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Muerte
en Silencio
Autista
por Kyonides
Con tan solo sus cuatro años y once meses en este mundo, un niño de Los Yoses decidió que sería entretenido el que no volviese a emitir una sola palabra. Él no estaba interesado en crear algún amigo imaginario. A pesar de eso una especie de nube, no de algodón, mantenía su corta distancia del pequeño y este lo notó sin problema. No se preocupaba por hacer algo al respecto, tampoco quería interactuar con eso como no lo hacía con sus propios familiares. Su proyecto infantil lo iba a abarcar todo. Por esto no se permitiría la menor demostración de incertidumbre, de la necesidad de expresarse, porque su meta lo requería para tener asegurado su éxito. Habría de durar por un tiempo, según decía el niñito... y según sus propios padres.
Lo llevaron a la cita con el psicólogo Arnoldo Lagunilla al cabo de tres meses completos desde que el silencio le amarró la lengua con sus fuertes y metálicos lazos, lo cual los alarmó sobremanera. La concertaron para que se los atendiese a las diez de la mañana de un once de setiembre, la recepcionista los hizo pasar a sentarse en la sala de espera, pues hacían falta unos veinte minutos para el inicio de la sesión. El sitio era de lo más cómodo, tenía un estilo bastante representativo del movimiento retro. Se presentó ahí un viejo cliente de comportamiento “muy irrespetuoso” conocido como la nube de polvo, pero no conocía al acompañante del paciente. El señor Guillén se dirigió a la señorita para saber el motivo de tal contaminación.
—Disculpe, señorita. ¿Conoce usted la causa de tan tempestuoso remolino polvoriento¿De paso podría cerrar la puerta o las ventanas?
—Con gusto las cerraré aun si hace un intenso calor. Del polvo le puedo decir que es algo típico de esta fecha. No ha cambiado desde que años atrás nos trasladamos a este local. Algunos vecinos dicen que es para recordarnos la caída de las torres.
—Gracias por el cierre de la puerta... Lo del Centro de Comercio no soy capaz de creérmelo. Hablamos de un lugar que siempre estuvo muy lejano como para que el viento logre traer todo esa carga de polvo sin que se le estorbe significativamente.
—Yo, en lo personal, no lo doy por un hecho... En realidad me parece irrisorio, pero la gente lo cree porque les encanta echarle la culpa a alguien. En especial a Estados Unidos con todos sus experimentos e invasiones...
—Bueno, eso hasta yo lo haría si se metieran conmigo o con mi familia.
Una vez que finalizó su frase sonó el teléfono, su jefe le avisaba que la familia ya podía ingresar en la oficina y ella así se los indicó a los tres. Estos se sintieron algo incómodos al inicio de la sesión, pero se fueron disipando los nervios poco a poco. Solo el niño se comportó totalmente indiferente a lo que sucedía a su alrededor, aún seguía viviendo en su propio mundo. El psicólogo fijó su mirada en el pequeño desde un inicio.
—Como ustedes habrán notado en casa, su niño está en un estado de catarsis. Supongo que han venido porque están casi totalmente convencidos de que él es un autista. Yo les puedo decir algo más específico al respecto. ¿Tienen ya alguna pregunta antes de que comencemos la parte más importante de la sesión?
—No, señor. La verdad es que pensamos que sí es autista desde hace poco tiempo y necesitamos saber cómo debemos reaccionar ante este cambio tan inesperado en nuestro hijo — comentó el padre.
—Por supuesto que sí, es natural tener esa inquietud tan bien justificada. Al final de cuentas ustedes velan por el bien de su hijo¿no es así señores?
—Así es, doctor. Es lo que siempre hemos hecho por él desde que lo llevamos a casa la primera vez — dijo la madre a punto de estallar en sollozos.
—Pues ya con esa declaración podemos descartar la primera causa de la aparición de este singular padecimiento. ¿Pero están seguros los dos de que él nunca presenció algún evento muy brusco o cruel con anterioridad? No importa si fuera de la vida real o virtual, todo puede originar una reacción.
—Ya que lo dice, me pongo a pensar que es imposible. Ni siquiera le hemos permitido ver televisión, ya sea que lo haga solo o con alguno de nosotros. No puede encenderla por sí solo, nos aseguramos de eso — aclaró el padre de la criatura.
—Díganme algo más. ¿Este niño sabe lo que es estar en un funeral¿O ha perdido a algún pariente o a alguien muy cercano a él? Tal vez sí lo presenció y lo activó un suceso posterior que sirvió de llave para poner en marcha ese "motor".
—No... Sinceramente no hemos pasado por nada de eso, doctor. En realidad nosotros deberíamos verlo por ahí corriendo feliz, con sumo entusiasmo.
—Es un cuadro muy hermoso el que nos pintó con sus palabras, señora. Lastimosamente esa felicidad nos puede dejar enceguecidos ante una realidad oculta aún. Puede tratarse de otra cosa, como que sea similar a un síndrome contrario a la hiperactividad. Tal vez se encuentre en una situación particular que lo mantiene desanimado. ¿Ha perdido el apetito en estos días?
—No, come con normalidad, señor. Yo esperaba cambios como ese, pero no se han dado — comentó el esposo—. Espero que no se trate de algo a nivel neuronal...
—¿Neuronal¿Ha dicho usted eso? No lo creo, no podría hacer nada por sí mismo sin que hiciera movimientos involuntarios que no le ayudasen a realizar sus pocas labores cotidianas. Me gustaría colocarlo frente a un espejo por unos pocos minutos para ver cómo reacciona ante su propia imagen.
—¿Cuál utilidad puede tener eso, doctor?
Mientras conversaban el niño de pronto volteó su mirada a una de las ventanas del despacho. Luego de esto se levantó con cuidado extremo y se dirigió ahí. Se quedó mirando fijamente al exterior por el resto de la sesión hasta que sus padres debieron retirarse para regresar a casa. Estaban un poco más confundidos que antes de esa consulta.
El niño los siguió sin problemas, pero se mantuvo en el mismo silencio incómodo. Una vez en la parte de los jardines, este se separó de sus progenitores y recorrió la distancia que había entre él y un objeto muy peculiar. No le importó si pisaba unas piedras flojas, las flores o solo el césped común. De súbito se detuvo frente a una gran esfera de piedra de más de un metro de díametro. Estas pertenecian a uno de los grupos de indígenas precolombinos de ese país. Los padres, que estaban realmente preocupados por ese comportamiento inusual, se fueron tras él y se extrañaron al verlo palpar la roca para luego sentarse en el césped a continuar su contemplación inmóvil. El psicólogo notó esto y salió de su oficina de inmediato.
—Doctor¿qué le ocurre a mi niño?
—Cálmese, señora. Solo hemos presenciado el momento en que por fin ha reaccionado al toparse con algo que es tan distinto a este ambiente urbano.
—¿Pero qué tiene esta gran roca de especial¿Por qué solo con ella decidió actuar con la curiosidad propia de un niño de su edad?
—Es precisamente su rareza lo que lo motivó a cambiar un poco su actual patrón de comportamiento. Según las historias de los indígenas, estas rocas talladas por el hombre representaban el poder de un cacique o de algún miembro de su comunidad y que servía para distinguirlo de todos los demás pobladores. Si les fuera posible conseguir una réplica de esto o fabricarla con sus propias manos, quizá pudiera yo adentrarme más en su psyche. Les recomiendo que tengan al día una lista de los eventos que puedan lucir "normales" para que se puedan estudiar debidamente en las siguiente sesiones.
—Claro, doctor, se hará lo que usted recomiende.
Al partir los tres y montarse en el automóvil, el padre del niño sintió un malestar por la sumisión extrema de su mujer a los mandatos de ese médico. No existía forma de que dejara de lado sus sospechas. En ese instante le pareció que era correcto buscar una segunda opinión al respecto y así se lo hizo saber a su esposa en cuanto se detuvieron por un semáforo que brillaba rojizo como una llama. Luego entró en él la nostalgia. Cuánto daría él porque de repente su hijo despertara y comenzara a brincar dentro del vehículo por saber que están cerca de una pizzería con juegos infantiles a la vista. Sabía que no era una molestia pagar por un pedazo de pizza, era preferible al derroche en el que incurrirían por la necesidad de tratamientos. Para él habría sido algo más comprensible que le diera una fiebre, varicela o algún padecimiento similar, pero le incomodaba demasiado no saber cómo solucionar el problema de su hijo.
—( ¿Acaso tanta felicidad lo hizo vivir en un mundo tan ficticio? Será por eso que ya no se comporta tan activo como antes? Le faltarán ganas de salir de ahí por sentirse tan cómodo, tan seguro? )
La señal cambió de color y el padre del niño procedió a cruzar con tranquilidad, la cual se disipó como nube de polvo. No esperaba que le estorbara el paso una motocicleta japonesa, de seguro una último modelo, que no tenía pocos motivos para correr como vólido. Dos patrullas iban en su persecución y una de ellas estaba por colisionar contra el carro familiar. El hombre tuvo que echar mano de la adrenalina y echar atrás con la reversa dando una curva que le permitió ingresar en contra de las señales horizontales de la estación de servicio de la esquina. Solo la parte cercana al faro derecho resultó golpeada por la patrulla de la policía de proximidad. Tan grande fue el susto que él solo atinó a echarse sobre el volante para contener un poco la agitación antes de continuar con su viaje.
Un empleado de la estación de servicio estaba conversando con su compañero y al ver que ese automóvil se quedó tan quieto en un punto tan inconveniente, fue a gritarle al conductor para que se corriera de una buena vez. Por aproximarse por el lado derecho se percató con facilidad del diminuto incidente por el que los ocupantes acababan de pasar. Les preguntó si estaban bien ahí adentro y si podía ayudarlos, tal vez podía prestarles un teléfono para que llamaran a un oficial de tránsito o a un inspector de seguros para que levantara un reporte del daño causado por la patrulla.
Con tal de no mostrar cuán afectado estaba él de los nervios, hizo una seña al joven como muestra de agradecimiento y envió a su mujer con los papeles del carro para que realizara dicha llamada. La señora estaba entonces más preocupada por el estado anímico de su pareja que por el evento tan reciente. De todos modos fue a cumplir los deseos de su marido al pie de la letra. Acto seguido, el padre volteó a ver por el retrovisor y se dio cuenta de que en la cara del niño se dibujó una disimulada sonrisa. Entendía bien que debía hacerlo para confirmar que no le hubiera pasado nada, mas lamentó haber visto eso en el pequeño. Por sus instintos deseaba salir disparado de ahí, pero tan solo era su hijo. No era cuerdo sentirse así. A pesar de eso ya no sabía si en un solo día se podía estar más aterrado. Recordó al rato que estaba bloqueando el paso de los clientes del lugar y quiso correrse, pero debió hacerlo con mucha lentitud. Sus manos no respondían a una velocidad decente debido a los temblores intensos.
El señor se bajó del auto y se dirigió a una máquina de refrescos con algo de inseguridad en sus pasos. Se quedó ahí meditando el tiempo que su alocada mente le permitió hacerlo y tomó la decisión de que no volvería a llevar a su hijo a esas citas personalmente. Dejaría eso a cargo de su mujer y le solicitaría que solo se transportaran en autobús. Quizá así evitarían ser golpeados por otro vehículo o quizá no. Sin embargo, eso era la creencia que en esos instantes se le fijaba claramente en su mente. De un momento a otro ella colgó y con parsimonia se le acercó. Tampoco podía ocultar su tribulación, pero trataría de colaborar con todo lo que estuviera a su alcance. Se recostó en el hombro de su marido y este la rodeó con un brazo. Tiempo después le comunicó él lo que había decidido en ese sitio.