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Fiction » Fantasy » La Caída de los Reinos font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Sufjan Tweedy
Fiction Rated: K+ - Spanish - Fantasy/Romance - Reviews: 3 - Published: 06-29-07 - Updated: 08-06-07 - id:2383837

me gusta mucho escribir, la fantasía es uno de mis géneros predilectos, pero simplemente no se me dá, esta historia es uno de mis intentos por incursionar en dicho estilo, espero que la lean y disfruten...


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La Caída de los Reinos

Esta es una historia de amor
sobre un amor profesado con locura,
dedicada a un amor roto y descosido.

I

1.

Aquella fría tarde de invierno los reyes, príncipes y demás nobleza de aquella apacible tierra, en donde la magia era posible, se encontraban reunidos en un palacio en medio de un verde valle, a las a fueras de una ciudad enorme, adentro el ambiente era cálido y de cordialidad. Era una bella casa de campo propiedad de los reyes de Bloor, un poderoso reino en medio del gran continente de Agora, el mayor de aquella tierra. La luz color ámbar hacía lucir más dorada la decoración que de por sí ya era dorada, de cortinas y tapetes rojos, todos brindaban y platicaban, ahí había duques y condes, pero también los reyes de muchos reinos, entre ellos los monarcas de Iris, Troski, Kudo, Graphé y Daou, posiblemente los reinos más poderosos junto con Bloor.

Sentada en una silla, con los brazos cruzados y bastante aburrida, al parecer la única en aquel lugar que no la estaba pasando bien, estaba una jovencita que se notaba incómoda con su elegante vestido color arena y su peinado sofisticado; de unos 19 años, de cabello negro y ojos grandes y negros, piel blanca, complexión delgada, baja de estatura y rostro redondo, a juzgar por su expresión, ese tipo de eventos no eran su lugar favorito, y por como miraba el exterior, se le notaban sus ganas de estar a fuera mojándose con la leve llovizna que rociaba los campos de la capital de Bloor.

A ella se acercaron tres jóvenes más o menos de su edad, uno era alto y de espalda ancha, cabello corto y negro, piel blanca, una cicatriz en su mejilla izquierda, rostro cuadrado y sonrisa casi infantil, tenía una extraña pero útil manía de inventar cosas, vestía traje blanco con el emblema oficial de Bloor en la solapa izquierda, el segundo era moreno y bajo de estatura, aunque se notaba de brazos fuertes, nariz aguileña y expresión dura, vestía como nadie más aquella noche, un pantalón blanco y chaleco del mismo color con el emblema de Bloor del lado izquierdo, y el tercero era alto y delgado, se le notaba más delicado que los otros dos, moreno y cabello corto, negro y algo alborotado, nariz ancha y sonrisa amable, vestía de terciopelo azul oscuro con vivos dorados en su traje.

-Ven Leslie... morimos de aburrimiento en este lugar –dijo el primero, de nombre Aarón dirigiéndose a la chica del vestido color arena. Ella sonrió ante la invitación, por fin iba a salir de aquel lugar.

-¿A dónde iremos? –ella preguntó poniéndose de pie.

-Cualquier lugar es mejor que esto -dijo el segundo, de nombre Farid conservando su expresión reacia.

-De todos modos, a donde vayamos, siempre encontramos algo que hacer -finalmente dijo el último de ellos, de nombre Carlo echando un vistazo a la anfitriona de aquella noche, la reina Maureen de Bloor que había gobernado sola tras la muerte del rey.

Los cuatro eran amigos desde la infancia, se habían criado juntos recibiendo la mejor educación en la capital de Kudo y posteriormente viajando alrededor del mundo ya que eran simplemente los hijos ociosos de algunos nobles de aquella tierra. Se disponían a salir discretamente sin que nadie notara su ausencia.

-¿A dónde van? –Escucharon la inconfundible y autoritaria voz de la reina Maureen, detuvieron su marcha y voltearon apenados, la reina vestía de verde, el color nacional, se encontraba recibiendo a uno de sus invitados-. Vengan aquí –ordenó y los chicos no tuvieron opción más que obedecer, se acercaron y miraron al invitado, era una mujer no muy alta, de belleza moderada y muy seria, se le notaba sobre todo en su boca apretada-. Discúlpelos... –dijo la reina Maureen-. Ella es mi hija, Leslie... –comenzó a presentar a los cuatro jóvenes –princesa de Bloor, él es Carlo, príncipe de Graphé, y ellos dos son mis mejores estrategas militares, Aarón, hijo del actual general del ejercito de Bloor y Farid, infante de Daou y un excelente mente militar... –todos extendieron la mano hacía la mujer en el orden que fueron introducidos.

-Mucho gusto –sonrió aquella mujer que vestía de color rojo pálido y negro –soy Ilana, reina de Iris.

-He escuchado mucho de usted –Leslie sonrió –una monarca inteligente, dicen... –la joven princesa leía mucho sobre otros monarcas aunque no conocía a todos en persona, muchas veces para hacer algún comentario sarcástico cuando por fin los conociera, cosa que siempre lograba hacer enojar a su madre, pero esta vez era verdad, se suponía que la reina Ilana era extremadamente culta e inteligente, además hábil en la magia.

-Muchas gracias jovencita –la reina contestó con seca cortesía –el rey debe estar por llegar, se quedó dando unas ordenes al chofer de nuestro carruaje –continuó...

-Nos saluda al rey Jacques de nuestra parte, nosotros ya nos íbamos –Leslie nunca se intimidaba ni ante su madre, para muchos el monarca más grade que Bloor había tenido, ni ante otros reyes, además de ser extremadamente caprichosa.

-Niña... –la reina Maureen dijo entre dientes como regaño, pero los chicos no le hicieron caso y salieron.

Los cuatro jóvenes comenzaron a caminar cuesta abajo hacía el lago, ya había dejado de llover para entonces. En una pequeña bahía del lago había una torre no muy alta que contaba con todo el lujo de el casa principal, Leslie ordenó a un guardia que le abriera la puerta de la torre y después se marchara hacía el palacio donde sus servicios sí eran requeridos.

-Pero Su Majestad, si la reina se entera que dejé mi puesto con usted dentro de la torre me matará –el guardia se negaba a irse.

-Conmigo están Aarón y Farid... ellos dos solos pueden acabar con un ejercito, estaremos bien... –la princesa respondió y el guardia sin más remedio se fue.

Dentro de la torre, en cuarto que se encontraba en la parte más alta los cuatro comenzaron a platicar, y una cosa llevó a otra, hasta que llegaron a un tema especialmente crispado entre ellos.

-Creo que es decisión de ambos, no pueden echarse la culpa mutuamente todo el tiempo, pero Aarón y yo ya no vamos a opinar sobre el tema –Farid cruzó lo brazos y miró a Carlo y Leslie con autoridad, Aarón, que estaba sentado sobre un baúl cerca de la cama asintió.

-Tienen razón –la voz de Carlo sonó intranquila y pausada.

-Cuando no soy yo, eres tú y nunca es tiempo de hablar de esto –Leslie caminó hacía el balcón que daba hacía el lago –nunca es tiempo –se recargó sobre el barandal y agachó la cabeza.

Hubo un silencio prolongado, Leslie apretó los dientes y frunció el entrecejo evitando llorar, después, sintió una mano sobre su hombro y volteó sólo para contemplar la expresión serena pero triste de Carlo, en el cuarto no había nadie más.

-¿Es tiempo? –él preguntó.

-Todos dan por hecho que tú y yo... bueno, terminaremos juntos y gobernaremos Bloor mientras tu hermano Marcos gobernará Graphé... he escuchado tantas veces tal afirmación que comencé a creerla, pero luego nos acercamos demasiado a ese punto y siempre uno de los dos da un paso atrás... como si tuviéramos miedo de algo... –ella lo miró con intensidad directo a los ojos, él había bajado su mano desde el hombro de ella hasta su mano para tomarla con suavidad.

-Entonces no es tiempo... –él dijo con firmeza –cuando no sintamos ese miedo, será el momento –con su mano libre acarició el rostro de la princesa.

El tiempo se detuvo y por un segundo, en el corazón de ambos sintieron como si fuera ese momento fuera el preciso momento. El tiempo indicado, el lugar indicado. Acercaron tanto sus rostros y el cálido roce de labios pareció una eternidad. Pero cuando se separaron ambos recordaron que eso había pasado tantas veces antes que había perdido su esencia de “especial”. Ella soltó su mano de la de él y corrió a la puerta y después comenzó a bajar las escaleras, él la siguió lo más rápido que pudo.

La princesa Leslie no se dirigió hacía el palacio, corrió por la orilla del lago hasta que se quedó sin aliento y le comenzaron a doler los oídos, cruzó los brazos y miró el lago que se mecía en tranquilidad. La primera vez que había pasado eso fue en las Islas Dimas, al norte de Bloor, unas 500 islas todas pequeñas pero de suficiente tamaño para construir casas, en la isla principal los reyes de Bloor poseían una bella casa de descanso. Fue un verano en que los cuatro amigos habían decidido pasar unos meses ahí, por desgracia, tras su primer beso con Carlo, Leslie no pudo huir demasiado lejos pues la isla no le permitía correr más allá de sus límites y su único escape fueron las lágrimas.

Su relación era compleja, tenían mucho en común, se divertían mucho juntos pero cuando estaban demasiado cerca del siguiente paso, uno de los dos o ambos retrocedían, como si no se sintieran de verdad seguros y simplemente se habían acostumbrado el uno al otro y dejado llevar por lo que la gente decía sobre ellos: que eran el uno para el otro.

Carlo llegó al lugar donde Leslie se había parado y trató de tomarle la mano pero se sintió congelado, no supo si por el frío que sentía o por la situación, al final sólo logró concluir que era un poco de ambos.

-No es tiempo Carlo... –Leslie dijo tajante, él esperaba ver lágrimas en sus ojos, al no haber tales, sintió una especie de alivio.

-Te veo en el palacio –se limitó a contestar y caminó cuesta arriba hacía el palacio.

Leslie lo observó irse y cuando lo vio lo suficientemente lejos, ella comenzó a caminar también pero rumbo a la torre.

Habían dejado la puerta abierta y la luz de la habitación descendía por las escaleras, decidió que quería estar por unos segundos a solas y esa torre era adecuada para eso, en el palacio estaría Carlo, además de Aarón y Farid que le harían preguntas y ella no se sentía de humor para contestarlas.

Subió las escaleras de caracol y justo en el marco de la puerta se detuvo en seco al observar a un hombre en el balcón bastante distraído con la vista del lago y las luces de la capital de Bloor no muy lejos mientras el cielo comenzaba a pintarse de noche. El hombre definitivamente era un noble, por su atuendo y porque simplemente a esa propiedad sólo nobles podían entrar. Leslie dio un paso dentro de la habitación y el hombre volteó algo sorprendido.

-Perdón –sonrió aquel hombre con una sonrisa que era increíblemente ingenua pese a la edad que aparentaba, unos 35 años. Era alto y delgado, muy blanco, más bien pálido, ojeroso, parecía enfermo a pesar de sus ojos que eran de un color que Leslie nunca había visto antes, negros pero luminosos, llenos de vida, su cabello era negro y corto peinado de lado, su atuendo era impecable, blanco con vivos rojos y una camisa rosa pálido. Leslie estaba segura que lo había visto antes –vi abierto y soy muy curioso –él continuó.

-No importa –ella sonrió tímidamente aunque sus ojos brillaban por las lágrimas acumuladas en ellos.

-¿Pasa algo? –él preguntó con suavidad dando un paso hacía la princesa al notar sus ojos inundados por lágrimas –perdón, tal vez no es de mi incumbencia –volvió a disculparse con ese aire ingenuo.

-No, no... –Ella contestó atropelladamente y se limpió los ojos con las manos –estoy bien –sonrió.

Ven... –él dijo con espontaneidad y en un acto muy atrevido tomó a la princesa de la mano y la condujo hasta el balcón – la vista es mágica –concluyó una vez ahí.

Ella se sorprendió, por el atrevimiento del hombre, pero más aun por la espectacular vista, ella conocía bien ese panorama, pero esa noche le pareció especialmente bello, además, el extraño no comenzó a atacarla con preguntas, simplemente la llevó a ese lugar a observar un paisaje que, él sabía con alevosía, la tranquilizaría.

Los dos extraños se quedaron contemplando el paisaje por otros segundos en silencio, pero no era un silencio incómodo, un ambiente de inmensa paz reinaba, a lo lejos se escuchaba el murmullo del palacio y la fiesta que continuaba y más cerca sólo era el sonido del aletear del último pájaro acurrucándose ante el anochecer.

- Espero que la hermosa vista te haya hecho sentir mejor –aquel sujeto rompió el silencio con su voz suave, tenía un acento divertido, miró a Leslie a los ojos y le sonrió con tanta amabilidad y encanto que ella no pudo evitar contestar del mismo modo: con una sonrisa.-. Me tengo que ir... me esperan en el palacio –él continuó aun con esa sonrisa sobre su rostro, ella sólo asintió y lo miró salir de la habitación.

La paz que ese hombre le brindó en medio de aquel caos emocional era algo que Leslie siempre le agradecería a aquel desconocido, y le daría las gracias si algún día sus caminos se volvieran a cruzar.

Leslie se dirigió al palacio cuando casi todos ya se habían ido, incluidos los reyes de Graphé y con ellos Carlo. En el salón principal Aarón y Farid eran los únicos que estaban, justo en medio de aquella habitación, simplemente platicando, escucharon a Leslie entrar y Aarón estaba a punto de abrir la boca cuando Farid lo tomó por el hombro y negó con la cabeza... no era momento para preguntas, sobre todo para preguntas de las cuales todos ya sabían las respuestas.

Cuando Leslie se acercó de inmediato condujeron la plática hacía el tema de la próxima celebración en Bloor, la princesa cumpliría 20 años y su madre había organizado una recepción en el castillo principal, casa del gobierno y la milicia, desde donde Su Majestad Maureen gobernaba aquel próspero imperio. La celebración sería en unas semanas más y ella estaba emocionada, no por el hecho de que en esa ocasión su madre había accedido a que ella vistiera como a ella en realidad le gustaba y no con un incómodo vestido como el que portaba ese día, sino por los regalos. Los regalos son siempre buenos, pero son mejores cuando son de parte de algún duque, marqués o un rey.

La princesa de Bloor no vería a Carlo hasta la celebración de su vigésimo cumpleaños, así que pasó esas semanas en normal tranquilidad, durante ese lapso visitó constantemente a su mejor amiga, Clío, una chica rubia de rasgos finos, muy delgada y con la cual Leslie llevaba una relación muy cercana, era hija del conde de Sherbrook, una población cercana a la capital de Bloor, con ella, Leslie podía abrirse completamente, le contaba cosas que no compartía con Aarón o con Farid, mucho menos con Carlo ya que este último era el principal problema; Leslie por supuesto necesitaba una mejor amiga, una mujer como ella porque había cosas que los hombres no comprendían, y en Clío encontró a esa persona.

-¿Volviste a pelear con Carlo? –Clío preguntó, ambas estaban sentadas en el jardín de la casa de los condes de Sherbrook.

-Siempre peleamos de todos modos... todo está bien hasta que tocamos el tema –Leslie respondió con una extraña indiferencia.

-Pero... ¿eso no te enoja? Eso siempre te enoja –Clío estaba un poco sorprendida, siempre que Leslie acababa de tener una pelea con Carlo se ponía de mal humor por unos días.

Leslie suspiró hondo –no tiene caso enojarse, ya me cansé de esperarlo... ya me cansé de esperar que este tonto miedo me deje a mi... –Clío alzó las cejas en señal de sorpresa, después de tantos años Leslie por fin se había hartado, la princesa notó el impacto en su amiga y continuó –creo que ni siquiera es miedo, es el hecho de que ambos sabemos, muy dentro, que no somos el uno para el otro como todos afirman.

La joven de cabello rubio no supo que contestar y sonrió, su amiga estaba tranquila incluso feliz sabiendo una verdad oculta para todos, Leslie por fin había entendido que estar con Carlo, de algún modo, no era lo indicado simplemente porque todos dijeran que lo fuera.

-Además conocí a un hombre... –Leslie dijo espontáneamente, cuando sus palabras salieron de su boca se dio cuenta que nunca debió pronunciarlas.

-¿Ah sí? –Clío mostró interés de inmediato sonriendo en complicidad.

-No pienses mal, es sólo que ese hombre me ayudó en mi última pelea con Carlo... –Leslie platicaba tratando de recordar a aquel sujeto de radiante porte recargado en el balcón observando un paisaje hermoso, pero de hecho común, y lo miraba fascinado como un niño-. Me transmitió paz, ni siquiera nos presentamos, no sé su nombre... pero sentí tranquilidad cuando miré la capital desde una torre junto a él, supo calmarme sin una sola palabra... nunca había conocido a alguien como él –Leslie impregnó a sus palabras con un tinte de melancolía y añoranza, deseó que un momento como ese, junto al desconocido sucediera pronto nuevamente.

-Vaya... ¿era un príncipe? –Clío preguntó, porque era obvio que era un noble, pero no sabían que título nobiliario portaba.

-No lo sé... –Leslie respondió recordando su rostro que parecía enfermo pero sus ojos que suplicaban seguir viviendo –ya era mayor –finalmente concluyó.

Ambas siguieron platicando por el resto de la tarde, por la noche Leslie abordó un carruaje que la conduciría hasta la capital, hasta el castillo, hasta su casa. Mirando el bosque por la ventana del carruaje, Leslie no pudo evitar repetir en su cabeza como un zumbido difuso algo que le había dicho a Clío esa tarde: “nunca había conocido a alguien como él”.



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