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… Arrebatos de lo inconmensurable.
Metiéndose entre las cálidas sábanas, cerró los ojos fuertemente para olvidar por completo el horror que yacía fuera. Olvidó entonces que las sábanas le cobijaban y comenzó a sentir un frío terrible, producto ni más ni menos que de su febril mente, agitada durante horas en un exilio permanente de su tembloroso cuerpo. Su alma, subyugada, parecía no existir más que en un cuento de hadas para niños: de esos que tienen bonitas ilustraciones y te desvían del cuento mismo para poder prestar atención a los dibujos que por ahí se esparcen.
Horror. ¡Desvaríos de lo cruel! Que no era cierto, que todo no era más que un sueño malvado y triste que no tardaría en desaparecer. Porque así era¿no¿No lo era? No más que una escena intrincada provocada por su mente misma, una jugarreta de su cerebro, causada, quizás, por los oscuros pensamientos que le habían llenado todo el cuerpo días antes. ¡Es que no era realidad aquello!
Su sangre se sentía hirviendo debajo de toda esa piel humana, sucia, deshonesta. La palidez mortuoria que había visto en su cara… Ah, pero era tan bella¿no? Aún muerta, era tan bella. No. ¡No! Él jamás había visto aquello, no había contemplado a la luz de las temblorosas velas el cuerpo putrefacto de esa hermosísima doncella de piel caucásea.
No había tomado entre sus dedos aquellos finos y delgados cabellos cobrizos que se le resbalaban para posarse con un encanto casi automático sobre los hombros inmóviles de aquel cadáver.
¡Y la luz casi rojiza que se filtraba bajo los párpados entreabiertos ya por inercia!
¡Ah, no, eso todo no había pasado!
La Luna flirteaba con él. Lo sabía. Sus haces magnéticos y platinados le acariciaban con dulzura maligna, invitándole quizás a una de esas fiestas griegas, jugando con las estrellas y otras Lunas, y muchos Soles; quizás un Júpiter o un Neptuno. A lo mejor, si se tenía suerte, un Plutón y su Carón.
Amor de amores preso en las venas cándidas de lo dulce, amor de fuegos interminables que terminan helándose por falta de pensamientos pecaminosos y obscenos.
¡Amor de amores perdido para siempre en la lasciva lujuria de sus besos!
Un arrebato de lo inconmesurable. Eh.
Do Cvitanja.