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El Dragón y la Princesa
Por: Lannis
Esa luz te envolvió… y fue aquella la que me dio la primera señal de tu destino.
Flowne deseaba olvidarse de esas tontas discusiones, de sus constantes enfados e intentos inútiles por hacer que su maestro entrara en razón y fuera capaz de comprenderla. Ya estaba cansada y harta, así que decidió alejarse durante algunas horas para encontrar la calma. Caminó sin rumbo fijo hasta adentrarse en un espeso y extraño bosque. Antes de su impulsiva decisión le habían advertido que era un lugar muy peligroso porque ahí adentro se ocultaban algunos dragones salvajes, de los pocos que aún quedaban en libertad; pero para variar ella hizo caso omiso de los consejos que le daban, por el contrario, sintió gran curiosidad por estar ahí, como si las criaturas de aquel lugar la llamaran en voz baja y repitieran su nombre constantemente: "Flowne… Flowne". Sentía como si ya hubiera estado en ese lugar, cada roca, arbusto o árbol, todo le parecía familiar.
El lugar era abrumador, oscuro, húmedo, parecía ser de noche cuando era apenas medio día; pero más que ser un lugar temible a ella le parecía fascinante y encantador. Al seguir caminando pudo ver a lo lejos una luz intensa, al fin un rayo de Sol se escabullía por la espesura de aquel extraño bosque, así que caminó hacia allá, pues le era intrigante. El sitio era un lugar más amplio, cubierto por un hermoso césped que parecía haber sido recortado, en medio había un bello y frondoso árbol de corteza blanca y hojas como el color de la plata.
La chica se acercó sorprendida, jamás en toda su vida —muy corta por cierto, sólo tenía 17 años— había visto siquiera un pequeño arbusto semejante a aquel majestuoso árbol. Seguramente era mágico. Acarició el tronco de corteza áspera y miró hacia el suelo al ver unas cuantas raíces salientes; se agachó a tocarlas. Ella adoraba encontrar cosas nuevas y conocerlas a fondo, así que lo rodeó observando cuidadosamente cada parte de él, hasta que algo llamó especialmente su atención, una roca plana enterrada en el suelo.
Flowne se puso de rodillas y comenzó a remover un poco de pasto y tierra que le impedía ver qué era aquello. Era una lápida con el símbolo del dragón, además de una rara inscripción en un idioma antiguo que la chica tradujo al instante: "La fuente de toda magia, estará dentro de ella". Miró a su alrededor, era irónico que justo donde había una lápida la presencia de la vida fuera tan latente, pues en casi diez metros a la redonda todo reverdecía, era bendecido y acariciado por la intensa luz del Sol, mientras que el resto del bosque a pesar de no parecer muerto sí era un poco más escalofriante que los lugares similares a él.
Una leve sonrisa se formó en los labios de la joven, quien después de un largo suspiro posó su mano sobre la inscripción en la lápida y ésta comenzó a brillar con gran intensidad, casi segando los ojos color rubí de la joven. Cuando la luz dejó de ser tan intensa, Flowne abrió los ojos y repentinamente sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal dejándola casi inmóvil. Miró atrás de ella para saber si esa extraña sensación había sido una señal, entonces vio con boquiabierta al menos a ocho dragones salvajes mirándola con recelo.
—¡Ah! —exclamó llena de sorpresa —, ho-ho-hola… bonitos.
Los dragones salvajes eran unas de las criaturas más temidas por los seres humanos y Flowne no era la excepción, había escuchado historias terribles en las que los hombres eran atacados y devorados por varias criaturas como aquellas, desmembrándolos aún estando con vida y finalmente calcinados hasta quedar de ellos sólo las cenizas, aunque muchas veces ni siquiera eso.
—Yh-yo… yo no quise tocar esa tumba —se disculpó titubeante —, fue un pequeño accidente, lo juro.
La joven comenzó a caminar hacia atrás sin darles la espalda a los dragones, no quería que le dieran una sorpresa desagradable sin si quiera estar atenta. Pero decidió no hacer ningún movimiento brusco que pudiera poner alerta a sus nuevos acompañantes, ni siquiera se atrevió a rozar la empuñadura de su espada con las yemas de los dedos. Entonces las criaturas comenzaron a acercarse más y más a ella mientras que sus piernas flaqueaban con cada paso que daba. Estaba muy nerviosa, no podía evitar que aquellos seres tan enormes y feroces le causaran temor, aún así también sentía una inmensa curiosidad por conocerlos, por tocarlos; le parecían tan extrañamente familiares que se sintió confundida.
Los dragones peligrosamente se acercaban a ella, la mayoría de ellos con expresión amenazante y respiración agitada, incluso de sus fosas nasales salía un vapor caliente que dejaba rastro y se disipaba lentamente en el aire. Pronto Flowne topó con pared a sus espaldas, una inconveniente elevación de tierra que la dejaba imposibilitada de encontrar escapatoria. No podía dar un paso más, se encontraba a merced de esas místicas criaturas que tan extrañamente la observaban.
Flowne no estaba segura si la miraban con odio, con indiferencia, con curiosidad o simplemente la observaban como un trozo de carne al cual devorar, la expresión de ellos era tan confusa y tan distinta entre uno y otro que no podía descifrar sus intenciones. Además, poco se sabía en su mundo de aquellas criaturas, pues simplemente no había muchos sobrevivientes que pudieran dar testimonio de la forma en que ellos actuaban. Aún no había muchos temerarios que se atrevieran a estudiarlos, como se hacía ya con otras especies animales.
De pronto, antes de que se acercaran más a ella, un dragón negro apareció entre ella y el resto de los dragones, estaba enfrentando con su mirada y presencia a aquellas criaturas, él sólo. Era un dragón verdaderamente hermoso, de escamas negruzcas en el lomo y grises en el vientre, además de unos bellos ojos color ámbar. Éste miró de reojo a la joven, como si la conociera.
Los dragones inesperadamente huyeron, se desvanecieron en el bosque tan rápido como el viento eleva y arrastra las hojas que han caído al suelo; como si sintieran algo de temor o mucho respeto por el dragón negro. No era sólo su tamaño, era algo más lo que había hecho retroceder a esos reptiles, eso lo presentía Flowne por algunos suaves gruñidos que alcanzó a oír. Los dragones se estaban comunicando entre ellos silenciosamente; bien era sabido que esas criaturas contaban con poderes sobrenaturales, quizá incluso podían hablarse con el poder de sus complejas mentes.
El dragón negro se acercó a la chica, mientras que Flowne se sentía congelada al percibir la mirada de ese imponente ser sobre ella, no era miedo —bueno, quizá un poco—; era más bien fascinación por toparse con tan maravillosa criatura. Había quedado impactada por la belleza de ese ser, jamás creyó encontrar una criatura tan hermosa como esa. Quiso acercarse a él, sin embargo, la profunda mirada del dragón la dejó inmóvil. La joven apenas podía respirar y sostenerse sobre sus piernas, una fuerza extraña manipulaba su cuerpo en contra de su voluntad y le impedía hasta el movimiento más ligero.
La criatura la miró fijamente a los ojos, obligando a la chica a ver su reflejo en los hermosos ámbares que tenía en el escamoso rostro. Flowne sentía perderse en su hermosura y profundidad. Él la estaba hipnotizando y ella ni siquiera hacía un esfuerzo mínimo por resistirse, la había hechizado por completo con su enigmática magia.
El brillo en los ojos de Flowne comenzó a desvanecerse, estaba dejándose llevar por aquel mundo cálido que se ocultaba tras aquella mirada imponente y mágica. Era como viajar hacia otra dimensión, ahora podía ver todo el universo con los ojos del dragón. Y se miró a sí misma como un reflejo en el agua, a la verdadera Flowne, a la princesa del reino de la luz, Kadiz. Pudo ver a la joven de cabellos plateados y piel pálida, no a aquella jovencita de cabello azul que había sido creada con la gracia de una poción mágica que su propia hechicera real le había facilitado, para ayudarla a ocultar su verdadera identidad y pasar inadvertida ante aquellos rebeldes que deseaban acabar con su vida para obtener poder político sobre todo el planeta Era.
Y entonces sus ojos se cubrieron con algunas tímidas lágrimas que se negaban a salir. Flowne había olvidado ya quién era, o eso era lo que realmente deseaba hacer: dejar a un lado su pasado y obligaciones como la princesa Flowne Megae de Kadiz y ser simplemente Flowne, una joven aprendiz en el arte de la guerra, la siempre amada y muchas veces odiada chica de 17 años. La rebelde, prepotente, infantil, insolente, caprichosa, impaciente, pero también la sincera, valiente, noble, leal, alegre y tenaz.
¿Era ese su destino¿Abandonar todo aquello que la hacía feliz para retomar su vida e identidad justo donde la había dejado? Entonces… ¿no era verdad lo que su padre tantas veces le había dicho acerca de tomar las propias riendas de su destino? Sí, sólo era una farsa que la nobleza se había inventado a sí misma haciéndose creer que se dejaban llevar por sus propios deseos, aunque en realidad era lo que los demás pedían a gritos.
Sintió flaquear, comenzaba a perder sus sentidos mientras que toda su percepción se dirigía directamente hacia su cerebro. Flowne había descubierto el primero de muchos misterios que la magia de aquellas criaturas encerraba: ese era el gran poder de un dragón de raza superior; infinito, inmenso, inimaginable. Sin siquiera tocarla era capaz de destruirla en un instante, pero aún no lo había hecho y ni siquiera parecía que su intención fuera eso, entonces ¿qué deseaba de ella¿Descubrir su identidad¿Hacerla sentir culpable por tratar de olvidar sus obligaciones, por desear ser una joven común y corriente?
Continuará...
La historia completa lleva por nombre "El ojo del dragón", pero por falta de tiempo e inspiración me limito a escribir pequeños fragmentos que hasta ahora sólo en mi mente tienen sentido. Su trama gira en torno a la búsqueda de un extraño relicario y del legítimo dueño de éste, quien en realidad es el heredero de un inmenso poder mágico.
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