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Ser
Arturo es. Empecemos por ahí. Para él, esas cuestiones son importantísimas. Le parece que todavía le queda mucho por estudiar, pero pasa demasiado tiempo sentado en la acera, esperando lo incomprensible de la Existencia. No sabe ni lo que es.
Su nombre es importante, pero lo cambia frecuentemente para moverse con más libertad. Jamás se presenta dos veces con el mismo repetición de ese paso en falso lo persigue cuando está sin trabajo entre manos. En realidad, ni su madre con Alzheimer lo conoce.
A la última mujer que lo tomó de ayudante en una roticería, le dijo que se llamaba Guillermo. Como el héroe de algún cuento de Vela.
Santiago Vela. El nombre de su padrino, un escritor arruinado que se pasa los días frente al televisor, mientras que se le acaba la plata y su nueva novia se encarga de todo, cuando no salta la hija.
Para Arturo, esa no era una vida. Un calefón a lo sumo, una cosa invertida y arruinada que ocupaba mucho espacio al pedo. Creía en ganar algún dinero, aunque hubiese que sacarse callos para eso. A pesar de que Santiago se mofaba de la pobreza, Arturo la sabía un verdadero peligro.
Con “Guillermo” se llevaba bien. Le hacía pensar que barrer la despensa era ir por el Grial o algo por el estilo. Y después, por la ventana del almacén veía llegar a su lady. Lu, la chica más bonita de la ciudad.