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«Refresco de Naranja»
por Zark
Para Néstor, vivir la vida consistía en pasar las tardes después del trabajo en su departamento, viendo alguna película y comiendo comida chatarra. Su rutina incluía pasar por el súper para comprar un refresco y algunas papas fritas, saludar a su vecina que siempre estaba regando las tres o cuatro plantas de su porche, y perder el tiempo el resto de la tarde.
Su vida consistía en trabajo, comer, películas, dormir.
Eran las 5:35 de la tarde y Néstor conducía su auto por la avenida Madero a una velocidad ligeramente por encima del límite de velocidad. Llegó al súper unos cuantos minutos después, se bajó del auto le puso la alarma con el control remoto. El auto pilló dos veces.
La fuerza del sol lo tentó a regresar a su auto por sus lentes de sol, pero no era necesario, pensó él, pues de su auto al interior del súper eran menos de treinta segundos.
Junto a la puerta un hombre con ropa descolorida y cabello duro pedía dinero. Néstor no le dio. Si algo le molestaba era la gente que no aportaba nada a la sociedad.
Y aún así quiere dinero el ingrato.
Entró y dio gracias por los avances tecnológicos, específicamente por el aire acondicionado. Afuera hacía un calor desértico, característico de Agosto.
Caminó hasta el refrigerador para tomar su refresco, pero tuvo que esperar su turno porque había un hombre allí, aparentemente decidiendo qué bebida tomar.
Néstor echó una mirada a su derecha y vio las diferentes hileras de papas fritas, con sus empaques coloridos que anunciaban las diferentes variedades y sabores. Las de jalapeño, pensó, viendo el paquetito verde.
Sus pensamientos divagaron un poco. ¿Qué película rentaría hoy? O tal vez era mejor ver una en la televisión, porque eso de pagar por una película cada día era algo costoso, y tomando en cuenta que su salario como programador no era nada impresionante, ahorrar le sonaba a una buena idea. Además, le ahorraría algo de tiempo. No que le faltara, obviamente; si algo le sobraba en la vida era tiempo. Tanto, que desperdiciarlo no le parecía algo que lamentar.
¿Qué le pasa a este? se dijo. El hombre o tenía un muy bajo coeficiente intelectual, o era pésimo para tomar decisiones. Llevaba qué¿medio minuto decidiendo qué refresco comprar? Qué clase de persona se tarda tanto—
Un momento. Las manos del hombre temblaban. De hecho, no solamente sus manos, sino su cuerpo entero. No como si estuviera en trance o sufriendo un ataque epiléptico; más bien como si el aire helado del refrigerador le estuviera dando escalofríos.
Néstor involuntariamente dio un paso hacia atrás, y el movimiento captó la atención del hombre, quien lo volteó a ver.
Su cara estaba empapada en sudor. Sus ojos brillaban, y el derecho estaba rojo.
El hombre tartamudeó. —Es que lo necesito—dijo.
Metió una mano a su chaquetín negro y sacó una pistola. Néstor murmuró una maldición a medias. Dio otro paso hacia atrás y levantó las manos. Por un momento imaginó escuchar el balazo y sentir el dolor.
El ladrón cerró la puerta y dijo: —¿De naranja?
Néstor vio que el ladrón tenía un refresco de naranja en la mano, el cual le extendía.
Bajó la mano derecha y lo tomó.
—No… no soy una persona mala—dijo.
—Desesperada—medio preguntó Néstor, y el ladrón asintió.
Sin decir nada más, el ladrón caminó hacia la caja registradora. Néstor se quedó allí de pie, convertido en estatua. Escuchó el grito de la muchacha y la voz nerviosa del hombre del ojo rojo que pedía el dinero.
—¿Qué está pasando?—se escuchó otra voz, una masculina, la del dueño del súper seguramente. —Ala, cálmate, baja la pistola, hijo.
Dame el dinero comenzó a gritar el ladrón. Primero baja la pistola le contestó el dueño. El ladrón gritó una respuesta, la muchacha gritó algo. Luego un forcejeo, un disparo, un grito, y luego golpes, muchos golpes.
—¡Llama a la policía, Aurelia! Llama--¡rápido!
Néstor caminó hasta la escena. El dueño tenía al ladrón en el piso, con una rodilla sobre su cuello y sujetándole los brazos detrás de la espalda. La muchacha llamaba por teléfono.
El ladrón vio a Néstor con ojos horrorizados. Néstor caminó y puso el refresco sobre el mostrador. —¿Cuánto por el refresco?
—Llévatelo—le contestó el dueño.
Néstor salió; el cuerpo temblando y respirando profundo. Miró su refresco de naranja, el cual parecía sudar gotas anaranjadas. Se quedó allí de pie hasta que el sonido de la policía lo sacó del trance.
Antes de marcharse, sacó unos cuantos pesos de su bolsillo y se los dio al hombre junto a la puerta.
fin