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-2º Episodio-
Violación
“El asesinato de la Inocencia es irreversible”
Capítulo 1º- Ataque y Muerte
Graden Faunen miraba, sentado en el sillón de su despacho, unos documentos referentes a las debidas autorizaciones de traslado de material pesado a embarcaciones de alta mar. Su idea era intentar emboscar a un supuesto agresor.
Sabía que firmar esa documentación era cruzar una línea que supondría a la larga su muerte política, y muy posiblemente la prisión. Y no sería desdeñable pensar en una inestabilidad política que tuviera consecuencias no deseadas.
Ocultar movimientos de tropas maquillándolas de “entrenamientos” era una cosa. Pero mover sin que nadie se enterase, piezas de artillería, e implantarlas en un navío, de manera que fuese un buque de guerra totalmente operativo, era otra.
- Tal vez deberías tomar las cosas con más calma. – le aconsejó Joen Men, de pie a su derecha. – La idea de un reconocimiento previo de los puntos calientes, me parece mejor idea. Y si descubren nuestras sospechas, siempre se podrá presentar a la población un movimiento de este tipo de una forma legal.
- Acabas de ser padre. ¿Cómo es que te permites estar aquí trabajando? – preguntó el regentor levantando la vista molesto por tan indeseable verdad.
- Si no miro por mi integridad en momentos de crisis, mi hija no tendrá padre el resto de su vida.
- Hemos recorrido las rutas posibles y no hemos encontrado nada en ningún reconocimiento. No podemos perder más tiempo mientras nuestra economía se ve gravemente afectada.
- Y si no hemos encontrado nada anteriormente, ¿qué te hace pensar que encontrarás más con esos cañones flotando en el agua?
- Al menos si encontramos algo, no tendremos que esperar a volver a encontrar nada, y ahorraremos tiempo, dinero y vidas
- Y si no, nos arriesgamos a sumir el país en el caos político, con nosotros con la mierda hasta el cuello.
Faunen se giró y miró a los ojos a su ministrum con obvio disgusto.
- Mucho te ha cambiado la paternidad para hablarme de esa manera, Joen.
- Nada ha cambiado. Te insto a que recapacites de tomar una decisión que puede provocarnos trágicas consecuencias a todo el gabinete de Gobierno, y al resto del país.
- El país ya esta en crisis. Tardar más es un suicidio. Necesitamos saber quién o qué es lo que nos ataca.
- Una semana más es fácilmente aceptable. O si no, un día más, exponiendo la situación al resto.- le aconsejó de nuevo Joen.
- ¿Y arriesgarme a no mandar los barcos porque, como tú, me insten a no mandar las armas a alta mar? No, Men. Eso no lo haré. Yo asumo la responsabilidad. Y así lo dejo estipulado en el documento. No tendréis que llorar por vuestro precioso cuello.
Y dicho firmó documento tras otro con colérica fuerza. Joen Men se quedo atónito.
- ¿Cómo que asumes la responsabilidad?
- Lo que oyes.
- No lo entiendo. Tú no eres el único en esto. Por mucho que dejes en un trozo de papel tu responsabilidad, esto nos afecta a todos. Las leyes no son tan fáciles.
Una vez terminado, Graden Fauenen se levantó con energía, con los documentos en sus manos.
- En esta vida hay momentos que hay que tomar, sin mirar atrás, deci…
Entonces, del susto, al regentor casi se le caen los papeles al suelo. Las puertas de su despacho se abrieron de par en par con un estruendo tremendo. En ella aparecieron dos personajes. El General Tien, de la “Guardia de Ise” con una expresión indescifrable; y su secretaria, por detrás, algo acalorada.
- ¿Qué es esta intromisión? ¡Deje bien claro que no entrara nadie!
- Lo siento mucho, ya le dije que esperará un momento. – Se disculpó ella – lo siento señor, el general insta a que es muy urgente.
- ¡¿Qué puede ser tan urgente si se puede saber?!
- Extrañas noticias provienen de Isúndol, Señor.
- ¿Extrañas, dice? ¿de Isúndol?
- Y al parecer, de extrema gravedad.
Muchas veces ocurre que estamos en situaciones en la que nunca nos hubiéramos imaginado que pudiéramos estar. Otras veces, si nos la hubiéramos planteado, tal vez idearíamos como podríamos actuar.
Pero por mucho que se piense, nunca se sabe que haría uno mismo en situaciones que requieran rápidas respuestas hasta que no ocurran.
En aquel caso, la pregunta era sencilla. ¿Qué hacer por los que se aman?
La respuesta, en caso límite, y de manera correcta, es lógica e irrefutable.
Dar la vida.
Pero estaba claro que una cosa era la teoría y otra la práctica. Pues no se sabe aplicar la teoría hasta que no se pueda ponerla en práctica.
Y es que aunque la mente grite a los cuatro vientos actuar con urgencia, el cuerpo segrega una invencible e indescriptible sustancia de pánico que provocaba una parálisis generalizada.
Él nunca había pensado que habría nacido para sentir “eso”.
Su vida había sido normal, como la de cualquier persona. Nunca se le paso por la cabeza la mera idea de tener pánico.
¿Quién era capaz de entender tan enorme absurdo? ¿Quién era capaz de haber esperado algo así? La mente humana tiene límites. Pasarlos conlleva sumirla en la locura. Y la locura es un callejón sin salida cuyo escape se torna en algo sustancialmente, casi, mortal.
Y la lucha de lo mortal en mente, había que ganársela en cuerpo en aquel momento. Aquella incomprensible destrucción le aturdía y le perseguía. Tenía que salvar la vida. Tenía que hacerlo. Estaba obligado a ello. No podía pretender quedarse quieto sin más.
La casa de enfrente había sido destruida de un solo estruendo. Se podía resumir en tres fases. Casa, fogonazo y escombros. Fuego. Todas las ventanas de su casa fueron destruidas por el trueno. Los cristales volaron por doquier. Se clavaron con saña, y se depositaron con violencia.
Fuego, gritos, muerte. Sangre que bulle, y bilis visceral que se atraganta en lo más profundo de su ser.
Había que actuar. Maldita sea. ¡Tenía que hacerlo! ¿Por qué no se movía? ¡¿Por qué?!
Se concentró. En un momento vio a su familia en su mente. Sonriente. Recordó la casa de enfrente. Conocía a todos los que la habitaban. No había caído en la cuenta si seguirían con vida sus vecinos hasta aquel momento. Pánico. Regreso la visión de su familia. De nuevo la casa de enfrente. Casa y familia. Familia y casa.
¡Odiada fuera la fortuna! ¡Qué rápido había cambiado las escalas de valores! ¡La casa no importaba! ¡La casa no importaba!
Importaba la familia. ¡Su familia! Daren Saen salió de debajo de la mesa de su comedor gritando con desesperación el nombre de su mujer e hijos.
Hasta que una fuerza sobrehumana le derrumbó.
Un extraño ajetreo se mascaba en el ambiente. No sabía el que, pero algo estaba ocurriendo para que todos en Casaben se movilizaran con tanta prisa. No entendía tanto ajetreo. Prefirió ignorarlo. Se dirigió directo a oficina a enterarse de lo que cualquier cosa que ocurriera y esperar ordenes. Eso siempre sería mejor que preguntan a algún subordinado novato.
Aquel día tendría que volver con el tema del crío encontrado en alta mar, y eso era algo que le disgustaba enormemente. No se le daban bien los niños. De hecho no se le daba bien ni su propia hija.
Atravesó la puerta principal del Cuartel, adornada hasta la saciedad con el escudo de Ise y adornos Florales grabados en la piedra en un arco apuntado que llegaba casi hasta el segundo piso.
Entró con paso firme directo a la secretaría principal, a mano derecha nada más se entraba. Había mucho alboroto. No entendía que pasaba a todo el mundo. Estaba entendiendo palabras sueltas como “actuar”, “nube”, “explosiones” o “humo”. Uno de los soldados que bajaban corriendo de las escaleras, llevando unos papeles de una carta por cable, casi se choca con él. Quiso aprovechar esa situación de incomodidad para recabar información.
- Soldado, ¿qué ocurre? –preguntó el Teniente Groen Sen.
- Lo siento señor, no puedo entretenerme. Ordenes del General Tien. – dijo mientras se marchaba casi corriendo.
Aquel acto en una situación normal merecía un buen escarmiento. Pero ante el extraño ambiente imperante en la recepción y en la secretaría, decidió pasarlo por alto. No tenía el día para más problemas.
Mientras subía las escaleras amarmoladas al primer piso, una marea de gente subía y bajaba acalorados. Algo grave debía estar pasando.
- ¡Teniente! - le gritó una voz desde arriba. Groen se fijo. Era uno de sus subordinados. El sargento Kolen. – Le reclaman en los despachos de oficiales.
- ¿Qué ocurre?, si se puede saber. – le gritó para hacerse oír mientras se acercaba- Aquí todo el mundo anda como loco. Parece que estuviéramos en crisis.
- Eso mismo, señor.
- ¿Cómo? – preguntó atónito.
- Empezó al principio por una carta por cable de un civil de Isundol bastante confusa. Se pensó que trataba de una broma de mal gusto. Pero estamos recibiendo alertas de todas las localidades de la isla de Isune, de los diversos cuarteles, y de los propios Ayuntamientos locales, salvo uno, informando de enormes explosiones y humos en al noroeste.
- ¿Qué localidad no ha alertado de eso? – siguió interrogando mientras le seguía por el pasillo del primer piso.
- La que se encuentra precisamente en el noroeste. Un pequeño pueblo. Basán, me parece que se llamaba. Creo que están intentando establecer comunicación. Pero no responde.
- Ya veo. ¿Y para que me reclaman?
- Nos movilizamos, señor. Han declarado el estado de excepción.
Habían tenido suerte. Mucha suerte.
Gracias a que estaban todos reunidos en la calle, nada más despedir a sus hijos y a su hermano, pudieron salir corriendo hacía el bosque más al sur. Allí se pudieron cobijar, mientras miraban anodados lo que sucedía, como si fuese un sueño.
En realidad todo había ocurrido muy rápido. Como era costumbre en ellos, habían tardado mucho en despedirse. Si recordaba bien, Groen-Et, Moreren Fen y las amigas de su hija, se habían ido a sus tareas. En el círculo todavía quedaron ella, su madre, Anien Sen, su hija Nuen más su marido Anren insistiendo para marchase, y los amigos de Semaren pululando cerca sin razón aparente.
El primer estruendo los tumbo a casi todos, y provocó una estampida instintiva. No recordaba que había sido de los chavales; y de hecho, ni de Anien, que era con quien charlaba. Cuando se levantó del susto, Mauen Gonen vio aterrorizada como una casa al final de la calle, en dirección al mar, había desaparecido en un mar de llamas. Una sombra se había abalanzado sobre ellos. Una especie de objeto imposible les sobrevolaba, escupiendo fuego con odio.
Su marido la agarró con fuerza de la mano a ella y a su madre y las llevo lo más aprisa posible, y con una sangre fría que nunca había conocido en Anren, hacía el sur, en dirección al bosque, seguidos de Nuen. Allí observaban impotentes los cuatro la destrucción de todo cuanto poseían por una nube extraña.
Aquel objeto volador era blanco, de forma apepinada, y bajo su panza existían unos extraños mecanismos con forma de hélice adosados a una estructura mayor de aspecto indescriptible. Podría ser más o menos como la quilla de un barco volador con aperturas para lo que suponía que eran cañones de guerra, y por donde salía el estruendo de terror. Cuando una de esas bocas escupía, la misma tierra a sus pies parecía abrirse hasta el fondo del abismo. Nada quedaba después del impacto. Aquello era algo que no podían comprender. Estaban aterrorizados.
Y paralizados.
No paraban de oír los gritos de desesperación de los que todavía vivían en el pueblo. Y no se atrevían a moverse un ápice de su refugio en los árboles. Si la impotencia se pudiese materializar, en aquel momento se habrían ahogado en ella. Fue entonces cuando se dio cuenta de las lágrimas de todos… y de la crisis de ansiedad de su madre,… y de Nuen. Ambas estaban abrazadas chillando como si la razón la hubiera abandonado sin remisión. Los gritos contagiaban su sensación. Tuvo que sobreponerse para no caer en la misma espiral de terror. Solo saber que sus otros dos hijos y su hermano habían escapado sin saberlo de todo aquel escenario la alentaba. Tenían que ir al encuentro de ellos.
- ¡Callaos!, ¡Callaos!, ¡Maldita sea!, ¡Callaos las dos! – las gritó su marido mientras estas se le quedaron mirando con los ojos rotos de espanto- gritando así no solucionáis nada.- ¡Mauen!
- Sí,… ¿sí?
- Adentraos las tres en el bosque. Subid montaña arriba hasta que se acabe el bosque, y refugiaros al lado del camino. Nos veremos allí.
- ¿Qué?
- No puedo quedarme de brazos cruzados mientras veo toda esta sangría de nuestra propia gente.
- ¿¡Estas loco!?- le increpó ella. - ¿Qué vas a hacer tú solo?
- No sé, no sé… ayudar.
- ¡Ir sin saber que hacer solo te añadirá como una muerte más!
- ¡Son los nuestros!
- ¡No!, ¡No vayas, papa! – pidió entre angustias Nuen.
Una nueva explosión hizo temblar de nuevo la tierra. Aquello había acallado cualquier discusión. Desde allí pudieron ver una zona muy especial desintegrarse en esquirlas.
- Nuestra casa…- sollozaron Anren y Mauen al unísono.
Enren Gonen había conducido con determinación al fuego destructor bajo esa forma volante monstruosa fuera de toda razón. Había preferido ignorarla para no volverse loco pensando que mierda era aquello. Su plan era simple. Él conocía de sobra a su hermana, y sabía que tardaba mucho en despedirse de la gente cuando hablaban, así que era probable que todavía estuviesen en el lugar de despedida. Si no era así, iría hacía la casa de ellos. Tenían que estar en alguno de esos lugares.
Pero cuando aquella cosa escupió hacía la zona del hogar de su familia, no supo como reaccionar, frenando el carruaje de vapor en seco. Su reacción más instintiva salió a flote, y volvió a acelerar el vehículo hacía la casa, olvidándose de todo lo anterior.
En aquel momento se encontraba a escasas brazadas del pueblo, y las explosiones eran auténticos terremotos. Los cristales del vehículo estuvieron a punto de romperse varías veces.
No había momento para el pensamiento. Tenía que llegar allá cuanto antes. El tiempo parecía ser eterno. Daba la sensación de que el carruaje iba a paso de anciano. Por más que aceleraba, nada cambiaba esa sensación de angustia y eternidad. Entorno los ojos, y miró fijamente al frente. Ya se encontraba más cerca, ya. Así era como debía pensar. Llegaría en breve y recogería a su familia. No debía pensar en el tiempo. Rezaba a Etall para que todos estuvieran bien. Lo llevaba haciendo un buen rato. Ayudaba.
Estaba ya muy cerca de la entrada, y por avatares del destino, en el lugar de despedida. Aunque se le había olvidado su meta de regresar allí, su subconsciente le condujo al lugar sin saberlo, mientras la tensión del momento se encarnizaba con sus miedos. Aminoró levemente, fijándose con obsesivo detenimiento para ver si encontraba a alguien.
Deseó no haberlo hecho nunca.
Varios cuerpos yacían al lado de una casa derruida en llamas en frente suyo. En total, unos seis. Dos de ellos estaban medio enterrados en los cascotes de la vivienda, y parecían pertenecer a dos mujeres mayores, con sangre mezclada con polvo y humo recorriendo lo que sobresalía de sus brazos y piernas. Los otros cuatro eran de cuerpos más jóvenes. Un niño, un muchacho y dos chicas que debieron sucumbir a toda la metralla que lanzaría la casa al estallar. En el niño era mejor no fijarse en su estado, porque si lo hubiera descrito, le habrían acusado de obsceno. Estaba inmóvil, parcialmente partido en dos por el vientre, con todo el horror que conlleva ver las vísceras, ya no solo de una persona, si no además de algo tan menudo e inocente. No era razonable pensar que rayos era lo que le había podido destrozar de esa manera. Las otras muchachas estaban en mejor estado. Permanecían inmóviles tumbadas boca abajo, pero salvo a una herida en la cabeza de la más alta, no presentaban heridas aparentes.
Había ahogado un suspiro de angustia al reconocerlas como las amigas de sus sobrinas a las dos muchachas. Fianen, la hija de su amigo Len el peluquero, y Elien. Entonces fue cuando una de ellas, Elien, con la sangre en el cráneo, se movió intentando incorporarse para caer nuevamente inmóvil al suelo.
Las explosiones se sucedían en la otra punta del pueblo, cerca de la costa. La impotencia le hizo percatarse de que no había ni un solo músculo de su cuerpo que no temblara de pánico. Se sobrepuso a si mismo, y paró el carruaje al lado de los cuerpos de las muchachas, con las esperanza de salvarlas.
Al querer bajar, se le atascó la puerta. Maldijo la mala suerte en un momento como ese. Parecía que el destino lo hubiese hecho a posta. Tardo un poco, pero por fin cedió, aunque le pareció una eternidad. Nada más salir, perdió el equilibrio por una explosión mucho más cercana que las anteriores.
Volvió a maldecir su mala suerte.
- Por favor, por favor, Etall, protégenos.- se decía en voz alta.
Era curioso ver como se pedía ayuda a Él en momentos como aquellos, aunque más curioso era darse cuenta de que uno se había dado cuenta de aquello, en momentos tan horribles. Al incorporarse, se dirigió a Fianen, que parecía ilesa a simple vista. Se detuvo nada más moverla levemente. Su corazón se paró un segundo para luego explotar. El cuello se mostraba en un ángulo imposible. Estaba pálida y con los ojos mirando a la nada.
Muerta.
Ya no sabía ni que clase de sentimientos era los que percibía.
En aquel momento oyó gritos angustiados de bastantes personas en el interior del pueblo. No se había percatado de ellos hasta aquel momento.
Se dirigió a Elien, que antes se había movido, con pocas esperanzas ya. Al moverla, esta balbuceó algo incongruente. Estaba viva. La herida de la cabeza parecía superficial, aunque él no era precisamente médico.
- ¡Muchacha! – la gritó entre estruendos - ¿¡Me oyes!?
Elien pareció moverse.
- Quiero irme a casa…- dijo casi de manera inaudible.
Moverla podía ser peligroso para ella, porque no conocía su estado. Pero más peligroso era dejarla allí. Hizo un burdo examen inexperto, que de poco serviría desde su punto de vista, y pareciéndole lo apropiado, cargo a la espalda con ella hasta la puerta trasera del vehículo.
- ¡Déjame! –decía entre balbuceos mientras la movía - ¡Quiero dormir más!...
Enren tomo como buena señal ese desvarío.
Cuando llego al lugar, se percató de lo difícil que era abrir una puerta de un carruaje de vapor con una persona sobre la espalda.
Una vez sentada en su lugar, está se caía al lado derecho. La acomodó para que esto no ocurriera, y volvió a inspeccionarla la herida en la cabeza. Al cerrar la puerta, volvió a oír un enésimo sonido de destrucción.
Tenía que darse prisa.
Todo el gabinete de Gobierno estaba reunido en una comisión de crisis en la “Sala del Estado”, amplio lugar con enormes ventanales rectangulares al norte, profusamente adornado con motivos florales romines, no muy lejos del despacho del regentor donde se reunían siempre todos los componentes del ejecutivo.
El estado de emergencia había sido declarado momentos antes, y aquello iba a conmocionar hasta los cimientos a todo el país. No se había declarado un estado de excepción en siglos, desde la revuelta del año 3451. Y aquel hubo sido el único caso en toda la historia de Ise.
Y todo había ocurrido en poco más de un cuarto de mera.
Joen Men observó con cierto detenimiento las caras de nerviosismo y preocupación del resto de los ministrumes mientras se explicaba el Regentor con aire tenso. Aquello se les estaba yendo de las manos. Los superaba.
Los superaba. A la elite de Ise.
- El general Tien fue informado de graves disturbios, en forma de enorme columna de humo, al noroeste de la isla Isune desde la localidad de Sandol, al norte de la isla. Al principio no le dio más importancia de la normal- informaba Graden Faunen- Parecía cosa de una broma, o de un sinsentido de un aficionado a las ondas de las cartas por cable. Pudiéndose tratar de un posible incendio forestal, quiso solicitar confirmación a las autoridades de Ísundol. Antes de que pudiese enviarse la petición, en el escaso tiempo de cinco minus, se recibieron otras ocho cartas. Tres de ellas de los propios ayuntamientos locales incluida Ísundol, además del cuartel de la Guardia en Isune, de la Oficina de Correos y Comunicación de Ise, y otros aficionados. La cosa pintaba fea para tratarse de una casualidad, o del delirio de un bromista. Lo que más alertó del contenido de las cartas fue el hecho de referirse a “explosiones” de origen desconocido en dirección a la enorme columna de humo, procedente del noroeste de la ínsula, descritos en los comunicados. En poco tiempo se recibieron otras quince cartas- dos procedentes de embarcaciones cercanas al lugar de los hechos. Las dos se refieren a un objeto volante no identificado blanco en el mismo lugar de la columna de humo gigantesca. –Enren tomó un respiró para beber agua del baso que tenía en la enorme mesa de madera policromada que él presidía.- Extrañado, pidió confirmación de la localidad más cercana a los hechos.
- ¿Fue entonces cuando se percataron allí de que aquel pueblo era el único que no mandó misiva?- preguntó Ginen Romen, la ministrum de Abastecimiento.
- Exactamente. Todavía están intentando establecer contacto, pero no hay esperanzas. La primera hipótesis que se barajó, y con la que todavía trabajamos por ser la más probable, es la del hecho de que lo mismo que ataca a las embarcaciones, está destruyendo la localidad de Basán o sus alrededores más inmediatos desde hace aproximadamente un cuarto de mera, o algo más.
- ¿Basán?- inquirió de nuevo, esta vez más palida, la ministrum Romen- Aquella zona, nos es vital. La agricultura de cereales está concentrada allí. Destruirla es condenarnos a todos.
- Lo sabemos – respondió Joen Men- Con las reservas en los almacenes de otros lugares, y otros alimentos podemos sobrevivir. Pero la economía va a resentirse de manera catastrófica.
- Señores –interrumpió Faunen visiblemente molesto- Déjenme terminar mi informe de los hechos, y luego hablamos de lo mal que nos pinta. La cosa no está para catastrofismos ni histerias.
- Lo entiendo. Continua.- se disculpó la ministrum de abastecimiento.
- La otra hipótesis, un incendio fortuito en la población, ha sido descartada casi en su totalidad por las descripciones de extrañas explosiones, y del objeto volante tan parecido a lo explicado por los delirios de los supervivientes de los “ataques”. Llamémosles “ataques” a partir de ahora.
- ¿Pero ataques de quien? – interrumpió Semaren Gronen, ministrum de Asuntos Sociales.
- Por favor.
- Lo siento.
- No sé de quien ni de que. Pero si sabemos lo que son. Ataques. Hay pruebas más que contundentes de ello, en contra de lo que sucedía con los sucesos de los barcos hundidos. Y según recoge la constitución del año 3455, todo ataque a intereses internos de Ise conlleva a la instauración de un estado de emergencia, dando plenos poderes del control de la “Guardia de Ise” al Gobierno democráticamente elegido, obligándose a suprimir ciertos derechos civiles de carácter primario, como era el referéndum sobre el movimiento de tropas. El mismo general vino a informar de la situación exigiendo esta situación. El ejército ha sido movilizado.
- Nos van a comer vivos cuando esto termine.- se lamentó Semaren Gronen.
- No sabemos a que nos enfrentamos. No sabemos cuando terminará. De momento nos hemos reunido para decidir una línea a seguir en unos momentos tan delicados. Cada ministrumio ha de volcarse en la situación e información sobre tan problemática decisión que he tomado. Economía, Transporte y Abastecimiento para buscar soluciones a la crisis de alimentos que se avecina. Transporte servirá de apoyo a Defensa, además de lo anterior. A su vez, Defensa, como es lógico, será el que organice a la Guardia en los diferentes objetivos. El primero, Basán y las gentes que viven allí. Y prioritario es conocer la naturaleza de a lo que nos enfrentamos.
- Entendido.- respondieron a la vez los cuatro implicados.
- Asuntos Sociales, y Educación tendrán uno de los trabajos más duros. Convencer a la población de la gravedad de la situación, y de lo acertada de la elección del estado de excepción. La empatía por nuestros ciudadanos ha de salir a relucir.
- ¡Que fácil es decirlo, Graden!- admitió el ministrum Gronen.
- Salud movilizará efectivos y personal sanitario con Defensa.
- ¡Oído cocina!- gritó casi al fondo el ministrum Hunen Gonen.
- Más respeto, que la situación es grave.- le miró despectivamente el Regentor.-E Interior…
- ¿Sí?- respondió nervioso y sudando el ministrum Len Millen, un hombre realmente gordo.
- Tú coordinaras conmigo a los demás ministrumios. Señores. Pongámonos a trabajar. Nos esperan días muy duros. Ahora pasemos a vuestra ronda de inquietantes preguntas al respecto de la situación.
Desde la Playa Azul, Lamoen esperaba con el corazón en un puño, junto a su suegro, a que su marido regresara.
Nada más empezar aquel infierno en Basán, ella arranco a correr en dirección a la destrucción. Su hijo se hallaba en el pueblo. Tenía que ir a por su niño. Pero Eoren, su marido, se interpuso para impedir que ella fuera a una muerte segura. En contra, fue él el que marcho hacía las llamas a salvar al resto de la familia. La convenció no supo como, pero acabó accediendo a cuidar de su suegro, y a no moverse de allí hasta que regresara.
Pero ya había pasado casi cuarto de mera, o más, y su marido no regresaba. Para colmo de males, el monstruo seguía escupiendo muerte desde lo alto, sin parar ni un momento. No sabía como todavía se podían oír gritos desde el pueblo. Tenían que haber muerto ya todos. Se arrepentía de estar allí tan tranquila mientras todo lo que conocía era aniquilado por el absurdo.
Lamoen hecho un grito de desesperación.
- ¡Yo marcho!, ¡yo marcho!- y diciendo esto arrancó a correr en dirección a Basán. No tardó mucho a que una mano huesuda la cogiera por la muñeca, deteniéndola en el acto.
- ¡Tú te quedas aquí!- la dijo firmemente el padre de su esposo.
- ¡Fenen!, ¡Tengo que ir! ¡Allí esta toda mi vida!
El hombre, adquiriendo espontáneamente, toda la cordura que no había tenido desde su regreso, la abofeteo. Ella le miró con ojos desorbitados.
- ¿¡Eres imbécil!? ¿¡Por qué me pegas!? ¡No tienes derecho!
- Tú prometiste quedarte aquí, y eso es lo que harás. Si Eoren regresa con todos, y descubre que no estás, tendrá que volver a por ti, obligándole a volver al peligro.
- ¡El no va a regresar! ¡Ya ha pasado cuarto de mera! – chilló con desesperación Lamoen- He de ir a por ellos.
- A por tu muerte, dirás.
- Sin ellos, ya estoy muerta.
- ¿Y yo? -Hubo entonces un silencio incómodo.- Yo también pierdo mi vida. Pero muriendo nosotros, el sacrificio de mi hijo sería en vano.
Las explosiones se sucedían.
- Eoren volverá. Mi hijo cumple sus promesas.
- ¿Qué va a ser de nosotros?- lloró echándose de rodillas al suelo ahogada por la impotencia.
- No lo sé. Solo Etall lo sabe.- respondió el anciano adelantándose a su nuera, dándola la espalda, observando el fuego.
- ¡¿Pero tú no estabas trastornado?!- dijo sin fuerzas levantando la vista.
- ¡Silencio!- ordenó volteándose hacía el bosque, en dirección opuesta al mar.
- ¿Qué? ¿con tanto estruendo quieres que me calle?
Entonces Lamoen comprendió. Algo se movía entre los árboles.
Llevaban ya mucho tiempo evitando cascotes. No sabía como todavía los dos seguían con vida. Habían intentado salir del pueblo en docenas de ocasiones. Pero siempre que alcanzaban la zona limítrofe, les explotaban continuamente lenguas de fuego provenientes de aquel balón volador, impidiéndoles salir, hiriendo a Vamen de gravedad en una de ellas.
Sudaron mucha sangre hasta que pudieron encontrar refugio entre los restos de la casa de Semaren, donde una viga al derrumbarse había creado una cavidad, que no creían que se distinguiese desde el cielo, lejos del fuego. La otra mitad de la casa de su amigo seguía en pie. Más o menos. Pero les pareció más seguro quedarse entre lo destruido. Allí llevaban Eoren y Vamen más o menos cinco ó diez minus. Tiempo suficiente para realizar un lastimero vendaje en la pierna izquierda de Vamen, hecho a base de harapos, y sustentado por dos astillas, procedentes de una viga destrozada, más o menos resistentes. Vamen le dijo que así fue como se lo enseñó un compañero de Ásundol que estudiaba medicina.
Ninguno de los dos había vuelto a decir palabra desde entonces. Esperaban como vegetales. Los ojos vidriosos, el alma destrozada, el cuerpo herido, la cabeza desorientada, con la esperanza de que todo pasara sin que les destruyeran el último refugio que tenían.
No sabía que había podido ser del resto de gente con la que estaban. Su reacción más inmediata nada más levantarse después que la fuerza les tirase al suelo, fue salir corriendo sin mirar dirección, pues el golpe fue muy cercano. Quisieron regresar a por sus familias, pero el caos en que se convirtió el pueblo les desoriento por completo. Cuando quisieron salir de Basán, ya era demasiado tarde. Aquella monstruosidad apepinada blanca, parecía verles siempre que lo intentaban. No entendía que era aquello, peo no era momento para razocinios.
En su amargo viaje de supervivencia, había visto cosas que jamás olvidaría. Muerte por doquier.
El señor Yalen, el peluquero del pueblo y el jefe de Semaren les había asomado la cabeza destrozada entre los cascotes de su casa, decapitado por su propia ventana al derrumbarse, con lo que suponían que era su mano no lejos de allí. El cuerpo no lo vieron.
El sacerdote Groen-Et, que reconocieron por sus ropas, les apareció agonizando en el suelo, ardiendo entre las llamas del templo, o lo que quedaba de este; no pudieron hacer nada por él. Le oyeron orar entre el fuego. Aquello les entristeció más.
Faren. También Faren. Lo encontraron despedazado entre múltiples cascotes de una calle. No eran capaces de esperar un golpe como ese. La muerte de un amigo les sacó del aturdimiento inicial al infierno real. Vamen terminó por perder toda su energía innata desde aquel momento. Pero la lista de horror no terminó ahí.
Toda la familia de Araren, estaba muerta, algunos de ellos aplastados bajo su propia casa, asomando tímidamente algun miembro. No pudieron adivinar si su compañero se encontraba entre los restos.
El zapatero, el curtidor, o el carnicero. También varios compañeros de clases, los profesores, varios niños pequeños, ancianos o de mediana edad; e incluso la señora Jalen con su hijo recién nacido en brazos. Todos muertos. Todos. Ni uno solo de los que se encontraron vivía.
Eoren no entendía como todavía se podían oír gritos de gente después de tanto tiempo. De hecho no lo entendía, porque fueron incapaces de encontrar a nadie vivo. Y aquello les angustiaba más, pues a pesar de tanta muerte, no vieron a ningún miembro de sus familias. No sabían si vivían o no.
- Eoren – le llamó Vamen acurrucado en un hueco, a su espalda, entre sollozos.
- ¿Sí?
- ¿Cuanto tiempo hace del último, Eoren?
- ¿Del último qué?
- Del último estruendo.
Era cierto. No se había percatado. Hacía un buen rato de que no se oía explosiones. Solo gritos de gente.
- Es verdad. No lo sé. Tal vez un par de minus.
- ¿Se ha ido?
- Esa cosa oculta el sol al pueblo con su sombra. Yo creo que sigue ahí.- razonó Eoren.
- Mira a ver, por favor.
El muchacho accedió a la petición de Vamen, y asomó la cabeza como pudo. Al mirar arriba se podía observar el pepino volador, y bajo este, una especie de barco de extraña insignia, con dos hélices girando a toda velocidad a ambos costados, adosado. Se podía observar ciertas protuberancias cilíndricas y huecas en ciertos lugares del extraño navío flotante, que debían de ser lo que provocaban las explosiones. Se movían de un modo mecánico y preciso. Antes, mientras intentaba salvar la vida, no le había dado tiempo a fijarse. Pero aquello era algo sobrenatural. Fuera de toda lógica.
- Sigue ahí. –informó Eoren- Pero no hace nada.
Pudo oír por dentro a Vamen moverse para verlo él también.
- ¡Mierda! –se quejó
- ¿Qué ocurre, Vamen? – se preocupó metiendo la cabeza otra vez dentro.
- Duele.
Eoren suspiró.
- Mejor no te muevas.- y dicho esto volvió a sacar la cabeza al exterior. Se extrañó de lo que vio- ¡Se va!
- ¿Se marcha?
- Al mar.- se alegro volviéndose al interior del refugio.
- ¡Que se pudra allí! –gritó Vamen en un estallido.
- ¡Cállate!, ¡Podría volver!
- No. Eso no.- cambió el tono de su voz calmándose. Entonces Vamen detuvo un momento su respiración. Se podía oír el ruido de un motor de un carruaje de vapor entre el griterío exterior.- ¿Qué es ese ruido?, ¿hay alguien vivo todavía?
- Voy a observar de nuevo – y sacando la cabeza, el pecho le estuvo a punto de reventar. Vio a su derecha acercarse un vehículo familiar.
El carruaje en el que se había marchado Semaren.
Estaba cansada. Casi no había podido dormir en toda la noche. De hecho, no había dormido, y se caía de sueño. Pero no esperaba que una cosa tan menuda la abstrajera tanto de sus necesidades. Su madre aparecía agotada. Pero algo había cambiado en ella. La entró envidia. Seguramente ella nunca podría sentir lo que es ser madre.
La verdad, es que a pesar de lo que aparentaba a los demás, adoraba a los niños. Pero detestaba a los hombres. Todos con los que tenía trato se comportaban como imbéciles. Todos la engañaban por ser de familia bien avenida con palabras vacías y llenas de mentiras. No sabía que era eso del enamoramiento. Y como todo el mundo sabe, para ser madre, se necesita un padre. Su frustración era injusta. Y al menos se veía menguada con ese regalo de la vida que era la pequeña Maren, su primera y única sobrina. Seguramente su instinto maternal estaba marcando fuerte sus actos.
Mucha gente podría opinar lo contrario. Pero para ella, poder ser madre era uno de los mayores privilegios de ser mujer.
- Es una niña preciosa.- jugueteó con la pequeña en el cuco Nuen Men, sentada en una silla a su derecha. Se encontraban todavía en la habitación de la clínica situada en el Cuartel de la “Guardia de Ise”. La iluminación era ligeramente tenue, para no molestar a la criatura. Las ventanas estaban con las cortinas ligeramente cerradas.
- Mira quien lo dice.- sonrió la madre, Fianen Hien.
- ¿Quién se lo va a decir más que su tía…- decía mientras la cogía la observaba con admiración-… y su madre?
- Se nota que es tu primera sobrina.
- Y yo que me creía que jamás tendría una.- siguió Nuen sin apartar la vista del nido.- Maren, Maren…- llamaba mientras a la pequeña.
- No creo que la despiertes. Al pediatra que vino a verla hace al amanecer le costo horrores conseguirlo.
- Parece mentira que esté tan tranquila.
- He tenido un embarazo tranquilo.
- ¿Tú crees, cuñada?, ¿con el insensible de mi hermano?
- Bueno más o menos – rió Fianen.- Déjala dormir. La tocará mamar en un rato, y prefiero que descanse. No sea que para lo malo, se la pase esa somnolencia que tiene.
- Pero solo estoy mirándola…- se quejó sin todavía apartar la vista a la criatura.
- Por cierto, Nuen.
- Dime.
- He estado oyendo mucho ajetreo ahí fuera. ¿Ha pasado algo?
Nuen levantó por fin la vista. Miró a la madre de la niña con un gesto de ignorancia al respecto.
- Ni idea. Llevan buen rato así. El poco tiempo que estuve fuera hablaban de cartas que les llegaban.
- Cosas de militares. Una nunca está cómoda viviendo cerca de ellas. No se si será el lugar adecuado para mi hija. Nadie quiere estar cerca de quien porta armas.
- La legislatura no tardará en terminar, ya Joen ya ha dicho que se retirará a otras funciones en el partido. No os queda mucho en Casaben.- habló Nuen.
- Sí. Este Gobierno no ha ido todo lo bien que nos esperábamos. La gente ha cogido recelo de las maneras de Graden Faunen.- respondió su cuñada- Lo mejor es recoger y marcharse. El dice de volver una temporada a Ésundol. Pero yo tengo obligaciones aquí.
- Ahora eres madre. – la increpó Nuen– Te lo he dicho miles de veces.
- Tal vez una semana.
- No lo harás. Como si no te conociera.
En aquel momento la niña hizo un ligero gemido. Pero antes de que hipnotizara de nuevo a la absorta tía, un ruido sacó a la realidad a las dos mujeres. Llamaban a la puerta.
- Con permiso… - se abrió de inmediato. Un hombre bastante alto y uniformado entró. Nuen no sabría decirlo. Pero parecía un oficial de la Guardia. Miró en rededor un segundo, observando con cierta curiosidad la cuna- La señora Fianen Hien, si no me he equivocado de habitación, es usted, ¿no?
- Así es. ¿Qué se le presenta, señor…?
- Capitán Ruen, señora. Tengo órdenes directas del Regenrotado, donde se encuentra ahora su esposo, el ministrum de Economía. Joen Men quiere informarla que han de marcharse usted, su hermana, y su hija, con carácter inmediato, a la ciudad de Ésundol.
- ¡¿Qué?! – sonaron las mujeres al unísono.
Eoren Fen, padre, maldecía su suerte. La oscuridad lo dominaba todo, y solo sabía lo que tenía a su alrededor gracias a su tacto.
Había sido demasiado impulsivo, y ahora, se encontraba arrastrándose entre los escombros de su propia casa. Sabía que tenía un brazo dislocado. A parte de eso no se encontró ninguna otra lesión en su examen de su propio cuerpo después de que su propio tejado le atrapará.
Después de dejar a su mujer, y hacerla prometer que no se iría de la seguridad de la playa, al cuidado de su padre, no le costo mucho conseguir llegar hasta la casa. No se le ocurrió pensar que tal vez no hubiera nadie, u observar que la mayoría de las edificaciones del pueblo eran objetivo de las explosiones. No. Tuvo que entrar sin mirar, ni asegurarse una vía de escape en caso de emergencia. Ahora pagaba las consecuencias. Tuvo suerte de que le hubiese dado tiempo a refugiarse debajo de la cama de su hijo. Y también de que no se hubiese proclamado un fuego cerca.
Tosió. El polvo lo impregnaba todo, y cuando menos quería, lo respiraba, dejando una sensación de ahogo tras de sí.
Tumbado boca abajo, la cama sucumbiendo al peso de las piedras, y con el brazo roto no sabía como salir de los escombros. Bueno. Ni estando sano lo hiera sabido. Estaba empezando a perder la paciencia, permitiendo entrar gestos de histeria en su rostro. Tenía que salir de ahí. Su esposa le esperaba. Si no volvía a tiempo, con lo que conocía él la terquedad de Lamoen, se adentraría en aquel infierno.
Empujo con su brazo derecho, el sano, un ladrillo. Aquello provocó una pequeña avalancha que redujo su espacio.
Gimió.
Maldita mala suerte. En la casa no había nadie cuando llego. Su sacrificio era en vano. Su muerte sería un absurdo.
No. Seguro que le vendrían a rescatar. Aquella nube voladora no se quedaría toda la vida en el pueblo. Se iría, y la gente iría en su ayuda… O tal vez se quedará para siempre, provocándole una muerte horrible de inanición en el mejor de los casos.
¡No!, ¡No! Para algo estaba aquel cuerpo militar en la capital. Seguro que vendrían los guardas de Ise y les salvarían. Supuestamente están para eso. Por aquella razón se les permite portar armamento… Pero creía recordar que se necesitaba una votación popular o algo así para que se movieran esa gente… Antes de que se decidiera nada, él ya habría muerto… y seguro que sin votación alguna, no les daría tiempo a llegar antes de que él muriera.
Había fracasado. No había podido salvar a su hijo. No siquiera sabía si este estaba vivo o muerto. Lo mismo que Moreren. No existía mayor crueldad para él. Había ido a hacer algo bueno. Había ido a hacer lo que había que hacer. No por ser un héroe egocéntrico, si no por ser padre y hermano. ¿Por qué, entonces? Era injusto. Injusto.
Eoren volvió a moverse, intentando con su brazo abrir de nuevo hueco entre los restos de su casa.
Volvió a ocurrir.
Y esta vez de forma más violenta. La cama se aplastó de tal forma, que no le dejaba hueco para moverse. Le empezaba a costar respirar debido a la presión. El brazo derecho quedo prensado por otra abolladura del somier. No podía mover ya ni la cabeza.
Cuando intentaba zafarse, la situación solo empeoraba. El dolor de su brazo izquierdo le destrozaba ahora que era obligado a estar en una situación aún más comprometida.
Desesperación en estado último. Su sangre hirvió de terror al comprender su fatídico final. Toda su vida le pasaba por su mente. Recordaba su niñez, su juventud, el día en que empezó su noviazgo con Lamoen, su boda, la muerte de su madre, el nacimiento de su hijo… La rama del árbol que casi le desnuca cuando tenía quince años… las riñas con su hermana…
- ¡Mierda!, ¡Mierda!, ¡Mierda!, ¡Mierda! – repetía una y otra vez, la siguiente más alta que la anterior, empezando en un susurro, y terminando en un grito terrible de pánico.
Estuvo un buen rato así. No fue capaz de saber cuanto tiempo estaría chillando lo mismo. En aquel momento lo que le pasaba por la mente no era lo mismo que lo que realizaba su cuerpo. Al final, sus últimas palabras, repitiendo lo mismo, fueron casi tan tenues como las primeras.
Un extraño sueño le iba abstrayendo. Un sueño inoportuno que no le dejaría hacer. Intentó sobreponerse a él. Pero allí atrapado sin moverse, en una negrura podía decirse que total, solo sus nervios podrían mantenle alerta. Poco a poco, su mente se iba abstrayendo, e ignorando las sensaciones que sentía. Todo empezaba a ser apeteciblemente cómodo. Quería dormir. No debía, e iba a hacerlo…
- ¿Hay alguien hay debajo? – resonó una voz familiar de algún lugar arriba.- ¿hola?, ¿hola?
Eoren se sobresaltó de aquel susto. ¡Alguien le había oído! Todavía le quedaba algo de suerte. Todo eso le espabiló de inmediato.
- ¡Aquí!, ¡aquí debajo! –chilló con una voz más ronca de lo esperado, con todas sus fuerzas, aunque no fuesen más que lo que le hubiese gustado.
- ¿Eoren?, ¿hermano? – gritó desde alguna parte allá arriba Moreren.
Enren había cobijado vanas esperanzas de encontrar la casa de su hermana en pie, con los suyos dentro, ilesos. Pero ver el estado en que había quedado, con más de la mitad del edificio derrumbado sobre sí mismo, en escombros de retorcidas muecas, le hizo desear que realmente no hubiese habido nadie en la casa. Los deseos cambiaban cada segundo.
Fue cuando paró el vehículo, con la muchacha, Elien, todavía delirando semiinconsciente en la parte trasera, cuando se percató de que la monstruosidad blanca se marchaba mar adentro, llevándose la muerte como la había traído.
El golpe fue seco. Sin avisar.
Maldita fuera. Casi le había dado un infarto.
Un muchacho le había golpeado su ventanilla del carruaje de vapor de manera tan sorpresiva, que hasta que se percató de que realmente era un chico, creyó que iba a morir.
Era Eoren, el amigo de Semaren. Cuando bajo del vehículo vio su lamentable estado. Cargaba al hombro derecho a otro amigo de cuyo nombre no sé acordaba. Tenía una pierna burdamente vendada. No estaba seguro si aquello era un torniquete o un simple vendaje de emergencia. Estaban empapados en sangre y polvo.
- ¡Señor Gonen!, ¡señor Gonen!, ¡señor….!- gritaba angustiado el muchacho Eoren, mientras se le acercaba angustiado. Parecía que quería pedir ayuda, pero el pánico le impedía poder encontrar las palabras. En el asiento del copiloto tendrá más espacio para su pierna. Hay una chica herida en la parte de atrás.
Cuando Eoren la vio, su rostro cambió, aunque el Enren no fue capaz de descifrar que significaba.
- ¿Esta viva?- preguntó mientras el hombre le habría la puerta trasera
- Corred, no tenemos mucho tiempo.
- Vamos, Eoren –le pidió el otro muchacho con voz temblorosa y quebrada- claro que está viva. Muévete, por favor.
Una vez rodearon el vehículo hasta el asiento delantero, y depositaron al chico lo mejor que pudieron, mientras este gemía por el dolor, antes de cerrar la puerta, Enren se giró en seco a muchacho ileso.
- ¿Había alguien en esa casa?
- ¿Cómo, señor?
- Que si había alguien en esa casa.
- No lo sé señor.
- ¿¡Cómo que no lo sabes!? ¡Estabais escondidos en ella! ¡Responde! –se desesperó el hombre
- ¡No lo sé, señor! – sollozó el niño.- ¡No lo sé! ¡Llegamos mucho después de fuera destruida!
Enren maldijo de tal manera que se asustó hasta sí mismo. Fue corriendo a los cascotes, dándoles la espalda.
- ¡No hay nadie!, ¿¡Me escucha!? – le informó por la espalda el chico herido, dentro del transporte.
Enren paró en seco, y se volteó.
- ¿Cómo lo sabes?
- No hay nadie, porque cuando empezó todo esto, vi a toda su familia correr al bosque, hacía al sureste… Son a quienes busca, ¿no, señor Gonen? No están. Le juro que les vi ponerse a salvo.
Enren dudó. Se percató de cómo el olor a polvo y fuego del ambiente le penetraba en los pulmones. Aquello era una pesadilla irreal.
- ¿Estás seguro?
- Sí. – respondió desde el coche, mientras Eoren se quedaba como una estatua al lado del vehículo sin saber que hacer.
- ¡¿Realmente estás seguro?!
- ¿Cree que gano algo mintiéndole? Lo más probable es que toda mi familia haya muerto. ¿Qué obtengo yo engañándole? Yo ya no tengo nada para merecer vivir.
Enren siguió dudando. Y en un bufido de rabia, volvió al vehículo corriendo, al asiento del conductor.
- ¿Y tú? – gritó, sin reconocerse a sí mismo, a Eoren – ¡Entra de una puñetera vez al carruaje!
Anren Buren había conseguido convencer a su esposa de regresar al pueblo nada más comprobar que el monstruo volador se alejaba tan misteriosamente como había aparecido. Los gritos desesperados de la gente le obligaba a sacar valor, e ir ayudarles.
Mientras recorría lo que hacía una mera escasa eran calles, observaba angustiado como toda una vida había sido destruida. Violada.
Varías casa ardían derruidas, y otras simplemente se mostraban como un montón de escombros con restos humanos. Personas que prefería no saber quienes eran. Pero que aún así iba descubriendo a que persona pertenecía tal brazo, o cual pierna. Vomitivo. Le resultaba vomitivo. Y angustioso.
Había algo raro. Todavía era capaz de oír los gritos desesperados de mucha gente. Pero no encontraba por más que miraba, superviviente alguno.
Los gritos parecían venir de lo que quedaría de la plaza central de Basán.
Mientras corría, intentaba razonar que era aquella especie de vehículo volante. ¿Cómo se mantenía en el aire?, ¿qué clase de magia maldita usaba?, ¿y como unos cañones tan minúsculos podían destruir un pueblo en cuestión de minus?, ¿qué mente lo suficientemente perversa sería capaz de construir algo así?, ¿era humano?.
Y sobretodo, ¿por qué?, ¿por qué les habían…?
Paro en seco.
La palabra que mejor le describiría cuando llego al centro del pueblo, al origen de los lamentos, y los gemidos, sería “alucinado”. Boca abierta, manos extendidas, hombros caídos, ojos como platos, y la mayor de las incomprensiones.
Existía en aquel lugar una caja del tamaño de un infante, parecida a las que usan en los correos sin cables, que de una parte circular, emitía los sonidos que le habían hecho volver. Estaba unida por unos hilos, a una enorme tela blanca que se extendía en el suelo unos cenbras de distancia.
Una caja. Eso era todo.
Pero chillaba como centenares de personas.
Se oían gritos en otras partes. ¿Serían otras cajas?
- Anren, ¡por el amor de Etall!, ¡estás vivo!!- gritó por detrás una voz familiar.
Un carruaje de vapor permanecía a tres decoras de distancia. Su cuñado estaba bajando apresuradamente de él, con una expresión en la cara que jamás le había visto en él. Dentro había dos amigos de su hijo, y una muchacha del pueblo que parecía inconsciente.
- ¡Enren! ¿Cómo se te ha ocurrido volver?, ¿quieres morir?, ¿y mis hijos?
- Están en un escondite seguro a las afueras de pueblo. – se acercó corriendo –¿dónde está mi hermana, mi madre y Nuen?
- Escondidas también en los bosques del sur. – miró en rededor – Hay que salir de aquí corriendo.
- ¿Y el resto de personas?
Nada más llegar a él, Anren cogió a su cuñado por el hombro, y le señalo la misteriosa caja.
- Esa caja… esa caja está gritando… – titubeó Enren.
- Yo regresé al pueblo a rescatar a los paisanos que estaban gritando – explicaba entre chillidos Anren – No encuentro a nadie vivo, y a cambio, en uno de los lugares de mayor alboroto de gente, solo está esa cosa.
- Los gritos no eran reales… ¡Santo Etall!
- Enren, salgamos de aquí cuanto antes. Algo o alguien ha tendido una trampa a los supervivientes.
Semaren se encontraba en el inicio del bosque de Basán, en su lado noreste, con su hermana Mauen arrodillada a un lado. No sé encontraban muy lejos de la Playa Azul.
La oía murmurar oraciones desde hacía un buen rato atrás. Su conciencia le incitó a hacer lo mismo.
Varías columnas de humo se alzaban monstruosamente sobre el pueblo, fusionándose en una nube de negra muerte que se desplazaba en la dirección del viento, al oeste. El fuego era su progenitor.
El fuego que consumía su existencia, y la de todos los demás.
Su tío les había obligado a permanecer allí escondidos mientras el volvía en el carruaje de vapor a buscar a la familia. Ellos gritaron desesperados que no les dejará solos en aquel lugar.
El prometió que volvería. Estaban más seguros allí. Semaren nunca había visto semejante acto de valentía por parte de su tío. Jamás. En aquel momento le pareció un héroe de novela.
Tenía miedo.
Durante los temblores provocados por la abominación blanca no se atrevieron a salir de sus escondites entre los árboles. Pero al ver marcharse aquella maldición flotante, salieron dubitativos de si ir a ayudar a los que pedían ayuda en la lejanía del pueblo, o quedarse dónde les había mandado su tío.
- Se oyen muchos gritos… – murmuró Semaren aterrado. Tenía la conciencia destrozándole la cordura. ¿Eran unos cobardes y egoístas obedeciendo a su tío?
- Peque… - le abrazó Mauen levantándose enérgicamente.
Ambos empezaron a llorar al unísono.
- Mira, hermano – siguió Mauen – tengo que ir abajo a ayudar. Tú quédate por si viene tío Enren.
El corazón de Semaren dio un vuelco.
- ¿Me vas a dejar solo? ¡No! ¡Yo voy contigo! – se separó de ella violentamente
- ¿Y si viene el tío y no nos ve?, anda, peque…
- No, no… no quiero estar solo. Tengo mucho miedo.
- No estarás solo mucho tiempo, volveré enseguida. – Mauen miró su mano un momento.
“¿Por qué tiene que pasar esto?, no es justo. ¡Etall, Etall!… ayuda… madre, padre…” – meditaba Semaren mientras.
- Toma mi rosario – dijo entregándole las cuentas y la cruz con los cuatro puntos de Etall, hecho en madera de vid. – Él te acompañará en mi ausencia.
- Pe… pero…
- Por favor, Semaren. – volvío a intentar abrazarse a él.
- De… acuerdo – titubeó aceptando el abrazo.
- No tardó nada. Reza por todos mientras. – le pidió mientras se separó de él y hecho a correr.
- Hermana… - sollozó.
“Ahora sí que estoy solo. ¿Qué se supone que he de hacer? ¿Rezar? Sí. Rezar…” – pensó mientras observaba a su hermana alejarse hacía el pueblo, apretando el rosario que le había dado en su mano derecha.
Aquel rosario era muy importante para Mauen. Un regalo de su Primer Sacramento, cuando ella no era más que un bebé. Era pequeño, y elegantemente grabado.
No pudiendo hacer otra cosa, y mientras sus pensamiento no paraban de divagar, empezó a rezar las oraciones más básicas. Él siempre había sido creyente, como toda su familia. No era raro encontrar familias como la suya en un país mayoritariamente devoto. Pero las cosas que estaba observando no sabía como encajarlas. Necesitaba ayuda. Necesitaba despertar.
Mientras empezaba a llorar de nuevo, cayó al suelo de rodillas. Gritó de desesperación. Sus pensamientos ya iban acorde con la reacción de su cuerpo derrumbado. Su mente divagaba entre la oración y la fantasía, queriendo huir de aquella situación.
Un ruido sordo le vino de atrás, y un montón de pequeños trozos de tierra saltaron a izquierda suya. Su reacción instintiva fue saltar hacía la derecha huyendo de aquella ráfaga de tierra voladora. Parecían disparos de un fusil, pero como si se disparase muchas veces al mecón.
- ¡Serás imbécil!, tú fallarías hasta un muerto… -oyó decir por detrás a alguien con un acento muy exótico.
Cuando se tornó al origen del ruido, languideció. Varios hombres vestidos de verde y negro, unos diez, con una máscara extrañísima, que les dejaba la cara sin rasgos, salvo dos cristales redondos enormes para los ojos, le miraban fijamente cada uno con sus extraños objetos con forma de arma. Uno de ellos le apuntaba con ella.
Semaren se incorporó como si de un muelle se tratase, y corrió lo más que pudo.
Sin rumbo.
El pánico estalló en su estado más puro.