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UNO a uno todos somos mortales; juntos, todos somos eternos. (Lucio Apuleyo).
ETERNOS
“Et rnos” la fachada remodelada y el mismo cartel desvaído de siempre, viejas añoranzas que me arrancan una sonrisa volvieron a mí, 15 años y la E sigue siendo un vacío descolorido entre las letras rojas.
Encaro la puerta, madera y cristal esmirilado, como si de una máquina del tiempo a punto de arrancar se tratara. Fuera el luminoso domingo, dentro no sé qué esperar. Empujo el pomo lento, despacio, hasta que un claro cascabeleo me indica que ya no hay vuelta atrás
El contraste entre el radiante mediodía y la oscuridad cómoda del interior convierte la cafetería en un borrón blanco en el que sólo se escuchaban zumbidos de conversaciones ahogados por el chirriar de la cafetera Express y el rugido velado de la fórmula 1 en el televisor. A través del tamiz de mis pestañas y mi memoria convive el mármol agrietado de la barra junto con el plasma ultimísimo modelo hacia el que está girado la concurrencia masculina mientras las madres regañan a los niños y los envían a jugar a la calle.
Oteo entre un mar de cabezas allá donde se extienda el ajedrez del suelo; chicos jóvenes que ríen demasiado fuerte o aquella pareja del rincón, enfrascada en sus móviles porque ya no les queda nada que decirse, hasta que al fondo de la cafetería distingo el flamear del brillo de pulseras étnicas de Sara que se multiplica en el espejo ahumado. Reunidas…como si nunca hubiera pasado el tiempo, y pienso en ellas desde la distancia mientras me abro paso entre el laberinto de mesitas desperdigadas, tan ansiosa por llegar a su lado que me sorprende el dolor de mi rodilla cuando choca contra una de esas malditas sillas de mimbre demasiado grandes para lo limitado del local y ellas preparan tras su sonrisa indulgente comentarios mordaces sobre mi torpeza
Saludos, besos, el robo de una silla a la mesa vecina, notas mentales acerca de quién está más vieja, quién ha engordado…
Cada una de ellas encarna de lo mejor y peor que existe en mí, mis cambios y mis permanencias. Son el espejo en el que estimo lo que ahora soy: Sara de rizos pelirrojos y sonrisa de niña traviesa que nunca abandonó, bullente de ganas de viajar y hacer, Ivana zarina de la noche hasta que la maternidad cambió sus prioridades, Ana inteligente y tranquila que había accedido a salir de su torre de marfil para volver al Eternos y Cristina con aires de pija estresada por querer aparentar mucho más de lo que es
En nuestros primeros titubeos de conversación somos caminos divergentes que coinciden en este viejo bar para iniciar un diálogo de sordos sobre presentes y porvenires, ecos de monólogos que se repiten de una a otra. Lejanías que se constatan cuando la camarera se acerca tambaleando sobre la bandeja nuestras diferencias: café descafeinado, batido de chocolate, té con leche, una clara y coca cola light.
Y en esencia tan parecidas…Un puñado de chicas con sueños de grandeza que se difuminaron frente a la vida
Mujeres que rebuscan entre pasados comunes, momentos compartidos de quinceañeras escandalosas. Mujeres para las que las manecillas del reloj giran enloquecidas hacia aquel viaje a Mallorca que terminamos entre olas y luna, esas noches sin padres que comenzaron a los 14 confesando entre risitas tímidas el chico que les gustaba y terminaron a los 22 compartiendo secretos sexuales, el botellón de fin de curso en COU que casi termina con Cristina en el Samur, los celos no olvidados de aquel chico que te quiso a ti pero no a mí… porque es mejor que hablar sobre hipotecas, recién nacidos o del cabrón del jefe.
La cafetería se va vaciando al ritmo con el que la memoria desgrana anécdotas. Resulta perturbador lo contagiosos que son los recuerdos, la alegría de volvernos juntas y refugiarnos en el pasado porque sabemos que así no tendremos que adornar nuestro presente para ocultar que a veces nos sentimos solas, que aquel chico con el que me casé no resultó como esperaba o que el trabajo sólo sirve para pagar facturas. Ya no somos amigas pero todavía lo parecemos
Las manos dibujan las palabras, el cenicero lleno, las paredes palpitantes por nuestra historia, pero el hechizo se rompe cuando el reloj a través del espejo en el espejo nos indica que 3 horas han volado entre consumiciones y servilletas desperdigadas; exactamente 3 horas y 15 años
y nos miramos emocionadas, mientras nos levantamos en un revoloteo desordenado de rituales de despedida en las nos mentimos prometiéndonos que nos llamaremos más a menudo, que no esperaremos a los cumpleaños, bodas, bautizos y comuniones para juntarnos. Sabemos que las obligaciones, los compromisos o simplemente la pereza nos exigirán meses hasta la próxima reunión pero cuando nos volvamos a ver será la vida en el Eternos