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Caída
de una Gran Figura
Papá
Noel
por Kyonides
Durante la Nueva Edad Media la figura de Papá Noel (alias Santa Claus) se rodeó de tinieblas, de gordo bonachón no tenía nada, ahora solo era un hombre viejo que vivía desde pequeño entre duendes y que fue corrompido por estos y sus múltiples malas costumbres. Siendo apenas un simple joven recibió apoyo de un sector de la población para someter a los mismos duendes y ascender al congelado trono como el Tirano del Gélido Norte, no había duende polar que no le temiese. Él no regalaba algo que no fuesen improperios, palizas, condenas (de muerte), exilios, mayores exigencias, en realidad él esperaba recibir los regalos y los desechaba si así le placía actuar. La característica más peculiar de su indómita tiranía era el largo viaje al Polo Norte que era gratuito para los niños secuestrados y en espera de convertirse en corruptores o víctimas de negros holocaustos.
Su siniestro trineo era arrastrado no por venados sino por caballos negros de ocho patas cada uno, como los que servían a Odin; algunos decían que Santa y Odin eran el mismo o eran gemelos. Pero un rasgo de esos corceles hacía imposible que se los relacionara, pues estos debían tener sus ojos tapados apropiadamente. De lo contrario podían derretir su impío reino con sus miradas capaces de incendiar las cosas.
De acuerdo con versiones más conservadoras, Santa sí seguía manteniendo una manada de venados para sus oscuros propósitos. Se decía que la prueba de ello era lo que se sabía solo por medio de rumores de alarmados pueblerinos que habían abandonado sus hogares al correr despavoridos. Su única motivación, sin que se requiriera de una sola más, era la de no estar ahí cuando su más despiadado reno o venado, Rudolph, la Faro del Norte, enciendiera su nariz escarlata y a las casas o cabañas también...
Con el paso del tiempo, la gente retomó una serie de viejas tradiciones. Desde entonces se colocaban unas coronas de ramas, flores y bellotas en sus propias puertas desde la primera nevada, pues creían que era un buen amuleto contra ese Papá Noel. Tales objetos se vendían por miles y la gente no dejaba de llevárselos a casa, pero nadie podía confirmar la existencia de los poderes que se les atribuían. Eso no detuvo a muchos de imaginar que ciertas coronas tenían un poder superior a todo lo demás, pero estas tenían un inconveniente que a veces no era grande y en otras ocasiones podía ser el mayor dilema. Tales adornos debían ser obsequiados por aquellas personas que se consideraran enemigos de otros o unos vecinos poco amistosos y amables. Tal influencia solo se podía perfeccionar si la persona, que se llamaba así mismo la víctima, le regalaba una estrella para su árbol a cambio de la corona consagrada. Por esto todo sacrificio era válido, pues aquél lo consideraban el mayor sátiro de todo el mundo. Se decía que unas de sus primeras víctimas aún vivían. Cuchívoro era uno de los involucrados en este cambio de percepción, en Nachtenstein estaba muy arraigada esa creencia en las mentes de los angustiados pobladores y se la podía ver en su cúspide en el último mes del año.
Se decía bajo las sombras inseguras de Villa Tenue que uno de los caballeros del Señor de Navrim era un fiel y devoto seguidor de Santa. Algunos lo llegaron a inculpar, lo llamaron el Siniestro Ayudante de Papá Noel desde entonces. Todavía se desconoce qué lo hizo aliarse con tan nefasto líder del Norte. Cierta noche hubo gente que pudo haber visto a un caballo y su jinete por las desiertas calles de la ciudad. Temían que ese animal, que quizá fuese uno de los infrecuentes obsequios de San Nicolás, los quisiera ver y que en consecuencia ellos o sus propias casas llegaran a incendiarse algún día. Unos cuantos decían que ese señor feudal tenía una afición por los árboles marchitos en pleno invierno y que si no veía uno de esos en sus viajes, los primeros entrometidos o desdichados transeúntes que se topara de camino le servirían de sustituto.
Con el paso del tiempo se dio origen a la segunda parte de la leyenda de Santa, pues muchos confirmaron que habían visto ingresar en sus hogares una diminuta llamita voladora. Al poco tiempo empezaron a reportar que sus manteles, cobertores, almohadas, juguetes y muebles se quemaban parcialmente. Lo especial de eso era que nunca podían adivinar que podía ser lo que se destruiría a continuación. Ciertas víctimas, que se sobrepusieron a las grandes pérdidas que les causaran los inexplicables incendios, recordaban el paso de aquellos caballos malditos por su vecindario o su aldea la primera noche de luna nueva. Uno o dos días más tarde se habían convertido en los más recientes damnificados por la llamita piromaníaca de Papá Noel.
Si eres un enemigo de ese gordo megalómano que no puede ocultar su malignidad ni en sus pisadas, teme. Teme por tu vida y la de los tuyos porque hay momentos en los que él mismo se presenta en medio del fogón de la chimenea y se acerca con su cara de hipócrita a los niños durmientes, los despierta y les invita a saborear una bebida oscura, burbujeante y ruidosa que provoca cosquilleos en sus bocas y gargantas. En realidad no solo produce eso. Los padres de esas diminutas e ingenuas víctimas podían despertarse, veían con desagrado cómo su hijo o hija eructaba estruendosamente. Dependía de la naturaleza del infante el que sobreviviera o muriera después del eructo, mejor dicho, dependía enteramente de su maldad. Si era todo una angelical criatura lo más seguro es que observaran en ese mismo instante cómo salía disparada por los aires una copia casi traslúcida de su hijo. Para entonces ya no podían regresarle su alma al cuerpo y este último se desplomaría como un árbol recién serruchado. Los que solo experimentaban cólicos en el abdomen, eran desaparecidos por Noel en un parpadeo. En ocasiones él se quedaba un momento más para despedirse de sus "estimados benefactores" enviándoles no un caluroso beso sino la maldita flama, que aunada a un misterioso gas de la bebida, terminaba calcinándolo todo. Si le hiciéramos caso a lo que dicen algunos, esa "refrescante bebida" aún tenía otras cartas bajo la manga en caso de que los niños no se desvanezcan. En el mejor de los casos esta producía lo que llamaban flegmas, pero eran su más oscura versión. No solo se ven más desagradables y podridas que las de un resfrío ordinario sino que llegaban a asfixiarlos al bloquearles primero su faringe y luego sus vías respiratorias por la presión ejercida por la anterior. Todos estos consternados padres de familia procuraban que sus hijos pequeños no bebieran nada pasada la media noche, mas no temían que se diera una transformación sino un burbujeo en las bocas de aquellos que era diez o cien veces más intenso y más grande que el del brebaje maligno. A muchos de los que fenecían de tan horrible manera se los declaraba muertos por rabia en los certificados de defunción, aunque el mismo médico supiera que ningún perro ni otros animales los hubieran contagiado jamás. Preferían no dejar registro alguno de esa amarga pena de sus familiares. ¿Quién entendería que un refresco como ese era completamente letífero si se lo bebían en ayunas?
Solo en una oportunidad un niño sobrevivió a la terrorífica prueba sin experimentar síntoma alguno. Este solo se quedó pensando en cómo catalogar el sabor de la bebida, decía la leyenda que muy pocos apoyaban. Sus padres no sobrevivieron al voraz y lascerante estallido en llamas que en cuestión de segundos destruyó la centenaria casa de tres pisos. Aquel pobre niño que había salido de ahí para ver si podía tomar otra botella de las de el nefasto visitante, fue llamado por los del orfelinato que lo acogió como Luz, pero siempre prefirió ser llamado Lioth, un chico que salió airoso por poseer una alma neutra que aún deseaba definir a dónde quería dirigirse. Un compañero de este en su triste etapa como húerfano contó que Luz no superó entonces la partida de una de sus companeritas. Solo con ella sí se sentía a gusto mientras conversaban y jugaban a cosas que no pertenecían a un género ni al otro. No obstante, una noche ella les contó a los demás niños que la había sido visitada por unos osos polares que se identificaron como unos muy cansados emigrantes del gélido país del Norte que habían huido para mantenerse con vida. Los describió como uno alto y otro bajito, posiblemente era un osezno, pero ella lo confundió con un cachorro. A cambio de unas bayas que ella recolectó para los debilitados emigrantes, la pequeña recibió una botella, la cual era toda una rareza en esa era de carencias, y dentro de esta un extraño líquido oscuro que no permanecía tranquilo por más de unos segundos. "Ten cuidado. Si se lo trataba mal, ella procurará mostrar su burbujeante furia." le aconsejaron los extranjeros antes de avisarle que en sus sueños regresarían para beberla juntos.
De casualidad, o solo de acuerdo con la versión del infantil narrador, Lioth no había podido conciliar el sueño por una serie de pesadillas que lo atormentaban mucho. Solo la voz de su amiga se sentía reconfortante a pesar de lo lejana que se escuchaba. Fue en esos momentos de cercanía a la desesperación más que a ninguna otra cosa que la divisó corriendo hacia un punto a orillas del lago en el que se erguía un joven árbol. Él sabía de antemano que era el favorito de su amiguita, pero le dejó pensando el que fuera a visitarlo tan tarde, cuando la luna estaba en su cenit. Instantes después solo se escucharon los gritos de Luz llamándola con la mayor frustración en su garganta porque se había desplomado inesperadamente mientras se sostenía de su árbol. Para cuando él se acercó al área, ya se había retirado su cuerpo de allí y su árbol lucía como si se hubiera marchitado meses atrás. Los sueños continuaron llegando a su mente para revelarle que ella realmente se había comunicado con los extranjeros tanto en el bosque como en el sueño de una sonámbula. Hasta entonces pudo él relacionar el por qué su voz era lo único que percibía antes y después del suceso.
De momento el único niño que le prestó atención a Lioth a pesar de su gran incredulidad solo pudo comprender que nunca se había tratado de osos polares. Años más tarde él dijo que hasta ese punto en su vida entendió que se refería a un troll y a un duende. El primero era alto, el otro era como un enano. Las sombras que vio unos días antes de que terminara su niñez para darle paso a la pubertad tenían formas semejantes a la de esos dos y por momentos se podían confundir con la de un par de osos.
Ya nunca más pudieron convencerlo los demás de que Santa trabajaba solo en un complot de titánicas proporciones dirigido contra todos los niños. Por el resto de sus días no se lo llegaría a ver comprando o regalando coronas ni estrellas de adorno, no tenía intenciones de provocar las risas burlonas de esos siniestros seres de gélido corazón, sin alma alguna.