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Author: kyonides
Fiction Rated: T - Spanish - Supernatural/Fantasy - Reviews: 4 - Published: 04-14-07 - Updated: 06-24-07 - id:2346878

Génesis Espuria
Delphys
por Kyonides

En el espacio sideral estaba el límite de una raza inteligente y estúpida a la vez. De momento parecía que todo aquello que le había otorgado la fama de destructores de los astros quedaría atrás, muy atrás. Las estrellas solitarias eran las únicas que entonces no podían formularles preguntas inquisidoras. De pronto unas cuantas naves colonizadoras habían entrado en el campo gravitacional de un nuevo planeta. Este tenía una aura de paz o pureza. Para ser sinceros se trataba más bien de una extensa capa de un tipo inusual de hielo capaz de comprimir la atmósfera que se hallaba debajo de esta. Así lo revelaron los estudios de los científicos más renombrados de Marte luego de recopilar las distintas muestras recolectadas por sus robots y los vídeos que sus cámaras especiales de cien gigapixeles habían grabado. Uno de ellos se atrevió a afirmar que existía la gran posibilidad de hallar un mundo meramente tropical en la superficie interna y que lo hacía un lugar apto para fundar la nueva sociedad humana.

Un ilustre que viajaba en la nave de los expertos se le aproximó para hacerle unas cuantas preguntas antes de tomar una decisión tan vital para su sobrevivencia. Todos sabían de antemano que las naves no contaban con suficiente combustible para enfrentar un aterrizaje y aminorar la velocidad del descenso con sus anti-propulsores con el único fin de evitar el excesivo calentamiento del casco de la nave. Esto tenía algo preocupado a ese dignatario. Al menos su cara lucía como si le afectara la posibilidad de que se equivocaran.

—Doctor Hallogenos¿está usted seguro de que es el sitio ideal para levantar nuestro nuevo imperio de la luz y la ciencia¿No sería errado comenzar en un lugar repleto de especies tropicales desconocidas que puedan favorecer el precipitado descenso del número de los habitantes de los nuevos asentamientos?

—Por supuesto que no veo indicios del menor inconveniente para que se funden nuevas ciudades en este paraíso que nos brindará todo lo que soñamos. En este planeta hermoso no hemos encontrado ni el menor indicio de agentes patógenos. Si se esparciera alguna clase de fiebre, sin duda tendrá un origen marciano. La gente se curaría en cuestión de un día de contar con tiempo para descansar en sus nuevos hogares.

—¿De veras han confirmado todo eso? No me sería posible dudar de tan distinguido científico... Sepa interpretar bien lo que le diré a continuación. Únicamente si usted me da su palabra de que eso no ocurrirá, es que yo, Gerardo Villas del Mar, podré convencer a los demás miembros del Symposion Megas para que den luz verde a este proyecto de construcción. ¿Cuento entonces con su palabra y el respaldo de sus múltiples estudios¿No me arrepentiré de apoyarlo frente a todos los miembros?

—Pierda cuidado, los androides han funcionado de maravilla y las pruebas a favor sobreabundan en los discos duros de la nave, es casi como si estuviéramos en nuestro planeta madre...

—Perfecto. De inmediato hablaré con ellos para que se dé inicio a la colonización de este nuevo planeta. De tener usted tanta razón, yo mismo me encargaré de que bauticen alguna edificación con su nombre, doctor. Estoy deseoso de volver a gobernar en un mundo donde sea yo una autoridad incuestionable y reine una tranquilidad infinita.

El alto representante se retiró del laboratorio especializado para retirarse a sus aposentos. Le seguirían algunas horas de respetuoso debate con sus colegas, los líderes del anterior mundo, y por ese motivo debía poner a trabajar a sus asistentes. Estos serían la clave para obtener una abrumadora mayoría en el Symposion en cuestión de media hora de votaciones, no admitiría la necesidad de una segunda o tercera ronda. Les arengaría para que percibieran los notorios beneficios de haber llegado hasta ahí, con una razonable cantidad de combustible todavía a su entera disposición. Eso les permitiría seguir colonizando otros planetas en cuanto levantaran las estructuras más esenciales. Ya se perfilaba una sonrisa algo extraña en la cara de ese político.

El doctor aprovechó la pausa que siguió a su anterior conversación para enviar un mensaje al capitán de la nave de pasajeros. Le dijo que buscara un sitio por el cual pudiese ingresar en el planeta, pues no cabía duda de que la colonización del planeta era inminente. Acto seguido, el capitán envío una nave de reconocimiento para que en poco tiempo surcara toda la superficie de hielo en busca de esa entrada. Al cabo de una hora y media, esa nave regresó a la nave nodriza con muy buenas noticias.

—Capitán, le traigo un mensaje de aliento. Ha de saber que hemos hallado un sitio por el que tranquilamente podemos entrar en este nuevo planeta y está ubicado en el punto más austral del mismo — dijo el piloto con entusiasmo inconcebible —. La tierra firme ahí es muy helada, pero varios kilómetros más adelante las aguas empiezan a calentarse. Es seguro que de seguir explorando encontremos una tierra idílica donde no deja de brillar el sol, excepto de noche.

—Bueno, no me diga nada más. Fue un excelente trabajo, piloto. Ahora usted puede ir a descansar en su camarote, pues más tarde nos espera un festín en esa tierra que sus ojos ya vislumbran con sumo agrado. Teniente Bajamirano, comuníquele al doctor Hallogenos lo que acabamos de escuchar de boca de este valiente explorador del nuevo siglo.

—Sin falta, capitán. Iniciando los protocolos para la comunicación sideral... Señal confirmada. Enlace establecido con éxito... Habla el teniente Bajamirano de la nave de pasajeros...

—Eh, sí, sí, yo soy el doctor Hallogenos. Ahora dígame teniente lo que descubrió su piloto.

—Nos acaba de confirmar la presencia de suelos fértiles en la... Bueno, creo que ustedes le llamarían biosfera.

—Esa sí es una noticia sin igual... No obstante, debo darles a ustedes otra con un grado de importancia semejante al de la primera. No han de pasarla por alto... Es una orden muy explícita que me llegó del Symposion Megas hace tan solo unos minutos. En cuanto ustedes confirmaran la posibilidad de llegar a la biosfera, debían guardar silencio absoluto hasta nuevo aviso.

Tanto el teniente como su capitán se miraron como si trataran de hallar una explicación lógica que les permitiera comprender una orden tan inhumana. Sabían de sobra que los ciudadanos comunes no conocían su actual ubicación y les pareció que ocultar algo tan magno como el llegar a su nuevo hogar sería el mayor motivo de disputas. Su completa ignorancia no les permitiría vivir felices por mucho tiempo...

En el interior de la nave, los pasajeros lograron escuchar el rumor de la presencia de una tierra fértil debajo de esa blanquecina capa que cubría el planeta entero. Las familias se regocijaban y comenzaron a recetar abrazos a diestra y siniestra. Algunos aprovecharon para obsequiar reliquias a sus descendientes o amigos más cercanos, la algarabía parecía que no estaba por acabar pronto. Hubo quienes empacaron sus utensilios para prepararse con tiempo para el aterrizaje, por el que no podían esperar más tiempo. Muchos ya añoraban volver a pisar tierra firme. De ser posible, querían oler en persona el salado aroma de las brisas del mar azul, el cual ya solo era una leyenda contada por los ancestros de los ancianos de los antiguos pueblos ahí representados. Otros soñaban con el sabor exquisitos de la comida fresca pasando por la estricta prueba impuesta por sus ansiosos paladares.

Horas habían transcurrido en el plenario de la nave principal y por fin se había llegado al acuerdo de hacer del nuevo astro su hogar y su lugar de trabajo. El dignatario Swindler consiguió venderles su magna idea a pesar de tener a decenas de opositores ahí presentes. Complacido por semejante victoria pensó en que debía aprovechar esa racha para seguir arrasando con las agrupaciones de sus contrincantes y sus propuestas. Llamó al estrado a su mujer para que les contara a todos, gracias al magnífico sonido del peculiar micrófono, que ella ya había encontrado un nombre para el planeta que desde entonces habitarían.

Señoras y señores del Symposion Megas, tengo el inmenso placer de sugerirles a todos los representantes aquí presentes el nuevo nombre de este bello punto que descansa en este rincón del universo. Este brillará con fuerza gracias a nuestro empeño y gran ingenio, pero también por su significativo nombre. Será todo un símbolo de nuestro orgullo... Se lo llamará Delphys.

Los dignatarios se quedaron mudos al escuchar el nombre del planeta. Algunos de ellos pensaron que tendría relación con el oráculo de Delphos en la antigua Grecia y se enfadaron por el origen tan pagano de esa sugerencia. La pareja tuvo miedo por un momento, todo lucía como que estuviera por iniciar una lucha intestina en el plenario y que era plausible que terminaran repartiendo golpes sin mirar a quién. De repente un grupo feminista y otro, pregonador liberalismo económico entre otras cosas, apoyaron a la esposa del hombre que posiblemente los guiaría a una era de esplendor infinito. Más grupos no religiosos y los líderes de antiguas naciones desconocedoras de tal trasfondo pagano se fueron sumando a quienes aceptaron de buena gana el nuevo albergue de la humanidad, Delphys.

Aquellos participantes que estuvieron en contra abandonaron la sala para nunca más reunirse con los demás representantes del nuevo mundo libre. Ya sentían la profunda necesidad de hallar una alternativa tan factible que les permitiera vivir apartados de esos a quienes considerarían desde entonces como unos "cerdos explotadores". Tal fue el origen de la primera separación de la fugitiva humanidad, se la conocería después como el Cisma Silente.

Pasaron dos días desde que se esparció el rumor de la existencia de una entrada a la superficie del planeta y el capitán de la nave de pasajeros dio la orden de enviar naves de carga de menores dimensiones a alguno de los continentes del planeta. Aquel hombre prefirió no ser otro heredero de los dementes que hicieran retroceder a su ciudad, Cartagho Nova, a su estado primigenio de desierto, donde solo el viento brusco y el polvo abundaban.

Un día más tarde llegó la noticia a los "apartados" de que los comunes ya estaban embarcándose en una nueva aventura en las tierras desconocidas y que nada parecía detener el desembarco. Los líderes más influyentes de ese grupo se reunieron en secreto para analizar la propuesta de uno de ellos de ir con los comunes a habitar esos parajes exóticos a falta de otras opciones. No perduró la disensión y levantaron la sesión luego de que se redactara la misiva para sus congéneres. En cuanto las naves de los científicos, los líderes mundiales y los mercaderes se alejaron lo suficiente en busca de los sitios de la capa de hielo mejor iluminados por el sol, los renegados silentes mezclaron poco a poco sus naves de desembarco con las de los pasajeros sin mayor distinción.

Pronto lograrían arribar los colonos a un área costera que se creía quese favorecería en un futuro del comercio naval. El clima era realmente agradable y por supuesto no faltaba ese calor tropical que en ocasiones los hacía sudar un poco más de lo normal. Sin darse mucha prisa, los renegados se fueron reuniendo en una parte no tan espesa del bosque aledaño a lo que sería el primer emplazamiento humano de Delphys. Ahí decidieron que aproximadamente la mitad de los concurrentes debía ir tierra adentro a buscar un sitio donde empezar a sembrar las semillas importadas del ahora rojizo Marte. El otro grupo debía trabajar como transportistas y distribuidores de alimentos en las nuevas poblaciones, lo más seguro era que deberían construir sus propios vehículos y establecimientos en cuanto obtuvieran la suficiente madera para hacerlo. No podían permitir que los demás colonizadores o un grupo selecto de los mercaderes se apropiaran de los mejores espacios y de las nuevas rutas de trasiego. Estaba claro para ellos que de ocurrir eso, los precios no dejarían de ir de alza en alza hasta que arruinaran a los pobladores y los esclavizaran con el pretexto de poder cobrarles las respectivas deudas.

Lejos de esos incipientes asentamientos dos seres corpóreos se detuvieron en el borde de un altiplano a contemplar para contemplar a los extraños visitantes con cierto grado de curiosidad y preocupación.

—¿Crees que deberíamos darles pronto un empuje a sus economías?

—¿Por qué lo dices¿Acaso ya estás dudando de su capacidad para sobrevivir en esa costa tan apacible? De momento yo no encuentro ningún motivo para intervenir más, nos debería bastar el hecho de que no pasaran por alto el planeta que les pusimos en medio de su camino estelar.

—No deja de ser cierto que les hemos asistido sobremanera. Ya quiero ver cuán empeñados están por salir de ese letargo.

—Mientras no se alejen tanto de las playas, no habrá peligro de que contraigan enfermedades incurables para la tecnología y la medicina de la que disponen hasta ahora. Sabrán no ser tan brutos como para exponerse tanto así... Creo... De igual modo podemos decir que llegó el momento de partir y continuar con nuestros deberes más importantes.

—Es de lo más cierto.

—Entonces marchémonos ya.

—Seguramente nos esperan grandes retos que solo tu y yo hemos de resolver o no lo hará nadie más en nuestro cosmos o en su mundo.

—¿Quién sabe eso con la suficiente certeza? Sé bien que yo no lo sé...

Las dos figuras humanoides se desintegraron de distintas maneras en poco tiempo. Uno de ellos pasó a formar una columna de destellos de luz no solar cuyo hermoso contorno estaba conformado por una espiral, también dejaba diminutos restos semejantes a las piedras preciosas y brillantes. El otro eligió convertir su manifestación corpórea en una amalgama de nubes negras como un abismo sin fondo alguno. Esas maravillas tan vívidas no llegaron a chocar siquiera contra la cubierta helada antes de desvanecerse por completo.

Sobre la criosfera trabajaban ya los pocos humanos que carecían intereses políticos y muchas otras cosas que se pudieran considerar básicas. A cambio se les proporcionó un traje espacial que los protegía de los rayos y vientos solares y un taladro semi ligero que les permitía cambiar su extremo inferior para que se adecuara a las circunstancias. Eran capaces de cortar el hielo más denso con un cincel y el de dudoso grosor con una especie de cuchilla que hacía las veces de una sierra. Solo el láser les estaba prohibido. No les permitirían descongelar la capa entera y si intentaban hacer algo extraño, como descansar unos segundos, les apuntaban el rayo directo a sus cascos protectores o les disparaban en sus botas.



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