Fiction » Sci-Fi »

Space Opera, un pequeño relato
Author:
eisenhorn-puritus PM
Desesperación, ozono y sangre entre las estrellas. Se trata de un pequeño ensayo del género Space Opera, simplemente para probarme a mi mismo. Agradecería que lo comentárais.
Rated: Fiction K+ - Spanish - Sci-Fi/Tragedy - Words: 2,386 - Reviews: 2 - Published: 03-21-08 - Status: Complete - id: 2492308
A+  A-   Full 3/4 1/2 Expand Tighten

Olvidar es de imbéciles. De presas. Siempre lo dije. Y sin embargo, ahí me encontraba yo, tratando de recordar la puta voz que nos había anunciado a mi grupo y a mí que ni siquiera se iba a conformar con nuestra rendición. Quería nuestra puta muerte.

Siempre fue jodido el trabajo de mercenario, podías morir, y mala suerte, chico, se te acabó la suerte, hasta otro día. Y a nosotros se nos había acabado la suerte.

Metí otro cargador en la carabina Guamichi que llevaba en las manos, que ya empezaba a recalentarse, y pulsé el botón parta anexionarlo. El piloto en verde apareció e un lateral del arma.

– ¡Verde! –Grité, y me asomé al otro lado de la esquina.

Tasy se escondió tras su esquina, al otro lado del pasillo, mientras los láseres purpúreos marcaban el metaloplástico, dejando huellas indelebles en mis retinas. Joder, era una putada combatir con láseres cuando uno había perdido el casco. Los ojos me lloraban, haciendo surcos en el polvo que me cubría la cara. Otro puto inconveniente. Te puedo asegurar que ser alérgico al polvo es una jodienda cuando te ganas la vida matando a gente por medio de un montón de explosiones y lucecitas arranca cabezas.

Disparé en fuego automático, propagando abriendo un camino de luces a través del pasillo destrozado, marcado por un millar de surcos de metaloplástico derretido. Creo que derribé a un par de aquellos cabrones de la IUBC, con sus armaduras color mierda suelta. El problema de los láseres era que su batería se descargaba rápidamente. Pero eso se suplía cuando varias personas hacían intercambios para disparar a saco desde una posición defendida.

– ¡Verde! –Dijo, tras mía, la voz de "el Kiki", colega mío desde hace ya unos cuantos años. Un tipo que, a ojos de cualquiera, incluidos los míos, era un tipo asqueroso, esquelético, de ojos saltones, con una extraña obsesión por lamer a miembros del sexo opuesto. Sin embargo, había demostrado hacía ya tiempo que valía la pena soportarle con tal de que disparara de tu lado.

Me agaché tras mi esquina, reprimiendo las náuseas que sentía por el asqueroso olor a metaloplástico quemado, que comenzaba a marearme. Joder, aquello no podía ser bueno. Otro de los inconvenientes de no tener casco. Tanto Tasy como Kiki debían de estar super cómodos con su casco Viessel de última generación, con sus lucecitas y sus blindajes. Claro que yo no podía quejarme. Si precisamente ahora no tenía casco era porque lo había usado antes para parar una bala que había podido atravesar un muro. Había valido la pena pagar por él, definitivamente.

Como muchas otras veces, Kiki solucionó la situación abatiendo a los mierdas restantes. Agarré mi comunicador. Otro inconveniente. Tenía que coger el comunicador manualmente, en lugar de llevarlo en el casco. Me cago en la puta, te aseguro que después de aquél día, duermo con el puto casco debajo de la almohada. Tenía que localizar a mis dos cabos, Miramoto, un japonés con muy mala leche, terrano, por supuesto, y a Jwin, un negraco de dos metros de yo que sé de que planeta que insistía muy a menudo en sus raíces jamaicanas.

Ambos me contestaron. Estaban jodidos, Habían perdido a buena parte de sus escuadras y se veían rodeados de mierdas por todas partes. La jodida International United Bank Corporation nos estaba dando por culo con sus Security Corps, más comúnmente llamados "Mierdas" por lo atractivo de su uniforme. Y para acabar con la gracia, el famoso y honorable Almirante Espacial Weller, gran héroe de la vigésima guerra de Corporaciones, nos abandonó honorablemente para que muriéramos, huyendo con su buque insignia, la Veligerati y el resto las naves que sobrevivieron a la batalla. Y ahí quedamos unos cuantos soldados que no habían podido evacuar y mi grupo de mercenarios, a los que no habían querido evacuar, cosa distinta. No fuera a ser que la impecable reputación del Almirante se hubiera visto empañada por contratar a unos perros de guerra, "motherfuckers", según el finísimo vocabulario del comandante Weller, ahí se atragantase con su brandy y sus puros, el muy cabrón.

Di mis órdenes por todos los comunicadores. Nos reuniríamos e intentaríamos salir de la estación en una de las naves que estaban atracadas. Fácil, si no fuera por que había todo un cuerpo del ejército tras nuestra y varias naves en proceso de destruir la misma estación. Bha, siempre se me dieron bien esas cosas, pensaba. Yo no era una presa. Yo era un predador. Joder, desde siempre. Hasta ahora, que no conseguía recordar aquella voz. Aquella puta voz. Joder, en aquella voz estaba quien nos había condenado. Y yo le conocía, joder, estaba seguro.

Corrimos siguiendo los mapas virtuales integrados en los cascos como el que yo no tenía, por lo que yo tenía que ir con la vista fija en el GPS de mi traje de combate, cosa que casi me costó la vida. Kiki, Tasy y yo nos reunimos con los miembros que quedaban de mi escuadra, una docena, entre ellos Makelele, un tipejo tiznado y con rastas que se jactaba de saber usar su lanzacohetes fotónico Táctical Radar de la Union Natural Organization, el TRUNO, que había pasado a denominarse TRUÑO, por la afición de Makelele a hablar todo el día de mierdas, vómitos y otras cosas "maravillosas".

Doblamos una esquina y oí un repiquetear frente a mí. Apenas me dio tiempo a levantar la vista del GPS para ver la granada. Un cilindro metálico de color negro que se acercaba resbalando por el metaloplástico de las rugosas losas del suelo. Abrí mucho los ojos, preparado para volar en pedazos muy pequeñitos, cuando un disparo de láser impactó justo delante de la granada, levantando la losa y lanzándola en la dirección contraria a la mía, por donde había venido. Salté hacia atrás y la granada estalló, convirtiendo buena parte del pasillo en escoria fundida, y quemándome la cara como si hubiera estado bajo el sol ardiente de Viresia durante dos semanas.

Alcé la vista desde el suelo, y lo que quedaba de mi pelotón formó filas rápidamente y acribillaron el pasillo por el que avanzaban unos mierdas, disparando y lanzando granadas. Kiki, a mi lado, sonreía con una mueca repugnante.

–Ya sabía yo que te aguantaba por algo –grité, riendo, disparando mi carabina desde el suelo.

Me salpicó la sangre de mis compañeros. Manuel Rodríguez, llamado Nolo, español terrano, un tipo rudo al que se le daba muy bien contar chistes, simplemente desapareció a mi lado, pulverizado por un espectacular fogonazo proveniente de un cañón láser, probablemente un Feurig o similar, regándolo todo de sangre hirviente. Otros cinco o seis mercenarios cayeron pulverizados antes de que Makelele metiera mano en el tema. Alzó su TRUÑO y gritó.

– ¡Al carajo los mierdas!

– ¡Carajo! –Gritamos todos, para evitar la descompresión.

Una explosión precedió a la salida del misil, que, a mayor velocidad que la del sonido, reventó el lado del corredor desde el que nos disparaban los mierdas con una ardiente explosión de luz azul. No quedó ni uno. El problema era que ya no había corredor por el que ir.

– ¡Vamos, hijos de puta, que nos hemos cargado el pasillo! –Grité – ¡A la derecha, a la derecha! ¡Vamos por la intersección 4a6f!

Marchamos los restantes, Tasy, Kiki, Lorenzo, Makelele, Anderson y yo. Los que quedábamos. Nos estaban machacando a base de bien. Aquél cabronazo del casco siniestro me las iba a pagar, ya lo creo que si. Si al menos supiera quien es, y por qué me disparó a la puta cabeza..

Cuando el todopoderoso Almirante Weller huyó con el rabo entre las piernas, contactamos con la nave insignia de la IUBC, desde la que respondió un tipo con un casco de lentes grandes parecido a una máscara de gas, diciendo que aguardáramos al desembarco de las tropas armadas, los mierdas, que nos ofrecerían un trato. Al fin y al cabo somos mercenarios. Cuando se pierde, uno negocia. Así son las cosas. No íbamos a perder todos la vida por un contrato, eso está claro. El problema vino cuando desembarcaron los mierdas con aquél tipo al frente. Nos rodearon los mierdas en el dock principal, un montón, rodeando a mi medio centenar de combatientes. El tipo aquél dio un paso al frente, y me dijo, personalmente, con voz fría, que íbamos a morir todos, que no había trato posible. Luego alzó su inmensa pistola de un solo cañón y me reventó el casco. El puto casco que tanta falta me hace. Después los mierdas comenzaron a disparar, y los nuestros huyeron, dejando a veinte en el dock principal.

Ahora huíamos intentando llegar hasta alguna nave operativa, antes de que nos encontraran o las naves de combate terminasen de demoler la estación. Como siempre he dicho, este trabajo tiene sus normas, y sus inconvenientes. Pero no estos. Se suponía que éramos mercenarios, nos pagan por pelear, si nos cogen, pagamos una cuota y somos libres de ir adonde queramos sin ser el objetivo de los cañones. Pero no sabía por qué, ahora las cosas no funcionaban como debieran. Todo habría sido más fácil si me hubiera acordado de a quién pertenecía aquella voz.

Entonces recordé. Aquella voz era fría, joder, casi como si fuese una máquina, y no un hombre el que nos asesinara verbalmente tras aquella máscara. Podría ser cualquiera que hubiera necesitado un implante de garganta por cualquier circunstancia, pero sólo había una persona que hubiera necesitado un implante y que tuviera algo en contra nuestra. Algo en contra mía. Nereo. Así se llamaba nuestro asesino. Nereo, que intentó hacerse con el mando de mi puñetera unidad, robarme a mi chica y quedarse tan pancho. Nereo, al que había disparado en el cuello, abandonándolo desangrándose como un cerdo en mitad de una estación comercial, con la guardia pisándome los talones. El cruel y ambicioso Nereo. Hijo de puta.

Cómo había llegado a ser almirante de la IUBC, no lo sabía en aquellos momentos, pero era capaz de apostar a cómo de grande había sido su asquerosa sonrisa cuando se había dado cuenta de a quiénes tenía entre manos. Corrimos por los pasillos, a paso tambaleante por el retumbar de los torpedos de infusión que derretían la estación poco a poco, hasta encontrarnos con los otros grupos. Bueno, el otro grupo.

Jakiyashi Miramoto, con su magnífico Fusion Flamer v.5.6, un inmenso armatoste para reducir cualquier cosa a escoria fundida, un arma totalmente inaceptable para una estación espacial. Pero las circunstancias obligan. Con él, otros nueve de mis mercenarios.

– ¿Jwin?

–Despresurizado.

Escupí una montaña de palabrotas. Al grupo de Jwin tuvo que pillarle el vacío dejado por uno de los torpedos de infusión. Señalé con el brazo. Avanzaríamos hasta el muelle inferior. Aún quedaban ahí algunas naves.

Descendíamos rápidamente cuando nos alcanzaron los mierdas, disparando a matar. Derribé a un par a las puertas del muelle, mientras Miramoto derrumbaba una sección de los túneles. Makelele hizo lo propio antes de recibir un disparo en el cuello, para lo que poco le sirvió el casco. Observé como a cámara lenta cómo un objeto pequeño recorría el aire hacia nosotros. Grité para dar el aviso, y nos cuantos fueron lo suficientemente rápidos como para refugiarse a los laterales de la puerta del hangar. La explosión de la granada bastó para acabar unos cuantos, pero el arma del aullante y achicharrado Miramoto fue lo que acabó directamente con la contienda.

Un trozo del quicio de la compuerta tras el que me apoyaba cayó por la explosión. Un reguero de sangre corría por mi cara desde la brecha que tenía en la frente. Alcé el rifle y me asomé por la compuerta de entrada al hangar, disparando el láser automático. Poco quedaba ya del pasillo, que dejaba ver niveles superiores e inferiores a través de los derretidos agujeros. Un montón de cadáveres en posiciones antinaturales lo adornaban por todas partes. A mi lado, Kiki, el muy cabrón, disparando y matando, de uno en uno. Tras el, Tasy, la Tasy que llevaba tanto tiempo persiguiendo, Anastazia Qzinegui, una belleza de ojos púrpura y pelo como el fuego. Con nosotros, Anderson, tratando de sujetar el rifle con media mano, y Silian, que ya no disfrutaba del visor de su casco táctico. Aparecieron más tropas de choque al fondo del corredor.

– ¡Corred, cojones!

Asaltamos una pequeña fragata de transporte, ligera y rápida, mientras los láseres quemaban el suelo a su alrededor. Silian recibió un disparo en el pecho, vomitando sangre a través del visor ausente. Entré en la pequeña fragata mientras los demás contenían a los soldados hasta el despegue. Activé los sistemas y, sin preocuparme por nada más, encendí los motores y cerré las compuertas. Programé un rumbo muy rápido para muy lejos, y me enjugué la sangre que comenzaba a cegarme el ojo derecho.

Me senté atrás, en un compartimiento de carga, con un botiquín. Anderson temblaba por los efectos secundarios de los estimulantes que se había metido para poder combatir con media mano de menos. Kiki se cernía sobre una tumbada Tasy, susurrándole algo. No podía ser. Malditos hijos de puta. Me acerqué corriendo. Un hilillo de sangre surgía de sus labios, y sus ojos se movían haciendo círculos, intentando no perder la consciencia. Le dije que no se muriera, que saldría de allí. Le dije que no la dejaría morir, mientras intentaba en vano tapar el enorme agujero que la atravesaba de parte a parte. No dijo nada. No contestó. No pudo.

Y allí murió. Me levanté, presa de la furia, y fui a la cabina. La vista se me nublaba por las lágrimas. Cabrones, joder, la habían matado, a ella, joder, no cabía en mi mismo. Sólo deseaba llorar, llorar y derramar sangre.

Asumiendo los mandos, esquivé con la pequeña nave los torpes pero monumentales intentos de los navíos de la IUBC de destruir mi pequeña embarcación. Abrí el canal de comunicaciones, en todas las bandas. Me oyó, desde luego que si. Grité con toda la fuerza de mis pulmones, con toda la intención. Y así quedó sellado mi destino, y el suyo.

– Me oyes, pedazo de hijo de puta. Se que me oyes. ¡Te voy a matar, lo juro! ¡Te voy a matar, y no quedará de ti ni el recuerdo, hijo de perra! ¡Lo juro! Te mataré, Nereo.

Favorite : Story Author   Follow : Story Author

  .    .