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Él no era como los otros. Bueno, en teoría, si lo era; iba a fiestas, salía con sus amigos los fines de semana, jugaba al fútbol, y estaba cursando el segundo año de Comercio Exterior, en una de las más prestigiosas Universidades del país.
Tenía un buen trabajo, con el cual solventaba sus estudios y pagaba sus gastos mensuales, de los cuales, se encargaba de que fueran mínimos: tenía pensado en ir a ejercer su profesión a Europa, tomar un Doctorado en Marketing, y quizás, formar una familia en el viejo mundo.
Las salidas sociales eran frecuentes. Aquella edad era muy ajetreada para cualquiera, y más aún para alguien con un buen grupo social, activo, y si de parrandas se trataba, incansable.
Fue aquel Viernes, común para él y para sus amigos. Todo estaba ya planeado: Irían todos juntos a la Discoteca del momento, en pleno centro de la ciudad.
El lugar, al ser tan popular, estaba ya bastante concurrido. Habían pasado apenas dos horas desde que las puertas fueron abiertas al público y ellos ya estaban sentados en una las mesas de madera de caoba esmaltada que decoraban todos los pasillos del segundo piso del sector Preferencial.
La, en ocasiones, estridente música, ya estiraba a algunos personajes a la pista de baile, que, imponente, lucía sus galas carmesíes y albinas para aquel Viernes de soltero, que daba auges de ser una noche genial.
Él, inamovible en su decisión de no gastar más de lo necesario, resistía las ganas de invitar un trago de Citruska a la chica junto a sí, con la que ya mantenía una conversación.
― No lo hagas ― Pensaba, mientras la chica le comentaba acerca del último cosmético que una prestigiosa empresa había lanzado recientemente. Los temas de conversación ya se le estaban agotando. Habían pasado por cosmética, donde se limitó a escuchar, luego política, economía, algunos deportes, arte y espectáculos.
Las horas pasaron rápido, más de lo que el joven hubiera deseado. La chica se despidió de él, no sin antes darle su número de teléfono móvil. Uno de sus amigos vino a buscarlo. Él estaba sentado en una de las butacas de la barra, en el piso inferior.
Esa noche, y como le era habitual, su cena había consistido de dos empanadas y un vaso de cerveza bien helada. Sus amigos, en cambio, y muy por el contrario, disfrutaban de jugosas hamburguesas y botellas y botellas de deliciosos vinos.
No era que no podía pagar un menú semejante. Al contrario; su salario alcanzaba para invitar a todos sus presentes amigos una partida doble de lo que habían consumido. Pero no. Se había prometido a sí mismo ahorrar el dinero para su viaje a Europa. Nada sería fácil una vez allá. Nunca se sabe en qué condiciones puede uno encontrarse uno en el momento en que se abandona el suelo natal.
El tiempo transcurrió, los años pasaron, el joven concluyó su carrera universitaria, uno de los mejores puntajes de la Promoción.
Satisfecho por sus logros, comenzó a preparar sus documentos y papeles necesarios para el tan esperado viaje. Pronto, todo estuvo listo, la documentación estaba en regla, su pasaporte, e inclusive ya tenía quien lo recibiría en Nueva Zelanda, tan sólo quedaba comprar el boleto de avión.
Repentinamente, su madre, una mujer de avanzada edad, cae víctima de un cáncer cerebral maligno. La única esperanza de la mujer era realizar una operación inmediata para extirpar el mal.
La intervención quirúrgica excedía los presupuestos de la familia. El joven tenía ahorrado en su cuenta corriente en el Banco la suma exacta que los médicos exigían para realizar la operación a la madre.
El médico que atendió a la mujer, le dio una semana de vida. La señora ya sólo esperaba que la muerte llame su puerta, sumida en una profunda tristeza en el cuarto del Hospital.
Entonces, el joven paga los gastos de la operación de su madre, quien, inmediatamente, es llevada al quirófano, para ser atendida por los mejores médicos del país.
Una semana de cuidados intensivos más tarde, y tres semanas en cuidados regulares más, y la señora ya se encontraba pronta para ser dada de alta.
El joven, triste por no poder realizar el viaje de sus sueños, abrazó a su madre, quien le correspondió el abrazo.
― Tú me diste la vida hace muchos años, ¿cómo podría negarte yo la posibilidad de seguir viviendo, si esta está en mis manos? Esta es mi forma de agradecerte ― Le dice el muchacho a su sollozante madre, quien muy agradecida, derrama lágrimas de profunda alegría en el hombro de su único hijo.
Es increíble cómo cuando nos proponemos algo que marcará nuestro futuro, termina de una manera tan diferente. Muchas veces ahorramos para comprarnos bienes materiales innecesarios como un teléfono móvil ó un reproductor de mp3, sin saber que Dios, en su infinita sabiduría, nos pone en el camino de alguien, a quien de alguna manera, iremos a beneficiar.