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Author: Izumi Ichikawa
Fiction Rated: M - Spanish - Romance/Drama - Reviews: 2 - Published: 10-10-07 - Updated: 09-24-09 - id:2424992

#75 “Sombra”

Por Ichikawa Izumi

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A los ocho años, salía todas las tardes a jugar con mi hermano y con Yuuji. Más bien, me pegaba a mi hermano todas las tardes porque él iba a jugar con su amigo Yuuji. Es que me encantaba estar con él. Por eso me daba lo mismo que mi hermano se molestara, y no le hacía caso cuando me decía que me largara a jugar con las otras niñitas de mi edad. Al pensarlo ahora, me parece perfectamente comprensible. Yo era cinco años menor que él y, para colmo, era una niña.

Pero Yuuji era diferente. No le molestaba que yo fuera una niña. Hasta regañaba a mi hermano por enfadarse conmigo. Lo convencía de que me incluyeran en sus juegos aunque fuera un ratito, y le decía “un hermano mayor debe proteger a su hermanita menor”.

Entonces, atravesábamos la colina y llegábamos a la laguna. Allí nadábamos, echábamos carreras (que yo siempre perdía) o lanzábamos piedrecitas al agua. A veces hacíamos picnic, cuando la madre de Yuuji nos mandaba una canastita con refrigerios. Esa señora adoraba a su hijo, y también nos quería mucho a mí y a mi hermano. Nos amarraba los cordones de los zapatos para que no tropezáramos, cuando hacía frío se preocupaba de que saliéramos bien abrigados y, cuando volvíamos, nos invitaba a tomar chocolate caliente junto a la estufa. Cuando encontrábamos algún tesoro que queríamos mostrar a alguien, o cuando teníamos miedo de algún fantasma, ella siempre estaba ahí para escucharnos y protegernos. Cosas que nuestra madre nunca pudo hacer por nosotros. Ella murió cuando yo nací, así que la conozco sólo por fotos. Y lo único que tengo de ella, aparte de esas fotos, es un sombrerito de paja con un lazo rojo. Aun ahora lo uso siempre que puedo, pero en aquella época lo llevaba puesto todo el tiempo. Porque era algo que me conectaba con mi mamá. Estaba segura de que, de no haber muerto, le hubiera gustado cuidarme siempre, como la madre de Yuuji lo hacía con su hijo.

En todo caso, en esa época no me lamentaba demasiado por ello. Creo que me bastaba con el cariño de la madre de Yuuji, y con el de él mismo. Cada vez que, al acabarse mi refresco en medio de esos picnic en la laguna, Yuuji me dejaba el resto del suyo con la excusa de que ya no tenía sed, sentía que siempre tendría un lugar a dónde ir.

Siempre que el sombrero se iba volando con el viento, lo cual era más que frecuente, Yuuji decía que prefería que no lo llevara puesto. Porque le gustaba ver cómo el sol se reflejaba en mi cabello rubio. Sin embargo, no hubo una sola vez en que no corriera tras el fugitivo sombrero y me lo trajera de vuelta. Ni una sola. Ni siquiera la última vez.

Tu pelo es tan bonito, que el sol no puede evitar bajar a bailar en él – decía.

Y me volvía a colocar el sombrerito en la cabeza. Nunca se lo dije pero, yo siempre pensé que el lugar preferido del sol para bajar a bailar no era mi pelo, sino el interior de sus ojos.

En esa época fui muy feliz. Feliz como nunca volví a ser en mi vida.

Todo eso terminó un día de invierno especialmente normal. Un día como todos los otros, pero con un final distinto. Las manos de él entregándome el sombrerito, que yo había perdido como tantas veces antes, y luego desapareciendo en el agua gélida del lago convertido en hielo. Las manos de mi hermano sacándome de esa misma agua y llevándome a otro lugar aún más frío. Frío como ningún otro lugar en que haya estado. Un lugar sin la cálida voz de Yuuji.

Mis ojos se cerraron, mi conciencia se apagó. Luego de tres meses, desperté. Y descubrí que la eternidad no existe. Que todo termina. Que, entre más hermoso es algo, más fácil es que se destruya. Que no debía aferrarme a nada, porque todo se desvanece. Como Yuuji. Cuando él hubo desaparecido, me di cuenta de que ni siquiera la luz es real. Desde entonces, el lazo rojo del sombrerito se vuelve cada vez más gris.

A los ocho años, cuando observaba la silueta de un árbol proyectada en una cortina translúcida a las seis de la tarde, siempre veía un montón de manchas amorfas de luz que se transformaban cada vez que las ramas se mecían al viento. Esos retazos luminosos danzaban alegremente, y me transmitían una sensación muy cálida.

Ahora no veo eso. Distingo perfectamente el contorno de cada una de las hojas del árbol, hechas de sombra.


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