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Author: kyonides
Fiction Rated: M - Spanish - Mystery/Drama - Published: 05-10-08 - Updated: 05-10-08 - id:2515734

Tu Amante, La Persona Que Te Odia
Capítulo Uno
por Kyonides

—Lo que digo es verídico, no me salté nada ni modifiqué nada — aseveró un joven de unos veintitantos años en un café ubicado en un boulevard capitalino—. Simplemente sucedió y no hay otra manera de explicar tal cosa.

—Por favor, Creoyo, no hay la más remota, ni la más ilógica, ni la más inverosímil posibilidad de que te la hayas hecho así y asá... Y mucho menos con ese “feeling” tan ridículo con el que te describiste. Mi experiencia con las mujeres, que es capaz de hartar a mis competidores más cercanos, me dice que no te le acercaste ni a un kilómetro a semejante mujerón. Bueno aún me queda la duda de que no fuera una callejera...

—¡Qué barbaro, Zúñiga! ¿Todavía lo dudas? Me sorprendes...

—¿Yo? No, no, para nada, Lares. Solo trato de darle aquí una oportunidad a nuestro amigo Creoyo. Esta vez será mejor que no nos mientas. No querrás vernos las caras cuando estamos amargados porque nos caiga mal nuestro almuerzo, pero te lo advierto. Estás apunto de conseguirlo.

—Disculpen, muchachos, pero yo no les miento — afirmó Creoyo con cierta sorpresa ante la incredulidad de sus dos amigos—. Yo le hice lo que me dio la gana y ella ni se inmutó y no, no me cobró por nada de eso.

—Pero sí le diste dinero para el taxi — dijo Lares, quien no se olvidaba de los detalles—.

—¡Rayos! ¿Qué esperaban de mí? Era tarde, muy tarde — aclaró el joven Creoyo — y no quería que le pasara nada de camino. Como quien dice, había que cuidar la mercancía o se me acabarían las noches sin pudor.

—Es suficiente, vayamos cuanto antes — murmuró uno de los hombres—.

—Sí, estoy de acuerdo contigo, compañero — respondió el otro—.

—Deja de llamarme compañero, recuerda que soy sargento de la policía y tú solo eres un detective. ¿Te quedó claro?

—¡Ay! Por favor... Aunque tengas este u otro rango las cosas no cambian para nada, “sargento”. Sargento... ¿A cuántos criminales mataste para llegar hasta ahí? Además no me dejas que conduzca, me mandas a comprar el café, las rosquillas, las empanadas y los emparedados — contó el compañero mientras se acercaban al ahora sospechoso—. Me obligas a mantenerme despierto al inicio y al final de una jornada de vigilancia. Si lo analizas bien, podrás ver que me tratas tan mal como a un compañero.

—Solo te concedo lo del menosprecio — le dijo el sargento—.

—¡Oigan! ¿Quiénes se creen Uds. para interrumpirme de esta manera? — preguntó Creoyo a los dos hombres que se levantaron y lo sujetaron de sus brazos—. Amigos, hagan algo, aunque sea llamen a mi abogado o mi jefe o a quien sea. ¡Escúchenme! No me hagan esto.

—Lo siento, yo no sé nada de esto, Creoyo — respondió Lares mientras el otro guardaba completo silencio—.

—A Ud., Sr. Creoyo, Creoyo... ¿De dónde sacan estos esos apellidos tan falsos, tan patéticos? Es increíble.. Sepa que ahora está bajo arresto.

—¿Bajo qué cargos? Digo yo, si se puede saber — preguntó Creoyo con un tono sarcástico—. ¿Acaso el respirar aire puro se convirtió hoy en un delito? Solo esto me faltaba, que fuera uno y de los graves, je, je, je.

—No, no lo es para la mayoría, pero para Ud. sí lo es, maldito violador. Ah y no me venga con ruegos y lloriqueos que yo no me apiado de aquellos que dejan a las mujeres en el mismo estado que el de Heidi Barrena.

—Están equivocados, yo no la violé ni la forcé. Ella nunca me dijo que no quería continuar. Ninguno de nosotros tomó alcohol o drogas. Es imposible que le causara daño, ella incluso me especificó que le gustaba que fuera conmedido porque no quería le hiriera sus partes. Eso fue todo.

—Mire, maldito, tenemos bien grabada su “amena conversación” con sus amigos en nuestra cinta — le aclaró el detective de tez como la de un indígena—. ¿Y qué cree? El juez de fijo lo condenará al encierro por al menos tres décadas. ¿Qué? ¿Me va a decir que está feliz con eso, desgraciado?

—Yo sé muy bien que lo disfruté y sobretodo porque estoy seguro de que ella también lo hizo... Me terminó pidiendo más, pero yo ya estaba muy cansado.

—Sí cómo no, — reclamó el policía más alto y grueso — estabas cansado por trasladar su cuerpo al sitio de desecho a dos calles de su “nidito de amor”.

—No, eso jamás pasó así. Yo me aseguré de que tuviera dinero para pagar el taxi de vuelta a su casa y eso pasó antes de que cruzará por el umbral de mi puerta.

Los tres hombres avanzaban por el boulevard después del mediodía abriéndose paso entre la multitud que estaba dividida entre los que estaban sorprendidos y los que les daba lo mismo esa visión porque la consideraban muy “normal” en estos días. Creoyo estaba convencido de que los almuerzos de sus amigos y el suyo no les sentarían muy bien a sus estómagos e intestinos. Ya podía sentir como sus vísceras se revolvían por dentro.

—Pues eso no es lo que dijo ella cuando le mostramos su foto para que te identificara, maldito engendro — dijo el mismo detective que también era más bajo y algo lento al caminar —. No dejó de llorar y empapar la hoja justo donde estaba tu fotografía. ¿Eso no le dice algo?

—Mmm, ¿quién lo diría, Valera? ¿Quién lo diría? Veo que ya no muestra más esa amplia sonrisa de depravado profesional, “Sr Creoyo” — comentó el sargento quien no era muy reservado—. ¿Qué lo desmotiva? ¿Son todas las pruebas que acumulamos en su contra? Ya verá cómo esta vez será su acusadora y no cupido quien lo traspase de un flechazo.

—¡Hey! ¿Quién lo dice? Todo eso es meramente circunstancial y no apunta en mi dirección. Entiéndalo, están por encerrarme a mí, a mí, al hombre equivocado. El hombre al que buscan todavía sigue suelto en las calles. Yo estaba demasiado lejos de ella cuando le ocurrió lo que afirman que sufrió en plena calle. Nunca abandoné mi apartamento, Srs.

—¿En plena calle? Permíteme corroborar algo, Valera. ¿Alguna vez dijiste algo de que la violación ocurriera en plena calle? Pregunto por si le has dicho algo como eso, aunque sea de forma muy casual.

—No, no lo hice y no recuerdo que lo hicieras tú, Jara... ¿Cómo se llegó a enterar de eso nuestro “nuevo amiguito”?

—En verdad que no tengo idea. Déjeme decirle, Sr. Creoyo, que Ud. es todo un “artista”, es capaz de hundirse más rápido que el Titanic y el Brittanic juntos. ¿No estás de acuerdo, Valera? Creo que este rompió el record.

—Sin lugar a dudas, Jara. Sin lugar a dudas y eso que ni nos lo proponíamos antes de que llegáramos a la estación.

—Deben saber que no me engañan, Uds. solo son unos policías corruptos que estaban desesperados por encerrar al primer idiota que se encontraran en la calle.

—Sí, sí, “artista”, y da la casualidad que Ud. es ese idiota. No se librará de los cargos ni en sueños, simplemente ya no tiene salida.

De regreso a la mesa donde ahora ya solo dos personas terminaban de almorzar, uno de ellos aprovechó para expresarse con respecto al arresto tan inesperado que le causó una profunda impresión.

—¿No te parece que debimos creerle cuando se puso a rajar de su más reciente conquista, Lares? No acusarían a nadie por no haberlo hecho...

—Es posible que nos dijera la verdad desde un inicio. Me parece que nosotros más bien corrimos con más suerte de lo que podíamos esperar de la vida. Un poco más y pudieron habernos llevado con él a “la perrera” por pensar que éramos cómplices suyos y violadores empedernidos.

—Y en cambio ahora acusan y arrastran a un hombre que por primera vez en años logró que una mujer admitiera que le gustó lo que tuvieron juntos, pero a nosotros, los verdaderos expertos — dijo Zúñiga de forma muy poco humilde—, ni consiguen molestarnos con algo más que con terminar nuestra charla de forma abrupta.

—Ha de ser que a Creoyo no lo cubrió el manto de la oscuridad, digo, de la indiferencia por estar hablando de eso a pleno día... Bueno creo que es hora de aprovecharnos de lo mal que funciona el sistema para retirarnos a nuestros hogares. Dudo que este sábado traiga más sorpresas consigo.

—Sí, mejor me levanto — admitió Zúñiga—. Ah, Lares, tienes razón en lo primero, aunque cuestiono el que nuestro traumatizado amigo Creoyo no vea la vida de cuadritos por algo más que solo su desafortunada aventurilla.

—Lastimosamente — explicaba Lares— la cárcel le dejará una espantosa marca en su cuerpo y en su alma... Espero que se logre integrar a un grupo antes de que sea muy tarde para él... ¡Qué la pases bien con tu nueva “novia”!

—Igualmente, Zúñiga, igualmente, ja, ja, ja.

En la mesa abandonada se quedaron los platos y cubiertos sucios, las servilletas dobladas, las copas manchadas de un poco de grasa, varios billetes por el monto de la cena, la propina y una nota dirigida a una camarera “de la alegre mirada y traviesa como ninfa del bosque”.

(Continuará...)


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