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Capítulo 12: Escape
—Es asqueroso. —Musitó, sin tacto alguno. Hizo una mueca de desprecio, para hacer entonces un gesto teatral con la mano. —Demasiado.
—Deberíamos…— ¿Qué? ¿Sepultarle?
—Olvídalo. No es nuestro trabajo. — Y qué bueno que no lo era.
Paris volvió a inclinarse con cuidado, sobre el cuerpo. —Al menos deberían haber quemado los restos hasta las cenizas.
—Eso hubiera sido todavía más asqueroso.
—Probablemente.
El cadáver apestaba a grasa quemada. Todavía podía distinguirse, eso sí, el aroma inconfundible de la sangre vampírica que ensuciaba sus ropas. Sus labios, entreabiertos, mostraban unos dientes demasiado finos, demasiado blancos y peligrosos.
—No creo que sea de los de Lykes. O eso espero.
— ¿Por?
—Porque entonces tendríamos que explicar qué carajos hace un licántropo evidentemente Antiguo, lleno de sangre muerta, y además de todo, calcinado; todo eso en lo que se supone, es ‘nuestra parte’.
—Lykes no es tan tonta como para creer que nosotros somos los culpables. O quizás eso quiero creer.
El aire parecía dañar aún más el cuerpo ya destrozado. Pandora miró a su acompañante mudamente, hasta que se hartó de su silencio.
— ¿Y bien?
— ¿Qué?
— ¿Qué hacemos con el ‘lobo a la carbonara’?
—Deja que se lo coman los gusanos.
—Paris…
—Si no quieres, entonces ve y díselo a Lykes. Seguro le encantará ver esto. —Y sin más, el castaño tomó nuevamente las bolsas, que había dejado apartadas para que no se ensuciasen.
Retomó su camino sin más. El olor a muerte de uno de aquella especie siempre le había parecido repugnante, y no tenía razón alguna para soportarlo. Si Pandora quería impregnarse de tal aroma, ese no iba a ser su problema. Claro que cuando llegase a la casa, se encargaría de que se bañase de pies a cabeza unas treinta veces.
La chiquilla, por su parte, frunció el ceño. No estaba como para andar perdiendo el tiempo. Daniel se iría, una horda andaba tras ellos, las cosas estaban extrañas en la lúgubre mansión, y definitivamente, el cadáver de un licántropo desconocido no era algo que alegrara sus horas.
Hostigada, le envió las imágenes a quien supiera interpretarlas. Y entonces se encargó de alcanzar a Paris.
—Pero qué confianzas. —Daniel casi saltó del susto. Se giró con violencia, y se encontró con otra de las inmortales recargada en el marco de la puerta. Los ojos, entrecerrados, le estudiaban.
— ¿Te parece?
—Sí. Normalmente es Sara quien siempre está en esa ventana. Y si no está ella, es porque Pandora se encuentra recostada en ese sofá, leyendo algo o mirando a la nada. No le gusta que invadan su espacio, es algo posesiva con sus cosas, ¿sabes?
— ¿No estarías tú haciendo lo mismo de estar ella aquí?
—Para mí no se aplican sus reglas.
Touché. El pelinegro se encogió de hombros, y aturdido, volvió a la cama, sentándose. —Lo siento. Supongo que no soy alguien que pueda reclamar.
—Está bien. —La recién llegada cerró la puerta tras de sí y se sentó en el rojo sofá colocado ante el lecho. —Eres Daniel, ¿cierto?
—Sí. ¿Tú eres…?
—Lissette. Puedes llamarme Liss, como hace la mayoría.
—Mucho gusto, Liss. Perdona mi imprudencia.
—Déjalo. Es problema de Pandora si mueves algo que ‘tiene que estar donde debe’.
Daniel sonrió. —No me parece que sea tan mala.
—No la has visto con hambre o de mal humor. Cuando está así, es capaz de comenzar una disputa con un mosquito atrevido que haya bebido antes de su víctima.
—Mira que los mosquitos son algo imprudentes a veces… — La nosferatu enarcó una ceja. — ¿Qué? ¡De verdad lo son!
—Sí, sí, te creo… —Ambos se sonrieron. De golpe, Daniel comenzó a sentirse aún más intimidado. Ni siquiera las presencias de Sara y Pandora le habían provocado aquello. La vampiro fingió no notar el dolor que aquejaba a su acompañante. Daniel intentaba por todos los medios soportarlo, e incluso aún así sus labios se apretaban cada que se movía. Decidió continuar con la plática. — ¿Podrías decirme algo?
— ¿Qué?
—Las heridas en tu espalda…
—Eran alas. —el invitado dio un respingo. —Me las han arrancado.
Silenciosa, la inmortal dejó su lugar y se colocó ante la ventana. Miró las estrellas y entonces, volvió a dirigir su mirada hacia el huésped. — ¿Eres un Ángel?
—No.
— ¿No?
—Lo era. Antes de que me rebelara. Aunque no es como si hubiese obedecido muchas veces.
—Ya veo. Supongo que esta vez fue la definitiva.
—Digamos que me encerraron una vez y no los dejaría hacerlo de nuevo.
— ¿Por qué has huido? —preguntó la francesa, al tiempo que sonreía. — ¿Tan malos son los cánticos y los querubines?
—No es tan simple. —Suspiró. En fin, ¿qué más daba decirle? —El rango que poseo tiene una misión un tanto… mezquina.
— ¿Jerarquía en el Cielo para no ensuciar las manos del Altísimo?
—En exceso. El punto es que tenemos el deber de acabar con ustedes y con los lycans.
—Y no quieres hacerlo.
—Con los lobos no hay problema. Pero en ustedes… Sólo veo belleza. Ellos son agresivos y sanguinarios, ustedes son elegantes y sentimentales. No sé. No podría dañarles.
—Los lycans también tienen su gracia. —Dijo esto mientras se ponía de pie, y volvía al tema inicial. —Para eso la espada. Y por cierto, quiero que me digas unas cuantas cosas de esa arma tuya.
Daniel asintió. Entonces recordó un detalle casi borroso: —Disculpa interrumpir, pero cuando desperté había una espada más en mi habitación.
—Sí, lo sé. Supongo que no notaste cuando Pandora se las llevó al salir.
—No. Pero… Es la espada de mi hermano. Es decir… tengo millones de hermanos, pero sólo a él le considero como tal. ¿Por qué tienen su espada?
Ah. Lissette sabía que aquella conversación iba a tomar un rumbo muy interesante en algún momento. Se sentó tranquila en el cómodo sofá escarlata y miró a su receptor. Las cosas en esa casa parecían sólo complicarse más.
—Lycos. —repitió. Su escucha frunció el ceño. —A nosotros solían llamarnos ‘lamia’. —Hubo un asentimiento por respuesta. Era demasiado joven. Quizás, en exceso. Y si bien no era una regla, era como una preventiva: jamás tan jóvenes, tan débiles. A su creador parecía no haberle importado tal hecho, y tampoco el haberle abandonado.
— ¿Tienes un nombre? — Los ojos que hasta entonces estaban fijos en él, cambiaron de dirección. Un atisbo de melancolía se dejó entrever. A él le encantó aquello.
— ¿Te gustaría venir conmigo? —Nuevamente, no obtuvo respuesta más que una mirada. Era como si ordenara su mente. Incluso, inconscientemente, había cerrado sus pensamientos, impidiendo que él pudiese saber lo que pensaba. Mostraba un semblante feroz, aunque quizás, tuviese miedo.
Aún así, observaba con un atisbo de encantamiento el par de pupilas grises, intensas, que le estudiaban. Era un mutuo reconocimiento.
Sonrió nuevamente. Se puso de pie y le miró, alegre. —Lycos. —dijo, nuevamente. —Pero no suena bien, ¿sabes…? Tendremos que pensar en ello. —entonces, le extendió, gentil, una mano.
Inconscientemente, su receptora levantó la suya, que en seguida fue apresada con delicada fuerza por su nuevo acompañante.
—Puedes llamarme Reficul.
Lykes abrió los ojos de golpe. Recostada en su cama como estaba, se giró hacia la ventana y contempló mudamente las brillantes y lejanas estrellas. El clima parecía extraño, sí, exaltado. Cerró los ojos.
Hacía mucho que no soñaba con él. Hacía mucho que el recuerdo, alejado por inconmensurable dolor, había sido sepultado en lo más profundo de su alma, recurriendo a él solamente cuando comenzaba a dudar de su existencia. Hacía mucho que, atormentada con la memoria de aquella última noche cálida del puerto, había dejado de pensar en el nombre que tantas veces pronunció en esas interminables madrugadas. Esas que le habían arrebatado tan cruelmente seres que no entendían, que eran necios conservadores de mente cerrada.
Y es que los dioses sabían que dolía. Ni siquiera la sangre de aquellos asesinos de su felicidad, derramada por sus manos, había aliviado su pena. No. Lo único que calmaba su agonía era saber que había existido alguien que se había tomado la molestia de extenderle la mano cuando todos parecían temerle. Alguien que le había protegido, educado y enseñado. Alguien que le amaba, y que lo único que pedía a cambio, era una simple sonrisa de aquella chiquilla de largos cabellos ondulados.
Reficul. ¿Por qué soñaba con él, precisamente con tales acontecimientos?
Sonrió. —Si estuvieras vivo, me dirías que soy una paranoica, ¿eh?
— ¿Lykes-san? —Se giró hacia la puerta. La voz del otro lado, tenue, casi era un murmullo con temor a ser exterminado por su imprudencia y atrevimiento.
— ¿Sí?
—Es algo… tarde. Y no ha probado alimento desde la mañana. Yo…
—Está bien, Ariz, comeré algo. Pero deja que sea yo quien sirva el plato.
Dio un paso hacia la nada. ¿Pero era de verdad la nada? Rostros que se mueven, miradas que buscan, pensamientos que se entremezclan en un sinfín de posibilidades, al tiempo que los pies intentan siempre encontrar un destino impreciso que casi siempre, acaba en incertidumbre.
La nada. ¿Hace cuánto tiempo que aquel lugar significaba ‘nada’ para él? Ya había olvidado incluso, el primer día en que colocó sus pies sobre esa húmeda tierra, en que el Sol se coló por la rendija de unas ramas y le admiró. El viento en su cuerpo ya no era algo nuevo. El frío ya no se sentía como frío.
Sólo a veces, en la soledad de un concurrido lugar para multitudes, cuando llovía y cerraba sus claros ojos… lograba sentir algo en su nívea piel, algo que nunca había logrado explicar, ni siquiera en los albores de sus días. Y era entonces cuando tanta eternidad le parecía un tormento, cuando su trabajo se tornaba cansado y de rutina. Cuando el ver a una pareja que se paseara por ahí, ya fuesen amigos o tiernos amantes que depositasen delicados besos en labios rojos, le parecía no más que una quimera que venía desde algún recóndito lugar de su mente, y una poca de locura le parecía entonces lo más sensato del mundo.
Melancolía. Cuántas noches entregadas a ella. Mientras estiraba sus brazos y llevaba a cabo su oscuro trabajo, su mente viajaba a lugares que le parecieran por un momento, mejores.
No le dolía. No detestaba lo que hacía. Es decir, era algo que tenía que hacer. No recordaba un día en que se hubiera quejado o deseado no haber dicho ‘sí’ cuando le encomendaron tal misión. Incluso, pensaba haber hecho bien: jamás hubiera soportado los cánticos, las alabanzas y las ‘conspiraciones’, como él las llamaba. Su deber se limitaba a unos segundos en una vida opacada, y entonces continuar, otros segundos en otra vida opacada. Esa era su existencia. Y no se quejaba.
Cuando miró hacia el cielo, suspirando el que no hubiese qué hacer por la próxima media hora, algo se oprimió en lo más profundo de su alma. Su corazón. Tenía uno, quizás más sensible que todos aquellos que caminaban sin verle.
Haciendo una mueca, se convenció a sí mismo de que no había sido nada. Se dejó desplomar del inmenso árbol en el que se encontraba, y al caer (de pie) en el suave césped, todo su cuerpo se estremeció.
Encogiéndose de hombros, temió que, quizás, su trabajo no tenía el descanso de los treinta minutos; que quizás, había visto mal.
Extendió ante sí sus manos, haciendo aparecer el gruesísimo y pesado tomo que tenía que cargar todas las noches. Pasando las páginas como quien sabe de memoria un libro, releyó las delicadas, finas letras doradas que exaltaban sus ‘deberes’. No. Estaba bien, nadie en la próxima media hora.
Sin embargo, al pasar sus ojos sin querer a la página siguiente, frunció el ceño por puro instinto. Volvió a leer el nombre, y, como era costumbre, por obra divina, el rostro de aquel desdichado apareció en su mente.
“Absurdo”, pensó.
En dos horas. No, claro que no, aquel debía ser un error. Pasó su dedo por sobre las letras, pero éstas no se borraron. Aquel no era un error, entonces. Cerró los ojos nuevamente, y entonces comprendió la situación. Ah.
Melancolía. A veces no la deseaba tanto.
Miró nuevamente el nombre, y entonces cerró el libro y le hizo desaparecer. No, no estaba mal.
En dos horas, por una demasía de heridas y dolor en su cuerpo, de la Octava Orden y del más alto Nivel que podía conseguirse entre los Eternos; el corazón palpitante de un tal Daniel dejaría de latir.
— ¿Acaso fueron a una pasarela de modas?
—Paris sí, yo no. —Amanda cerró la puerta, al tiempo que su igual se dirigía a la sala. — ¿Acabas de llegar también?
—Sí, fui a distraerme.
— ¿Y Sara y Liss?
—Liss creo está con el pelinegro, Sara fue a la ciudad un rato, pero aparentemente ya viene para acá. ¿Y Paris?
—Dijo que no entraría en esta casa hasta que esos dos estuviesen fuera.
— ¿Les dejará más tiempo?
—Al tuyo sí, al mío no.
— ¿Y eso?
—Demencias suyas. Teme por los embrollos en los que estamos. El tuyo se queda hasta que sus heridas sanen.
—Me lo imaginé. ¿Entonces nuestra libélula sin alas se va hoy?
—Sí. Por cierto, ahí está la ropa de Ben.
— ¿Podrías llevársela? —Pandora miró con ceja enarcada a su igual. —Ah, vamos tocaya, sólo…
—No. Tengo que hablar con Sara.
—Sólo estás huyendo para no hacerlo.
—Y si así fuera, ¿qué? —Amanda frunció el ceño. No estaba de humor como para comenzar una de sus múltiples disputas con la menor. Pero pocas veces ella se quedaba callada soportando las groserías de la otra, que se desquitaba con ella… por la decisión de aquel otro necio.
—Si no fueras tan…
—Yo le llevaré las cosas. —Lissette ni siquiera les miró. Tomó las delicadas bolsas y se dio la vuelta. —Soy yo quien tiene que hablar con Ben, después de todo.
— ¿Qué quieres decir?
La nativa de Francia sonrió. —Esos dos son interesantes.
—Tienes que pedirle ayuda.
— ¡No le pediré ayuda a ese infeliz! —Las enormes puertas se vieron obligadas a abrirse ante el paso repentino de aquel ente. Su acompañante se limitó a seguirle cuando decidió descender con inusitada furia.
—Por nuestro Creador, Uriel, contrólate.
—Al diablo, ese ingenuo de Miguel aún cree que podrá recuperarlos. No sé cómo el Señor le encomendó el ejército. —Sin más, el arcángel se sentó en un tronco tirado en el inmenso bosque donde acababan de aparecer.
—No invoques a Lucifer. —musitó su hermano. —Tienes que…
— ¡No!
— ¿Acaso crees que Miguel cambiará de opinión?
—Es precisamente por eso que no pediré la ayuda de ese tipo.
—No entiendo lo que…
—Verás, cuando Miguel vea lo inevitable, entonces se lamentará no haber actuado. Será muy tarde para entonces, y él será quien tendrá que recurrir a él. Yo no voy a mover ni un dedo, y mucho menos a doblegarme ante ese exiliado.
—Ah, si sabes bien que jamás se exilió, nuestro Señor…
—Sí, sí, ya lo sé, sólo calla. Es cuestión de esperar.
— ¿Entonces a qué hemos venido?
El poseedor de brillantes ojos dorados alzó una ceja. —Ah, Sariel, qué distraído eres. Vamos a vigilar a nuestros hermanitos maravilla, ¿de veras creíste que me quedaría tan tranquilo mientras ellos duermen con muñecas muertas…? Sí, ya quiero verlo.
—Pero si Miguel dijo…
—Sariel, estás comenzando a portarte como el infantil de Nathaniel.
El segundo arcángel se encogió de hombros. A veces Uriel era bastante molesto.
—Sí claro, ¡a esperar porque Lissy linda la está haciendo de Doctora Corazón! —Paris se dejó caer molesto en uno de los sillones de la sala, para ponerse de pie otra vez. — ¡Y por qué rayos está todo cubierto de plástico?
—Quizás, no sé, porque estuvimos fuera de este lugar bastante tiempo. A lo mejor y estoy loca alucinando todo eso.
— ¡Pues sí! Necesitamos limpiar, ¿acaso quieren vivir como gente pobre? ¡Por todos los demonios! —E, ignorando por completo la mueca de incomprensión de Pandora, el castaño salió de la sala, al tiempo que la francesa entraba en ella.
—Parece que ya volvió el Paris de antaño.
—Ya se había tardado bastante. Algo me dice que mañana ya tendrá aquí a todo un circo re-decorando la casa, limpiando y colocando nuevos muebles… Creo que sería mejor apartar de nuestras habitaciones todo aquello que queramos salvar.
—Ah, da lo mismo.
— ¿Y bien?
— ¿Qué?
— ¿Cómo que ‘y qué’? —cuestionó en seguida la morena, inclinándose hacia su igual. — ¿Son entonces hermanos?
—Lo son.
— ¿Y?
—Ambos venían a matarnos.
—Que hagan fila. —bufó la otra, recostándose nuevamente sobre el sofá.
—Eso intenté decirles. —Lissette sonrió de pronto. —Con Daniel no tenemos problemas, lo tenemos de nuestra parte.
—Ah chérie, pero qué cruel. ¿Y la cosita rubia?
—Bueno, él… No tengo idea. Sólo capté confusión de su mente: saben cerrarla y mantenerse al margen. Conocen nuestras habilidades.
—Pero sólo eso. Daniel tenía bastantes dudas de nuestra vida.
—Si es que se le llama de tal modo… —De pronto, algo le dijo que había un detalle terriblemente mal en todo el asunto. Ignoró su presentimiento, intentando tranquilizarse. — ¿Daniel se va ya, no?
—Paris ya está por entrar y decírselo.
— ¿Y si ellos saben de los otros?
— ¿Los otros?
—Los que intentan inculparnos.
—Lamento desilusionarte, pero Sara leyó la mente de Daniel en su descuido: no tienen idea. Él sólo quiere prevenirnos de los de arriba.
—Sí, eso pensé. ¿Y Amanda?
—Se fue a matar a alguien porque la hice enojar.
—Deja de molestarla.
— ¡Ella empezó!
—Ajá, ella siempre empieza.
— ¡Oh!
Lissette no se inmutó de lo demás. Miró la herida que Uriel le hubiera causado, donde solamente quedaba ahora la cicatriz. Dos horas le había tomado a su sangre preternatural, sin contar que también había tenido que ir a alimentarse nuevamente para tal efecto.
Alzó la mirada cuando notó que su igual se había puesto de pie y parecía buscar a alguien por el enorme ventanal.
—Tengo que irme. Ya llegó Sara.
—Qué descortés. Pero no importa, yo me iré a dormir ahora.
— ¿Ya?
—Estoy cansada.
Pandora no dijo nada, hasta que se dirigió a la puerta. —Descansa, hermanita. Yo que tú evitaba a Paris, anda poquitín histérico. Ya ves cómo es el muchacho.
—Pan.
— ¿Eh?
—No hagas algo que yo no haría.
La aludida ladeó el rostro y le miró con un dejo de malicia. —Si hiciera tal cosa, Liss, entonces mi vida no tendría sentido.
Paris frunció el ceño desde el piso de arriba. Tenía puesta la mano en la empuñadura de la puerta, pero pensó que debía cuidar sus palabras si no quería un problema más. Y enseguida sonrió, recordándose a sí mismo que sólo estaba siendo paranoico, y que nadie tendría que darse cuenta de todo lo demás. Abrió con delicadeza y entró con porte y elegancia, como cuando entraba a un lugar cualquiera.
El pelinegro luchaba por no recostarse, sentado e inclinado por el dolor hacia la derecha. Con su mano zurda trataba inútilmente de mitigar su agonía. Cosa que a él no le importaba.
—Me parece que a nosotros no nos han presentado.
Inmediatamente el pelinegro alzó la mirada hacia él: le miró desde la coronilla hasta los relucientes zapatos. Ropa impecable y una presentación que haría dudar a cualquiera de que aquel bebiera sangre.
—No. No lo han hecho. —Daniel se sentó y entrecerró los ojos. Supuso, por alguna rara razón, que estaba ante el líder de aquella casa en particular.
—Nosotros no tenemos líderes, pequeño angelito caído. Para comenzar, no les haríamos caso. Pero yo pago las cuentas, si es lo que tomas tú por líder. Las niñas sólo están aquí por lo mismo que yo: no tienen otra cosa por hacer.
—Es una forma bastante peculiar de ver las cosas.
—Sí, lo es.
— ¿Y bien? ¿Quién eres?
—Mi nombre es Paris. El tuyo, como tus propios pensamientos y las niñas me han confirmado, es Daniel. —mintió. Eso lo sabía desde antes. —Y, lamento deciros, pero aquí quien decide las cosas soy yo. Y quiero que te marches hoy mismo.
—Pensé que no había líderes, ¿no acabas de decirlo?
El rubio sonrió. Sonrió ampliamente, quería que Daniel supiese que a él le importaba un comino lo que pensase.
—Yo sé lo que es mejor para ellas. Verás… Digamos que he vivido más de lo que te imaginas. Ellas me escuchan, aunque no hagan lo que les ordene. Pero en esto se abstendrán, ¿sabes por qué? Porque yo sé bien lo que eres. —El nosferatu se acercó, colocándose frente a él. —Yo sé lo que haces o dejaste de hacer. Representas un peligro para nuestra ya perturbada tranquilidad. Así que sólo vete.
No más. Se dio la vuelta, altanero, sonriendo ante sí mismo por haberse logrado deshacer de una parte de su problema sin más.
—Me iré si tanto lo pides. Sé que es un peligro para ellas el que esté yo aquí.
—Me alegra que comprendas.
—Dime, Paris — el pelinegro alzó la voz, cosa que le desagradó al hijo de la sangre. Se detuvo justo ante la puerta, esperando las toscas palabras que aquel proferiría —, ¿no nos hemos visto antes?
Largo silencio. Una última vez, el castaño se giró hacia el Caído. Sus fríos ojos se posaron en él con descaro. —No, Daniel. Nunca tuviste tal privilegio.
—Necesito tu ayuda.
— ¿Ah?
La brisa de la noche era un tanto fría. Hacía un extraño clima, como un deseo involuntario de querer llover pero no atreverse. Las nubes se mostraban extrañamente claras a pesar de que no era de día. Un color no tan común a esas horas de la madrugada: un gris aferrado a mantenerse.
— ¿Para qué?
No obtuvo respuesta. En las sombras, su igual había suspirado, mirando la lejanía.
— ¿… Dejarías que muriera?
No se refería a ella, no. Notó claramente en aquellas palabras la persona en la que su igual pensaba al decir aquello. Un tanto de curiosidad entremezclada a la preocupación hizo presencia en su mente.
—Hoy. No resistirá mucho tiempo. —continuó la otra. Era como si provocara un suspenso para aumentar la expectación y el deseo.
Y ella no pudo resistirse.
— ¿Qué tienes en mente? —pronunció al fin.
Cuando salió de la habitación, Paris gozaba interiormente. Veía cómo tomaba forma su tan aclamado deseo: apartar a todo aquello que fuese un obstáculo. Casi sonrió al sentarse en el diván de su habitación ya cerrada y sentir a Daniel saliendo al fin.
Se tambaleaba. Tropezó y tomó apoyo de la pared contigua. No pudo notar que dos pares de iridiscentes sentidos lo seguían.
Aún a sabiendas de que tenía que marcharse, el pelinegro se detuvo, apoyándose en una de las paredes. No tenía dudas de lo que Lissette le había confiado, pero tenía que verlo él mismo. Asegurarse, quitarse el tema de la cabeza para poder seguir, al menos, en paz por una noche.
Giró la dorada perilla de aquella habitación de la que percibía, con sus ya débiles sentidos humanos, esa esencia inconfundible. Abrió la puerta y entró lentamente.
—Daniel. —la voz de Ben había sonado firme, aunque no sin un dejo de extrañeza y melancolía. —Entonces era verdad.
El aludido sonrió medianamente.
—Te han… arrancado las alas.
—Y a ti te las han herido. ¿Es de un lycan, no? Nadie más que ellos podría causar una herida como esa. Después de todo, era a ti a quien correspondía encargarse de los lobos.
Los ojos claros de Ben se postraron en los oscuros de su hermano. No dijeron palabra durante un rato. Ambos estaban heridos física y moralmente: sus espíritus estaban quebrantados. La diferencia era que uno sabía lo que quería, y el otro comenzaba a dudar de todo.
—Vas a irte, ¿no?
—No puedo quedarme, hermano. Y creo… —se detuvo, mirando hacia el techo y los detalles de aquella habitación. —Creo que tú también deberías marcharte. —pronunció al fin.
—Yo no he querido venir.
—Lo sé. Pero tu estadía… No —corrigió en seguida—. Nuestra estadía aquí es peligrosa para sus habitantes. Pueden ser hijos de la noche pero…
—No, está bien. Lo entiendo. Ellas me han ayudado, no soy tan ingrato. —El rubio intentó sonreír. —No me has contestado, precisamente. ¿A dónde irás?
Daniel frunció el ceño. —No lo sé.
— ¡No puedes quedarte aquí, Daniel!
—Sí puedo. Ya no tengo alas, ¿no lo ves?
—Tus alas siguen ahí, ¿acaso no lo notas? Sólo necesitas que Él te otorgue Su infinita gracia y perdón y volverán a crecer, lo sabes. Pero si no vuelves ahora y te disculpas…
— ¿Disculparme? —Interrumpió su igual—. Hacer eso sería lo mismo que acallar mis ideales. No volveré. Lo sabes. Siempre lo has sabido.
—No tienes mucho tiempo. Si no vuelves en unas horas, entonces perderás tus alas para siempre y serás…
— ¿Un Caído?
Un breve mutismo se apoderó de ambos. Ben le miraba, casi rogándole que se quedara. El otro simplemente miraba, cansado.
—Creo que ya lo soy. —finalizó, para darse vuelta y salir nuevamente.
—No puedes confiar en ellas, Daniel, recuerda que…
—Cuídate, hermano. Y analiza bien los hechos ahora que unas asesinas te han curado, en lugar de dejarte a la merced de las estrellas para perecer cruelmente.
Eso acalló por completo al mayor. Su voluntad, entera, tembló ante aquella frase mordaz: su espíritu comenzaba a negar.
Intentó ponerse de pie, y aunque lo logró, no bien se hubo separado del lecho, se tropezó y su mirada se tornó difusa. Sosteniéndose del tocador con una mano, y con la otra en la frente, entreabrió los ojos sólo para observar cómo su hermano se marchaba.
No hizo más. No tenía caso.
La puerta quedó abierta, con la brisa entrando fría y arrolladora, mientras él sentía que volvía a caer, lentamente, con todo y alma; cuerpo, mente. ¿Por qué?
Y quedó de rodillas, ahí, a mitad del cuarto, con la mirada gacha. No notó siquiera cuando entró Amanda, hablándole con dulzura, intentando hacerle recobrar la compostura. Al fin, la mujer le alzó con destreza y sumo cuidado, regresándole a la cama. Su cuerpo era casi un muñeco de trapo.
— ¿Ben?
—Está bien, Amanda, está bien. Iba a terminar por irse algún día, definitivamente.
La española miró confusa a su huésped. No entendía lo que balbuceaba, y algo le decía que aquello sólo iba a incrementar sus problemas.
La camisa se le rasgó. Los dobleces irregulares de las ramas impedían predecir un camino erguido. Las heridas confabulaban en su contra y su orgullo había sido cómplice para que en aquel momento, frente a aquel individuo de gran porte, no mostrase un dejo de debilidad. Sin embargo el dolor lo asaltó en su lapso de soledad.
Apretó los dientes, su rostro se perdía tras las gotas de angustia y dolencia.
— ¡Diablos! ¡Cómo duele!
Se llevó la mano al costado para apaciguar el dolor. Inútil.
Se detuvo, volteó y observó cómo el ostentoso castillo se perdía entre confusiones y ambigüedades. Deseó volver al lugar, era agradable. Pero estaba él, su sola presencia intimidaba, le recordaba a un ser.
— ¡Ya! Hazte a la idea, Daniel, de que ése no era tu mundo. —Se reprendió a sí mismo por ilusionarse con la atmósfera plácida de la morada de las muñecas y su príncipe.
Siguió caminando para alejarse cada vez más de ahí, tropezó. Su rodilla se raspó con el piso anómalo, y la mezcla de hojas secas, semillas y pequeñas piedras.
—Me lleva… Otra herida para mi colección. — Apoyó la mano contraria en el suelo, tomó el impulso suficiente y se puso en pie. Aunque tambaleó un poco, logró conseguir el equilibrio suficiente para continuar, pero se detuvo. Sintió tras de sí las miradas inquisidoras.
Se puso alerta, si algo pasara, sería no ser presa de una emboscada. Era humillante para él ser atrapado de tal forma. Se concentró. Miraba a todos lados, no iba a ser sorprendido.
La brisa ondeó las ramas, el peculiar sonido de las hojas al chocar unas con otras. El vuelo momentáneo de las que estaban a sus pies. Las observó caer y escuchó el advenimiento del silencio. No sintió nada.
“Podrían ser… ¡No! Los reconocería de inmediato”, pensaba en posibles asaltantes, pero descartaba por completo a los enviados celestes.
Salió de sus pensamientos abruptamente, cuando escuchó el quiebre de una rama. Ubicó intempestivamente el lugar de sus seguidores. Se olvidó de sus heridas, ya pensaría en alguna forma de curarse; pero ahora, no, no era el momento.
Tomó del mango su arma, la arrastró y con el impulso la batió provocándole una cicatriz eterna al árbol; el corte diagonal hizo que se resbalase la parte superior del árbol. Cayó.
Las sombras cambiaron veloces de posición, evitando la caída de la copa verdusca. Jaló la espada, impecable, y se precipitó hacia las sombras. Éstas no se movieron.
— ¿Y si te calmas?
Se detuvo con el arma justo por encima de ellas. La voz majestuosa le hizo detenerse. No. El conocerla lo detuvo. No.
El dolor se encargó de todo.
—Uhm… Creo que se va a desmayar en 3, 2, 1… —mostró una hilera de dientes blancos. En seguida el joven pelinegro se desplomó sobre unos gráciles brazos.
—Saris… y si en vez de demostrarnos tus conocimientos matemáticos, ¿me ayudaras? —Pandora sostenía, sin mostrar esfuerzo, al herido con una cara de abatimiento tan cotidiana.
—Pues… —la romana se llevó la diestra a la barbilla —Ser casi cortada en dos porque “señorita no aguanto las ganas de beberme al tipo” me da a pensar si ayudarte o no…
—Pero si la que rompió la rama fuiste tú, no estés de paranoica.
—Pues si no me hubieses empujado con tu excitación… —había dado en el clavo.
—OK, OK, OK… relajémonos. Hagamos lo que venimos a hacer. —la egipcia no tenía de otra.
Luego de una larga e incipiente noche, por fin la luz de la mañana comenzaba a hacerse paso entre los árboles que por ahí se dispersaban. Y a pesar de todavía no ser lo suficiente brillante, ya el cielo le hacía paso al astro Rey. Pero no todo se había iluminado aún.
El inconfundible olor a lycan. Quizá no era muy allegado a ellos, pero no dejaba de pertenecer a su raza, no dejaba de ser un camarada.
—Atroz… La realidad es mil veces peor que una visión. —el mayor entre los hermanos estaba atónito ante lo que tenía en frente.
—Después de todo, no te mintieron, Erick. —Perseo mostraba un semblante indiferente, le causaba dolor ver el estado de uno de sus compañeros, pero estaba demasiado ensimismado en sus pensamientos que no podía sensibilizarse con el hecho.
—Perseo, ¿qué piensas?, Lykes ha de enterarse, a menos que ya lo sepa. —el castaño desconfiaba de muchos seres, pero con esto volvía a sentir el confort que una vez sintió en compañía de los nosferatus, sus palabras no habían sido meras aproximaciones.
—Ahora es tan obvio. —Alberto se inclinó para examinar el cadáver en todos sus sentidos.
Perseo observaba cómo su hermano examinaba al occiso.
—Quieren que les temamos. Ahora todo concuerda. Que lo hayan encontrado los nosferatus, que sea uno de nuestra estirpe. Quieren enemistarnos y debilitarnos. —gruñó, la conclusión lo perturbó por completo. — ¡Nos subestiman!
—Cálmate, Pers… —intentó Erick.
—Calmarlo es inútil ahora, Erick. —intervino Alberto. —Porque el problema es quién es el culpable. Hay demasiados aromas combinados. Humanos, nosferatus… y licántropos.
— ¡Mientes! —el lycan mayor entre ellos lo miró retadoramente. No podía concebir ese hecho, ¿un lycan asesinando a otro? Había casos, pero no se presentaban en estos tiempos de choque de razas.
—No tengo motivos para mentirte, tanto tú como yo sabemos que el olor de un lycan dista mucho de los terrenales y los inmortales. El aroma es inconfundible.
El ambiente se tensó. Las nubes cubrieron el disco dorado y tiñeron de gris la bóveda.
Sí. Inconfundible.
X – o – o – X
Ok como que tardé mucho en subir XD Grax a Lori por el título metáforico y toda la cosa xD y las ayudas en este cap y... ay sí, bueno, disfruten XD
Felices Aquelarres, Halloween, Día de Muertos, Hanal Pixán, Concierto de Bunbur... err, sí, ya saben, todo eso.
Au Revoir.