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Author: Sarah Alya Black
Fiction Rated: K+ - Spanish - Horror/Angst - Reviews: 1 - Published: 04-18-07 - Updated: 06-30-07 - id:2349131

Espejo

Aspiró su aroma, rozando la piel –desde la clavícula hasta debajo de la pequeña oreja- con su nariz. Su aliento gélido acariciaba la dermis con ansia y crueldad, tembloroso de deseo. El espejo quedó delante suyo sin que ella se diese cuenta de que sus pasos danzantes la arrastraban hacia donde él quería llevarla.

Suspiró. Faltaba tan poco, casi podía saborear la victoria y la boca se le hacía agua de sólo imaginarlo. Con suma lentitud, su lengua torturó la lujuriosa boca femenina delineándola a su placer, y se elevaron las comisuras de sus labios cuando un débil gemido escapó de los de ella. La observó: los ojos cerrados, la boca entreabierta, los labios hinchados, las mejillas sonrosadas... tan apetecible.

—Vuestro reflejo es hermoso —le susurró en el oído, con voz de terciopelo—. Maravillaos con nuestra imagen real proyectada en el limpio espejo.

Falsos ruegos impregnados de una categórica autoridad.

Sus brazos cayeron a ambos lados de su cuerpo cuando la mujer se deshizo del abrazo con velocidad... y miedo. El terror reinaba en el bello rostro y los ojos femeninos mostraban incomprensión.

—¿Acaso no os gusta? —peguntó con crueldad.

La voz de la mujer era murmullos quebrados, balbuceos atropellados. Las mismas palabras, una y otra vez, que no conseguían encajar en una sola oración, susurros sin forma.

—Vuestro reflejo... vos. Vos no... el espejo.

Los labios moviéndose desesperados, pronunciando un mote detrás de otro, tal cual sus pasos seguían el mismo baile apartándose de él. De pronto la habitación parecía demasiado pequeña, agobiante, asfixiante; donde la sola presencia del hombre ocupaba cada milímetro dejándola sin escapatoria. Aterrándola más, casi al borde de la histeria.

Sus pies trastabillaron cuando chocó contra el lecho, cayendo sobre los cojines rellenos de plumas.

Antes de que consiguiera incorporarse, una sombra negra se cernía sobre ella, unos dedos como arañas se enredaban en su pelo con cuidado, obligándola a ladear la cabeza, y unos dientes menos gentiles se clavaban en su cuello, finalmente. Su corazón desbocado taladraba su cabeza pero pronto el sopor inundo su cuerpo poco a poco, como el cansancio después de una dura jornada en el campo, bajo el sol abrasador. Una niebla cubrió su mente y los pensamientos se volvieron difusos e ininteligibles, sólo era consciente del vaivén de la sangre que abandonaba su cuerpo dejándolo frío, aletargado; inerte.

Los colmillos abandonaron su piel, pero apenas pudo notar aquello.

—Exquisito —le susurró una voz ronca—. Deberíais estarme agradecido, morir con tanta belleza... ¡Ah! —suspiró— ¿Qué mejor regalo os puede traer mi amada Muerte? Os recordaran joven, bonita, en la flor de la vida; y no como la mujer con arrugas y enfermiza que algún día pudisteis llegar a ser.

La cogió de la muñeca con delicadeza, aspiró su aroma. Al borde del fallecimiento, y aun era capaz de embelesarlo con su aroma. Cuánto autocontrol había necesitado esa noche...

—Seréis una belleza muerta, como todas esas esculturas hechas por famosos artistas —beso la palma de su mano con deleite—. ¿Os he dicho ya que sois hermosa?

Y sin más, mordió su muñeca buscando el sabor exquisito que hacía pocos minutos había degustado, saboreado y paladeado. Intentó memorizar el gusto de cada gota roja que caía sobre sus labios, bebió sin prisas. Calmó su garganta sedienta, el líquido era refrescante para el ardor que abrasaba su cuello. Bebió hasta saciarse.

La mano cayó sobre los suaves cojines, sin vida. Los ojos femeninos parecían mirar algún punto inexistente del techo, con los labios inertes entreabiertos.

—Erais hermosa en vida —susurró el sediento asesino delineando la boca con el pulgar—, y lo sois más aun muerta.

La besó, dejando un rastro de sangre en los rígidos labios, manchas carmesí.

Se puso en pie, relamiéndose la boca se borró la sangre que la ensuciaban, y se ajustó la elegante ropa negra. Buscó su abrigo perdido en algún momento en el que comenzó el exquisito juego, la deliciosa caza. Sin quererlo quedó parado delante del espejo que había proporcionado un visión aterradora a la mujer. Se acercó y con una sonrisa irónica, se puso el abrigo delante de él. Se río. Y antes de irse, dio unos golpecitos al vidrio.

—A ti nunca consigo engañarte, viejo amigo.

La masculina silueta no se vio reflejada en el espejo.


»Đυℓсє Şаиgяє



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