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Lucía sabe, en el fondo, que todo es muy injusto, pero tiene un alma muy dócil y un cuerpo menudísimo, que a penas alcanzó los trece años el mes pasado. La idea de que ahora era pobre como un ratoncito, seguía haciéndose irreal a su paladar.
Dormía bajo el nido de los ruiseñores, jugando a ser Blancanieves, para no aceptar la verdad.
Las tarántulas maleducadas, escapadas de la casa de Raquel, le hacían compañía.
En ninguna historia de las que había visto en la serie de videos de su patrona, se rezaba otra cosa que no fuera su propio cuento, camuflado con otras costumbres, de países lejanos y épocas diferentes. Tarde o temprano, habría de caer su Príncipe Azul¿Verdad? Era algo en lo que su madre no creía, pero ella sí.
Pasaba su madre demasiado tiempo pendiente de los colores que el I ching recomendaba para el despacho del padre de Lucía como para: Tragar ese mal karma, nena. Arrullaba los porotos mágicos, con más frecuencia que a los gemelos en su estómago, pero Lucía la quería de a ratitos.