Home Just In Communities Forums Beta Readers Dictionary Search Login Register Extras
Fiction » Supernatural » Inmortales Nocturnos font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: PanHe
Fiction Rated: K+ - Spanish - Supernatural/Humor - Reviews: 22 - Published: 10-15-07 - Updated: 10-30-08 - id:2426906

Inmortales Nocturnos

Propiedad intelectual, delirante y viviente de todos
y cada uno de los IN's -lunáticos y sanguinolentos-.


Capítulo 1: Encuentros Forzados

Prólogo—

… “Somos unos seres legendarios, unos nombres vulgares, cazadores nocturnos excluidos eternamente del día, vivimos de la sangre humana, cazamos sólo a los malvados, nos alimentamos de vidas basura, suponiendo que exista tal cosa, vivimos entre los humanos desde los albores del tiempo, nosotros mismos pasamos por humanos, nuestro cuerpo es transformado y perfeccionado dentro de su potencial por la sangre oscura… … ” (1)

Desde los eones del tiempo, miles de evoluciones dieron paso a todas las criaturas conocidas y desconocidas en la Tierra. El ser humano ha sido siempre el modelo de lo que la sabia naturaleza puede hacer; una increíble demostración de la sabiduría innata del planeta. Sin embargo, por razones extrañas, y raros fenómenos que, quizás, jamás se comprenderán, el ser humano también tuvo extrañas evoluciones. Cambios que, al fin y al cabo, jamás serán conocidos por la misma humanidad.
Dentro de todas esas miles de evoluciones, dos razas se revelaron como las más poderosas de entre todas las demás. Y como en todo, estas diferentes castas terminaron por encontrarse un día.
Al principio, su encuentro casual no hizo más que unirles, pues ambas especies sufrían del mismo mal: ser perseguidos por los simples humanos, seres que jamás entenderían lo poderoso, seres que temían a lo que no conocían.
Y, a pesar de ser mucho más fuertes que la humanidad, cada grupo tenía su punto débil; exponerse no hacía más que ponerles en peligro. Y su unión pasó a incrementar de manera asombrosa su fuerza.

Sin embargo, siempre hay algo que sale mal. Comenzaron pequeños disturbios en la fuerte alianza. Envidias, desconfianza, temor. Demasiado orgullo.
Los seres humanos se dieron cuenta de ello, y aprovecharon el momento de dilación para asesinar a los líderes de ambas castas… que terminaron por culparse mutuamente por las muertes de sus dirigentes.
Así comenzó una guerra entre dos géneros que jamás terminará del todo, a menos que alguien una nuevamente a ambos grupos.
El problema, es que cualquier raza que sobreviva… terminará con la humanidad.
Y para los dos bandos, su único alimento, es precisamente, el ser humano.

El tiempo pasó. La guerra cayó en el abandono; resurgió una y otra vez, se volvió a olvidar. Siempre había alguien que les hacía recordar su antiguo rencor.

En tiempos actuales, alguien ha desatado el rumor de que los antiguos seres mitológicos se han levantado en armas nuevamente. El detalle, es que ninguna de las dos especies sabe con exactitud quién ha comenzado a levantar los puños.

Ahora, está a punto de comenzar una guerra más. Sin saber quién comenzó con todo, los seres nocturnos se enfrentarán nuevamente, para decidir de una vez por todas quién tendrá el mando de la humanidad. O quién vivirá al fin en paz, con o sin su presencia.
Quién sabe, a lo mejor los que tengan el último voto… sean los humanos.

Fin del Prólogo—


Corría rápido, completamente distraído con sus pensamientos. No sabía lo que ocurriría a partir de ese momento, pero sabía que no era nada bueno. De cualquier manera, las cosas malas pasarían, inevitablemente.

Su velocidad dejaría asombrado a cualquier persona. Suponiendo claro, que pudiesen ver semejante presteza. Ante ojos mortales ni siquiera se detectaba, mucho menos los oídos normales podrían captar su movimiento.

Poco a poco, el fino cabello que cubría su cuerpo, fue desapareciendo. Su velocidad disminuyó notablemente. Se detuvo y miró al cielo. Estaba por amanecer, algo que los mortales jamás percibirían. Apresurándose, continúo corriendo, no quería desaprovechar el poco tiempo de velocidad sobrehumana que le quedaba. Tenía que llegar a ese lugar.

Al hacerlo, se permitió un respiró. Se percató de que a ojos humanos, volvía a ser otra vez alguien… ¿normal? Puff… como si le importara lo que los insulsos humanos pensaran de su especie.

Notó, con tardía, que su maestra estaba delante de él, de espaldas, observando el cielo nocturno.

—Llegas tarde. —musitó en seguida la mujer.

—Lo siento.

—Eso ya no importa. ¿Lo hiciste?

—Sí. Ellos… al parecer no saben nada, pero traen algo entre manos.

—Vaya, vaya… —Casi pudo percibir la sonrisa fémina. Sin embargo, había algo más que a él le preocupaba.

—Maestra Lykes¿lo haremos entonces?

El bello rostro que miraba, simplemente se giró hacia otra parte. Sus extraordinarios sentidos podían percibir cada latido que emanaba de su cuerpo juvenil.

—Una cosa más.

—Dígame.

—A la próxima… no llegues tarde, Erick.

La figura se perdió entre los edificios, sin ser notada por siquiera un insecto.

Dio un largo suspiró. Subió hasta la torre, para contemplar el cielo nuevamente. Lo harían, después de todo. Era lo más probable. Ya nada podría evitarlo, y lo peor era que… Escuchó algo. No, sintió algo. Se giró con violencia hacia atrás, presintiendo la presencia de alguien más allí, alguien que conocía… y ahí estaban. No podía creer que estuviesen ahí, los dos. ¡Juntos! Y él sin ayuda: ninguno de sus hermanos estaba cerca. Dio un parpadeo… y se esfumaron. Si los licántropos eran rápidos, los vampiros eran veloces. Muy veloces. Aunque se confundió por el encuentro. Ellos tenían la ventaja de cantidad, y bien sabía que dos bebedores de sangre como ellos, jamás huirían, a menos que… Miró hacia el cielo y algo le lastimó los ojos. Cuando se dio cuenta, lo comprendió: el Sol estaba saliendo ya. La noche terminaba, llevándose consigo a sus eternos monstruos seductores, a sus amantes pálidos.

La luna, impávida desde su lumbral, le susurró al oído que ya era tiempo de marcharse con ella.

Erick cerró los ojos… y se convirtió en aquello que nadie más que sus hermanos conocía.


El día estaba nublado, una suave y sutil lluvia mojaba todo a su paso. Los adoquines estaban resbaladizos, y podía aspirar el delicioso aroma a tierra mojada.

Sus cabellos estaban empapados, al igual que su ropa. Incluso tenía sueño.

Había pasado la noche en vela esperando noticias, sin obtener siquiera una pista. Además, el sonido del agua cayendo lentamente en el suelo le hacía desear estar en su cama.

Al fin llegó al café. Ocupó la misma mesa que siempre, la camarera no tuvo que preguntar. La misma orden, y la misma mirada seductora por parte de ella. Quizás algún día… “Sí, algún día, cuando sepa lo que en verdad eres”.

Sólo tuvo que esperar diez minutos. No se percató de cuándo llegaron, pues estaba perdido jugando a las miraditas con la joven.

— ¿Estás aquí, o quieres que ordenemos en la barra un “Alberto concentrado”?

—Muy gracioso, Perseo. ¿Y bien?

— ¿Qué¿Ya ni siquiera nos saludas? Qué mal hermano eres.

—Erick, por dios, me han hecho esperar toda la noche… Lo menos que pueden hacer es decirme lo que sucedió.

—Yo sólo sé lo que ya sabíamos todos: que ellos no saben nada. No tienen ni idea.

— ¿O sea que ni planes han hecho?

—No me refiero a eso. Lo que quiero decir es que ellos no comenzaron con esto.

—Pero que ya están tomando las armas. Quién sabe, a lo mejor sabían que hemos estado espiando y…

—No seas paranoico, Perseo.

—Y tú no seas tan obvio, alguien puede oír.

— ¿Y quién? A esta hora nuestros amigos los chupa-sangre están metidos en sus ataúdes, soñando con copas rebosantes de plasma sanguíneo. Nadie nos puede oír.

—Creo que hoy Alberto despertó del lado equivocado.

—O quizás no comió bien.

—No fastidien.

—Como sea, continuando con esto… Si ellos no comenzaron todo¿quién lo hizo? Y lo importante¿para qué?

—Obviamente nos quieren enemistar.

— ¿Más? No, debe haber otra cosa.

—Deberíamos preocuparnos por algo más. —Alberto dio un sorbo a su café.

— ¿Qué quieres decir?

—Ninguno de ellos ha atacado. Se han quedado en su territorio, y no dudo de que sepan que hemos estado espiándoles, su sentido del olfato es igual que el nuestro, seguramente captaron nuestro aroma la primera noche. Todos los nuestros que hemos encontrado sin vida no muestran signos de muerte causada por ellos, sus cuerpos están llenos de sangre. Y si lo analizan, no se han presentado para hacernos ninguna amenaza o algo por el estilo.

—Yo no estaría tan seguro.

Ambos observaron a Erick, desconcertados.

— ¿De qué hablas?

—Hoy, al amanecer, cuando terminé de hablar con Lykes, estuve frente a dos de ellos. A menos de dos metros de distancia.

—Bromeas. Debes estar bromeando.

—No lo hago, estoy seguro. Olían a muerte, a sangre. No eran vivos, y definitivamente, no eran de los nuestros.

— ¿Te dijeron algo?

—Nada, apenas los vi, desaparecieron.

—Qué cobardes…

El mayor negó. —El sol estaba saliendo.

—Pero… si se expusieron a la luz…

—Lo sé. Antiguos. El Sol de hoy sólo debió causarles un leve ardor. Se presentaron como una amenaza, o no sé.

—Nos quieren demostrar que saben que los seguimos, vaya tipos.

—Erick¿sabes quiénes eran? Hemos visto a muchos, nos hemos cruzado con ellos, incluso hemos hablado con unos cuantos. ¿Los conoces?

El joven de cabellos ondulados guardó silencio un momento. Dio un suspiro y miró a ambos hermanos. —Hemos tenido tratos con ese par, y sin embargo…, ellos… ella y él…

— ¿Dices que eran un hombre y una mujer? Pensé que sólo viajaban entre hombres o entre mujeres.

—Tal parece que ya no.

—Da igual si ya lo hacen o no¿quiénes eran, Erick?

—No sé si estar seguro, pero… —Quizás, no era correcto decirlo. Se abstuvo. —No, olvídenlo, no me presten atención.

—Como quieras. Pero una cosa es cierta, insisto, esos seres nunca viajan juntos, significa…

—Significa que los vampiros se están aliando. Por lo tanto, significa que pronto habrá guerra.

Pudo escucharlo claramente. Cada palabra, cada pequeño detalle… Sonrió. Tan sólo tenía que avisarle, y entonces lo demás sería cosa de tiempo.

Observó el cielo, incrementando su felicidad. Ese día el sol sería eclipsado por la luna. Otro plan tan perfecto no podría haber. Salió del lugar de prisa, confiando en que sus indispuestos e incautos informantes no se fueran de allí hasta comer. Sonrió aún más al sentir el agua de lluvia en su cuerpo. Oh, cómo disfrutaría ver sufrir a esos asesinos.


El silencio se había apoderado de los presentes. Los tres hermanos se habían quedado en blanco, sin más preguntas, respuestas o posibles temores.

Llevaban horas ahí, con quién sabe cuantas bebidas a cuestas y una buena comida.

Un leve frío comenzaba a rodear el lugar desde hacía rato, mientras la lluvia aumentaba notablemente lanzando contra el suelo sus misiles de agua, que chocaban estrepitosamente en los cristales.

—Vámonos ya.

—Eso dijimos hace dos horas.

—Pues esta vez sí nos vamos, estoy desesperado, aburrido y preocupado.

—Además Erick tiene que decirle a Lykes-sama que has visto a esos dos.

— ¿Tengo que hacerlo yo¿Tienen idea de cómo se pondrá¡Va a cenarme!

—Pues tú los viste, así que tú le dices… ¿Quién paga?

Alberto y Erick miraron a Perseo, sonrientes.

— ¡Carajo¿Por qué siempre tengo que pagar yo?

—Porque eres el que siempre trae dinero.

—Hum…

El trío salió del lugar por la puerta trasera, como tenían por costumbre. Erick alzó la vista: el pequeño diluvio había desaparecido entre sus nubes grises al sol. Todo parecía oscurecerse lentamente.

— ¿No les parece que está demasiado oscuro? Son a penas las seis.

Perseo se acomodó la chaqueta. —Hoy hay eclipse total de sol, es normal. Acaba de empezar, así que cuando termine será de noche.

—Ya parece de noche. —protestó Alberto. —Y si ya parece de noche…

—Por dios… tenemos que volver, ya-saben-quienes ‘madrugarán’ el día de hoy.

—Vaya, vaya. Los hermanos se han percatado. Aunque algo tarde, debo decir, los vampiros más antiguos ya han despertado.

Los tres observaron al intruso… y no pudieron hacer más.

o – o –

La noche era un inmenso mar de silencio, atravesado tan sólo por el susurro trémulo de quien se aventuraba a estar fuera a tan altas horas.

Bostezó, estirando sus brazos hacia el cielo. ¿Altas horas de la noche? Sus ojos se vieron lastimados, aunque su instinto sobrehumano le decía que el sol ya se había marchado. Miró al cielo y lo descubrió: el astro seguía ahí, oculto por la majestuosa luna. Gracias a los dioses, el sol ya se estaba retirando. Quizás debía irse a dormir, podría enfermarse. Y en seguida sonrió, divertida de su propio pensamiento.

“Enfermarse”. Siendo lo que era, de lo único que podía enfermarse, era de soledad.

Sus ojos recorrieron el paisaje, mientras se sentaba en el frío suelo. El cabello se le soltó por el viento. La luna llena era la única luz en ese momento, cosa que agradecía. Cerró los ojos para que los rayos de luz no le lastimasen las retinas. El paisaje se le antojaba perfecto, pero no quería sufrir de visión borrosa durante las siguientes noches.

Se retiró las motas de polvo de sus ropajes, mientras comenzaba a caminar. Aquella era una extraña noche, como ninguna, a pesar de que en las últimas semanas la brisa estaba empañada de voces invisibles y brazos sin dueño que intentaban estrecharle. Lo único que le daba cierta seguridad, era que aquellos susurros lejanos provenían con certeza de uno de su estirpe.

Pero¿quién sabe? No se puede saber la cantidad de seres malignos capaces de matar a los suyos sólo por conseguir algo a cambio.

Cerró los ojos, extasiada por la dulce brisa marina que acariciaba su cuerpo. Y lo escuchó.

Lissy”.

Era la misma voz, y sin embargo, esta vez se escuchaba más nítida que antes. Nuevamente, pudo escucharle con toda claridad.

Lissy”.

Abrió los ojos de golpe. Era él. ¡Por todos los dioses, era él¡Hacía años que no le escuchaba!

— “¿Paris?”

— “Así es, princesa. Tanto tiempo sin oír vuestra voz”.

— “Sólo unos años. Dime qué ha pasado¿por qué has estado llamándome con tanto insistir?”

— “Oh, mi niña… si os dijera, ten por seguro que otros más interceptarían el mensaje. Sólo os puedo decir que nos concierne a todos, y que es demasiado absurdo e importante a la vez. Debemos vernos”.

— “¿Vernos¿Hablas de…?”

— “Precisamente. Una reunión… Una asamblea de inmortales, como en los viejos tiempos. Pero esta vez no será para pasar unos momentos agradables mientras hablamos de anécdotas y vidas robadas, es mucho más importante que eso”.

— “Tan importante que no se puede decir por conexión mental, supongo. ¿Entonces, nos veremos en algún sitio en particular?”

— “Donde el cielo y el horizonte hagan uno, donde el aliento del mar se aspiré y el tiempo haga constante su presencia. Sabes cómo llegar. Nos veremos dentro de unas dos horas, considerando dónde te encuentras”.

— “Perfecto. Nos veremos ahí”.

— “Un placer hablar con vos. Y siguiendo la vieja costumbre… Au Revoir”.


Noche siguiente.
La oscuridad era inmensa. El sol se había marchado, y el cielo se veía limpio por la lluvia que había visitado aquel día. Algunas nubes grises aún se aferraban a ocultar a las brillantes estrellas, con formas desiguales que invitaban a una mente imaginativa a ponerles nombres e historias increíbles.

En campo abierto, la vista era realmente hermosa. Y, entre las ruinas de aquel templo, ya desprovisto de techo y con aroma a barro mojado; todos se contemplaban no con asombro, sino con un inexplicable enamoramiento espontáneo por los innumerables rasgos distintos. O por un inconmensurable desprecio, quién sabe.

El ruido de las cadenas contra los muros insistía en convertirse en un eco parecido al tintineo que provocan los relojes de péndulo. El metal golpeó de nuevo contra el resistente muro… y una vez más, y otra, y otra.

—Alberto¿podrías calmarte de una buena vez por todas?

— ¡Calmarme¡Al carajo que me voy a calmar¡Nos secuestraron¡A nosotros, miembros de los más fuertes licántropos de nuestra orden¡A los de más alto rango¡A…!

—Alberto, ya cállate.

— ¿Tú también, Perseo?

—Erick tiene razón, debes calmarte. Ya intentamos huir, no se puede. Fue un ataque sorpresa, no nos dieron tiempo de nada. Es lógico que nos ganaran.

— ¡Pero si eran unos insulsos mortales!

— ¡Pero eran más que nosotros¡Sin contar que estábamos cansados!

— ¡Al demonio con eso¡Llevamos un día aquí, intenten quitarse las malditas cadenas!

— ¿No has oído, joven lobo, que debes calmarte?

Los ojos, con su visión desarrollada, miraron en la oscuridad. La dueña de la voz femenina estaba justo ante él, en la pared opuesta, y encadenada al igual que sus hermanos y él.

A pesar de la oscuridad, todos los presentes estaban concientes de que simplemente no eran los únicos. Eran tres los licántropos poderosos presentes, y otros dos más, débiles, que invariablemente conocían. Dos vampiros varones, sumándose a la presencia de otras dos personas que mantenían el silencio, tanto físico como mental. En realidad, apenas al ocultarse el sol habían llevado a los amantes de la sangre a al celda. Era como si los necesitaran vivos. El licántropo bufó de indignación.

—Al menos intento quitarme las cadenas, no como tú. Esto sí que es indigno¡encerrarnos en una misma celda con mortales!

Una sonora carcajada brotó de su compañera de celda.

Erick, por su parte, como el líder sabio que era, estudió a los otros presentes. Observó con extrema cautela a la mujer con quien su hermano discutía, y estuvo a punto de sufrir un infarto.

— ¡Hasta es interesante, porque sabes lo que somos!

—Alberto, no sigas.

—Oh no, Erick, esta vez no. Escucha, pequeña mortal, cuando salga de aquí vas a ser mi cena, y no sabes cómo lo disfrutaré.

Otra vez esa risa.

—Bro, por favor…

— ¡Shh¡Voy a deleitarme con cada trozo de tu carne, como no tienes idea!

— ¡Alberto!

— ¡Y, además…!

—No creo que si pruebes mi carne, sigas con vida, estúpido perro faldero.

— ¡Estúpida niña, a penas salga y voy a…!

— ¡Alberto, cierra la maldita boca¡Esa ‘estúpida niña’ es una inmortal!

— ¡Me importa un carajo si es la reina de…¿Qué dices? —Alberto entrecerró los ojos, mirando con extrema cautela a la mujer. Y, con sobresalto incluido, se dio cuenta de que su hermano tenía razón.
El silencio se apoderó de la pequeña celda, oculta bajo el templo en ruinas.

—Ustedes los licántropos, no han cambiado nada. Qué curiosos son.

Antes de que sus hermanos soltasen algún improperio, Erick habló.

— ¿Cuántos de ustedes hay aquí dentro?

— ¿Acaso no lo notas? Somos cuatro. Dos mujeres y dos hombres. O, en términos suyos; dos vampiros y dos vampiresas. —contestó, riendo nuevamente.

—Y supongo, que ustedes dos, damas, han mantenido oculta vuestra identidad.

Otra voz femenina contestó. —Hemos querido ver qué hacían. —una risilla acompañó el comentario. —Veo que tu hermano no ha logrado quitarse los amarres.

— ¡Mejor no sigan, que los superamos en número, y mira que muy pronto voy a romper las cadenas!

La segunda voz fue la que soltó la risa esta vez. — ¿Ah sí¿Cómo? Ayer fue la última noche de luna llena, así que no pueden transformarse, con lo que su fuerza aumentaría. Admítelo, no saldrán de aquí precisamente por sus ‘inmensos poderes’.

El chico ya no respondió. Se limitó a dirigir su mirada hacia otra parte. Su otro hermano, Perseo, fue el que continuó la conversación.

— ¿A ustedes… cómo les han atrapado?

—Nos han tomado por sorpresa ayer, poco antes del amanecer. Aunque nos tomaron por separado, todo por no estar en nuestros respectivos santuarios. Nos mantuvieron en la oscuridad, hasta hace unas horas, cuando nos trajeron aquí, como lo han notado.

— ¿Y qué hacían unos bebedores de sangre fuera de sus santuarios a punto de amanecer?

—Oh, pues eso no creo que te incumba mucho.

Otro silencio que se consumía. Nuevamente, fue el mayor de los hermanos (en cuestión del tiempo que llevaban siendo lo que eran) el que rompió el mutismo.

—Sólo los Antiguos pueden continuar exponiéndose unas horas antes del amanecer. —sus ojos se clavaron en la que estaba ante su hermano, aprovechando que ahora veía claramente. —Quizás a ti te han atrapado porque me estabas siguiendo. ¿O no… Pandora?

La inmortal no pudo oprimir otra risa.

—Erick, mi querido y dulce Erick… Tú siempre tan perspicaz.

Los otros simplemente miraban.

— ¿Erick, ya se conocían?

—Hace tiempo, sí.

—Vamos, no seas tan modesto. Hace años que nos conocimos. De hecho, nos conocemos los tres.

Todos se giraron a la otra inmortal.

—Permítanme presentarme. Soy Sara, y si no recuerdo mal, lo cual sería extraño porque nosotros rara vez olvidamos; nos conocimos hace unos ciento cincuenta años.

Los otros dos licántropos presentes casi se ahogan con el aire.

— ¡Pero eso es imposible! —protestó uno de ellos— ¡No se ha conocido nadie además de la señorita Lykes que haya vivido más allá de cien años!

—Oh, es cierto, amigos míos. Pero por las venas del creador de este bello trío de hermanos, corría sangre inmortal. ¡El muy desgraciado se sirvió de cena a uno de nosotros! Pero no sois inmortales. Si han sobrevivido largo rato es porque sus propios poderes son inmensos, porque han sabido proteger su cuerpo como ningún otro licántropo. Sumándole la sangre inmortal… Quién sabe, quizás los tres logren vivir otros cien años más antes de morir. Jamás se sabe lo que puede vivir uno de ustedes o de nosotros. Y para que se enteren, su maestra Lykes ya ha vivido poco más de cuatro siglos.

Alberto, que estaba entre sus hermanos, comenzaba a irritarse. —Tú qué vas a saber¿cuántos años tienes de vida inmortal¿Cincuenta?

La sonrisa de Pandora se desvaneció. Se inclinó hacia delante, a pesar de estar atrapada contra el muro. —No deberías hablar cuando no tienes ni idea de lo que dices.

Ahora sí que se hizo el silencio. Fuera, la brisa golpeaba contra el templo.

Esta vez, fue Perseo el que comenzó a intentar sacarse los pesados grilletes. Invariablemente, le siguió Alberto, mientras Erick simplemente sostenía la mirada con Pandora.

—Ya dejen eso, —soltó de nuevo la vampiresa— no podrán romperlas.

Perseo dejó de juguetear con el piercing de su labio. —Como ya ha dicho mi hermano, al menos lo intentamos. Ya te quiero ver a ti logrando escapar.

Bien, eso había sido golpe bajo al orgullo vampírico.

Ambas portadoras del Don Oscuro jalaron levemente de sus grilletes… Suficiente para tirar el muro y romper las cadenas. Los licántropos observaron sorprendidos, en silencio.

—Si no lo hemos hecho antes ha sido por puro juego, porque necesitábamos información de nuestros captores mortales, pero ya la hemos conseguido antes de que ustedes llegasen.

— ¿Y por qué no se han marchado?

—Pensamos que sería interesante conversar con nuestros primos lejanos.

—…

Las ataduras que mantenían encadenados a los hombres lobo, se rompieron con un estruendo. No tenían que ser adivinos para saber que había sido obra de las nosferatus.

Perseo las miró un instante. — ¿Y ellos? Son de los suyos, no pueden dejarles aquí.

Sara dio un paso frente a los antes mencionados. —Oh, creo que tienes razón. —Y sin más, los cuerpos de los otros dos inmortales estallaron en llamas, siendo observados con el terror de los cinco lobos presentes.

—Ustedes han de saber lo que significa conseguir un cebo¿no? Estos dos eran unos inútiles vampiros ‘modernos’, completamente vacíos de perspectivas.

—Pero eran de los suyos…

—Ustedes no entienden, y nosotras no tenemos tiempo; tenemos cosas por hacer. Cuídense pequeños cachorros, y no lo olviden. —se deslizó hacia Perseo y Alberto, y les acarició el rostro. —Mi nombre es Sara.

En cambio, la otra, se acercó a Erick, tomando su rostro entre sus frías manos. —Ya tendremos tiempo para hablar como en los viejos tiempos. Mientras, extráñame.

Al instante, el lugar estuvo vacío de inmortales. Y al fin, los cinco licántropos se marcharon con velocidad de aquel extraño sitio.

X - o - o - X

(1) Cita de “Cántico de Sangre”, de Anne Rice.

Bueh, como dice al principio, esta historia es hija de varios dementes que se mueven por ahí y que escaparon de la realidad para sumergirse de lleno en la noche. He editado esto por necedad propia.
Sólo para aclarar, los nombres (o nicks) de los autores de esto aparecerá en el profile. Si a cualquiera de estos le molesta no ver los créditos aquí, favor de avisar.

Do Cvitanja.

«Eso es todo amigos, muchas gracias por su atención… que les vaya bien bonito.»



Return to Top