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“ Pólvora ”
Por: Roseriot
El Soldado
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Cuando la guerra terminó, — ¡Bendito sea, entonces, el nombre de Dios! — existía ya demasiados estragos sobre el suelo patrio por el cuál tener, más que huir, necesidad alejarse de él, un cruel pasado por el cual luchar para poder erguir la frente en alto. Muchos se fueron a Argentina, donde fueron bien acogidos y otros, como yo, decidimos ir a dónde el viento nos llevase y, aunque el viento haya sido quien nos impulsara, por donde nos empujara nosotros íbamos trazando un camino, del cuál logre comprender tantas cosas que, de niño yo nunca hubiese entendido.
¡Tantas veces qué jugué sin permiso con los soldados de porcelana del abuelo!
¡Tantos recuerdos que quedan en mi mente de esa inocencia mía, que se ha convertido en miseria!
¡Maravillosa inocencia¿Cómo puedes pintar de alegría la peor de las tragedias?, y tú maldita que has de hacer qué uno se ensañe a sus sueños¿Quién me iría a decir que yo sería otra de aquellas figuras de porcelana?.
He de confesar, que aún sueño con los disparos y, los alaridos de dolor de quiénes fueron mis compinches en cada una de estas terribles hazañas, que ya no extraño los cañones ni las bombas ó el lecho dónde reposaron mis confidentes al ser asesinados por la causa del otro bando, ni el penetrante aroma en mis dedos de la pólvora quemada y, que hoy en día he de odiar profundamente los uniformados, pues al fin de cuentas¿Qué es de un hombre sin su uniforme?, — Nada, no es nada, más que uno más de tantos. — Y así fui yo, un catalogado cómo otros, con un objetivo en común, con la guerra en mi conciencia.
Caminando por el nuevo sendero que iría a ser mi nuevo destino, hallé tanto de hermoso y tanto de cruel, era tan sólo un día en que caminaba por aquél lugar, sin más ropa que este tedioso y corroído traje, de manchas y manchas, mis botas que estaban mal boleadas, y de mi aspecto de pocos amigos, — Aunque éste fuera verídico. — mirando al piso, y escuchando berridos de niños por todas partes, algo común en un parque.
¡Oh, dulce infancia!, Creí hasta oír de los labios lozanos de un pequeño infante, palabras que nunca creí oír en tonos tan más tenues, y que despertaban toda la crueldad de mi realidad, aún recuerdo esas frases. — “Mirad, madre mía, ahí va un asesino” — mencionó con tanta y tanta franqueza, que no sabía que hacer, entonces fue que mi soberbia se desmoronó en indescifrables fragmentos de tristeza, la mujer ofendida que tomó a la criatura en brazos y vedó sus limpios ojos. — Hizo bien, lo reconozco. — Yo hubiese hecho lo mismo. Sentí un río nacer de mis párpados, sentí vergüenza.
¡Cuánto me falto llorar y gritar!
¡Cómo un traje puede cambiar tu significado existencial!
¡Siendo
soldado, olvide que de mis lagunas podían desprender
caudales!
¡Siendo
soldado, olvide que aún podía ser amado!
¡Siendo soldado, olvide ser soldado de mi propio destino; mi lucha!
¡Bendita seas inocencia¡Por haberme hecho recordar qué aunque fuese un soldado, yo también era un humano!
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2007