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Bueno, antes que nada aclarar que esto es una historia, de alguna forma paralela al mundo de Harry P. Es decir, hay un mundo mágico, y el normal. Liam McCubbin es mi personaje en un foro de RPG con esta temática y al ser Sam también un personaje propio, decidí publicarlo por aquí.
Otro pequeño aviso: es una historia chico/chico. Cuidado para la gente que no les guste ;)
Sin más esperas, os dejo leer. Espero que os guste. Comentarios y demás en review :)
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Sam escuchó el ligero golpe de la puerta pasada las dos de la tarde. Conocía de memoria el repiqueteo de las llaves antes de entrar en la cerradura.
El joven moreno había aprovechado el día libre para limpiar. Había que ver la cantidad de polvo que podía acumular una casa que prácticamente no se usaba. Tanto él como Liam, que acababa de llegar, trabajaban en el hospital y al llegar a casa solían irse directamente a dormir. O a otros menesteres. Sonrió para sí, mientras aclaraba la espuma de la loza con agua templada y la ponía a escurrir.
Notó unos brazos cerrarse en torno a su cintura y un beso perezoso en el cuello como saludo. No hacía frío, estaban a finales de mayo, pero sintió cómo se le erizaba toda la piel. Y la respiración al lado de su oreja, guardando para sí el aroma del champú y del pelo limpio que le siguió, como de costumbre, y para no variar, le había dejado casi a punto para saltarle encima.
- ¿Cansado? –le preguntó, aun sabiendo la respuesta. El turno de Liam en aquellos momentos comenzaba a las cinco de la madrugada.
- Hmmm –fue la contestación de éste, que había apoyado la barbilla en el hombro de Sam. El chico estiró aún más su sonrisa. Todo lo esmirriado que había sido el recién llegado en su infancia, y finalmente el gen McCubbin se había impuesto y le había hecho pegar el estirón, cosa que había recibido con regocijo al darse cuenta que era ligeramente más alto que el moreno, y lo cómodo que era pegarse a él por la espalda y recostarse y adormilarse en el hombro. Sin embargo, por mucha altura que hubiera ganado, seguía estando igual de delgado; hecho que no recibía tan felizmente.
- Anda, vete al sofá.
Liam obedeció sin rechistar. Le escuchó quitarse los zapatos, sabiendo que los iba a dejar en cualquier sitio. Estaba tan rendido que sus ganas de caer sobre tan mullido asiento anulaba cualquier impulso de ser ordenado, a pesar de lo maniático que era, que ordenaba sus libros prácticamente por tamaño y orden alfabético.
- ¿Qué quieres de comer? –le preguntó Sam, yendo al salón, sólo para sonreír al verlo tirado de cualquier manera en el viejo sofá, mientras encendía la tele con el mando y hacía zapping distraídamente. Le costaba creer a veces que aquel chico pertenecía a una larga casta de druídas y no a una familia de clase obrera sin pizca de sangre mágica, como él mismo. Liam pareció finalmente satisfecho al encontrar un canal aceptable –documental sobre pingüinos- y clavó su mirada en él.
- Un sándwich de lo que sea. Pero con doble de queso.
La mirada de casi súplica que recibió el moreno le hizo morderse la lengua, pero sí maldecir mentalmente el día en que se le había ocurrido enseñarle aquella sandwichera del demonio que su madre le había regalado. Desde entonces, el otro joven la usaba más que el hervidor, y ya era decir. Hacía sándwiches con cualquier cosa que encontrase en el frigorífico. Y cuando decía cualquier cosa, decía CUALQUIER cosa. Un día le había sorprendido comiendo el asombroso resultado de combinar mantequilla de cacahuete con aceitunas rellenas y pepinillos. Sobra decir que mandó aquella delicatessen directa al cubo de basura y le había hecho una ensalada. Se estaba dejando arrastrar por aquella religión sectaria que era la comodidad de aquel electrodoméstico del infierno.
Gruñó entre dientes mientras abría una lata de atún y cortaba unas lonchas de queso. Ya se encargaría de hacer algo más sano para la cena. Y de dejar comida en condiciones en tupperwares en la nevera, para que no tuviera que hacer nada excepto meterlo en el microondas. Si esperaba que Liam cocinase, podría morir envenenado. O subsistir a base de huevos fritos y salchichas. O peor. Sándwiches. Cuando no le daba por comer fruta a todas horas de forma obsesiva y se olvidaba de proteínas, carbohidratos, y demás, claro. ¡Por las enaguas de Morgana, que eran médicos¡Se suponía que eran los que debían dar ejemplo y llevar una alimentación equilibrada! Ahí era donde estaba la guasa del asunto.
Abrió una cerveza y volvió al salón, tras meter el bocadillo en aquel dichoso cacharro. Liam estiró la mano y Sam le pasó la bebida tras tomar él mismo un poco.
- ¿Curras mañana? –le preguntó, mientras el otro convocaba con la varita el vial que le tocaba sin moverse, igual de tirado, pegándole otro tiento a la cerveza después y manteniéndola en la boca un buen rato. Sabía que aquello era como beber pus, o algo igualmente asqueroso.
- No. Pero tengo que estudiar.
Cierto era. Liam luchaba por un permiso que salía a primeros de año en la comunidad medico-mágica irlandesa para investigar sobre el déficit inmunológico del que padecía. Necesitaba medios y apoyos financieros con los que aún no contaba. Era una especie de ironía. Un mago con una carrera no mágica a sus espaldas –terminada en un tiempo récord por convalidaciones mágicas, eso sí-, que trabajaba con gente que no creía en la magia, ni en los brebajes, sino en compuestos reducidos a pastillas y sustancias administradas con jeringuillas; y que además, estudiaba medicina mágica para sacar un permiso para poder curarse a sí mismo. Ya tenía huevos la cosa, bufó Sam interiormente, mientras volvía a la cocina.
Sacó el sándwich y lo partió en diagonal, llevándoselo a continuación.
- Te quiero –dijo el receptor antes de meterse casi la mitad en la boca, quemándose la lengua de paso.
- Agradecería que no mirases cómo chorrea el atún y el queso cuando lo dices, McCubbin –regañó, haciéndose el ofendido, mientras le daba un manotazo en las piernas para sentarse él también en el sofá- Y que te levantes. Lo vas a poner todo perdido y te vas a ahogar si te pones a tragar de esa forma tumbado –el aludido sólo sorbió la cerveza fresquita y después se abanicó la boca, incorporándose, sin prestar demasiada atención a la tele, que hablaba sobre la época de cría de los pingüinos- ¿Qué tal el día? –le preguntó, tras observarle comer durante un rato, tarea que le sacaba de quicio y lo provocaba a partes iguales. Sobre todo con los odiados sándwiches con doble de queso. La forma en que comía, imaginando la lengua moverse lentamente en la boca, y cómo se relamía el queso fundido que se le pegaba en los labios al enfriarse debería estar prohibida.
- Ha venido otra vez –dijo Liam, ajeno, y suspirando con derrota.
Hablaban, cómo no, de Evelyn Barrett, una joven madre soltera que se había encaprichado con el chico. Y que llevaba a su hijo, Michael, un crío saludable de dos años, con cualquier pretexto.
- ¿Y qué tenía esta vez? –chinchó Sam, divertido.
- Supuestamente, anginas y fiebre. Aunque el crío sigue como una rosa.
- Fiebre. Creo que la calentura la tiene otra persona –rió el moreno, llevándose un codazo de regalo, antes de robarle la lata de los dedos y beber- Deberías ponerle el termómetro un día de estos –bromeó.
- Ja-ja. Claro¿cómo no se me había ocurrido? –soltó el otro con sarcasmo, frunciendo el ceño, mientras se sacudía las migajas de las manos en el plato ya vacío y le sisaba la cerveza.
Sam no esperó mucho más para acercarse a él y morderle en la base del cuello. Era su recompensa por haberle dejado comer aquello. Y sabía que recibiría su premio.
- Me parece que no te voy a dejar tocar los apuntes hoy, doctorcillo –le susurró al oído mientras se sentaba a horcajadas sobre él- En cambio, puedo ofrecerte una clase práctica de anatomía –le sonrió.
La respuesta de Liam no se hizo tardar, olvidando el cansancio de golpe.
Y la televisión se quedó encendida hasta que, bien entrada la noche, se acordaron de que había que cenar.