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Prometeo
Entre matices, colores inciertos, voy perdiendo lentamente tus huesos, tu deliciosa piel suave, terciopelo infinito lleno de posibilidades. El cielo se nubla, piadoso, terrible, austero y cruel; recuerdo eterno a mi osadía de intentar robar el fuego de los inmortales…
Se extingue la llama por causa de la lluvia, ¿no tuviste siempre ese poder? Cual soplo divino (y eso es) se apaga el leve fulgor que quemaba, la corona del sol en mis manos desaparece y queda sólo silencio y tristeza y entierro.
Te llevas mi alma como si fuera un papel, una pluma rota flotando en el aire a tu alrededor, a tu vasto paisaje, ese mundo sólo tuyo del que me has expulsado, cual Adán ladrón de la sabiduría, cual Eva tentadora del hombre, eterno pecado, límpido, siniestro, sensual. Manzana alterada, consumida. Y la serpiente sonriente que disfruta su malicia.
¿Significaron algo esas lágrimas?
Y cae la lluvia, sigue cayendo, el cielo entero se cae sobre mí, derriba mis fuerzas, empapa mi alma, destruye el solaz que por corto tiempo logré tener. Ya no hay fuego, ya no hay luz, no más música perfecta danzando en el aire, no más cantos ominosos que acarician mis sentidos, como frases proverbiales que sostenían mi cuerpo flotando en el aire.
El cabello atado hacia atrás, los levísimos rizos soltándose, los mechones cubriendo los ojos. El cuerpo, delgado, como figura recortada siniestramente en la neblina que tú provocaste. Un imitador burdo de la silueta humana, un fantasma salido de un cuento de hadas, que vaga etéreo y asexuado por los puentes que atraviesan los lagos que con tu tormenta has causado.
Y el fuego se extingue.
¿Acaso todo te has llevado? El robo ha sido interrumpido, el ladrón ha sido castigado. El agua divina termina. La luz inmoral vuelve. Quema la piel del ladrón, destruye sus suaves ropajes, se abalanza en su cuerpo semi-perfecto, semi-humano.
El episodio ha terminado. Tu orden, restaurado. Continúa engañándote, viviendo en ese Edén construido e inventado. Fantasía pura, simple temor, vago desconcierto, certeza lejana y reciente, verdadera duda y horrible sabor en los labios.
Y yo, cual Prometeo, huyo eterno de tus cuervos, suplentes del águila rápida que terminaría el tormento: prefieres las aves rapaces, de negro plumaje, terciopelo delicado casi como tu infinita piel. Y aquí, tu Prometeo, medio muerto.
Y él, cual Prometeo, desfallece inconsciente, perdido, se esfuma, se extingue. Adiós, adiós Prometeo.
26 – Septiembre - 2009,
4:56 a.m.
Me estaba debatiendo en que fuera o no un Infortunio, porque la verdad no sé de qué salió, sólo me llegaron las primeras frases y lo demás salió solito (comencé a escribirlo antes de perderlo como muchas otras cosas xD).
Pues eso, supongo que al final de leerlo caí en la cuenta que, después de todo, es un Infortunio.
Prometeo es el titán que robó el fuego divino y lo llevó a los mortales y fue encadenado por mandato de Zeus, su hígado devorado por un águila, creciendo cada noche para que el tormento se repitiera eternamente, hasta que Heracles le libera.
«Eso es todo amigos, muchas gracias por su atención… que les vaya bien bonito.»