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A las ocho menos cinco se apagaron las luces.
A las ocho ella se marchó,
con el descolgarse de los segundos
en el viejo reloj de cuco.
Siempre esperó ese momento
la inconsciente princesa,
y aunque la vida le preparó aquel encuentro
con su brevedad sucumbió sin remedio.
‘El compás siempre es para otros’
Se decía.
Y almidonaba su soledad
con trocitos de recuerdos.
Cuando él llegó al fin, fue como un despertar.
Cuando se marchó, bailó en silencio
entre sus fotos, siempre añorando,
soñando un minuto y volando mil.
Flotó ingrávida al principio,
pero decidió marchar tras él.
Nadie dirá que la ha visto,
porque la princesa ya no está.