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-‘La fábrica de sueños cerró por vacaciones’.- leyó Sonia en voz alta. Cerró el libro con cuidado y arropó un poco a Nacho, que la miraba con los ojos muy abiertos.
- Pero mami - protestó Nacho - la gente también necesita soñar en vacaciones ¡no puede cerrar!.
- Los duendes de los sueños han trabajado muy duro todo este tiempo - aseguró ella, sonriente. - Prepararon muchos sueños, los suficientes como para que todos los niños tuviesen los suyos este verano.
- ¿Y si se confundieron y a mi no me dejaron ninguno? -el niño la miró preocupado- puede pasar ¿no?
Nacho se incorporó en su cama y puso su mano sobre las de su madre. Sonia le empujó suavemente para tumbarle de nuevo y le volvió a tapar.
- Yo te daré entonces los míos de cuando era una niña.
- ¿tu también fuiste una niña?
- Sí, hace algunos años. ¿Y sabes algo? Yo fabricaba mis propios sueños. - Se levantó- A ver… cierra los ojos, sí, así, muy bien. Respira hondo unas cuantas veces. Cuando yo salga de la habitación tienes que estar un ratito mas así. Empezarás a sentir como los ojos te pesan. Entonces el arenero te rociará con sus polvos mágicos. Eso pondrá en marcha la maquinaria de los sueños y…
- ¿Pero el arenero no va de vacaciones?
- Nacho…
- ¡pero mamá!
- Está bien. Te contaré otra historia más para que puedas soñar con ella.
Sonia se sentó al borde de la cama y acarició el pelo del pequeño. Apagó la luz y comenzó, con voz muy suave.
Tiempo atrás un príncipe muy pequeño, del tamaño de un botón, decidió dejar el castillo dónde vivía para buscar aventuras.
El príncipe Ignacio, que así se llamaba, estaba muy preocupado, porque su reino había caído bajo un terrible maleficio: nadie podía soñar. Todos se pasaban el día bostezando y estaban muy cansados, pero cuando sus ojos se cerraban, sus cabecitas se quedaban en blanco, un blanco tan brillante y puro que les escocía en los ojos y tenían que abrirlos por miedo a quedarse ciegos.
El príncipe Ignacio salió del castillo una noche en la que el cielo estaba salpicado de estrellas y sobre el cielo flotaba una gran luna llena. Como era tan pequeño, siempre iba con su mejor amigo Ozo Peluchozo. Y desde el sombrero de Peluchozo dio un beso a su madre que lloraba de emoción al ver lo valiente que era su hijo, y trató de abrazar a su padre , que le dijo lo orgulloso que estaba de él.
- Busca a la Gran Hechicera Synnove - dijo su hermana de las puertas del castillo. ¡Ayúdanos, príncipe Ignacio!