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Author: MaiaT
Fiction Rated: K+ - Spanish - Romance/Tragedy - Reviews: 7 - Published: 03-31-07 - Updated: 06-08-07 - Complete - id:2341838

BAJO LA LLUVIA

By: Maia

Todo comenzó aquel lluvioso día de abril, en la funeraria. No era común que lloviera –no era la época– pero el clima había sido impredecible los últimos meses, y por ello nadie estaba preparado para lo que sucedió.

Había estado lloviendo desde el día anterior, una lluvia incesante, mayormente torrencial, aunque por momentos disminuía y por breves instantes parecía alumbrar el sol, pero la lluvia no se detuvo, no se detuvo en todo el día.

La funeraria estaba llena, pues había velorios en todos sus salones, y era tanta la gente que no se distinguía quien estaba en qué velorio. En el segundo piso de la funeraria había dos salones, en uno se velaba a Rosalinda Fuentes viuda de Villaseñor, y en el otro a José Arturo de la Rosa. Ambos habían terminado su vida la noche anterior, de la misma trágica manera, a causa de la lluvia inoportuna e inesperada.

Como muchos en la ciudad, ellos conducían por un desolado y oscuro desvío que acortaba distancia entre algunas zonas, esperando llegar rápido a su destino; no había neblina cuando ellos salieron, pero al avanzar la noche y adentrarse en el tramo más oscuro y angosto de la carretera, la visibilidad se hizo casi nula. Rosalinda manejaba un viejo Sedan color azul oscuro que difícilmente se distinguía en la oscuridad, y José Arturo manejaba una camionetilla blanca detrás de ella, que aunque era más fácil de reconocer, entre la neblina no hacía mucha diferencia. En dirección contraria a ellos venía un camión a toda velocidad, a la cual no le funcionaban bien las luces delanteras y se apagaban por momentos…

El relato de ese accidente fue totalmente abrumador y doloroso para los familiares de las víctimas como José Arturo y Rosalinda, ya que detrás del auto de José Arturo venía otro automóvil con una familia; el padre, la madre y un bebé de meses; pero la lluvia hizo mayor la tragedia, pues hizo patinar las llantas de los tres automóviles y del camión al frenar.

Rosalinda murió inmediatamente, pero José Arturo aún estaba con vida cuando llegaron los bomberos, pero murió antes de poder ser llevado a la ambulancia. De la familia que iba en el tercer automóvil, solamente sobrevivió el bebé que iba en el asiento trasero en su silla, y en el camión el conductor resultó levemente herido. José Arturo aún logró dejar algunas palabras de despedida para su hijo pero él nunca las recibió.

Esa misma noche se inició el velorio de ambos, que casualmente fue en la misma funeraria. Ninguno de los dos se había conocido en vida, pero quizá se habían conocido al morir.

“Amigos son los que en las prosperidades acuden al ser llamados y en las adversidades sin serlo” Demetrio I

Había una gran puerta de cristal que conducía a un balcón con escaleras para salir a la calle; allí estaba Arturo de la Rosa, hijo de José Arturo. Tenía veintisiete años, su cabello castaño peinado hacia atrás, llevaba lentes oscuros para que nadie notara cuán irritados tenía sus ojos café avellanado. Jamás se había puesto un traje totalmente formal en su vida, pero ese día llevaba un traje negro de casimir, con una corbata negra de seda y zapatos muy bien lustrados. Se encontraba recostado sobre la media pared del balcón, observando la lluvia caer en la calle y sobre los automóviles estacionados; en la saliente que tenía frente a él se hacían pequeñas pozas de agua que lo salpicaban, pero a él no le importó eso, porque se encontraba demasiado triste para preocuparse de sí mismo. En el frente de la funeraria había un edificio cuyas paredes estaban revestidas de espejos y en las cuales podía ver vagamente el reflejo del balcón donde él estaba.

– Una tarde deprimente –dijo una joven que salió en ese momento.

Se trataba de Flor de María Villaseñor, quien era la hija de Rosalinda; era extremadamente flaca y pálida, tenía sus ojos color miel sumamente enrojecidos por las lágrimas y unas profundas ojeras; vestía un sencillo vestido negro que le llegaba hasta las rodillas, con un suéter de lana un poco maltratado; su cabello era liso y delgado, color castaño claro, en conjunto le daban un aspecto sombrío, pero contrastaba con una sonrisa ligera que esbozaba en sus labios rosáceos.

– Así es –respondió Arturo sin voltearla a ver, inmerso en sus pensamientos.

Impetuosamente, Flor emitió una corta risa que hizo que Arturo volteara a verla y notó que sonreía pero de sus ojos se resbalaban dos grandes lágrimas.

– A ella siempre le gustó la lluvia –comentó con una risa melancólica.

– ¿A ella?

– A mi madre. Ella siempre decía que la lluvia traía vida para todos nosotros, pero esta vez le trajo la muerte.

Arturo volvió a recostarse en la orilla del balcón mientras recordaba a su padre.

– No es común que llueva en esta época –comentó.

– Tiene razón.

– A mi padre nunca le gustó cancelar sus reuniones, aunque estuviera lloviendo. Le dije que eso no era bueno para él, pero nunca me escuchó.

Flor lo observó fijamente; desde el ángulo donde ella se encontraba podía ver que los ojos los tenía muy enrojecidos y las lágrimas se asomaban pero él se esforzaba por retenerlas; apretaba sus puños con fuerza, mientras gotas de lluvia le caían en la cabeza y se mezclaban con sus lágrimas cayendo sobre sus puños.

– ¡Si me hubiera hecho caso esto no hubiera sucedido! –exclamó con enojo. Flor permaneció callada.

Flor se asomó por el balcón, deteniéndose cerca de la orilla, lo suficiente para no mojarse, pero poder ver hacia la calle. El silencio gobernaba el lugar, solamente interrumpido por algunos automóviles que por allí circulaban; pese a eso el lugar estaba por entero desolado.

– ¿Ella también murió en el accidente? –preguntó él sin dejar de ver su reflejo en el edificio del frente.

– ¿También?

– Anoche, tres automóviles chocaron contra un camión. ¿Estaba ella allí?

– Sí, ella iba en un Sedan azul. ¿Y él?

– Él iba en una camionetilla blanca. Es extraño que ambos estén en la misma funeraria.

– Sí, es extraño. ¿Pero cómo supo que mi madre estuvo en el accidente?

– Por lo que dijo de la lluvia.

Sumidos en su tristeza, guardaron silencio por largo rato hasta que lograron serenarse.

– ¿Cuándo será el entierro?

– Esta tarde. No tardaremos en partir. ¿Y el entierro de su padre?

– También será esta tarde.

La conversación se vio interrumpida por Miranda, la mejor amiga de Flor, que la estaba buscando.

– Finalmente te encontré –exclamó Miranda– Ya va a salir el cortejo, debemos irnos.

– Está bien. –Y dirigiéndose a Arturo– Fue un gusto conocerle.

– Lo mismo digo.

Esperó a que se fuera para volver a sus propios pensamientos.

Minutos más tarde la lluvia caía con más fuerza, pero el edificio de los espejos ya no reflejaba a Arturo.



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