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“Duerme mi niño… mañana no hay guerra”
Irak. Uno de las naciones más belicosas desde su creación como país independiente, hace ya varios siglos. Desde tiempos bíblicos sus fronteras han sido zonas de conflicto, y sus ciudades principales, bombas de tiempo a punto de estallar. Los ataques antiterroristas a este país han diezmado a gran parte de su población, debido a que suelen ocurrir en regiones sobrepobladas por civiles. Los acuerdos internacionales aun están deliberando sobre el futuro de esta nación, mientras algunos países hacen omisión de los organismos internacionales y hacen justicia por mano propia. Según las negociaciones para el conflicto, la amenaza de guerra no cesaría, ni aun durante un periodo de dialogo, por lo que podían sufrir ataques incluso hasta resuelto el conflicto El gobierno del país decidió evacuar algunas ciudades en respuesta a las amenazas que se ciernen sobre la población civil. Sobre las avenidas de la gran capital de Irak, Bagdad, la gente comienza a abandonar la ciudad, sus casas, comercios; su forma de vida. Todo, para salvar su vida, y las pocas posesiones que pueden sostener sobre sus brazos. Entre la multitud que se abre paso hacia las puertas de la ciudad, un niño atraviesa correteando por entre las calles seguido de su madre preocupada, quien lo llama por su nombre implorando que no se aleje de ella para no correr peligro.
El apenas tiene 6 años, y la idea de una guerra en su cabeza se muestra como la ilusión de ser un galante soldado, de esos de los que hablan los cuentos. A el no le preocupa ver a las multitudes huyendo de sus casas, de sus hogares. No le interesa las causas de el conflicto que hacen de su nación una de las mas peligrosas. El solo ve los aviones de guerra, que surcan los cielos airosos de mil combates, y sueña con pilotearlos algún día. En sus manos forma una metralleta imaginaria, apunta hacia su madre y con su débil vocecita exclama un “¡Bang!”, para después darse a correr nuevamente. La madre del niño solo muestra un gesto de tristeza al ver a su hijo, que jamás ha conocido un mundo sin guerra, sin soldados amenazadores, sin temor. Durante todo el resto de la tarde, las multitudes de gente siguen abandonando la vieja ciudad, pero el transito de los caminantes es lento, por lo que la evacuación aun sigue ya avanzada la noche.
El niño, ya cansado de jugar, ahora descansa en brazos de su madre, quien avanza lenta y penosamente hacia la promesa de un poco de seguridad. Voltea a todas partes, solo para encontrarse con los rostros fatigados y cansados de los demás habitantes, quienes a pesar de su debilidad, no se dejarán vencer en su esperanza de encontrar un mejor lugar para vivir durante el conflicto, para después retornar a sus hogares cuando las cosas se tranquilicen.
El ruido de los aviones extranjeros acompaña su viaje, desde temprano había habido un trafico aéreo excesivo, seguramente esos extranjeros volverían a atacar alguna ciudad cercana. Las personas avanzan, aun cuando no ven hacia donde. La fe ciega en la libertad los impulsa. Solo de vez en cuando alguna vieja vela encendida guía los pasos de alguna anciana de débil visión, o de un padre con sus niños en brazos rendidos de cansancio. Este éxodo silencioso y oscuro continúa.
Poco antes de la media noche, los aviones dejan de sobrevolar la ciudad. El silencio se apodera ahora de los andantes, quienes siguen su camino sin darle mayor importancia a la ausencia de los aviones. De pronto, un ruido ensordecedor llena las calles por donde va la gente, seguido de un resplandor cegante. Una bomba fue lanzada.
La gente, en su pánico, comienza a correr en todas direcciones, presas de la angustia. Muchos son aplastados bajo esta carrera, muchos otros son separados de su familia. La joven madre, asustada, gira su cabeza hacia atrás, solo para ver como tropas extranjeras cargadas con tanques y misiles se aproximan cada vez más hacia el área de donde estaba huyendo la gente. Ella toma fuertemente entre sus brazos a su niño, quien ahora está despierto debido al escándalo de las bombas y la multitud corriendo. Los soldados comienzan a bajar de las unidades, listos para quitar del camino a quienes se les interpongan. La gente sigue huyendo y ocultándose inútilmente en las pocas casas que aun quedan de pie. La mujer, al ver que se le aproximan, corre desesperadamente junto con un grupo de personas a buscar refugio en los edificios. El niño comienza a sollozar, puesto que el estruendo y la carrera desesperada de su madre lo asustan. Lágrimas corren por sus mejillas formando surcos entre la suciedad del rostro del pequeño. Al fin la madre consigue un poco de refugio en una esquina de una derrumbada construcción, que está un poco lejos y oculta del paso de los soldados.
Se pone de cuclillas en el piso, está atemorizada y no sabe que hacer, y para su desconcierto, el niño comienza a llorar fuertemente cuando vio por entre los ladrillos de esa pared, a uno de esos galantes soldados disparar sin piedad su metralla en contra de un anciano que huía de ahí. Ella lo abraza calidamente, y le dice con su tierna voz de madre que todo estará bien. El niño duda, pero la madre lo calla meciéndolo y susurrando quedamente “Duerme mi niño… mañana no hay guerra…” El suave movimiento de los brazos de su madre hacen que el niño pronto duerma, intentando conciliar el sueño entre semejante catástrofe.
Las palabras de su madre siguen resonando en su mente, formando imágenes ensoñadoras de él mismo corriendo por las calles de su ciudad. Jugando con otros niños, mientras su madre vigila cariñosamente. De pronto una nube grisácea se cierne pavorosamente sobre la ciudad, un dolor agudo cruza su costado y todo se pone negro para él… Después de eso el niño despierta, primero solo entre las ruinas de esa ciudad. Curiosamente el cielo brilla despejado y un nuevo aire se respira. Al principio el niño se asusta de su soledad, pero de pronto aparece su madre y el niño corre hacia sus brazos. El niño ve que su madre está llorando, y el le dice que no se preocupe, que los soldados ya se fueron. –“¿Eso significa que ya no hay guerra, mamá??”-Pregunta el niño -“No mi amor, aquí no hay guerra”- Contesta la madre aun en un tono triste…
A la mañana siguiente a ese atentado, militares iraquíes patrullan las calles recogiendo heridos y calculando los daños. Los organismos internacionales habían acordado la paz entre las naciones apenas esa madrugada, por lo que los ciudadanos podrían regresar nuevamente a sus devastados hogares. Las patrullas seguían inspeccionando el lugar, levantando escombros, recogiendo cuerpos.
Un par de soldados se dirigieron a lo que parecía un montón de paredes derrumbadas, puesto que ahí había sido el refugio de algunas personas la noche anterior. Se adentraron entre las paredes y descubrieron a la joven madre, quien abrazaba a su niño. Cuando los militares intentaron moverla de ahí cayeron en cuenta de que estaba sentada en un charco de sangre. La noche anterior, cuando la madre cubría con su cuerpo al niño, ambos recibieron un disparo en el costado, lo que atravesó al niño y a la madre. Los soldados los hallaron a ambos ya sin vida, ella con un gesto de angustia, por saber que no había protegido a su hijo, el niño con una suave sonrisa en su rostro. Al parecer había muerto mientras soñaba…
Miyiku H/Y
-Dedicado a C. A.