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Fiction » Supernatural » A pirate's tale font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: PanHe
Fiction Rated: K+ - Spanish - General - Reviews: 2 - Published: 11-03-07 - Updated: 11-03-07 - Complete - id:2434087

Dedicado a El Cadejos, de principio a fin del pensamiento en que fue ideada tal historia.

A pirate’s tale


En algún lugar de América del Sur, año 1547.
—La cosa es, señor, que están interfiriendo. Esos sucios bucaneros están arruinando nuestros planes, y a decir verdad, son un estorbo.

—Supongo entonces que por tal motivo ha confiscado un número de cinco barcos piratas hoy, oficial.

—Señor, necesitamos obrar con rapidez antes de que esas sanguijuelas terminen por derrocar por completo lo que hemos construido con tanto trabajo.

—Sanguijuela tu madre, idiota. —murmuró, dando un respingo en la oscuridad.

No sin cierto sigilo, se atrevió a adentrarse aún más en aquel lóbrego lugar. Enarcó su ceja derecha cuando un gris y enorme roedor pasó corriendo cerca de su pie, agradeciendo a la vez tener sus resistentes botas de piel. Pensó que, ni siquiera en su embarcación había tal suciedad: parecía, sin embargo, que a esos españoles les gustaban las ratas. Pero ese no era su problema.

Agachándose por completo, gateó entonces esquivando los montones de bolsas y cajas que habitaban todo el suelo. Los murmullos en el cuarto continuó le parecían no más que una algarabía de algún lugar lejano, y se recordó que si estaba haciendo eso (infiltrarse en un lugar con gente que le parecía despreciable, y además de todo, escabullirse por ahí como rata) no era más que por el hurto que habían hecho esa mañana a algo que, para empezar, ERA SUYO. Vaya, eso sí que no lo había robado, y terminaban confiscándoselo. Y el estar ahí avanzando en cuatro patas, era sólo por el hecho de que esa maldita bodega no midiera más de metro y medio de alto.

Al fin, sobre unas cuantas cajas apiladas, pudo ver el resplandeciente metal, y en éste, amarrado un pedazo de tela verde. Un divertido verde limón que se habían atrevido a robarle. A ELLA. Infames. Idiotas.

Estiró su diestra lo más que pudo para alcanzarle, y…


El tipo prendió su nueva pipa y miró el humo bailar ante sus ojos. Acarició su barba trenzada con la mano libre, permitiéndose una mirada al danzante mar que parecía intentar atraerle. No prestó atención a otra cosa, hasta que el ruido de no se sabe qué cayendo le sobresaltó.

Su compañero, junto a él, se puso de pie de golpe, mirando a la alcaldía, luego a él, luego otra vez a la alcaldía.

—Diablos¿crees que sea esa la señal?

—No creo… —El de cabellos rojizos frunció el ceño. Alejó la pipa de los labios, a la vez que el castaño se acercaba. —Supongo que no.

— ¿No?

—Ah vamos, si ella no comete errores y…

— ¡Alerta, un ladrón en la bodega! —gritó un hombrecillo de ropas graciosas. Lo que no era gracioso es que le había gritado al quinteto de oficiales que custodiaban el portón.

—… Creo que sí era la señal.


—Ratas. —Tomando de prisa la espada, el puñal, el cinturón y la chaqueta — todavía con suficiente tiempo como para retirar el pañuelo verde del mango de la espada y colocárselo diestramente en la cabeza —, desenfundó el arma y se giró al tiempo en que abrían por completo la puerta principal y le señalaban.

— ¡Tú¿Qué robas?

— ¿Yo, robar? —cuestionó enarcando ambas cejas al tiempo que se señalaba.

— ¿No estás robando? —le devolvió la pregunta el bigotudo, ahora bastante confundido ante la respuesta-pregunta que le habían otorgado.

—Pues claro que no. ¡Si esto es mío! Sólo lo vine a recoger.

— ¿Es tuyo? —El canoso hombre entrecerró los ojos, acercando la lámpara de aceite para mirar mejor. Cuando vio lo que la intrusa portaba, hizo una curiosa mueca al tiempo que tomaba aire con sus pulmones: — ¡Pirataaa!

—Por Hades, pero qué escandaloso. —El supuesto alcalde ya no pudo hacer más: sólo alcanzó a ver la maraña de cabellos negros cubriéndole la visión al tiempo que caía de espaldas, y la lámpara de aceite se desplomaba liberando su contenido en una pequeña llamarada que fue a dar a las cortinas de terciopelo y al suelo.

—Ah, y por robarme, nos llevamos esto. —Añadió la mujer, cuando otros dos hombres más entraron y se llevaron la bolsa llena del dinero que minutos antes había estado contando, le retiraban los anillos de la mano, el rosario de piedras brillantes, y el saco del general, ahora muerto en la entrada junto a tres oficiales más.

— ¡Piratas, piratas!

— ¡Ah, que se calle viejo loco! —gritó exasperado uno de los corsarios, metiéndole en la boca una manzana podrida.

El trío se dispuso a salir por la ventana posterior dada la llegada de refuerzos por el otro lado. Cuando sólo quedó la mujer, se giró y le sonrió al señor Alcalde, que se sintió aún peor cuando vio que ni siquiera era mujer¡era una chiquilla de apenas unos diecisiete años!

—No se preocupe señor gobernador, ladrón que roba a ladrón… Termina tirado en su oficina sin dinero y sin sus joyas en medio de un incendio.


—Tanto tiempo sin acción. —el pelirrojo volvió a encender su pipa, ahora alegremente contando y calculando el dinero por los anillos que habían usurpado.

Su barco había vuelto a sus manos — como siempre que lo robaban — y ahora descansaban cómodamente en aquella taberna, sin prestar atención al trío de borrachos que estaban matándose en la esquina del lugar.

— ¿Y ahora qué, capitán? —el cantinero, ya acostumbrado a los filibusteros, se giró hacia el castaño mientras limpiaba el tarro. De complexión más bien delgada, le parecía un capitán bastante enclenque. Se confundió aún más cuando la joven de largos cabellos ondulados — que había creído, se trataba de un objeto más que habían robado — contestó.

—Por ahora, beber y beber hasta no conocer. Tú, hombre. —la miró directamente a los ojos, cuando le dirigió la palabra. —Danos tu mejor licor.

— ¿Y con qué piensas pagarme, niña? —se atrevió a preguntar, provocando al tiempo que los demás bucaneros le miraran en silencio. Sin embargo, la aludida se limitó a sonreír, meter su mano en la bolsa que colgaba de su cinturón y lanzarle diez monedas de oro a la barra.

— ¿Eso lo cubre?

— ¡Que traigan el mejor licor para la capitana presente y su tripulación! —gritó, sirviendo a la vez cerveza en el tarro que antes limpiaba. —Y esto va por la casa.

—Gracias, buen hombre.

— ¿Con qué capitán pirata tengo el gusto esta noche?

—Para ti, soy la Reina Lykes.


Lanzó una carcajada al aire cuando días más tarde, apareció el cartel de “condenados todos aquellos de la tripulación de Lykes que no se muestren y confiesen sus pecados al atardecer”.

Le parecía risible que esos hombres que se creían ‘civilizados’ fueran a creer que de verdad irían a entregarse entre llantos de arrepentimiento, para después ser ahorcados para purgar todos sus pecados. Seh, cómo no.

—Capitán. —la vocecilla hizo que al fin se reincorporase de la mesa donde había descansado su cabeza para dormir.

— ¿Eh?

—No nos ha dicho a dónde iremos ahora.

—Es que no sé a dónde iremos. ¿Nos queda motín?

—Suficiente para esta tarde, señora.

—Bueno, ya. Que vayan y compren abastecimiento para un mes.

— ¿Lo compramos o lo robamos?

—Lo que les sea más eficiente. —Sin otra explicación más, el jovenzuelo salió.

El atardecer se adueñaba lentamente de la ventana, provocando que despertase por completo y darse cuenta que la taberna comenzaba sus labores nocturnas.

Tomó el saco que habían robado y se lo puso.

—Cantinero, sírveme algo de agua y dime¿todos mis hombres se marcharon hace cuánto?

—Dos horas, capitán. —contestó presto el hombre mientras estiraba el tarro ahora lleno de líquido vital. — ¿Saldrá, señora?

—Saldré, buen mozo.

—No lo recomiendo. —el dueño del lugar se entretuvo moviendo los barriles que habían llegado. —Atardece ya, señora.

—Sí¿y?

— ¿No lo sabe?

— ¿Saber…?

—Ah, supongo que no lleva mucho en esta ciudad. Se lo contaré. —finalmente, el barbón hombre dejó lo que hacía y se recargó en la barra. —Hace ya dos semanas que aparecen cadáveres.

—Hace mucho que aparecen cadáveres. —contestó Lykes, enarcando ambas cejas y colocándose el pañuelo nuevamente y se ataba las botas.

—Sí señora, pero estos no tienen piel. —la joven se giró. —Sin piel, sin músculo¿puede creerlo? Dicen los sacerdotes que es obra de algún rito indígena.

—Los sacerdotes siempre dicen que es un rito indígena. —sin embargo a sus palabras, la líder del barco se sentó. — ¿Qué más?

—Bueno, no son los únicos. También aparecen otros pálidos, exangües. Dicen que es obra del diablo.

—Sí, sí¿qué más?

—Eso es todo. La cosa dejó de pasar hace tres noches, pero… No le recomendaría salir. Aquí entre nos — el hombre se acercó y dijo lo siguiente en voz extremadamente baja —, los viejos del pueblo dicen que son hombres que se transforman en lobos y murciélagos. Que se beben la sangre y luego se calzan la piel de su víctima.

—Ah, buen hombre, gracias por el aviso. —Sonriente, Lykes se puso de pie y se dirigió a la puerta. —Pero no creo que exista tal cosa.

—Como quiera.

—Dígale a mis hombres… no les diga nada.


El agua bañaba tan exquisitamente la arena, que parecía más bien un sueño que en muchas noches solía mostrarse repetitivo. Arrastrando a su paso pequeñas conchitas y caracoles, se retiraba nuevamente la blanca espuma, llenando el ambiente de un salado aroma. El cálido aliento del aire acariciaba toda su piel, adormeciéndole.

Y la Luna. Ah, esa brillante y pálida luna, llena esa noche, resplandeciendo en lo alto. ¿Hacía cuántas noches que no le rendía pleitesía, que no le cantaba y charlaba con ella? Lo cierto es que no se acordaba.

Lykes se peinó los cabellos con los dedos. Dejó a su costado la espada y el pequeño puñal, y se estrechó las piernas contra el pecho. Diecisiete años había pensado el bigotudo. ¿Eran diecisiete? No, lo dudaba mucho. Pero la verdad es que no quería recordar el número exacto de años que corrían por sus venas, con cierta inmortalidad adquirida casi como en un cuento de hadas. Sabía bien que no eran tantos, pero también tenía la certeza de que cuando lo fueran, recordarlo no sería quizás tan grato.

Ahí, sentada en aquella playa de las Américas, se sintió de pronto sola. Sí, tenía a su tripulación. La mayoría, todos hombres, cansados hasta el hartazgo de una sociedad tan hipócrita. Algunas mujeres, salvadas por sus manos de crueles muertes o fugitivas de condenas injustas del Santo Oficio, venidas casi todas de tierras europeas. Fieles a su palabra, nunca habían cuestionado una orden. Se divertían siendo lo que eran, bromeando entre asalto y asalto, sin prestarle atención a las costumbres nocturnas de su capitana. Ni siquiera cuando desaparecía noches completas habían dado cuestionamientos.

Pero de eso ya sólo quedaban las migajas. Ahora sus noches prefería alejarse de ellos aunque no tuviese razón alguna ya de hacerlo. Sólo el mar con su música conseguían hacerle conciliar el sueño sin traerle esas sórdidas pesadillas: la mancha de sangre en los adoquines, las cadenas ennegrecidas por el fuego, y el horrible olor de grasa quemada en el aire, aún presente. No quería recordar las cenizas sobrenaturales manchando su rostro, su cabello, sus ropas; desapareciendo en el aire matinal.

No, ahora se concentraba en su barco, en los puertos, las ganancias, la celebración al final del día y las bromas de sus hombres y mujeres.

Lo cierto es que la soledad le había hecho mella en el alma. Llevaba mucho tiempo pensando en lo que debía o no hacer. Sólo había existido alguien conocedor de su secreto, que ahora estaba muerto. Mirando el horizonte, recordó que hacía años que habitaba en América. Sonrió.

Quizás, mucho tiempo”.


—Pero… pero…

— ¿Qué quiere decir con…?

—Lo que dije es lo que quise decir. Bill, seguro podrías dirigir bien nuestro pequeño barco¿no?

El pelirrojo entreabrió los labios. —Sí señora, pero…

— ¿No te parece que el horizonte luce lejano, Danny? Hace mucho que no lo persigo.

— ¡Pero capitana!

— ¡No puede dejarnos!

—Carajo, si no se amotinan no lo dejan ir a uno.

La veintena de hombres y mujeres no contestaron. Su líder se subió con dos diestros saltos a una nueva embarcación. Se quitó el pañuelo y se lo amarró a la cintura.

El barco comenzó a moverse, a tiempo que un oficial lejano daba el grito “¡se roban un navío!”

— ¡Capitana Lykes!

La aludida se giró sin soltar el timón cuando el más joven de sus hombres le dirigió el grito. — ¿Qué?

— ¿Qué hará en Europa?

— ¡Buscar aventuras, Tim¡Quizás también buscar licántropos y vampiros!

Y el barco se fue, se fue… Desapareciendo por completo en el horizonte, hasta parecer no más que una manchita. Uno a uno, los tripulantes fueron dirigiéndose a su propio barco.

— ¿Crees que la volvamos a ver, Bill?

—No. Pero también creo que ya tenía que marcharse.

— ¿Y crees que sepa que sabíamos que era una licántropo y su desaparecido amigo un chupa-sangre?

Bill sonrió. —Quién sabe, Danny. Vamos.

— ¿Iremos tras ella?

—Claro que no, vamos por más motín: se nos acabaron las monedas de oro.

Lejanos y lejanos kilómetros al mar adentro, un barco navegaba sin rumbo fijo con una capitana anónima recargada en el timón ante la tranquilidad del océano entero en sus ojos. La brisa le acariciaba el rostro y le movía los cabellos. Fue cuando la dulce voz que hacía tiempo no recordaba le llenó el pensamiento.

Porque el principio es el fin, Lykes, y siempre que algo termina, algo aún mejor está por comenzar”.

Sonrió. —El viento es mío, el mar es mío¿qué más puede pasar?

X – o – o – X

Bueh, sé que la historia no se entenderá mucho, pero la idea es que sólo una persona la disfrute (si más lo hacen, ya es un plus).

Espero os disfrute, Cadejos-san, porque no soy muy buena contando historias de este tipo XD Por eso tuve que entrelazarla un poco con la historia IN.

Feliz cumpleaños (aunque sea mañana), viva la vida y sea feliz.

Con cariño escorpión, PanHe.



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