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Fiction » Spiritual » Música sorda font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: demona0
Fiction Rated: K - Spanish - General - Reviews: 1 - Published: 06-10-07 - Updated: 06-10-07 - Complete - id:2374470

Un día más, un motel más, otra habitación en la que languidecer hasta la llegada de la noche. La única diferencia era el calor! Dios, hacía tanto calor! Un bochorno caliente y pegajoso que se adhería a las ganas y resbalaba por la piel; tan solo a través de la terraza se colaba una brisa africana caliente y seca que le traía aires de añoranza pero que resultaba insuficiente para sobrevivir en el infierno.

Madrid era una ciudad más, otra urbe que olía a asfalto, contaminación y a la hormigueante humanidad que transcurría varios pisos más abajo, nada especial, nada que le incitara a dejarse perder por sus calles. Tras haber recorrido todo Estados Unidos y gran parte de Europa había aprendido que todas las grandes capitales eran iguales: gigantes, anónimas, crueles; enormes cadáveres descompuestos en los que se pudrían las aspiraciones, nidos de perdedores- como él, como tantos otros- que se rendían ante la vida para terminar tocando su música en decadentes locales en los que ya nadie escuchaba. A sus casi 50 años debería haberse resignado, debería haber aprendido a evadirse como en un solo de trompeta pero en su alma todavía escocía el fracaso de saberse uno de los mejores y haber desaprovechado la oportunidad de demostrarlo.

La suya era una existencia triste y un único amor; el jazz, siempre el jazz, el ritmo cálido y roto que acompañaba sus insomnios diurnos, el sonido mágico y profundo de la trompeta imaginaria tecleada por dedos demasiado largos que más que tocar dibujaban la música en el aire; los labios siempre rotos tarareando al son de los latidos de su corazón melodías nunca compuestas…pero aquel maldito calor derretía la improvisación, disolvía su don en aquella cama de sábanas deshechas. Hasta que el aire le susurró “ven a mí” y el obediente sacó de su estuche la trompeta – siempre reluciente, cuidada con un mimo inexistente en el resto de su vida- y salió a la terraza para ofrecer a Madrid su particular concierto.

Los primeros acordes fueron perezosos pero poco a poco fue elevándose para sobrevolar las calles de la ciudad. Entradas y salidas, silencios tristes y el nuevo resonar de la trompeta vibrante, reverberando oro sobre Madrid; pasión líquida que se derramaba edificio abajo, jirones de alma que se fundieron con el estío. Había sido su mejor actuación y nadie, absolutamente nadie, había girado la cabeza para oírle tocar



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