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Fiction » Romance » Bajo la Lluvia font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: MaiaT
Fiction Rated: K+ - Spanish - Romance/Tragedy - Reviews: 7 - Published: 03-31-07 - Updated: 06-08-07 - Complete - id:2341838

“He pensado a menudo en la muerte
y he hallado que es el menor de todos los males”.

Francis Bacon

BAJO LA LLUVIA

by: Maia-chan

La tarde siguiente ya no llovía, incluso brillaba el sol. Flor se encontraba caminando por un largo pasillo blanco lleno de doctores, algunos pacientes que se levantaban de sus camas y los parientes y amigos que los visitaban. Al fondo había una ventana desde la cual podía ver gran parte de la ciudad, y junto a la ventana había una puerta que la condujo a la habitación en la que Arturo reposaba.

La luz de la habitación le daba un aspecto aún más melancólico a la imagen de Arturo. No podía ver su rostro pues lo tenía cubierto de vendajes, tan sólo veía sus ojos enrojecidos por la resaca, pero que al verla entrar se llenaron de alegría. Flor no pudo contener la compasión que le provocó tal cuadro y lo abrazó tierna y largamente; y él le correspondió en su abrazo.

Pero luego recordó lo que tenía decidido y se retiró sentándose en una silla cerca de la cama. El silencio se hizo largo, no encontraba el valor de manifestarle su decisión.

– Tuviste suerte de salir con vida... mucha suerte.

Arturo asintió con la cabeza.

– ¿Estás consciente de qué ocasionó tu accidente?

Él volvió a asentir y luego con sus manos abriéndolas y cerrándolas hacia abajo le dio a entender que se trataba de la lluvia.

– Arturo, hay algo que debo decirte –dijo tratando de juntar valor–. Espero que sepas que yo te quiero mucho...

‹‹Y yo a ti ›› –dijo con señas.

– Por favor, escúchame, déjame hablar sin interrupciones.

Arturo asintió nuevamente.

– Amor mío, aunque te quiero mucho debo hacer algo que me dolerá en lo mas profundo de mi corazón... –Los ojos se le llenaron de lágrimas–. Esto no puede continuar así, ya no eres el mismo del que me enamoré y no creo que quieras cambiar, así que por el bien de ambos... debemos separarnos.

Arturo hubiera querido decir algo pero no podía, hubiera querido decirle a Flor que prometía cambiar, que ya había reaccionado... se sentía frustrado, totalmente desesperado.

– Sé que en este momento quisieras evitar esta situación, ya antes me has convencido con tus súplicas, y de seguro volvería hacerlo, por eso este era el mejor momento para hablarte.

En los ojos de Arturo ya se asomaban algunas lágrimas, pero Flor no quería verlo directamente a los ojos porque perdería el valor.

– No quiero volver a verte, por favor no me busques, no me llames, lamento haberlo hecho en esta situación. –Se levantó de la silla con rapidez, y queriendo escapar del lugar se dirigió a la puerta.

Pero se detuvo deseando volver y abrazar a Arturo. Tuvo que darse valor para salir inmediatamente, antes que se arrepintiera.

Arturo odiaba la cama, odiaba el suero que lo mantenía atado a ella, odiaba el yeso de su pierna que le impedía ponerse de pié, pero más que nada odiaba el vendaje que tenía en el rostro que le impedía hablar y detener a Flor.

Minutos después entró Luis con una pizarra para que Arturo pudiera comunicarse.

– ¿Y Flor? –preguntó revisando la habitación– Pensé que se quedaría más tiempo.

Arturo lloraba silenciosamente y la expresión de su rostro demostraba la molestia que sentía en ese momento, la frustración.

– ¿Qué pasó? –preguntó Luis entregándole la pizarra a Arturo.

– Terminó conmigo –escribió.

– ¿Porqué? Ella te quiere mucho.

– Por mi culpa.

– ¿Cómo es eso?

– Soy alcohólico –aceptándolo por primera vez.

– Lo sé, Flor me lo platicó pero sabía que si tú no lo aceptabas nunca querrías solucionar tu problema.

– ¿Cómo puedo hacer eso?

– No es fácil, se requiere mucha fuerza de voluntad, pero si de verdad quieres volver a ser digno de Flor lo lograrás.

... ser digno de Flor... Esta frase se le grabó en la memoria y le dio la fuerza necesaria para rehabilitarse.

El trabajo fue duro durante el tiempo que continuó ya que Arturo debía asistir a reuniones de rehabilitación y al mismo tiempo dirigir la empresa de su padre, tenía cerrada la mandíbula y tenía que licuar su comida, sus tías no dejaban de fastidiarlo, pero él aprendió a no prestarles atención y marcharse en cuanto ellas comenzaban.

Dos o tres veces cayó en la tentación de tomar un trago de alcohol, pero al tener que tomarlo con pajilla reaccionaba a los dos o tres sorbos.

Cinco semanas después había recuperado la movilidad de la mandíbula y regresó a su casa decidido a enfrentar a sus tías...

– Vaya –exclamó Zoila– ya te quitaron el bozal

– Se acabó la paz –añadió Gisela.

– Les diré esto una sola vez. ¡Lárguense de mi casa!

– No podemos, debes admitir que eres un inútil y que no podrías cuidarte solo.

– Me he cuidado sólo desde que tenía diez años, cuidé de mí y de mi padre, sé muy bien qué hacer con la empresa, no las necesito.

– Te engañas, nos necesitas.

– Tías, durante todo este tiempo las soporté porque después de todo son parte de mi familia, pero si no se van en este momento me olvidaré que solo son unas respetables ancianas.

– ¡Vaya descaro, llamarnos ancianas! –exclamó Gisela.

– ¡Vámonos! Hermana, no necesitamos estar en casa de un malagradecido como él¡Vámonos!

– Sí, tienes razón.

Por la noche, Arturo gozaba de una gran tranquilidad. La semana siguiente sería el aniversario de la muerte de su padre.


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“En amor, sólo el principio es maravilloso. Por eso encontramos tanto placer en volver a comenzar de nuevo”

De Ligne

El día estaba frío. Poco era lo que hacía recordar que un año atrás la lluvia caía incesantemente y que había ocasionado varias muertes. Flor había ido al cementerio y como de costumbre se detuvo ante la fuente.

Se encontraba observando a los peces en el alboroto de querer apropiarse del trozo de pan cuando un recuerdo llegó a su mente. Hacía un año había conocido a Arturo en aquel solitario balcón de la funeraria, y en esa misma fuente se lo había encontrado después. Hacía tres meses que no lo veía.

Arturo la llamaba con frecuencia, le dejaba mensajes en todos lados, pero ella se negaba a verlo. Sabía que si lo veía una vez mas volverían a despertar esos sentimientos que trataba de enterrar en lo más hondo de su ser. No podía permitirse amarlo, no después de cómo se había comportado, no después de cómo la había tratado.

El agua se enturbiaba cada vez que lanzaba un pedazo de pan, por lo que tardó en distinguir quién se había parado junto a ella en ese momento, pero recordó esa silueta, era igual que el año anterior

– Tenía ganas de verte, sabía que estarías aquí. –Pero Flor no le respondió, lo cual hizo que Arturo se entristeciera– No te culpo si sigues molesta conmigo por lo que te hice, me porté realmente mal.

– ¿Cómo has estado? –Preguntó sin voltear a verlo, con frialdad, pero al mismo tiempo nerviosismo.

– Estuve en rehabilitación los últimos dos meses, créeme que no fue fácil pero ya llevo un mes sin probar una gota de alcohol, pero aún se me presenta la tentación miles de veces. Finalmente me enfrenté a mis tías, me sentí tan liberado...

– Me alegro...

– Lo hice por ti. –Interrumpió – Necesitaba verte pero no me atrevía a presentarme en aquel estado. No me había dado cuenta de cuanto te necesitaba hasta que te fuiste. Fui un idiota porque pensé que no importaba cómo fuera yo, que tú me soportarías como fuera, y no me daba cuenta que no era digno de ti, de tu cariño...

Ella aún no volteaba hacia donde estaba Arturo, pero ahora era porque las lágrimas se escapaban de sus ojos silenciosamente.

– Vengo a pedirte una oportunidad de demostrarte que he cambiado, y que nunca más volveré a hacerte daño.

– Pero...

– Si quieres no me respondas ahora. Si quieres podemos ser solo amigos, pero por favor, no me niegues tu compañía.

– Yo...

– Sólo quiero que me perdones.

Flor fijó su mirada en el horizonte como buscando una respuesta para darle a Arturo; aún tenía miedo de que le estuviera mintiendo como lo hizo tantas veces en el pasado, pero en su corazón algo le decía que ahora era distinto, pero no estaba completamente segura de qué hacer.

Lentamente volteó hacia donde se encontraba Arturo, tratando de contener el llanto; pero al fijar su mirada en sus ojos se dio cuenta que él también trataba de contener su llanto; sus ojos estaban tan llenos de sinceridad y arrepentimiento que no pudo contener más las lágrimas. Arturo tampoco pudo contener sus lágrimas al ver a Flor que lloraba con el rostro escondido entre sus manos.

– No llores Flor, no tienes porqué llorar. –Trataba de consolarla mientras caminaba hacia ella.

– Discúlpame, yo no quería dejarte, no fue lo que yo quería pero...

– Calla –dijo– no tienes porqué disculparte, aunque sufrí mucho durante tu ausencia fue lo mejor para ambos.

Arturo rodeó con sus brazos a Flor mientras ella se recostaba en su pecho, así permanecieron largo rato, y se marcharon juntos del cementerio...


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“Una hora de alegría es algo que robamos al dolor y a la muerte, y el cielo nos recuerda pronto nuestro destino”

Jacinto Benavente

Al salir del cementerio los sorprendió una densa bruma que apenas dejaba ver las luces rojas de los otros automóviles al frenar. Avanzaban lentamente, con precaución. Al principio Flor iba algo nerviosa y Arturo lo notó

– Tranquila, no aceleraré.

– Lo sé, te noto concentrado pero tengo un mal presentimiento.

– Sí, esta bruma causa miedo.

Todos se detuvieron de pronto, pues a unos metros del auto de Arturo, un camión se había quedado atravesado en ambos carriles. Arturo era de los últimos de la fila.

– Estaremos aquí largo rato –Exclamó soltando el timón.

– Apaga el auto... todos están haciéndolo.

– No, porque las luces del freno se apagarían y somos de los últimos, no nos verían otros automóviles.

Pero la mayoría ya había apagado sus autos. La bruma iba disminuyendo pero aún no se veía más allá del auto frente al propio. De pronto, el rechinar de unas llantas se dejó escuchar, Arturo fijó su mirada en el retrovisor con los ojos desorbitados.

Miranda estaba en su oficina cuando sonó el teléfono, le avisaban que encendiera la radio y escuchara las noticias. Un camión con carga pesada iba demasiado rápido para frenar detrás de la fila de autos, deslizándose de lado al hacerlo y barriendo con todos.

Ya habían dado la lista de los muertos y heridos, por lo que le habrían avisado por causa de Flor, sólo esperaba que se encontrara en la de heridos. Sin embargo, quien estaba en la lista de heridos era Arturo, Flor falleció en el acto y él se debatía entre la vida y la muerte en el hospital.

Cinco días después, una tarde tan lluviosa como aquella en la que José Arturo y Rosalinda habían muerto, mientras la enfermera chequeaba el progreso de Arturo, este despertó. La enfermera se le acercó y le hacía varias preguntas pero él no respondía, tenía la mirada fija en el techo, el rostro inexpresivo. La enfermera continuó observándolo hasta que cambió su expresión, sus ojos e llenaron de alegría y una sonrisa se esbozó sus labios, y susurrando el nombre de su amada, cerró los ojos y suspiró por última vez...

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Notas de autora: Esta historia la tenía guardada muy escondida en mi carpeta de archivos, hace tres años la presenté como tarea en uno de mis cursos y hasta ahora que descubrí este sitio me atreví a publicarla, claro que no la había vuelto a leer y me sorprendí de lo pronto que terminaba. (Mis fics son más largos que esto, Dios Mio) Por eso, me prometí reeditarla... pero paciencia.


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