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4 – 「クローバー園。」
【 Jardín de tréboles. 】
Kuro–ba– Gakuen era como nadar en un mar de tréboles. O, en fin, algo que fuera verde. Ni con mis ahora largas piernas ni balanceándome sobre la punta de las botas de cuero podía ver algo más que no fueran adolescentes y uniformes verdes. Cuando se me pasó lo que debió haber sido un brote neurótico (sí, eso de reírme/llorar a carcajadas/gimoteos) me puse de pie y decidí que seguiría a la multitud por esta vez sola en mi vida. Ignoraba el cómo me había tele-transportado ahí o por qué ahora portaba un maletincito de cuero, pero decidí confiar en la magia de los juegos Ren’ai y adentrarme más en la escuela. Las puertas de la academia eran dos portones majestuosos y rococó, como hechos de un metal inoxidable, que daban al patio principal, y por allí a lo lejos estaban los distintos edificios que lo conformaban. Mientras iba caminando hacia la puerta principal iba viendo como autos portando estudiantes de uniformes verdes daban la vuelta y se escabullían por allí, por lo cual inferí que debía de haber un área para dejar a los alumnos cerca. Estaba a punto por dejarme ser arrastrada por la muchedumbre y entrar a una de las edificaciones beige a ver qué pasaba, pero resonó una voz por ahí:
–Alumnos nuevos, por favor. Alumnos nuevos, por favor. Dirigirse a la Primera Sala de Reuniones.
Me encanta porque se supone que somos nuevos y ya creen que sabemos dónde está.
Me di por aludida a este anuncio, el cual, comento desde ya, fue dictado por una muy bonita y varonil voz. Si mi experiencia pasada está en lo correcto, probablemente en aquel lugar que no sé dónde queda me encontraré al primer bishounen de “Love Blessing!”
–¡Por aquí! –pasó anunciando una joven de cabello negro. Tenía una banda ajustada en el brazo, cerca del hombro, que proclamaba “Encargada de Segundo Año B” –. ¡Chicos nuevos, por aquí!
El Señor de los Subtítulos (ya está, le quedó ese nombre) se burló de mí de nuevo haciéndome aparecer, como en un costado de mi campo visual, lo que dijo la muchacha escrito en letritas blancas encerradas en una caja azul. Si movía la vista, la caja se movía conmigo. Pensé en volver a la pantalla de opciones para quitar los subtítulos, pero al mismo tiempo me servían bastante: mi japonés no era del todo perfecto, debo admitir.
Un grupito comenzó a seguirla, y por las caras de perdidos de todos supe que estaban en la misma que yo. La morocha nos dirigió a un edificio que estaba un poco más al Este que al que yo me estaba dirigiendo. Le agradecí internamente, porque sino nunca habría encontrado la sala de reuniones esa.
El interior de la Academia Clover me hizo acordar mucho a las escuelas caras de Buenos Aires. Tenía los típicos pasillos largos y llenos de aula de las escuelas japonesas, pero sin puertas corredizas ni uniformes de marinero. Eso no estaba mal, me dije, porque si iba a estar aquí por un tiempo, mejor que hubiera algo que me recordara a casa así no comenzaba a extrañar.
Pasamos a un cuarto cuyo cartel, colocado justo arriba de la puerta, decía “Primera Sala de Reuniones”. Una mesa ovalada con muchas sillas, y ya estaban sentados un grupito de tres chicos y dos chicas. El concejo estudiantil, pensé casi inmediatamente: para mí todo esto no era nada nuevo (más bien, una estrategia muy sobre-usada en estos juegos). De uno de los chicos no estaba segura, pero al entrar divisé con claridad a uno de los jóvenes que me tocaría ganarme en este juego, y probablemente, ya que estaba, completaría su historia (aclaración: le llamo “completar la historia” a jugar intentando ganármelo y llegar hasta al final) primero. Se puso de pie y parecía media o un cabeza más alto que yo, de piernas elegantes y espalda ancha pero sutil; era del tipo esbelto. Su cabello se dividía un poco más a la derecha que en el medio y lo tenía lacio, chocolatoso, brillante, elegantemente despeinado: se le notaba que cada mecha estaba en su lugar por algo. Unos muy redondeados (y encima de todo favorecedores) anteojos adornaban su rostro, además de un par de lunarcitos aquí y allá. Tenía los labios tan finos y los ojos tan acaramelados que casi creo que me muero ahí. ¡Amo esto, amo esto! No entiendo por qué lloraba hace una hora…
No pude evitar sonreírme como boba cuando echó un vistazo general y con eso nada más acalló a los muchos que éramos, y todavía no sé por qué nos callamos: debió ser algo sobre la mirada estricta pero calma, casi contradictoria. No dijo nada por unos segundos: tan sólo juntó un par de carpetas de folios que había en la mesa, tranquilo, a su propio tiempo. Parecía calmo en todo lo que hacía, y eso no hacía más que llamarme la atención.
–Alumnos nuevos –comenzó con sobriedad, levantando de a poco la vista, e imprevisiblemente sonrió–. ¡Bienvenidos a Clover Gakuen!
Los encargados de curso comenzaron a aplaudir, y los perdidos nos miramos entre nosotros. Algunos aplaudieron también, por educación no más.
Los subtítulos, por su parte, no me decían absolutamente nada sobre su nombre, sino que lo mostraban como un “??”.
–Yo soy Ken’ichirou Oujitani, presidente del consejo estudiantil –inclinó la cabeza en señal de respeto, aunque apenitas. Se notaba que no se inclinaría del todo por un grupo de extraños, casi parecía orgulloso–. Gusto en conocerlos.
Lindo nombre… Ken’ichirou…
–¡Un gusto! –vociferamos al unísono. ¿Ves que yo tenía razón, hermanito? ¡Las clases de japonés sí me sirvieron para algo!
–Los encargados de curso ahora llamaran a los que deben acompañarlos y los guiarán a sus respectivas aulas –finalizó con una sonrisita amable, y vi como dos representantes mujeres se ponían a cuchichear (seguro sobre su sonrisa; sí, yo sé, yo también lo noté) –. Por favor, no se desorganicen. ¡Suerte a todos!
Hubo un tono peligroso en lo anteúltimo, pero nadie se percató, porque estábamos todos demasiado ocupados con ver qué encargados llamarían nuestros nombres. Me tocó estar en primero división uno de secundaria avanzada, así que seguí a un joven de pelo negro hasta mi aula. Creo que se llamaba “Yuuji”, pero no alcancé a leer bien los subtítulos… puede que haya sido “Yuushi” o “Naochika”…