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Advertencias: Yaoi, slash, Male/Male, shounen ai. Si no te agrada el sexo entre chicos entonces no deberías estar leyendo esta historia.
La razón por la cual los laborc habían perdido su importancia se debía a otra raza, una que muchos menospreciaban y que consideraban propicia sólo para los sacrificios. Esta raza se llamaba los Carnig. Los carnig eran descendientes de las ovejas y como tal se comportaban, pero a diferencia de los Laborc sólo conservaban de sus antepasados el carácter sosegado y la vida en grupo.
Con todo, muchos carnig comenzaban a rebelarse contra la naturaleza sumisa de sus antepasados y era gracias a ello que un Carnig había logrado mermar el poder mágico de los Laborc. Se había escrito que así como se había necesitado un Carnig para destruir la magia de los Laborc, uno sólo también bastaría para devolvérsela y eso era, obviamente, sacrificándolo.
Mucho se había debatido entre los ancianos y finalmente se había descubierto la época en que el Carnig elegido estaría listo, era por eso que los ancianos Laborc habían escogido a un joven para adiestrarlo en lo que debería hacer para traer al Carnig hasta la aldea y que fuera sacrificado. Este joven se llamaba Ichabod Yukio. Ichabod tenía cabellos rojos como el fuego y un cuerpo hermoso, su carácter era afable pero no sumiso y había dado muestras de respetar las leyes de los Laborc y creer en la profecía.
Cuando los ancianos obtuvieron el permiso de los padres de Ichabod se escogió uno entre todos para que fuera el maestro de Ichabod. El anciano llamado Nantai se encargaría de adiestrar a Ichabod y su sobrino, Kálidas, sería su asistente. El día en que Ichabod debía partir de su casa ambos, Nantai y Kálidas fueron a recogerle.
“Ichabod. Este es Kálidas. Con él aprenderás todo lo que debes para seducir al Carnig.” Ichabod observó al chico que tímidamente estaba en pie al otro lado de la habitación. No podía ver sus ojos pero sus cabellos eran largos y negros, como los de un cuervo, algo crespos pero por su longitud no tenían más remedio que caer levemente domados.
El chico apenas levantó la mirada en su dirección, era obvio que estaba tan incómodo como él. “Les dejaré para que se conozcan un poco, mañana comenzaremos las lecciones y será mejor que al menos pasen un tiempo juntos antes de ello.” Les dijo Nantai y sin más les dejó solos.
Ichabod miró a su alrededor observando todo con detenimiento mientras Kálidas seguía mirando al suelo. Se acercó unos pasos y el chico retrocedió asustado.
“No voy a hacerte daño.” Murmuró. El chico finalmente levantó los ojos en su dirección, mirándole con sospecha. Unos ojos verdes como los retoños de primavera en los árboles le midieron de arriba abajo con una mezcla de temor y curiosidad.
Al cabo pareció asentir pero no dijo nada. Sin embargo, la curiosidad de Ichabod pudo más que su precaución. “Mi nombre es Ichabod… Ichabod Yukio. Tengo dieciséis años¿qué edad tienes?”
“Quince y medio.” Murmuró con voz melódica el jovencito.
“¿Quieres platicar o algo? Así podremos conocernos mejor antes que comiencen las lecciones.”
“Sé soplar la ocarina.” Susurró. “También sé tocar otros instrumentos.”
“Yo no sé tocar ninguno, pero me gustaría escucharte.” Le comentó con entusiasmo. Kálidas asintió y con timidez corrió a buscar su ocarina la que estaba guardada en un cofre cerca de la ventana. Ichabod se acercó y se sentó mirándole con expectación y Kálidas tomó un profundo aliento antes de comenzar a soplar el instrumento.
Ichabod no lo sabía, pero aquella sería la primera y última vez que escucharía la ocarina de Kálidas pues luego de la primera lección, Kálidas se negó a volverla a tocar. Al menos… no hasta el día en que partiría hacia Ramodér en busca del Carnig.
La melodía de Kálidas era contagiosa e hizo que Ichabod sonriera con deleite cerrando los ojos y moviendo los pies. “Es fantástica.” Exclamó haciendo que Kálidas sonriera a pesar de tener el instrumento en la boca. El día pasó sin muchas complicaciones mientras se contaban sus intereses y jugaban algunos de los juegos que Kálidas tenía en su cuarto. Esa noche, Nantai les informó que dormirían juntos en aquella habitación.
“Buenas noches, Ichabod.” Susurró Kálidas con una pequeña sonrisa cuando ambos estuvieron listos para dormir y estuvieron bajo las sábanas.
“Buenas noches, Kálidas.” Respondió con una amplia sonrisa mientras sus cabellos rojos se desparramaban sobre la almohada, unos mechones negros y dorados dándole luz y sombra más allá de la luz de la vela que aún estaba encendida. “Kálidas… ¿sabes de qué tratan las lecciones? No sé qué significa la palabra seducir.” Kálidas guardó silencio por largo rato, tanto que Ichabod pensó que se había quedado dormido.
“Yo tampoco sé lo que significa.” Musitó. Ichabod se encogió de hombros y sonrió.
“Mañana seguro que Nantai nos dirá lo que significa.”
“Sí, mañana.” Kálidas se aferró a su almohada dándole la espalda a Ichabod. El joven Laborc de cabellos rojos se encogió de hombros y se dispuso a dormir plácidamente sin notar lo tenso que Kálidas había quedado. Al cabo de quince minutos, los nudillos de Kálidas se fueron aflojando y soltaron la tela de la almohada, demasiado cansado para seguir posponiendo lo inevitable.
Al día siguiente Ichabod nunca podría olvidarlo… jamás. La palabra seducción implicaba demasiado, al menos lo que Nantai le había explicado. El no quería besar a Kálidas pero Nantai lo había obligado. Una y otra vez hasta que ambos estuvieron demasiado cansados para seguir intentándolo.
Esa noche, Ichabod supo que de ese día en adelante, él y Kálidas dormirían juntos. Odió a Nantai y odió a Kálidas. Odió a todo el clan pero especialmente odió a los Carnig.
Pasando los días descubrió que su odio crecía y cada vez que era obligado a hacerle algo nuevo a Kálidas su rencor aumentaba.
“Ichabod.” Le susurró una noche Kálidas justo cuando se iban a dormir. Como siempre le ignoró e intentó hacerse el dormido, pero esta vez el joven no desistió. “Ichabod… por favor. Sé que estás despierto. No tienes que hablarme, sólo escúchame.” Se volteó con lentitud y pudo ver los ojos verdes de Kálidas, húmedos y tristes. “Yo… yo quiero pedirte perdón… por todo.” Susurró el joven de cabellos negros mientras le miraba directo a los ojos. “Debí decirte cuando me preguntaste el primer día.”
“Kálidas… no es tu culpa.” Susurró al moreno. “Ninguno de los dos podíamos haberlo evitado. Fuimos elegidos… y no hay razón para que alguien más de nuestro clan sufra porque no podemos con esto.”
“Tienes razón, Ichabod. Debemos soportar. Así nadie más tendrá que sufrir lo que nosotros.”
“Juro… te juro que sólo el Carnig sufrirá tanto como nosotros.” Kálidas le dio una sonrisa triste al sentir el resentimiento en las palabras de su amigo y tan sólo asintió. “Sólo el Carnig.”
“Oh… Ichabod.” Susurró el joven con tristeza y pena. Pero Nantai se lo había advertido. Le había hablado de la posibilidad de que el elegido se volviera contra los suyos y le había hablado de su deber como miembro del clan para evitarlo. Tendría que impedir que el rencor de Ichabod lo hiciera rebelarse contra el clan y contra los Laborc. Ichabod era su única esperanza para recuperar el poder que les había sido arrebatado hacía tantos años. Se acurrucó en las sábanas e intentó acercarse a su amigo pero lo más cerca que pudo llegar fue hombro con hombro. Así durmieron esa noche y muchas más mientras día a día Ichabod le iba arrebatando la inocencia e iba perdiendo la propia a cambio.
“Tu madre me va a provocar caries, pero valdrá la pena.” Dijo goloso mientras Kálidas se sentaba a su lado y le ofrecía uno de los bombones que comió de su mano. “Están deliciosos, como siempre.” Le dijo con una sonrisa mientras ronroneaba satisfecho. “¿Quieres uno?” Preguntó con una sonrisa seductora haciendo que Kálidas sonriera a su vez. Ya estaba acostumbrado a las actitudes de Ichabod, al cabo, eran parte de su entrenamiento. Tan profundamente arraigadas que ya nunca podría deshacerse de ellas. En cinco años, Nantai se había asegurado de que Ichabod aprendiera bien sus lecciones y también de que formaran parte de su vida diaria. Kálidas no hubiera podido negarse a ninguna de las seducciones de Ichabod… menos cuando estaba…
“¿Kálidas, quieres chocolate o no?” Preguntó con un puchero el pelirrojo.
“Claro que quiero, Ich. Además, olvidas que los preparó mi madre para mí, tan sólo los estoy compartiendo contigo.”
“Ya di la verdad, Kali… tu madre los hace para que tú me los des.”
“Engreído.” Replicó con una sonrisa el aún tímido joven de cabellos negros y ojos verdes.
“Pero te gusta que lo sea¿no es así, Kali?”
“¡Ichabod, Kálidas! Hora de la lección.” Los llamó Nantai desde algunos pies de distancia.
“¡Por todos los Malvollia¿Qué no puede gritarlo más fuerte? Así todo el clan sabrá que es hora de…”
“Ich.” Susurró Kálidas pero fue suficiente para que Ichabod callara.
“Kali… si no fuera por ti… te juro que…”
“¡Ichabod, Kálidas!”
“Sí, sí, ya te escuchamos.” Gritó. “Viejo depravado.” Masculló mientras se ponía en pie. “Vamos… tal parece que no puede estar sin su dosis diaria de perversión.” Le tendió la mano al moreno de largos cabellos y le ayudó a levantarse quitándole la caja de chocolates. “Además, tenemos algo con qué jugar hoy.” Dijo al tiempo que le guiñaba un ojo con picardía haciendo que el joven se sonrojara.
“Ichabod.” Susurró con ternura dejándose llevar.
“Estuve pensando en algo nuevo… te va a gustar.” Dijo sin hacer caso del sonrojo y tirando de él hacia la casa.