Para qué comerse más la cabeza?

Porque tal vez esa era su naturaleza. Y sobretodo, porque había hecho una promesa a…

Las luces se encendieron de golpe, y le pillaron todavía en la puerta de su camarote, levantado.

- ¿Qué haces ahí tan solo y a oscuras, chico? – preguntó el capitán Seren Jolen. Entrando a su izquierda por la puerta del extremo del pasillo, dirección a proa.

- ¿Yo? – titubeó – No, nada, nada. – respondió con desgano. Tampoco le apetecía buscarse una excusa.

- Vaya – sonrió comprensivo – No ha sido una muy buena reacción, por lo que veo.

“¡Lo que hay que oír!” – se deprimió Semaren por dentro.

- No, no lo ha sido. – bajó la cabeza a la vez que el obeso capitán llegaba a su habitación. Venía solo.

- ¿Estás seguro que está lista?

Semaren se encogió de hombros.

- Eso dice ella. – confirmó.

- Entremos.

Eso era lo que precisamente no quería Semaren. No obstante, estando el capitán, tal vez la situación se suavizara y no tendría que exponerse tanto a ella.

Seren tocó a la puerta con tres suaves pero secos golpes.

- Soy el capitán Seren Jolen, señorita – informó levantando la voz para ser oído desde el interior. - ¿Puedo entrar?

Dentro se oyó algún extraño ruido.

- ¿Señorita?

- ¡Vale!, ¡Vale! – respondió al fin - ¿Está con usted mi… hermano… Enren?

- ¿El chico? – sonrió cómo quien ríe la gracia a un niño inocente, mientras le miraba cómplice a él – Sí, está conmigo.

Un pequeño rato de silencio seguido de otro ruido pesado. Laroen debía de estar moviendo algo.

- ¿Podría entrar él primero? – voceó ella desde dentro.

- Solo si el quiere. – dijo apartándose de la puerta para ofrecérsela con la mano izquierda, mirándole a los ojos. – Tú decides, Semaren. – susurró.

Se acordaba de su nombre. Suspiró. Semaren se acercó a la puerta y la abrió.

Era tremendo. Aquella habitación no era ni la prima hermana de la que había abandonado hacía ya poco más de diez minus. Los colchones de las literas estaban tirados en el suelo haciendo una especie de pirámide, las sábanas esparcidas por doquier, la mesa metálica al lado del baño hecha un amasijo, el baño inundado con el balde vaciado y abollado... Gran parte de la estancia estaba mojada. Laroen estaba al fondo a la derecha, en una de las pocas partes secas de aquella zona, agazapada en el suelo y tapada al completo por algunas de las sábanas que había retirado de las camas.

El chico, anonadado, dejó la puerta abierta y entró. Notó al capitán detrás de él cerrando la puerta.

Semaren ya había podido comprobar el mal genio de Laroen. Pero no se esperaba que fuese tan… “radical”.

- ¡Vaya! – soltó con sarcasmo para intentar romper una situación tan incómoda. – Siento mucho que la decoración no fuese de vuestro agrado.

- Lo siento – pidió ella debajo de las sabanas.

Semaren y el capitán se quedaron en la puerta. Selen le animó con la mano al muchacho para que se acercara a ella. Accedió de mala gana, pero intentándolo no aparentar disgusto.

- Me parece que hemos empezado con mal pie. Y quería enmendarlo. – la pidió mientras él también se movía hacía el montón hecho con los colchones de las camas. Cogió uno y lo puso en una litera para poder sentarse. Soltó un profundo suspiró. – ¡Uno ya esta viejo! ¡Cómo me crujen las vértebras al agacharme! – habló en tono jocoso. – Veamos. Imagino que no te sentirás con confianza si yo antes no te doy alguna prueba de ello. A ver si tengo suerte y puedes salir de ese montoncillo arrebujado de telas y así podría ver la cara de alguien tan importante.

- ¿Importante? – preguntó ella sin poder comprender bien aquello, bajo el eco de las sábanas blancas y pardas.

Semaren acababa de llegar a su lado. Sin darse cuenta, piso el charco de agua. Se maldijo para dentro. Se quedó quieto como un pasmarote. No sé atrevía a nada más. El hombre le pidió con la mirada que la tocará para tranquilizarla.

¿Está tonto o qué? ¡Haré lo que me de la gana!” – se quejó Semaren dentro de su cabeza. No obstante sacó fuerzas y se agachó. La toco lo que él creía que sería el hombro derecho. Ella estaba sentada al lado de la esquina.

- Soy yo, Laroen. – la informó. Ella se limitó a asentir. Parecía que incómoda.

- Sí, importante. Veréis chicos, cómo habéis estado incomunicados toda la pasada jornada, os explicaré que ha pasado. – comentó desde su asiento. – Cuando vuestro pueblo fue atacado, el Gobierno instauró un Estado de Excepción, que cómo podéis comprobar mi tripulación y yo no ha hecho caso. Al poco rato de este hecho tan sorprendente entre los vuestros…

- ¿Entre los nuestros? – preguntó Semaren

- Déjame terminar, chico, las preguntas después. – pidió Seren con aquella mirada tan profunda de ojos marrones. – Al poco rato, decía, apareció un buque de una nacionalidad diferente en el puerto de Ásundol.

- ¿Nacionalidad diferente? – sonó al unísono. ¿Estaba tomándoles el pelo?

- Sí, chicos. Hay vida más allá de estás islas, ¿sabíais? – sonrió.

- Pero, el Cataclismo… - informó Semaren.

- El Cataclismo, cómo aquí se llama, fue, con seguridad, el acontecimiento más trágico de la humanidad. – reconoció – y seguramente habría tenido la potencia suficiente cómo para aniquilar a toda la raza humana. Sin embargo no ocurrió.

- Nosotros. Ise – adivinó Semaren con tono erudito.

- Y siete países más en los cuatro continentes restantes. – añadió el capitán Jolen. – Todos, durante muchos siglos, estuvimos sumidos en una oscuridad y decadencia lamentables provocado por el invierno interminable de aquel fenómeno. Los más prósperos al principio fuisteis los Isunes. Sin embargo, vuestra filosofía en contra del progreso técnico os dejó en la cuneta hace ya mucho tiempo atrás.

- ¿Usted está loco? – preguntó Laroen - ¿Qué clase de fantasías son esas?

- Ninguna. Y mucho más reales de lo que le pudiesen parecer a alguien de tu importancia, señorita. – la recriminó – Estos son los otros sietes países del mundo. Nuenia, Nútelis, Plusía, Caosnia, Brundar, Calamid y Zetania. Muchos de ellos son uniones de estados, o imperios que se han anexionado grandes extensiones de territorios a lo largo del último milenio. Los originales de la época previa al “Cataclismo” son Nuenia, Nútelis y la arcaica Zetania. El resto son colonias independizadas posteriormente. Sin embargo, de una manera u de otra, se sienten unidas ideológicamente a sus “Madres Patrias”.

Semaren se sentía mareado ante tanta estupidez. ¿Qué pretendía Seren con aquel juego de imaginación?

- Todavía no tenemos en nuestro poder el conocimiento de quién atacó vuestro pueblo, pero estamos seguros de que pudo ser Nuenia o Nutelis, los dos países más poderosos del mundo, los cuales habían impuesto al resto la obligación de no trabar contacto con Ise. De hecho, el barco llegado a Ásundol es de Nuenia – prosiguió el hombre. – Sin embargo, aquel fatídico evento que tanto daño os hizo aniquilando tantas vidas, nos permitió de manera involuntaria encontrar los primeros signos de una entidad detectada hace ya dieciséis años.

- ¿Nuestra edad?.... – preguntó Laroen bajo el manto - ¿Y que quiere decir con tanto “nosotros” y “vosotros”.

- Mi nombre real es Youb Kevan. – reconoció – mi rango sí es el de capitán. Pero no soy un Isune, cómo vosotros. Soy un Zetenio, de Zetania.

Silencio. Aquel hombre estaba loco. ¿Qué clase de absurdo nombre podía ser aquel?

- ¿A quién mierdas me has traído? – se quejó Laroen en susurros a Semaren, agarrándole la pata del pantalón y tirando de ella.

Semaren, de pie, hizo caso omiso. En realidad casi pensaba igual que ella. Con lo sensato que le había parecido…

- Llevo infiltrado en Ise desde hace año y medio. – comentó Seren - Me escogieron porque soy hijo de inmigrantes, y mis rasgos se ajustan mucho a los de un romín normal, pues soy en parte descendiente de romines. Al igual que el resto de mi tripulación y a los que me precedieron en las otras cinco misiones de búsqueda anteriores a mí.

- Me pierdo. – reconoció Semaren - ¿Qué búsqueda y de qué habla?

El capitán Jolén soltó una carcajada.

- ¡Es normal!, es mucho en poco tiempo – reconoció. – La buscábamos a ella. – respondió señalándola.

- ¿A Laroen? – preguntó Semaren impresionado.

- ¿A mí? – repitió la afectada.

- Sí, a ti. Zetania siempre fue un país en búsqueda de reliquias arcaicas que explicaran el origen del ser humano, pues no sé si conocéis lo que se conoce cómo “límite cero”.

- ¿Está bromeando? – sonrió Semaren al percatarse de que hablaba.

- ¿Qué es ese límite?

- Es el límite por el cual los arqueólogos previos al Cataclismo nunca encuentran signos de vida, ni humana, ni animal, ni vegetal, antes del año cero de nuestra era. – informó Semaren. – y resulta un misterio porque por aquel entonces se demostró que el mundo tenía cientos de millones de años de existencia, tal vez miles de millones.

- Sí. Y sigue siendo un misterio hoy en día. Por que aunque quedan preguntas, en forma de carbón y otros productos, como algún tipo de química desaparecida hace ya hace más de mil millones de años, nada consigue explicar ese enorme vacío roto tan de repente en el inicio de la historia humana. – admitió el capitán – Es un misterio que solo conocerían los primeros Evanes, la primera civilización documentada de la historia, pero que jamás dejaron señal por escrito de ello. Solo nos quedan sus artefactos. Artefactos considerados mágicos por unos, reliquias religiosas por otros, y que para Zetania son producto de aquella extraña civilización. La cuestión es que realizan proezas más allá de la intuición, y porque no decirlo, del límite de nuestra ciencia.

Silencio total. La cara de Semaren era de un desencajamiento estúpido.

- ¿No me creéis, verdad? – sonrió – Es normal. Pero recordad que nada de lo que os ha ocurrido ayer ha sido algo normal. Veréis, Zetania tiene un símbolo nacional…

- ¿Zetania no es el país originario de Zet, el profeta? – cayó en la cuenta Semaren, asombrado.

El capitán asintió.

- Eso si quieres luego, Semaren.

- ¿Semaren? – respondió Laroen asustada antes de caer en la cuenta de su error - ¡Ah!, claro…

- … ese símbolo – prosiguió el hombre – es una columna negra con incrustaciones doradas, la “Cepeús”.

- ¿El hombre del Paso? – se rió Semaren incrédulo.

- No. Pero la leyenda seguramente tendrá un origen común a esta. Es la reliquia más antigua del mundo. Nunca se ha movido de su sitio, y nadie sabe usarla. Sin embargo hace dieciséis años, en presencia de bastantes testigos, se abrió de una manera extraña, y en una especie de dibujo aéreo explicó que se había liberado una niña, una reliquia anterior a los Evanes, y que poseía una “luz” de poder. Nos pedía por favor encontrarla, custodiarla, y transmitir un mensaje cuándo tuviese uso de razón. – terminó. – Esa niña eres tú, Laroen. – afirmó – Tú tienes esa luz. Todos en este barco hemos visto tu fulgor en la barcaza antes de recogeros.

Hubo un momento de silencio. Al poco rato, Laroen se levantó al lado de Semaren, y dejó caer su protección de sábanas, dejándose ver. Estaba con el pijama de seda que la había ofrecido. Su gesto era de dolor. Se notaba que había estado llorando.

El muchacho volvió a fijarse en las vetas que mostraba ahora en el escote, y en las manos y los piés. Sobre todo los de las extremidades. Era un entramado simétrico, bellísimo y exótico.

Las uñas la brillaban con fuerza, los dedos parecían tener anillos de luz en cada mano, y las palmas tenían un dibujo extraño de una estrella de ocho puntas rodeada de una circunferencia, recordando mucho a una rosa de los vientos. Otra circunferencia mayor, que rodeaba la anterior descripción, se unía a uno de los “anillos” del entramado del dibujo en su dedo corazón. En el reverso el dibujo se asemejaba mucho a una araña, o ave que extendía sus alas a lo ancho de la mano. Todo el entramado era suave, de líneas agudas y bellas.

En los pies era exactamente lo mismo en sus plantas que en las palmas de las manos, por lo que había observado antes de irse a buscar al capitán, la primera vez que la vio en pijama, momento en el que se había quedado obnubilado un buen rato. En el empeine el dibujo en cambio, se asemejaba a un sol que se unía a otro anillo en cada dedo central.

El capitán Jolen se presignó al verla.

- ¡Santísimo y sagrado Etall! – se levantó por efecto de la impresión. – Es más impresionante de lo que creía. ¡Existes de verdad!

- ¿Por qué juega así conmigo? – sollozó ella. - ¿Por qué no me matan ya? Es lo que desean. Déjese de historias fantasiosas. Me hacen daño.

- ¡No!, ¡No! Señorita Laroen – gesticuló el hombre – no es esa, ni mucho menos nuestra misión. El artefacto, la columna informó que habías sido liberada en unas coordenadas, las cuales son donde esta localizada Ise.

- ¿Y sí sabían eso, porque no han ido a buscarla antes? – se quejó Semaren sin pensar – Ella lleva sufriendo sin poder salir de su casa por miedo muchos años, y sin saber quien es en realidad.

Laroen le miró sorprendida, y no sabía él si algo agradecida, aunque lo dudaba. Semaren también lo estaba de haber soltado aquello, y en aquel tono. ¿Por qué se estaba volviendo tan irascible? ¿El ataque lo había cambiado tanto?

- ¡No!, ¡No! Llevamos década y media buscándola de manera infructuosa. – respondió – Pero el país de Ise era una zona de protección internacional. Ningún país podía interferir bajo duras penas económicas. Teníamos que buscarla escondidos. Yo pertenezco a la quinta y última misión de infiltración. Después del año que viene ya no se la iba a buscar más.

- ¿Cómo me encontraron entonces? – quiso saber ella. – No entiendo nada.

- Durante el ataque, nos encontrábamos en Ísundol. En aquel entonces, nuestros instrumentos recibieron una señal de interferencia muy fuerte en nuestros aparatos de comunicación procedente de algún lugar al noroeste. – comentó Seren, o Youb… cómo se llamara en realidad – Era una interferencia del tipo que la columna “Cepeús” había advertido que podía darse. Conocíamos el riesgo de enfrentarnos a un objeto hostil de Nuenia o Nútelis. Pero era la primera prueba palpable de qué existías. Salimos al instante de recibirla, escaqueándonos de la orden del estado de excepción por la cual ningún navío podía salir a alta mar sin escolta. La interferencia, que iba moviéndose y debilitándose según pasaba el tiempo, desapareció hace ya muchas meras. Aún así conseguimos centrarla en algún lugar en las aguas al norte de la isla Isune antes de perderla por completo.

¿Interferencia muy fuerte? Semaren se preguntaba si acaso no tendría que ver con la enorme destrucción que había provocado Laroen en el pueblo cuándo mataron a su padre.

- Tenéis que creernos, señorita – continuó – llevábamos todo el día buscándola en alta mar. Hemos invertido muchos años y recursos en encontrarla. – pidió el capitán – Es más, ¿por qué cree que teníamos ropa de mujer a bordo? ¡Incluso tenemos de varias tallas para asegurarnos de que alguna la valiese!

Laroen lloraba irritada.

- ¡Qué se supone que es esto! ¡¿Una broma de mal gusto?! – lloró acogiéndose al brazo de Semaren.

- ¡¿Qué haces?! – se quejó el chico a ver su espacio invadido.

- Ayúdame. ¡No sé lo que quiere este loco con su extravagante historia! – le suplicó – Pero no quiero morir. ¡No quiero morir!

- ¿Pero yo no era acaso el inútil? – la increpó soltándose de ella.

- Por favor… – insistió mirándole con ojos de cordero degollado.

Semaren suspiró.

- ¿Qué quieren de ella en realidad? – advirtió el chico amenazante por primera vez en su vida. – Antes tendrán que pasar por encima de mí.

Semaren se acababa de dar cuenta de que había sido manipulado por ella. Es más, de hecho se había comportado de una manera realmente anómala en él solo porque ella se le había arrimado. Le asustaba y molestaba lo que podía implicar dentro de sí mismo aquello.

Hubo otro suspiro por parte del joven.

- ¿Qué quieren de ella en realidad? – repitió otra vez el muchacho.

- Llevarla a Zetania – pidió con dulzura, comprensión y su eterna sonrisa – si ella accede, claro.



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