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ROJO
Rojo. El más mágico de los colores de la creación. Oscuro y sinuoso. La esencia de la vida y la muerte. Rojo que se diluye en el agua con delicadeza, formando sutiles ondas con cada gota de su lento caer. Sangre; principio y final, rueda del destino que gira y mueve la vida, fugaz existencia, y la detiene con igual elegancia, deslizándose cálida sobre la piel hasta separarse de ella y golpear el agua con deliberada calma.
La observo y me maravillo. Nadie lo entiende pero es precioso. El color, la textura, la visión más perfecta que pueda existir. Rojo oscuro recorriendo piel blanca, la más magnífica recreación de la muerte. Como debe serlo, lenta y exquisita, más allá de historias trágicas, vidas tristes o llantos exagerados... Sangre fluyendo. Una sonrisa. Eso es todo. Hermoso. Sublime.
Al poco tiempo el agua es ya rojiza y se mece, ondea a cada instante, goza de la mezcla con tan noble elemento vital. Y yo sonrío y aprieto los puños un poco más para acelerar el espectáculo que presencian mis ojos.
La botella de vino, mi verdugo, yace rota a mi lado en el suelo. El color tinto que la contenía y desapareció dentro de mí emana ahora através de mis manos. Y no hay miedo ni dolor. Sólo ausente contemplación. El cristal se ha manchado con los cortes y presenta una visión curiosa. Miro a través de él y me siento feliz porque ahora todo a mi alrededor es rojo, el mundo, el baño en el que estoy muriendo, el cielo y la tierra. Rojo como la sangre y el vino.
Empiezo a tener frío y las fuerzas me abandonan. Oigo gritos a lo lejos pero nada importan y el sueño me vence, dulce sueño escarlata que me envuelve a raudales y me libera al fin.
Pero cuando despierto, todo ha cambiado. Ya no hay rojo. Sólo blanco espantoso y tétrico que lo encierra todo y me ataca la vista, obligándome a cerrar los ojos para no tener que verlo. ¿Por qué me han quitado el rojo? Me hablan, me tocan pero nada importa ya, nada es real. Ni la bata blanca del médico que me examina ni la sombra de las lágrimas de mi madre junto a la cama, ni las odiosas enfermeras que chismorrean en el pasillo. Todas las palabras suenan tan vacías como mi corazón. He perdido el rojo. Su fluir, su calor, su visión deliciosa…
Y lloro. Ahora sí. Porque me han robado mi rojo y me han quitado la vida a cambio de una miserable existencia sin sentido.