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- Los muertos no necesitan aspirina.
Hilde tomó un cuaderno de notas de la mesilla de Alfonse con la misma indiferencia con la que había hablado y salió de la habitación con el acompasado tac-tac de sus tacones. Abandonados tras ella quedaron la habitación en penumbra, la caja de aspirinas tirada en el suelo junto a la cama y un cuerpo rígido, que parecía haber tratado de alcanzarla.
Hilde se arregló un mechón de pelo que le caía sobre los ojos, mirando su reflejo en el espejo del salón. Alzó las cejas e hizo un mohín. Luego se giró hacia la puerta de la habitación de Alfonse y lanzó un beso al aire, sin quitarse los guantes en ningún momento.
- Tschüs. - Susurró.
Sus tacones rompieron de nuevo el silencio al chocar rítmicamente con la tarima y pararon para ceder el honor a una puerta chirriante y pesada. Hilde no dudó ni un instante. Al salir dio un portazo y fundió con la negra noche su silueta de femme fatale.
Al poco tiempo de haber salido a la calle comenzó a llover. Hilde metió el cuaderno de notas entre los pliegues de su abrigo y apresuró el paso. Un par de veces paró en seco al ver alguna sombra aparecer por una esquina, con la respiración agitada y un nudo en la garganta.
PC210055Originally uploaded by synns.
Cuando llegó al centro de la ciudad pasó a la cafetería que el azar eligió; una de aspecto antiguo, de mesas pequeñas y olor a madera recién pintada. Pidió un cappuccino con extra de cacao y apagó un cigarrillo que a penas había encendido mientras miraba inquieta a su alrededor.
El café tardó en llegar lo que Hilde tardó en desabotonar su abrigo, colgarlo en el respaldo de la silla contigua, soltarse el moño y consultar las llamadas perdidas de su teléfono móvil. Tomando un tímido sorbo, volvió a mirar a su alrededor.
No recordaba haberse quitado los guantes, pero allí estaban, sobre el cuaderno de notas de Alfonse. La voz de Jamie Cullum resonó entonando London Skies y Hilde cogió el teléfono.
- Lo tengo - dijo en un susurro
- Hilde, du bist mein Leben. - Respondió la voz al otro lado de la línea.- En cinco minutos estaré en la estación.
Hilde miró su reloj de pulsera. Las ocho y veinticinco.
- ¿Y qué pasará con él?
- Sólo está dormido. No recordará nada. Ich liebe Dich, Hilde.
Nadie notó cómo la muchacha pelirroja salía del local, dejando una propina en la mesa, junto a un cappuccino aún con espuma y unos guantes blancos de piel.
Si Hilde hubiese vuelto a casa de Alfonse, habría visto la ventana del salón iluminada y movimiento en el interior. Ella tenía la certeza que el hermano de Alfonse seguiría tumbado en esa cama, y no habría sabido explicar cómo supo que cuando ella llegó Adrien ya estaba muerto.
Si Hilde hubiese ido a la estación, habría encontrado a un Alfonse muy nervioso que tenía una coartada perfecta para el día entero, pero con algo que ocultar anotado en un cuaderno que ella debía devolverle.
Hilde se acercó a un puente que cruzaba un río parecido al Thames, algo más pequeño y bastante más abandonado, y encendió un cigarrillo. Mientras contemplaba las luces de los edificios cercanos en el reflejo sobre el agua decidió que ahora era ella quien tenía el control.
- ¿Alfonse?
- ¿Hilde¿Dónde estás¡Te necesito aquí!
- Eso no importa ahora, meine Liebe. Lo importante es una cosita que tú puedes hacer por mí…