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Author: kyonides
Fiction Rated: T - Spanish - Fantasy/Supernatural - Reviews: 2 - Published: 01-17-08 - Updated: 01-17-08 - id:2464107

Athanatoi
por Kyonides

En sus horas más oscuras un sabio dijo una vez:

¿Acaso la inmortalidad tiene algún precio?

De ser cierto¿quién me podría decir cuál es?
En estos momentos estoy dispuesto a ofrecer lo que tengo y hasta no lo que aún no tengo para conocer ese secreto tan resguardado, tan elusivo.

Soy capaz de morir por tan noble causa, con tal que pueda asegurar la inmortalidad de mi amada, mi dulce y encantadora Sofía.

No deseo llegar al final de mis días sin tenerla a ella a mi lado, pues de sobra conozco la fatal atracción de la celosa Soledad quien me abraza para apartarme de ella, mi adorable Sofía.

¿Se apiadará el tiempo de esta alma solitaria?

En medio de un claroscuro frío por la sempiterna presencia de la Soledad, el sabio escribía unas líneas en su pergamino. Temía que estas no cerraran con broche alguno, pues su avanzada edad, unos 45 años, le impedían sostener la pluma con firmeza. Tal era su angustia que luego de volcar o quebrar varios tinteros había conseguido un jarrón repleto de tinta por medios nada honorables. Su empeño por terminar su relato lo llevó a utilizar una caja de arena para evitar un desastre ante tantos derrames que amenazaron la mera existencia de las crónicas de ese moribundo.

En cuanto el ocaso anunció su visita fugaz, el envejecido hombre sintió una vez más ese cruel abrazo carente de todo afecto. No lo soportó ni por un minuto cuando se dirigió a ella sin temor a parecer un demente sin cura.

"Llévate ese abrazo tuyo lejos de esta pobre alma atribulada. No he hecho más que apartarte desde que llegué a esta aislada torre y aun así sigues buscando la oportunidad para arrancármela con tus afiladas uñas." le dijo el sabio.

"Ya deberías entender, mi querido y jovial sabio, que no hay nadie más especial para mi que una persona alejada de todo contacto humano, que necesita de una amiga y compañera que permanezca a su lado hasta sus últimas horas. No siento que haya perdido el tiempo, pues lo he invertido de mil maneras con tal de reconfortarte aunque sea un poco", le respondió la Soledad.

"No tendré paz mientras permanezcas aquí, lo único que logras hacer es que me recrimine todo aquello que he hecho y que no he sabido perdonarme", el sabio se tomó una pausa antes de continuar su discurso. "Nada he ganado yo conque hayas venido a escarbar entre mis recuerdos para atormentarme con resurgimiento de los pensamientos más nefastos que mi conciencia aún insiste en albergar."

"Eso tan solo se debe a tu confusión, pues si los vieras desde mi perspectiva dirías que fueron los momentos que han generado mayor felicidad en tu vida... Y en la mía también", comentó la Soledad una vez que había acercado su boca al oído del sabio. "Trataré de no olvidarte jamás, mi entrañable amigo y compañero."

"Pero.. ¿Qué estás diciendo, mujer? Si alguna vez lo fuiste en vida... Dime qué tratas de advertirme, oh malicioso engendro de la noche. No estoy para acertijos en momentos en que me propongo dejar una pista valiosa sobre la in...", decía el sabio hasta que un delicado dedo de la fría Soledad le hizo callar.

"Esta noche me abandonarás, mi querido sabio", lamentó la entristecida Soledad, "porque vendrá mi madre, la Noche Eterna, a reclamar tu alma para que la desposes en unas nupcias en las cuales el "novio" ya no podrá retractarse jamás de sus palabras de amor salidas desde el fondo de su palpitante corazón..."

"Por fin he entendido la causa de esta locura amarga. Siempre has sido tu la fuente de las que provinieran todas mis desgracias", le reclamó el sabio a quien el brazo le temblaba por causa de la fuerza que trataba de contener.

"¿No me digas que ya lo has olvidado? No recuerdas esos versos que le dedicaste desde el fondo de tu corazón aquella tarde de primavera mientras se encontraban bajo los laureles ondulantes...", decía la Soledad preocupada por el malestado en el que se encontraba la memoria del sabio.

"¡Qué me he de acordar yo de palabrerías insulsas que habría pronunciado en plena borrachera!", gritó el sabio convencido de no haber pactado cosa alguna con la Nada.

"Siento pena por ti y aún más por ella que tan emocionada está con todos los preparativos. No deja de acicalarse..." dijo la Soledad antes de ser interrumpida por un hombre que vociferaba mientras sostenía la cabeza entre sus manos.

El sabio finalmente había recordado las palabras que lo habían alejado del oscuro secreto de la inmortalidad, eran los versos que había escrito y recitado muchas veces aquella tarde en que el vino había tomado el control de su destino.

Antes de que eso ocurriera el sabio había estado apunto de dejar atrás toda esperanza de develar el origen de la inmortalidad. Una loca idea había cruzado por su mente, pero siempre había sido rechazada hasta que el vino tomó la decisión final en su lugar.

Cierto día había hallado un extraño manuscrito en una lengua muerta del Medio Oriente. Un antiguo autor aseveraba en este que la única manera de comprender el etéreo concepto de la vida sin un final consistía en hallar la manera de hablar con la Noche Eterna. En esa época él no estaba seguro del verdadero significado de esas palabras y por eso se había abstenido de toda mención de eso en sus obras e investigaciones científicas.

Para la horrenda sorpresa del sabio, este despertó en su escritorio con un caro pergamino en frente repleto de líneas versificadas dirigidas a una sola entidad, la Nada. No cabía dudas al respecto, él se le había entregado en cuerpo y alma a esta. Intentó por todos los medios hallar documentos que apoyaran la idea de una vía de escape de semejante embrollo. Tal cosa jamás ocurrió, ni siquiera había algún rastro del autor del legendario escrito que lo empujó al abismo en el que iba descendiendo cada vez más rápido.

El ocaso ya se despedía tanto de sus estelares seguidores como de los terrenales, al igual que lo hacía la Soledad de su amado sabio, a quien había brindado su "calor" desde aquella tarde que había permanecido nublada ante la desaparición del efecto espirituoso tan radiante y tan característico del buen vino.

La ausencia de todo sonido no duró para siempre, pues un joven llegó por la mañana al sitio donde esperaba poder discutir un tema interesante con el famoso sabio. Sin encontrar resistencia alguna de parte de alguien o de algo, el joven logró ingresar en el recinto y lo único que le llamó la atención fue el gran jarrón que parecía emitir un olor a sangre y un pergamino con unos versos que para el joven eran inconcebibles. Su estupefacción lo hizo quedarse ahí para analizar lo que el viejo hombre había abandonado a su suerte.



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