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Fiction » Fantasy » La Caída de los Reinos font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Sufjan Tweedy
Fiction Rated: K+ - Spanish - Fantasy/Romance - Reviews: 3 - Published: 06-29-07 - Updated: 08-06-07 - id:2383837

había dicho que dejaría de publicar esto pero... ya que...


4.

Muy temprano, al día siguiente, todos estaban listos para partir rumbo a la ciudad de Carlton, el primer destino, un puerto mercante al sur de Bloor.

La reina Maureen aprovechó para mandar a un diplomático que mantendría informada a la reina respecto a como se desarrollaba la vida en Bloor fuera de su capital. Era un sujeto ya mayor, de lentes pequeños y ovalados, bigote espeso, bajito y regordete, canoso y alegre, era el secretario Sigmund.

Eran tres carruajes los que partirían, en uno irían Aarón, Farid y su novia Pam, además de Sigmund; Carlo insistió tanto en viajar con Leslie que finalmente así fue, con ellos iba el rey Jacques y el tercero era meramente de equipaje y sirvientes.

El puerto de Carlton estaba a escasas 4 horas de viaje, sería breve. Tras despedirse de Su Majestad Maureen la caravana partió. Leslie, no acostumbrada a levantarse tan temprano se durmió de inmediato, junto a ella iba Carlo y su hombro le sirvió de almohada, el rey Jacques la contempló por unos minutos con una discreta sonrisa hasta que se dio cuenta que Carlo lo miraba fijamente, así que decidió desviar su mirada hacía la ventana y contemplar el paisaje.

Cuando Leslie comenzó a manchar el saco de Carlo con su saliva que inevitablemente escurrió de su boca entreabierta, el rey, al notarlo, soltó una carcajada despertando a la princesa.

-Perdón –dijo Leslie aun medio dormida, después miró al divertido rey-. No se burle –dijo también bromeando.

Ambos comenzaron a reír, parecía una broma tan privada y tan de ellos que Carlo, a quien también de pronto le pareció gracioso, simplemente no pudo reír.

Durante el resto del viaje, Leslie y el rey Jacques platicaban en confianza, Carlo sólo era partícipe cuando Leslie le pedía su corroboración de algunas anécdotas. En poco tiempo llegaron a la bella casa de playa de los reyes de Bloor en Carlton.

Al bajarse, Leslie estiró los brazos observando el mar –odio la playa –dijo.

Una voz detrás de ella preguntó -¿cómo es eso? –era el rey Jacques.

-Es sólo un montón de piedritas –Leslie contestó y él rió ante la respuesta.

Esa tarde, tras instalarse, Carlo, Aarón y Farid con su novia buscaron a Leslie para salir esa tarde-noche. En un pasillo encontraron al secretario Sigmund.

-La princesa Leslie salió hace un momento con el rey, dijo que iba a enseñarle la ciudad –dijo aquel hombre limpiando sus lentes con un pañuelo. Los tres se quedaron mirando consternados.

-Bueno, no podemos quedarnos aquí toda la tarde –propuso Aarón.

Decidieron salir de todos modos. Carlton se caracterizaba por ser una ciudad de vanguardia y cosmopolita, considerando que era un puerto, objetos, ideas, modas y personas de todo el mundo llegaban ahí; el centro era una zona especialmente agitada, sus calles eran estrechas y en todas había tiendas, desde pequeños y acogedores cafés hasta exóticas tiendas de mascotas aun más exóticas.

Del brazo del rey Jacques, Leslie lo conducía por aquellas calles, callejones y callejuelas mientras explicaba casi de memoria una breve semblanza sobre la ciudad.

-Y en esta calle –finalmente dijo Leslie al toparse con una calle más callada y tranquila que el resto –mi madre conoció a mi padre... mi madre es originaria de esta ciudad.

El rey se quedó observando la pequeña calle, la que carecía de algo especial, la que se alejaba del ajetreo de aquella ciudad, bañada por el sol que se ocultaba y que olía a sal que el viento traía desde el mar-. Bello lugar –dijo tras un momento de silencio con aire taciturno.

-Bueno... el paseo me agotó, vamos a tomar algo –Leslie suspiró pero el rey parecía hipnotizado por aquella calle y no desprendía su vista de ella.

-Dime –dijo sin soltar a Leslie –tu madre... ¿es de familia inmigrante? –preguntó.

-Sí, eso creo... –Leslie contestó tratando de recordar –sus abuelos eran los duques de Ania, en Troski.

-Tienes sangre de Troski... –él dijo mirándola.

-¿Algo malo con eso? –ella preguntó algo confundida.

-No, por supuesto que no... –Rió –es sólo que mi esposa –hizo una pausa y ambos parecieron hacer una mueca de dolor –es hija de nobles de Troski y sobrina del rey Erik.

-La sangre Troski lo persigue –Leslie sonrió y caminó hacía una avenida donde parecía haber mucho más movimiento, él también sonrió y la siguió.

Ambos parecían pasarla bien, la gente además, era más amable de lo normal con ellos por ser quienes eran, se detuvieron en un establecimiento para tomar algo, ocuparon la mesa de la terraza, en frente había una plaza y tres calles más que convergían, de una de esas calles, Carlo, Aarón, Farid y Pam salieron y discutían qué hacer cuando frío, Carlo dirigió su mirada a Leslie que reía como él jamás la había visto reír.

Inevitablemente sus acompañantes dirigieron la mirada hacía allá también, Aarón recordó lo que vio el día anterior en el palacio real, pero algo le dijo que era mejor callarlo.

-¿Quieres ir? –Farid preguntó mientras posaba una mano sobre el hombro de Carlo.

-No –dijo Carlo sin expresión -¿para qué los interrumpo? –sonó irónico. Dejando a sus amigos ahí, emprendió una caminata directo a la casa de playa sin importarle nada, chocó un par de veces con algunos transeúntes que se disculpaban simplemente “perdón” y algunos agregaban “Su Majestad” al percatarse de quien se trataba.

Sin Leslie y sin Carlo, no tenía mucho caso tratar de ir a algún lado, simplemente se sentían incompletos, así que Farid, Pam y Aarón regresaron también a la casa que ocupaban.

Y los días pasaron uno tras otro, los amigos de Leslie por supuesto que resintieron su ausencia constante, dejaron Carlton para dirigirse a más ciudades, unas más interesantes que otras. Aquella tarde, tras un agotador viaje de 12 horas arribaron a Greenwood, una ciudad pequeña y que se sostenía a base de la agricultura, también a orillas del mar, llegaron justo a tiempo para las festividades de La Buena Cosecha, celebradas cada año para pedir por una buena primavera; por supuesto ese año había invitados de honor; Farid, infante de Daou, Carlo, príncipe de Graphé, Jacques, rey de Iris, Leslie, princesa de Bloor y Aarón, un militar prominente.

Esa misma noche se ofrecería una cena en su honor en la casa del gobernador, ese mismo día darían comienzo las festividades populares.

Notablemente aburridos por la fiesta de gala, Leslie y el rey Jacques se escabulleron mientras todos estaban distraídos.

-La verdadera diversión está en las calles –aseguró Leslie mientras caminaba cuesta abajo al centro de la ciudad iluminado y lleno de música, el rey Jacques estaba intrigado, pero mucho más que eso, fascinado. Antes de integrarse Leslie lo detuvo –la gente de aquí probablemente no reconozca nuestros rostros pero han oído hablar sobre nosotros, así que es mejor no decir quienes somos.

Acordado eso, Leslie entró de lleno a la fiesta, tomó un poco de fruta, bebió un poco de vino, el rey sonrió y la siguió. La noche se les hizo corta, convivieron con los lugareños que de vez en cuando se preguntaban por sus vestimentas tan finas, pero que con pequeñas mentiras lograban engañarlos.

Era de madrugada, la fiesta aun seguía, pero ellos tenían que regresar, se habían desaparecido sin avisar.

Caminaron de la mano, dejaron de escuchar la música para comenzar a escuchar el suave oleaje.

-Leslie –el rey dijo a unos metros de la puerta principal de la casa, su voz fue suave, se confundía con la brisa del mar, ella volteó de inmediato al escuchar su nombre-. Gracias –él sonrió.

-No hay nada que agradecer –ella dijo con aire inocente.

-Me hiciste olvidar todos mis problemas... de pronto sólo éramos tú y yo, no éramos los nobles de ningún lado, no cargué con mi linaje por unas horas y no sabes cuánto te agradezco por eso –él dijo, se acercó a Leslie tanto que ella, torpe e impulsivamente abrió la puerta de la casa y entró, alejándose de él.

Las palabras de él sonaron como si no le gustara ser rey, o ya estuviera harto de serlo.

En silencio y con mucha cautela subieron las escaleras para dirigirse cada quien a su habitación, pero cuando Leslie menos lo esperó, en medio de la oscuridad sintió la mano de aquel hombre sobre su rostro y como un suspiro dijo – tal vez es el efecto del vino – y sin más, la besó con suavidad en los labios, fue breve, tanto que ella no tuvo tiempo a reaccionar, hasta que lo vio entrar a su habitación, entonces ella concluyó que, en efecto, tan sólo era el efecto del vino.

Aun un poco incrédula de lo que acababa de pasar, entró a su habitación, y al abrir la puerta, aquel crujir de las bisagras despertaron a Carlo quien aguardaba en una silla frente a la cama.

-Carlo ¿qué haces aquí? –ella preguntó tras cerrar la puerta.

-Esperándote –él dijo y se puso de pie.

-No era necesario... –Leslie tartamudeó –yo estaba...

-Con Su Majestad Jacques, ya lo sé... –dijo él sin titubeos mientras caminaba a lo largo de la habitación –Leslie, deberías pensar mejor lo que estás haciendo –dijo como si recitara un discurso aprendido de memoria.

A ella le empezaba a disgustar el hecho de que todos trataran de “advertirle” sobre su posición respecto al rey Jacques, no estaba pasando nada, eran sólo buenos amigo y eso que justo acababa de pasar fue provocado por la euforia de la fiesta –sí, muchas gracias, quiero dormir –dijo contundente, Carlo dejó la habitación tras una breve mirada a la joven.

En la mañana, después de un extraño desayuno donde el rey Jacques fue atacado sin clemencia por miradas de Carlo y Farid pero al mismo tiempo se divertía en complicidad con miradas de Leslie, y Aarón estaba en medio de todo aquello sin entender mucho; Leslie salió a caminar por la playa.

Sobre un tronco, sentado contemplando el mar, el rey Jacques lucía sereno y lleno de paz, miró a Leslie caminar y la esperó en su lugar.

-¿Listo para hoy? –Leslie preguntó.

-¿Más fiesta? –él preguntó asombrado.

-Por supuesto, estas festividades duran una semana... –ella respondió.

-Claro –con entusiasmo él dijo.

Cuando Leslie y el rey regresaron a la casa se encontraron con la sorpresa de que Aarón, Farid y Pam regresarían a la capital.

-¿Qué pasa¿Por qué se van? –Leslie preguntó.

-Recibí un mensaje –Aarón respondió mientras cargaba su maleta hacía un carruaje –mi padre está enfermo –entregó la maleta a un sirviente.

-De todos modos –Farid intervino –no es como si nos fueras a extrañar.

-Carlo se queda –Aarón dijo antes de subir al carruaje –ten cuidado Leslie, luego nos vemos.

-Sí, claro... que tu padre se recupere pronto –ella dijo aun consternada por su repentina partida, Farid subió al carruaje y éste se marchó.

El rey se acercó a ella y antes de que le pudiera preguntar cualquier cosa ella encogió los hombros.

Esa tarde ella trató de pasar tiempo con Carlo, algo le decía que así debía ser. Mientras charlaban, Carlo de pronto se quedó dormido.

-Que conveniente –ella dijo para si misma –ayer me estuvo esperando y no durmió bien - Le dio un beso en la mejilla y salió del lugar.

El sol estaba a punto de ponerse, el rey Jacques estaba a fuera de la casa esperando por su guía para salir esa noche. Ella salió y ambos caminaron rumbo al pueblo.

La fiesta estaba comenzando, llegaron justo a tiempo, además comenzaba a anochecer. Ambos brindaron con un par de sencillos vasos de madera, bastante alejado a las copas de fino cristal a las que estaban acostumbrados.

-He pasado los momentos más divertidos de los que puedo acordarme en estos días –él dijo y dio un sorbo a su vaso.

-Así somos en Bloor –ella contestó y también bebió.

-Ha sido maravilloso, pequeña princesa, sé que aun nos falta más de la mitad de nuestro viaje y encuentro a Bloor fascinante... –él decía pero de pronto se detuvo.

-¿Pasa algo? –ella preguntó, pero el miraba el cielo, ahora completamente nocturno.

En su mirada se notaba ausencia y su piel blanca parecía de plata, señaló con debilidad un punto en el cielo, Leslie volteó hacía ese punto, no encontró nada en especial, sólo estrellas y el lugar donde debería estar la luna, excepto que era luna nueva y sólo un halo luminoso se distinguía, el rey trató de dejar su vaso sobre una mesa pero éste cayó, pero al hombre ya no le importó, corrió tropezándose hacía donde no había gente y la oscuridad reinaba las calles de Greenwood, chocó un par de veces con las paredes, parecía que algo de dolía con indescriptible intensidad.

Leslie fue tras él, no pudo alcanzarlo, se sorprendió con la velocidad con la que desapareció. A lo lejos escuchó un grito, la princesa corrió por la oscuridad de las calles del pueblo, a lo lejos todavía podía escuchar la música de la fiesta, cuando llegó al lugar de donde provino el grito sólo había una mujer con una canasta en el suelo y su vestido desgarrado, aunque parecía no tener heridas; Leslie estaba a punto de preguntar qué había pasado cuando escuchó la música de la fiesta ser interrumpida y gritos de pavor, corrió de regreso al centro del pueblo.

Ahí, donde antes se llevaba a cabo la fiesta ahora había un caos total, y pudo ver que era lo que lo ocasionaba, era un lobo enorme, una bestia que no parecía tener autocontrol. Algo en Leslie tuvo sentido de pronto, pero a penas estaba quedando claro en su cabeza cuando un chillido de aquel animal la distrajo, un hombre había clavado un cuchillo en una pata delantera del animal quien salió corriendo.

Leslie corrió de inmediato a la casa de playa en donde encontró una escena que ya se esperaba, aquel descomunal lobo estaba rodeado por los guardias reales y Carlo que lo amenazaban con sus espadas, el animal gruñía pero parecía más asustado que feroz.

-¡Deténganse! –Leslie gritó y se acercó al lugar.

-No, Leslie... –Carlo trató de detenerla pero ella se acercó sin temor alguno hacía el animal.

-Déjenlo –ordenó y estiró su mano para acariciar al animal que se acercó a ella, no parecía tener intenciones de atacarla. -¿Su Majestad? ella preguntó al oído del lobo quien en sus manos parecía un cachorrito.

-Esa bestia no es segura –dijo uno de los soldados.

-¿Ven que me quiere atacar? –Ella preguntó –no hay nada que hacer aquí, váyanse –ordenó.

-Pero Leslie... –Carlo trató de detenerla.

-No te preocupes, le curaré su pata y lo dejaré libre –ella respondió acariciando al animal que ahora simplemente chillaba lastimosamente por el dolor que seguramente sentía en su pata.

Carlo la dejó sola con el animal.

-Ven... –ya estando sola, le dijo al lobo quien cojeando la siguió hasta su habitación-. Creo que será mejor sacarte ese cuchillo que ese salvaje te clavó... y mañana curaremos la herida –ella hablaba y el animal parecía entender-. Con calma –comenzó a acariciar el lomo de la bestia con una mano y con la otra, de un solo tirón sacó aquella arma, el animal aulló con brevedad –buen chico, dolió menos de lo que esperabas¿verdad? –ella sonrió, sacó vendajes de un cajón y cubrió por completo la herida y la hemorragia, después jaló una sábana de su cama y envolvió al lobo, lo abrazó como si de un muñeco de felpa se tratara y ahí, en el suelo, recargada en una pared, durmió con la bestia entre sus brazos.



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