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Caminando en solitario por aquel extenso campo, donde las espigas de trigo, listas para segarse, se alzaban danzantes hacia el sol que en aquel momento se encontraba opacado por una fina tela de nubes, dando al ambiente una tonalidad azulada, fresca.
En mi caminar, pausado pero decidido, acariciaba las espigas a mi alrededor, que a su vez eran agitadas con suavidad por la brisa que paseaba traviesa por los rincones de tan místico valle.
El tiempo transcurría rápidamente. El sol ya anunciaba su descenso a rendir cuentas del transcurso por el firmamento, irradiando destellos que abarcaban desde el más sutil y brillante dorado, pasando por rosados, rojos, violetas y finalmente un azul oscuro, intenso, conocido como la noche.
La transición del ocaso era el despliegue de un abanico de colores, tan efímero y hermoso que queda grabado en la memoria de todo aquel que tiene el placer de ser testigo de su divina magnificencia.
Ocupando el trono del sol en el infinito, se hallaba ahora una inmensa luna creciente, cuyo débil resplandor plateado descendía con gentileza sobre los campos sembrados.
Entonces vi una criatura en la distancia. No pude identificarle; su silueta, negra por las penumbras que inundaban la región me negaban conocer su identidad, pero las líneas en su cuerpo me decían que era un ser humano, caminando apacible, también entre aquel interminable sembradío.
Lo siguiente que vi no lo esperaba. Aquel ser detuvo su marcha, pareciera observarme. Grandes extensiones desplegaron súbitamente de su espalda, dos grandes siluetas tan opacas como el resto del cuerpo se asomaron.
De manera inesperada, este ser desconocido comienza a agitar, a ritmo pausado, las singulares extensiones, fue entonces que caí en cuenta de lo que eran: enormes alas; el extraño individuo era un ángel.
En tan solo un parpadeo se ubicó frente a mí. Sólo entonces pude ver su rostro. Su pálida piel daba razón de su naturaleza fantástica; sus ojos, preciosos orbes plateados, me entregaban una cálida mirada haciéndome sentir extrañamente lleno. La dorada cabellera cubría su cabeza con un aspecto único, cada fina hebra, sedosa y reluciente, era prolijamente agitada por la brisa que aún paseaba por allí. Sus inmensas alas desplegadas, le daban el místico sello propio de tan fantástico ser.
Un estremecimiento tan intenso como ninguno azotó mi cuerpo cuando la bella imagen posó una fría, blanca mano en mi mejilla, sosteniéndola como nadie lo hizo, mientras aproximaba sus labios hacia los míos y en un arrebato inesperado, deposita un tierno y prolongado beso en mi boca entreabierta. El acto me obligó a cerrar los ojos, disfrutando tan etéreo momento.
Grande fue mi desilusión cuando dejé de sentir la presión en mis labios, para, al abrir los ojos, descubrir que todo aquello no fue más que un simple sueño, y que nunca había abandonado mi habitación.
Nunca me percaté, sin embargo, de la oscura silueta que me observaba desde el techo vecino, bajo el manto de aquella tormentosa noche, y que en el descender de un relámpago, había desaparecido.