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Como acababa de hablarle él a Talita contándole lo que había visto, contándole que tenía miedo, hablando todo el tiempo de agujeros y de pasajes, a Talita o a cualquier otro, a un par de pies saliendo del hielo, a cualquier apariencia antagónica capaz de escuchar y asentir.
Rayuela, Julio Cortázar, Capítulo 54.
Natalia Hergeman sabe que esa aparición, a la cual le ofrece un plato de arroz, no es real. Pero decir eso en voz alta le está vedado, pues teme a la verdad, el desvanecimiento de Clarita, su hermana mayor que ahora debe estar volando hacia España, cruzando el Atlántico con las manos entrelazadas a las de su amante sexagenario. ¿Llevaría todavía el vestido blanco con el cual abandonó la Iglesia o se lo habría sacado para pasar desapercibida entre la multitud de pasajeros que unas cuantas horas más tarde arribarían a Barcelona?
El mantel sobre la mesita de pino en la cocina es rojo y plástico. Hace contraste con el blanco de puntilla que Clarita ostenta, pero combina con sus dedos bronceados, como salchichas delgadas, asadas. Una cosa era segura: la aparición era bastante fiel al recuerdo que Natalia guardaba de su hermana.
En realidad, grandes eran sus deseos de que regresara para ocupar el lugar de ese fantasma con el cabello ébano tan brillante como bien acomodado bajo el velo blanco.