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Fiction » Fantasy » Caída de una Gran Figura font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: kyonides
Fiction Rated: T - Spanish - Fantasy/Supernatural - Reviews: 2 - Published: 04-15-07 - Updated: 05-11-08 - Complete - id:2346903

Caída de una Gran Figura
La Raza de los Dragones
por Kyonides

Son temibles, antiguos, sagaces, símbolos de perdición o de iluminación. Pueden ser vistos de todos los tamaños. Uno de ellos es el ancestro de todas las serpientes, otros quizás los precursores de los dinosaurios voladores como el pterodonte (pterodáctilo). Por siglos han sido objeto del horror y del ridículo, o bien, de la pintura y de la escultura. Involuntariamente han sido relegados a la vigilancia perpetua de edificaciones de eras pasadas o a unirse al círculo vicioso de los demonios y monstruos que acechan a los niños que no quieren ir a su cama a descansar. Lo que no se nos ha dicho es que hay cosas que se han tegiversado, cosas que los ha hecho parecer villanos sin que existiera la posibilidad de estudiarlos con los métodos de los que ahora dispone la ciencia.

Algo que los ha convertido en uno de los íconos más utilizados hoy en día es su habilidad para producir fuego, ya sea que lo exhalen a través de sus fosas nasales o de sus bocas y es el primer misterio de esta antigua raza que develaremos en la presente obra.

Muy dentro del inconsciente colectivo está anclada la presunta noción de que es la furia, la venganza, la maldad o la santidad la que los impulsa a darle la bienvenida a amigos y a extraños por medio del lanzamiento de llamaradas incandescentes o de bolas de fuego que buscan consumirlo todo a su paso. De acuerdo con los estudios del Sr. Kaufmann sobre los dragones de eras prehistóricas se deduce que fue algo más lo que los indujo a comportarse de forma tan descortés en presencia de humanos y otros posibles enemigos de estos. Este experto nos cuenta en sus obras referentes a este tema tan polémico que la naturaleza nunca tuvo la sana intención de extinguir a tan ilustre especie sino que fue una rivalidad anidada en la mente del ser humano lo que llevó a su total desaparición. A pesar de que ese hecho les hiciera pensar que no hay forma de analizar su comportamiento, el Sr. Kaufmann difiere de aquellos que los etiquetan como meros monstruos con sed de sangre, porque nos anuncia que halló evidencias irrefutables sobre la verdadera causa de la producción masiva de fuego. Hablamos de un mal que nos acerca más a los dragones de lo que quisiéramos admitir públicamente, es el bostezo, ese fenómeno que nos provoca sueño o que nos sirve de alerta para reconocer que es ya tiempo de ir a almorzar.

El estudioso de estos casi míticos animales descubrió recientemente que el bostezo era toda una táctica del dragón promedio. Cada vez que se moviera su quijada por este motivo el dragón se veía obligado a despertar por las mismas razones que lo haría hoy un ser humano, simplemente hay que conseguir el pan de cada día no sin antes admitir que le hubiera encantado dormir un par de horas más. La gente común puede ver esto como una insensatez, pero los hechos sugieren que la mayoría de los ataques que realizaron en contra de seres humanos se debieron a que estos fueron a sus madrigueras o nidos con el menor cuidado posible y que esto siempre terminaba despertando a los somnolientos dragones. El que carbonizaran a los intrusos era poco más que obra de la mala suerte de los pobres cazadores o buscadores de tesoros. El Sr. Kaufmann no pretende negar en ningún momento que estos seres voladores o corredores expertos no se alimentaran de los incautos, es solo que los dragones no podían escapar del ciclo de la reutilización de la energía al que están sujetas la flora y la fauna. De todos modos no podían ignorar el olor a carne ahumada a tan solo unos cuantos metros de sus narices, aunque de vez en cuando podían consumir unas “buenas verduras” hervidas en baño maría cuando se incendiaba alguna parte de un bosque cercano.

Luego de una amena descripción de las aventuras diarias de los dragones y de permitirle que se tomara unas cuantas copas de más, el Sr. Kaufmann aclaró otro misterio, el por qué se reportaban ataques de dragones o dinosaurios aún no identificados en las afueras de las villas y los pueblos más antiguos de Europa en tiempos en que ya se fabrican armas de bronce en la mayoría de los casos. La respuesta no pudo sonar más incoherente e igual de interesante y factible, aquellos dragones que fueron exiliados de sus cuevas y otros escondrijos se vieron en la necesidad de buscar la fuente más abundante de alimentos y estos se ubicaban cerca de los mismos pueblos que luego nos dejarían múltiples relatos sobre sus andanzas y la posterior cacería indiscriminada en su contra.

Su intención primaria durante sus incursiones no era la de perseguir a los pobres villanos, pero su creciente predisposición a los resfríos por defectos genéticos aunado a su cada vez más frecuente necesidad de bostezar por causa de su mala alimentación se vieron en la necesidad de estornudar a cada rato. También es seguro que algunos ya fueran alérgicos a cosas como el polen o a los ácaros de los pobladores que no disponían de medidas sanitarias adecuadas para evitar los padecimientos más comunes. Está claro para todos que eso conllevaba al uso extensivo del lanzallamas que aterrorizó a los incultos de la época, que comprendía a la inmensa mayoría de la población.

Hubo una última revelación asombrosa que nos dejaría atónitos y que ameritó que nos uniéramos a su brindis con copas llenas de vino del más selecto ajenjo. Se trataba de algo que aún debía ser corroborado por un mayor número de evidencias y testimonios de coetáneos de los dragones. Se cree que estos magníficos seres eran otro de los blancos de las gripes y esto produjo el inesperado hallazgo de rastros de secreciones nasales excesivas que dieron pie a la leyenda de los dragones lanzahielo. Este mito ahora puesto en duda por la mente más acusiosa de nuestros tiempos quizá ocultó el hecho de que estos no podían permitirse que sus secreciones fueran líquidas por el gran tamaño de estos colosos y que fueron diseñados originalmente para solidificar estos restos para poder expulsarlos de sus narices lo más pronto posible. No cabe duda de que terminaron usando eso a su favor, pues no dejaban de ser unos tanques de la antigüedad con una gran capacidad de lanzar misiles a cierta distancia, dato que permanece en sus archivos personales aun sin determinar.

Antes de retirarnos de la estancia que se tambaleaba por el temblor que sacudió el sitio a esas horas, le hicimos una pregunta nada especial, una simple ocurrencia de último momento. Queríamos saber si era posible invocar a un dragón recolectando cierta cantidad específica de rocas extrañas o esculpidas. Nuestro experto se preocupó antes de responder porque alguien podía cortarse por los restos de vidrio esparcidos por el piso alfombrado y luego nos dijo que si era posible llevar una de esas supuestas rocas sin que le pasara lo mismo que a la botella o sin que se mojara o fuera cubierta por una capa de moho, césped o alguna otra cosa. Incluso nos explicó que quien se soñó eso debió ingerir algo pasado de verde como para creer que eso era posible.



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