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Decir que… esta historia fue escrita un poco por un “reto”, un verano, imaginando cómo podríamos morir cada uno… al año siguiente, nos volvimos a reunir en vacaciones y yo tenía este relato. A mi prima pequeña no se lo dejamos leer (aunque todos aparecemos), hasta este año.
¿Miedo? ¿Terror? No lo sé, mi primo –supongo que porque es bastante asustadizo –se asustó al leerlo y pasó, el pobre, una mala noche…
¡Espero que os guste!
Besos.
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Se suponían que iban a ser unas vacaciones como otras cualquiera. Pero no, como suele pasar en estos casos, cuando merece ser contada una historia, todo se lía de mala manera. Y ahora, no tengo nada más que decir o hacer, al no ser que quieras escuchar mi historia. Pero no creo que te guste, porque soy la única que aún está viva… aunque no por mucho tiempo.
La vela del escritorio, única fuente de iluminación de la que dispongo se está agotando y no creo que dure todo mi relato. Aún así, lo intentaré y escribiré mi historia, mi terrible historia. Me detengo antes de comenzar. Los goteos de sangre, incesantes, me atosigan a cada segundo. Y pensar que hace doce h oras todos estábamos vivos y coleando…
Todo empezó con la excursión que teníamos programada. Lidia se acababa de sacar el carnet de conducir y nos iba a llevar a toda la panda de vacaciones. Su hermano Néstor, mis primos Marco y Vega, mis amigos Luís, Pascual y Adia, y cómo no, yo.
Todo iba a ser perfecto, nuestros padres, que querían pasar una semana a solas (a saber que iban a hacer esos guarrillos) insistieron en que nos lleváramos todo tipo de utensilios en la vieja furgoneta de Lidia, su última adquisición.
Casi no entrábamos y ahí estaba mi prima Vega, sentada sobre mí con todos los trastos que llevábamos a nuestro alrededor (ahora no me parecen más que vagos estorbos) mientras un calor de muerte (nunca mejor dicho) nos derretía poco a poco.
Ahora me torturo a pensar en la helada nevera que llevábamos en el cocho, repleta de refrescos y agua casi congelada… ¡Oh, lo que daría ahora para que aquel preciado líquido tocara mis sedientos labios!... Pero lo que aquí ha ocurrido deja bastante claro que eso no va a suceder.
Tan solo me queda la esperanza de que alguien lea este escrito, pero como he podido comprobar y con los libres que en esta extraña y misteriosa habitación moran, nadie ha conseguido salir de aquí. Lo único que he visto así, importante, es una dada oxidada que todos mencionan al final de todos los escritos y que a mi, me produce un extraño escalofrío, pues recuerdo que…
Como en toda historia de adolescentes de Hollywood siempre hay una emblemática señal que nos avisa, a nosotros, los espectadores, que se va a desatar el horror. En mi caso, no sé cual ha sido, porque ninguna súbita música de intriga ha sonado para avisarme que acabamos de firmar nuestra sentencia de muerte. Pero… bueno, estoy divagando, centrémonos en la historia.
Después de cinco asfixiantes horas por el monótono paisaje de la provincia, nos detuvimos en una inhóspita y deshabitada zona de descanso. No sé que hacía allí, pero nos paramos a comer y a hidratarnos de nuevo. Además, Lidia estaba cansada de tanto conducir y a mi me dolía la cabeza de estar escuchando o la misma basura de música o el incesante, pero delicioso, sonido del rock.
Comimos, nos metimos con Vega, nos peleamos, comimos, bebimos, nos metimos con Marco y Luís, hicimos el bestia, nos metimos con Lidia por habernos perdido, nos volvimos a pelear y yo acabé con el labio roto. Como ahora los tengo ariados por la falda de agua, en cuanto los mueva, la herida se me abrirá y comenzaré a sangrar. No es que me duela, me molesta, porque verdaderamente lo que apenas me impide mantener la lucidez es mi pierna rota, que me impide estar de pie.
El hedor de la habitación no mejora las cosas.
Regresamos al coche y seguimos camino adelante gracias a las insistencias de todos, que no queríamos regresar, excepto mi prima Vega, la más pequeña, que era la primera en cansarse de todo. No tenía el entusiasmo de la mañana y quizá, si le hubiésemos hecho caso, ahora no tendría su cabeza cinco metros separada de su cuerpo, en una pica clavada.
Y llegamos a donde nunca tendríamos que haber parado: un pueblo completamente deshabitado, en el que en la mansión principal vivió un viejo loco obsesionado con las mujeres. Quizá eso explique el porqué de la existencia de lámparas hechas a partir de sujetadores. Intento no imaginarme lo que el destino deparó a esas pobres muchachas, si es que eran muchachas.
Era por la tarde, y todo el mundo sabe que las cosas malas suceden por la noche, así que este era nuestro plan: explorar la casa, y antes del atardecer, salir de ella para poder dormir en una posada abandonada.
Si alguna vez, un grupo de seres humanos consigue entrar y salir ilesos de la casa, intentando encontrar algún rastro de vida, en el congelador (que por cierto, funciona a pesar de la falta de electricidad en este pueblo de mala muerte) encontrarán la cabeza inerte de Luís, hermano de Pascual quien murió en último lugar.
La idea de dormir en una posada abandonada, no es lo que se dice muy… embaucadora, pero más terror me da dormir en este caserón. Incluso antes de entrar, se palpaba la muerte y la desesperación en el ambiente. Un escalofrío ¡qué digo! Cientos de ellos se dedicaron a correr mi desnuda espalda antes de entrar en la casa. Me encanta la camiseta sin espalda que Noe me ha regalado…
¿Pero que estoy haciendo? Estoy aquí, al borde de la muerte, y yo escribiendo sobre mi camiseta… la mente humana siempre será un misterio, incluso para aquellos que dicen ser entendidos.
El caso fue que entramos a la casa. Primero intentamos pasar por la puerta principal, a ver si estaba abierta, por eso de una casualidad o algo parecido. Luego probamos por la puerta trasera, y es allí donde empezamos a notar los indicios de que algo no andaba bien.
El jardín de la mansión en la que m e encuentro ahora es enorme: tres veces esta casa. Y si contamos que esta choza tiene el tamaño de cuatro veces la mía… Por si fuera poco, el jardín es el paraíso de zarzas, ortigas y toda clase de plantas poco bienvenidas en un jardín normal y decente. También habitan culebras y una serpiente. Tenía la cabeza triangular, o al menos afirmaba Aida, a quien había picado.
Me arrepiento haberme reído de ella, porque media hora después se caía en redondo sobre la moqueta mohosa del salón, inerte. La mordedura de la serpiente estaba con Granyena y con pus. Asqueroso… y más si un gato sin ojo se acerca para saborear el cuerpo de mi amiga.
Creo que quien menos sufrió antes de morir fue Vega, lo contrario que su hermano Marco. Ella tan solo tuvo que soportar un golpe que la dejó inconsciente. Después, no notó como algo le cortaba la cabeza, que salió rodando hasta cinco metros más allá, y se quedó incrustada en una pica.
Con el hermano fue diferente. He de reconocer que su estúpida sonrisa siempre me ha desesperado. Es más, hubo ocasiones en que le he querido pegar por ello. Ahora, mientras veo a un habitante de esta casa, que parece ajeno a mi sufrimiento y tragedia mientras teje su labor, quiero disculparme de insultarle y dejare un ojo morado. Pero eso no fue motivo para que borrara su sonrisa estúpida, incluso al morir. Fue, cruelmente, divertida. Empezó preguntando «¿Alguien tiene hambre?»
Yo creo que ver morir a su hermana de esa forma, le afectó. Se dirigió a la cocina, riéndose como un auténtico maníaco. Todos le seguimos, bueno, todos no, solo los que quedábamos: Luís, Lidia y yo. Diez minutos más tarde, seríamos un chico y dos chicas.
Lidia era la única que mantuvo la cabeza fría, quizá porque tenía la inexistente esperanza de que iba a salir de allí y cumplirla última voluntad de su hermano, que no es que digamos, muy del caso. Me refiero a que pidió a su hermana que dijera a su ex-novia (la que tanto se metió en su relación actual, bueno, la que era su última novia en vida) algo así como «¡Que te mueras, zorra!», yo hubiera sugerido algo así como:
- Diles a mamá y a papá que siempre les quise a los dos, y lo siento por tirar el árbol de las pasadas Navidades.
Lo del árbol de Navidad lo digo porque hubiese quedado chulo, disculparse por algo y quedar como un héroe trágico y tal… sigo diciendo que, tampoco, la ocasión no era de héroe de guerra, porque lo único que hizo fue sortear una trampa para que le diera a Pascual y no a él. El caso es que Pascual fue lanzado por los aires desde un tercer piso y cayó en el exterior. Pero Néstor no contó con la segunda trampa (por si se esquivaba la primera).
Pobrecito, debió de dolerle lo suyo.
He oído un ruido detrás de mí. Creo que es una simple rata, o al menos, eso quiero creer. Si me muerde, igual me infecta una de esas enfermedades terminales. De todas formas, no me voy a salvar de lo que me depara el futuro. O al menos, eso pienso.
Seguiré con la historia.
Cuando entramos en la casa, gracias a que Néstor tiró una piedra a una de las ventanas de los bajos y entró en la casa para abrirnos la puerta desde dentro, a Lidia le entró un ataque de estornudos. Es que tiene alergia al polvo.
Después, empezamos a explorar el primer piso. Era sombrío, a pesar de que los ventanales del salón dejaban pasar algo de luz; todo lleno de polvo, ratas y telarañas. Además, con las arañas, pasé el último rato divertido de mi vida (dudo que vuelva a tener otro como ese), mientras cogía una y perseguía a mi prima Vega por todo el salón. Aida se cabreó con nosotras, y fue cuando cayó fulminada.
Ag…
Fue así de rápido. Viva y no viva. Pensé que estaba de cachondeo, hasta que Marco se acercó a ella y le vio la mano con la picadura. Después se acercó el gato tuerto. Luís, para hacer la gracia, lo llamó Tuertito… SI crees que ese es un nombre estúpido, te diré que una vez le llamó a un perro (contando, por supuesto, con la colaboración de mi primo) Pulguis.
Marco, es el que más sufrió de todos. Creo que Pascual le supera, pero lo de Pascual era voluntario. Marco, simplemente, encendió el horno de leña de la cocina sombría y oscura como el carbón, mientras nosotros nos cachondeábamos de él, sentados tranquilamente en la mesa de la estancia (a pesar de la muerte repentina y escabrosa de nuestros otros compañeros).
Él dibujó una de sus estúpidas sonrisas y… le cayó un bote de galletas del sigo pasado en a cabeza y quedó medio lelo con la cabeza dentro del horno. Y diré una cosa en mi defensa (y en la de Lidia y Luís), nuestra prioridad era salir de allí, y según el código de los piratas, quien se quedaba atrás, se quedó atrás.
Mientras intentábamos huir entre los gritos de Marco (creo que no pudo sacar la cabeza del horno, posiblemente porque más cajas lo estuvieran apaleando) , escuchamos su risa maníaca. Apuesto lo que quieras a que tenía esa sonrisa bobalicona pintada en su cara. Al menos uno que murió feliz.
Néstor tuvo una muerte rara y aparatosa. Primero se cayó en las escaleras (después de intentar esquivar una trampa que dio a Pascual, después se le apuntaron las piernas gracias a unas sierras que estaban allí, y después, un ácido se le cayó en el torso.
Su hermana fue corriendo a estar junto a él y fue cuando dijo aquello de:
- Cari, dile a mi ex que ¡coño! Se muera de una vez.
Creo que le daba rabia morirse antes que ella, por eso de disfrutar de la desgracia ajena.
Antes de que Néstor pereciera en la incursión a Villa Terror (como acabo de bautizar a este lugar), pereció Vega. Una muchacha encantadora. Y él fue el tercero en morir. Maldita la hora en el que les hice caso (omitiré el detalle de que apoyé animadamente el allanamiento a este caserón) a los que propusieron esta aventura.
Veo cómo a través de las ventanas tapadas con tablones de madera carcomida el sol se oculta definitivamente. Mis esperanzas, en estos momentos, no existen, a pensar de que dicen eso de «La esperanza es lo último que se pierde». Pues desde hace tiempo intento perder la sed y no lo consigo. Fíjate, la excepción que confirma la regla.
Marco cayó inmediatamente después de Néstor. ¡Qué trío!
Pascual ventana abajo, Néstor escaleras abajo, y Marco en el horno…
Ser el último para muchos es una suerte. Para mí, una desgracia. Ojalá fuera Aida, porque ella no tuvo que ver el horror que vi yo. Ver a todos mi amigos morir y saber que soy la última, la que queda, la que está alargando su mísera existencia para que a ti te llegue constancia de la tragedia que estoy viviendo.
Lidia, como dije antes, era la única que conseguía mantener la cabeza fría. Yo estaba al borde del llanto y Luís no paraba de comerse las uñas. Yo creo que si hubiera podido, se habría comido los dedos. Los tres teníamos los nervios a flor de piel, pero Lidia era la única que disimulaba. Luís miró hacia atrás en cuanto la última carcajada de Marco se esparció por toda la casa, con un eco vacío que recordaba a la mismísima Muerte.
- Ojalá yo no muera quemado- murmuró él con un escalofrío.
- No digas esas cosas- le reprendió Lidia.- Hay que buscar la manera de salir de este lugar infernal.
Infernal. Un calificativo muy apropiado, que entonces, me pareció muy exagerado.
- El infierno debe ser peor.- Repliqué.
Y estaba en lo cierto, porque esto es un auténtico calvario. Lo único que me medio distrae del dolor es estar contando este relato. La cera derretida de la vela que tengo delante de mis narices, está esparciéndose por el escritorio.
No me preocupa mucho el hecho de estar a oscuras, antes encontré, mientras revolvía en la pequeña habitación, un bote de varias velas blancas y largas. No como las de mi cumpleaños, que a nada que las enciendas, se derriten, dejando el bizcocho asqueroso.
Luís desea, Villa Terror concede.
Empiezo a pensar que esta casa tiene espíritu y que en realidad está viva. Nosotros la molestamos, entrando en ella sin permiso, y ahora nos lo paga así. No es que el dueño estuviera loco, es que es la propia casa la que está sumida en una locura enfermiza (con todos mis perdones y respetos), que afectó incluso a Pascual.
Después de que me quedara sola, vi una sombra que se dirigía hacia a mí. Tenía la mirada asesina e iba desnudo de cintura para arriba. Unos extraños dibujos se extendían por todo su cuerpo y en la mano, portaba un cuchillo sangriento y oxidado que había recogido de esta mima habitación.
Grité.
Grité como nunca lo había hecho. Expulsé todo el aire de mis pulmones, hasta que con la otra mano libre, me taponó la boca. Mis ojos se salían de sus órbitas y mi corazón iba más rápido que Fernando Alonso en la Fórmula 1.
Como he dicho antes, alguien desea y Villa Terror concede. Yo no quería estar sola, y la casa me proporcionó a alguien.
Luís… ahora lo pienso y me ahogo. ¿Porqué tuviste que empezar a representar Cantando bajo la lluvia en un sitio tan peligroso como este? Lo sé y lo comprendo. Fue la casa, pero si no, ahora estarías vivo y el tonto de tu hermano no me habría asustado.
- Silencio, Mirna- me ordenó con una voz que creo recordar, no era suya.- Silencio o lo despertarás.
Antes no lo entendí, pero ahora sí. Se refería a la casa. Si ahora, con lo que sé, me hubiera dicho eso, yo le hubiese respondido:
- Ya está despierta, porque Luís deseó no morir quemado y ahora tiene la cabeza en el congelador.
Y eso le pasó por ponerse a cantar, resbalar, cortarse la cabeza con un alambre y que esta rodara hasta el congelador de la nevera.
Ahora que lo pienso… en la nevera había agua. Quizás podría salir de este lugar, llegar a la nevera y beber un poco… Un tanto estúpido: sería alargar mi vida inútilmente y pasar delante de los cadáveres de Pascual y Luís.
- Qué frío hace- murmuro, ahora, para mí.
Pascual, el idiota que pudo salir de la casa y no lo hizo.
Cayó al jardín, sí, pero en vez de buscar la salida se dedicó a embadurnarse el pelo y el cuerpo de barro. ¿Y para qué? Para venir a verme y asustarme. Para decirme que la hemos despertado (me refiero a la casa) y para suicidarse después de despellejarse los brazos que lanzó de vuelta a esta habitación antes de morir desangrado.
¡MALDITOS TODOS!
¡Os maldigo a todos por haberme hecho sufrir! ¡Por hacer mi vida imposible y dolorosa! ¡No podíais ser diferentes! ¡SOCORRO!! ¡QUIERO SER OTRA!
Ojalá fuera Aida y no poder así sufrir la amarga locura de la muerte, ojalá… Y Pascual mofándose de mi mientras yo intentaba descubrir donde estaba Lidia.
- ¡Está muerta!- me decía con voz estridente.- ¡Está muerta!
Yo lo negaba.
- ¡NO! Tan solo está desaparecida… venía detrás de Luís… solo se equivocó de camino… solo fue eso…
Intentaba convencerme, pero después de que Pascual me condujera hasta su cuerpo inerte, bajo un agujero de una pasarela por la cual caminábamos antes los tres, Luís, Lidia y yo… las cosas fueron diferentes.
- El ritual… El ritual…- empezó a murmurar Pascual con una voz cada vez más fuerte y deseosa.- Es la única salvación… El ritual…
Y se arrodilló ante mí, aunque él pensara que era la imagen de la casa, porque hay que adorar a la casa. Nosotros la molestamos, y ella nos lo hace pagar… ¡Qué cosas!
Después de que mi compañero lanzara el cuchillo a esta habitación, grité y me encerré en ella. Aquí, donde nadie pueda verme… nadie… Un lugar donde pudiese morir en paz. Tan solo quedaba yo, yo, únicamente yo, la última.
Un sonido sordo, acompañado de una ráfaga de viento, me sorprendió. Ahora, intento descubrir cual es el autor de tal sonido, pero el dolor de la pierna se me hace más intenso. Quizás si hubiese prestado más atención en mi loca carrera por separarme de aquellos ojos envenenados de locura, no hubiese metido la pierna en el agujero.
No quiero mirar hacia ella, me provoca retortijones.
¡Qué dolor!
El ruido lo vuelvo a escuchar, más intenso esta vez y consigo ver a un señor con barba gris, el pelo largo y la ropa hecha harapos. La luz de la vela se extingue y apenas puedo escribir correctamente. Escucho una voz:
- ¿No tenías frío?- pregunta.
Oh, vaya- pienso sin importarme nada.- Acabo de toparme con el asesino que durante meses ha atormentado a toda la comunidad. Tendré una muerte ¿rápida? No lo sé, pero sé que será la muerte. Nada sobrenatural. La casa no interviene.
Solamente, es un loco asesino.
Solamente.
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Bueno, pues esto es todo. ¡Reviews para decirme qué os ha parecido!
Y saludos.
Pd- Este relato pertenece a la serie “Relatos de Media Luna”, lo que pasa que al ser tan largo no lo metía ahí.