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Mi Propio Zahir
por Kyonides
Para mí el Zahir no era más que aquello en lo que, aparentemente, yo no iría a pensar, de imaginar o saborear en toda mi vida. Estaba convencido de que, en mi caso, eso no impactaría mi ser. Simplemente ignoraba qué podía ser y hacer a cualquier persona o comunidad. Jamás sería igual a querer permanecer despierto. ¿Sería idéntico a beber otro sorbo de mi refresco gaseoso favorito? ¿O se trataría de algo inexistente? Cualquier conocido mío no habría dicho que yo me quedaba corto con estas descripciones, a menos que ellos debiesen pensar en el propio concepto… El de ellos podía ser muy distinto, o bien, era el de llegar a verme todas las noches con una o más botellas de refresco de mi sabor favorito, se creerían testigos mudos de mi “adicción” más arraigada y aún así tal cosa no dejaría de ser una costumbre inofensiva. Para mi sorpresa o la de otros, lo que debo admitir en estas anécdotas no tiene relación alguna con ningún objeto de fabricación humana como el plástico o herramientas de hierro como las pistolas. Estas cosas podrían convertirse en la pesadilla de cualquier ecologista o de algún oficial de policía, pero a mí no me pondrían nervioso. Es más, desearía que no existieran tales cosas o que en verdad fuese ese líquido carbonatado lo que trastornara mi vida, pero eso es más rápido que mi mano, a la que le encanta escribir. Los estragos que causa no son los que se atribuyen a un pobre nivel de higiene, a no poder borrar de la conciencia un acto horroroso o a no consentirse a uno mismo. Su origen no habría de ser otro que el de mi propia mente desequilibrada, la misma a la que ustedes le prestarían atención gracias a estos escritos. A lo mejor pudiera ser que tal creencia sea lo que le daba poder y que los lectores no fueran capaces de hallar claves sobre el origen de mi decadencia…
Como ser conciente o como mero humano que soy, he formulado varias hipótesis más serias al respecto. El motivo de esto no fue el mero gusto de investigar. Prefería estudiar anatomía por medio de Internet, pero este hábito fue rápidamente reemplazado a la fuerza. Mientras trataba de relajarme admirando esas imágenes o las de mis programas favoritos, recordaba bien que eso que me incomodaba a ratos y que no me permitía olvidarlo, sería algo muy sin gracia, tan solo una puerca cucaracha, una infame portadora de gérmenes… Volvía a fijar mi vista en la pantalla y retornaba la ilusión de la presencia de una criatura glotona que no dejaba de moverse o de crecer… Al menos eso hacía el insecto que en la realidad alcanzaba a divisar. Al dar feliz término a la inspección ocular o a la presunta investigación de muertes y desapariciones sospechosas, no lo volvía a ver, quizá se habría convertido en un súper insecto muy veloz que ni mis nerviosos y acuciosos ojos pudieron hallar. Esa incapacidad hubo de ser solo un pequeño precio a pagar por no preocuparme más por ella. Sin embargo, tenía muy fijo en mi mente el supuesto hecho de que debía temer por las implicaciones de su desvanecimiento. Por su naturaleza de insecto, por su simpleza o su adaptabilidad tengo que suponer que pudo haber evolucionado. Igualmente pudo aprender a volar y a despistarme de esa forma, pero creo que no me conviene ser tan ingenuo… Lo óptimo era que entonces destinara el tiempo que restaba para dormir y relajarme. Si esa molestia también consiguiera manifestarse en ese momento, no me costaría olvidarlo en cuanto llegara a despertarme.
Cierto día llegó el momento en el que ya no sentí preocupación por tal asquerosidad andante, fue una inquietud que se transformaría en una tranquilidad semi permanente. Tal parecía que no habría vuelta atrás, la salud se manifestaría el día entero. Así no me preocuparía por ver los programas y películas más controversiales ni por discutir y pelear por lo que yo deseara.. Con el tiempo fui notando que eso solo me hacía vivir en un estado de alerta no muy evidente en el plano del inconciente y que a la vez se volvería algo pesado. Cuando regresaba al estado de vigilia solo me imaginaba que alguien o el destino quería que yo fuese una persona aún más seria de lo que era normalmente. Hasta ese punto yo no veía ningún inconveniente en eso, tan solo sería una parte del proceso de maduración y del de propia aceptación.
Pocos meses atrás hubo un descubrimiento muy curioso. Al regresar del trabajo, quise aprovechar para hacer la última revisión del día de todas mis bandejas de entrada, mis mensajeros instantáneos y mis páginas favoritas en Internet. Aun si esto era para mí como la segunda o tercera rutina diaria más importante de mi vida y que podría ser mi verdadera “fuente de la preocupación” debido a su existencia más virtual, sentía que la vikinga gorda de la ópera conseguiría que estrellase mi cabeza contra el teclado y que se activarían las alertas del sistema operativo hasta nuevo aviso. En realidad sí ocurrió esta caída, excepto porque no estaba previsto que me produjera un intenso dolor de cabeza. Lo anterior me llevó a atisbar algo inusual que se desplegaba en la pantalla. Tal vez presioné repetidas veces el tabulador o el intro, por lo que pude abrir mis notas en mis archivos personales. Así lograría darme cuenta de que alguien debió destrozar mi obra, un boceto muy desarrollado que representaba mi esperanza de convertirme en uno de los autores con un libro en la lista de los más vendidos. La mejor prueba que tengo para mostrársela a la policía es esta sección:
“Estoy tras una pista falsa. Tenía razón si creía que la gaseosa solo era un implemento de trabajo. Lo que obvié era que nunca hubo una cucaracha, solo se trató de una obsesión por la indagación o la limpieza. Tener mil cuentas de correo y cientos de páginas favoritas solo representaban un afán de resaltar la necesidad de lucir como una persona muy ocupada. Simplemente pasaba porque no se tenían algunos pasatiempos. La realidad era muy distinta. Durante toda mi vida yo he sido mi propio zahir y no hay ni habrá nadie más después de mí. Debía de saber que es algo impostergable. Estoy seguro de eso, sé que nunca más me permitiré ser como era, pues el paso ya fue dado...”
Admito que yo incluí un comentario en una nota aparte de que me iba a descansar debido al cansancio que experimentaba desde hacía algún tiempo debido a las múltiples horas extras, pero yo no fui quien redactó esa locura en mi boceto. La hora de registro de la última modificación en el archivo principal y en el respaldo así lo establece, esto fue realizado durante mi jornada laboral y yo no estuve en casa a esas horas del día. Incluso recibí una llamada de un familiar en mi lugar de trabajo minutos después de que se realizara la alteración. Debí contemplar, desde entonces, la gran posibilidad de que la cucaracha inmunda que me estaba acosando se tratara de no menos que un gigantesco bicho que caminaba en dos patas y que con las otras dos contaminaba toda obra de arte. Solo eso me faltaba, ser víctima del espionaje y me aterraba ver venir toda clase de sabotaje.
La mala costumbre de guardarme los secretos o sufrimientos propios ya me causaban estragos, pero por mi propia seguridad podía ser lo mejor que podría hacer. Al final de cuentas llegué al punto en el que exploté. Sentí que podía contarle todo a una amiga y no a las autoridades. No estaba demás obtener las opiniones u observaciones de alguien más para descartar la existencia de cualquier inmundo delirio. Fue por esto que hablé de la parte más incómoda de lo que me venía ocurriendo fuera del trabajo y no pudo faltar que mencionara algo de los estragos causados en mi libro. Así supo esta joven cómo abandoné ese proyecto, de lo desilusionado que estaba por la pérdida de tiempo que implicaba su restauración. A ella la empecé a considerar como una conocida más luego de que me aconsejara haciendo uso de una serie de acciones inauditas para mí.
—Lamento tantísimo tu pérdida, me imagino que debe afectar más que cualquier otra cosa. Eso me deja con una duda de cierta relevancia. ¿Hace cuánto te pasó eso de la alteración de tus textos?
—Ya no estoy seguro, quizá solo varias semanas atrás.
—¡Ah, qué interesante! ¿Y tienes idea de si fue hombre o mujer? ¿Un amigo bromista o alguien con quien no te llevas bien?
—¡Obviamente no me llevo bien con el perpetrador! Matar una esperanza no es algo que le vaya a perdonar en esta vida. Si me llego a dar cuenta de quién es, lo más seguro es que… No haga nada, pues un autor no es bien visto si tiene alguna mancha en el expediente del Poder Judicial o al menos en el de una delegación de policía. Me frustra que ese canalla siempre se vaya a salir con la suya. Solo falta que se me ocurra algo lo suficientemente disimulado y verá cómo cae por la embestida furiosa de este orgulloso e ingenioso escritor, considerado un primerizo, pero siempre un escritor.
—¡Jue! Nadie dice que eres rencoroso… Ya que siempre habrá de dispensarse justicia, y en tus propias palabras me baso para afirmarlo de forma vehemente, tal vez logremos alguna clase de avance con solo que me permitas sentarme frente a tu computadora. Es posible que haya algo ahí que nos sirva de pista para comenzar pronto su persecución. Una nota, la forma en que desordenara las cosas…
De inmediato se dio ella el permiso para ir a sentarse en mi silla reclinable, mi consentida, y para dar inicio a su inspección ocular de mi computadora y mi escritorio. Yo estaba al tanto de los meses que habían transcurrido y de la imposibilidad de hallar algo. Las ideas no me llegaban con claridad, no sabía cómo podía desalentarla. Para mí era mejor que no me siguieran la corriente.
—Diana… ¿Es verdad que apellidas Monge Zúñiga? ¿Me equivoco?
—Sí, aunque el apellido de mi padre era Garita, mi madre decidió cambiárselo luego de que se realizara su segunda boda. Con el tiempo pude averiguar que alguien engaño al otro y que ahí se terminó todo. Por eso no me molesta el que no aparezca en el registro con el otro apellido. ¿Crees que ese sea también el caso de un sustituto? O solamente el de un intruso?
—¡No! Es solo que nadie dijo ni creía que eras Holmes como para que te pongas a hurgar entre mis efectos personales con tal confianza. ¡No seas tan engañada y apártate de mi herramienta de trabajo de una buena vez! No he de permitirte que me la descompongas o la decomises.
—Tranquilo, si tanto te perturba que te desordene tus notas, puedo pasar a algo distinto. Se me ocurre otro método más intuitivo y a veces hasta más eficaz.
—¡Cómo sea! La cuestión aquí es que no ensucies nada ni muevas algo.
—Te repito que puedes estar tranquilo, dentro de poco te podré anunciar algún descubrimiento que nos sea de suma utilidad.
No soportaba más ese complejo detectivesco ni esa seguridad de hallar respuestas y me fui a tomarme un vaso lleno de rompope bien frío. Me quedé mirando por el vidrio de la ventana y dudé por un momento. No estaba seguro de si la situación en general ameritaba el volver a llenar mi vaso hasta el tope. Finalmente me armé de coraje para retornar casi al lado de mi amiga y decirle cuáles eran mis acertadas conclusiones sobre el caso.
—Me parece que un amigo tuyo, uno de color, estuvo justo aquí y que pudo haber realizado alguna alteración significativa en tu PC y que hasta ahora se está reflejando en cosas como tus archivos del disco duro. Sería un virus o un gusano informático.
—Mira, Diana, no le toleraré semejante acusación, porque él no tiene por qué sentir culpa por ser como es y si hablamos de cambios, estos únicamente han de ser las líneas de texto que digitó en el mensajero para vacilar un rato a un contacto mío que era demasiado crédula y que nos hizo reír por buen rato. Antes de apuntar dedos, debería callarse y esperar que haya algo serio por lo cual deba sacar su inseguridad aflote. Aún mejor, olvida lo que sepas de esto. No te quiero ver por ahí investigando mi vida, mis relaciones afectivas ni laborales. Para nada deseo ganarme más enemigos del que ya tengo.
—Bueno, no se me enoje, yo solo lo dije porque me parecía el único sospechoso, no porque yo desease visualizarlo con tal o cual aspecto específico.
—Pues no me pareció que lo visualizara como una mera posibilidad. Además él no ha estado aquí desde marzo del presente año.
—Disculpa, no se trata de que me recrimines mi simple equivocación. Fue algo casual, no premeditado. No es que mis ojos no puedan ver las cosas nítidas, ni que mis poderes de deducción estén mal. Tampoco es que mi bola de cristal esté sucia, es que a penas traje una bolincha y no me fijé que tenía como una banderita en el interior.
—A mí qué me importa si es de un tamaño o de otro. Yo no mandé a llamar a una gitanucha de cuarta que ni sabe distinguir entre lo normal y lo sospechoso. Mejor guarda silencio… ¿Qué dije? Mejor te largas de aquí ahora.
—No seas incomprensivo, trato de ayudarte, es mucho más difícil canalizar las energías si lo hago frente a tu computadora. Si fallé por un escaso margen y es porque necesito que te encuentres cerca para ver mejor las conexiones que tienes con las personas que han pasado por este sitio. Si no te convenzo con eso, por favor déjame traer una bola de cristal de verdad de casa de mi maestra.
—No, no. Nunca necesité saber cuál sería mi destino y solo me pondría con los nervios de punta por ver si de veras pasará lo que inventaste a la carrera. En serio, ya sal de mi casa y no me pida plata para el taxi, pues la gasté en la comida que pedí por teléfono y que aún no ha llegado.
—Mejor todavía, así podré concentrarme más fácilmente con el estómago lleno.
—No, ya sálgase. Por lo menos deseo cenar tranquilo o, en su defecto, no incomodarme más para no tener que sentir dolor de estómago por lo que pudieras idear en este rato. Hablo en serio.
—Calma, no es mi intención causarte una diarrea o algo por el estilo.
—¿Te fuiste? ¿Sí? ¿O qué esperas para hacerlo?
Luego de la esperadísima partida de Diana me pregunté si la inactividad o la falta de ese deseo de indagar en lo más profundo también podrían matarme de la obstinación, de desesperación. No estaba de acuerdo con la metodología de ella, pero no estaba de más que previniese futuros ataques informáticos con algo más que un programa. De seguro debía contar con las vías menos comunes para dar con la verdad o lo que más se le acercara. Aún así me detenía el solo hecho de parar en el mismo punto que ella. ¿Llegaría a creer ciegamente que una artesanía sabría más que yo de lo que estaría por ocurrir? ¿O que recordaría mejor lo ocurrido en mi casa durante su ausencia previa a su compra? No soportaría recordar cómo habría botado la plata en la tienda de una estafadora que se haría llamar una lectora de cartas del tarot...
Transcurrieron un par de horas y atendí una llamada de la casa de mi familia. Mis padres aprovecharon para saludarme, pero no fueron insistentes con las mil y dos preguntas sobre lo que me había pasado desde que dejé de visitarlos. Esta variante tan anormal se explicaría en muy poco tiempo.
—Aló, ¿Fabio? Soy yo, Diana, vine a la residencia de tus padres, ya que deseaba conocerlos más a fondo, disfrutar con ellos una amena conversación.
—¡Desgraciada! ¿No piensa que debe dejar de molestarme? ¿Quién le dijo que pasara por la casa de ellos a hacer nada?
—No, cálmate, no te me exasperes. ¿Para qué quieres herir mis sentimientos? Solo vine para hablarles y seguir lo que empezamos a averiguar en tu casa.
—No le siga la corriente a Fabio, él se hace el indignado para no tener que aceptar la verdad, que él necesita de la ayuda que le puedan brindar. No vaya a creer que de veras la desprecia ni que la está humillando.
—¿Escuchaste eso bien? Debes saber que es hora de que te abras un poco hacia quienes se interesan en ti. Si lo hicieras pronto, de seguro saldríamos avante en la solución de tal dilema tuyo, ese que es más importante que tu orgullo de macho
—A usted no le importa si yo deseo conservar mi “gran complejo” de macho alfa dominante. El asunto es que nunca le di el derecho de ir allá a preocupar innecesariamente a mis padres. Solo a usted, una infame aprendiz de gitanucha se le ocurre que todavía quiero verla después del mal rato que me hizo pasar en mi propio hogar.
—Está bien, no te llevaré más la contraria. Dejaré que te hundas en el lodazal de tu soberbia tal como lo deseas. No quiero que me odies, no soy digna de ese trato. Recuerda que si quieres mi ayuda deberás visitarme y soltar todas las lágrimas que no has liberado en años si has de esperar que te vuelva a apoyar.
—¿Qué? ¿No me diga que también aprendió a permanecer completamente ebria en su estadía en esas caravanas gitanas? ¿Sabe qué pienso hacer? ¡Colgar!
Para nada me interesó ver cuánto daño pude hacerle a la base del teléfono, solo me dirigí a mi cuarto y me tendí en cama. Me concentré a tal punto que ver el cielo raso me pareció lo más acertado que hice en ese día. Fue entretenido hasta que el celular que aún llevaba puesto en el cinturón sonó y me indicó que se trataba de un amigo.
—Mae, Fabio, véngase acá a la casa de Manfred, hay unas güilas que no se las puede acabar de saborear en una sola noche.
—Lo siento, mae, no creo que pueda verlas hoy, creo que me he convertido al ascetismo más pasivo.
—Bueno, bueno, ya sabe que puede venir a practicar eso aquí mismo. ¿Usted sabe dónde es? Si se pierde puede llamarme y va a ver que no es broma que esto parece más una pasarela de alta costura muy entretenida que un vulgar pelón.
—Ahí lo estaré contactando. ¡Adiós!
Al finalizar la llamada yo tenía la inconfundible certeza de que yo fui el más incoherente interlocutor de los dos. Ni siquiera sabía si existió alguna vez una versión pasiva de ese movimiento, mas estaba ciento por ciento convencido de la total conveniencia de haber tomado esa decisión tan original…
Las horas de vigilia que se extendieron hasta la una de la madrugada me hicieron comprender que la respuesta podía estar en mi propio comportamiento, básicamente pudo haberse tratado de un serio descuido mío. Estaba en la obligación de averiguarlo y era de suponerse que empezaría con unas cuantas preguntas a mis vecinos. Estos debieron verme entrar con un hombre sospechoso o tal ser entraría al irme yo a sudar la gota gorda en el trabajo. Tales preocupaciones diarias pudieron lograr que ni sospechara que eso o más acaecería cuando menos lo deseaba. Lo más seguro era que fuese el trabajo de todo un profesional en la invasión de mi PC o de alguien que sabía ocultar su identidad y que pasaría inadvertido hasta que me decidiera a desenmascararlo. A pesar de que debía hacer algo al respecto, a esas horas no tuve más opción que sumergirme en las aguas del mundo onírico. Por lo menos ahí no tenía la obligación de jugar a ser alguien valiente.
Con el amanecer del siguiente día logré tomar la decisión de aprender de mi error, del cual no tenía claro cuál terminaría siendo su máximo alcance, y mantener en el silencio mi sufrimiento. Ya tenía previsto que el peso en mis lomos aumentara increíblemente. Entretanto aprovecharía la temporal ligereza para dar inicio a mis propias pesquisas. Debido a las mismas consecuencias de mis actos previos estaba en la obligación de revelar de una vez por todas la naturaleza del mal que me aquejaba en cuerpo y alma. No podía darme el mismo lujo de algún poeta de dejar botada todas mis aspiraciones en la vida, ni permitiría que otro ser me arrebatara mis deseos de vivir y triunfar en lo que fuera posible. Por dicha no había negociado con nada ni nadie. Ya que podía sacar amplia ventaja de mis perseguidores desconocidos, decidí investigar todo lo que pudiese apoyar mis conjeturas previas y lo hice en la misma red de redes. Para mi infinita impaciencia eso fue un durísimo paso, eso fluía tan rápido como correría una liebre con una pata quebrada. Tuve que conformarme con visitar unos cinco o seis sitios por cada sesión semanal.
Para la segunda búsqueda información tenía en mente la idea de que lo que requería hallar empezaba con la letra zeta. No era la a ni la be, solo podía ser la zeta.
Regresaba del trabajo y decidí que me hacían falta unas buenas tortas de carne de ¼ de libra. Solo pensaba en lo jugosas que las serviría en un platillo suculento, pero que estaría lleno de esa grasita mágica. Lastimosamente no babeaba porque tenía la boca reseca. De ahí pude tomar coraje para comprar un jugo de naranja y dos botellas pequeñas de burbujeante gaseosa. Minutos después se me podía ver ingresando a mi casa.
Guardé el contenido de las bolsas en el refrigerador a excepción de mi amiga, la gaseosa. Esta la abrí y empecé a beberla. Recordé que el sábado anterior una amiga había tenido una actividad y le envié un mensaje a su teléfono celular. En cuestión de unos minutos recibí una llamada en el teléfono fijo. Del asombro fui a levantar el auricular.
—¡Diay! ¿Se escapó de la clase? Es más, le digo que esa ya no es usted. No sabía que andaba aprendiendo tan malas mañas.
—De fijo que ese no soy yo, pero en cuanto a las malas mañas todavía hay que enseñarle muchas que ni se imagina que existían.
—A la… Disculpá, nadie me tiene pensando que ella me iba a contactar tan rápido. Como si alguna vez hubiera sentido la urgencia de hacerlo. ¡Bah! Dígame, ¿en qué no le puedo servir?
—¿Cómo que no puede servir? Mae, claro que sí puede hacerlo, es necesaria su opinión. Es tanta mi necesidad de que me diga cuál es su parecer que no dudé en llamarlo para cerciorarme de que le llegó mi correo electrónico. ¿No lo ha visto en su bandeja de entrada? Tiene que haberlo visto.
—La verdad es que no, lo único que estoy viendo en algo que suda frío y que al saborear eso uno percibe con la lengua algo como caramelo.
—¿Tanto lo impresionó? ¡Quién lo iba a decir mejor! ¡Vengan esos cinco!
—No, idiota. Estoy hablando de nada menos que de mi cola. Aún no sé de qué correo estamos conversando o si no es de eso.
—Está bien, mae. Yo sé que usted no se va a apartar de su gaseosa querida, pero esta diminuta distracción puede hacer que la olvide de aquí a mañana. Mejor conéctese y ahí chateamos con más detalle.
La llamada no duró un segundo más y pude meditar sobre la conveniencia de encender mi computadora y averiguar cuál era ese misterioso correo. El casi sagrado magnetismo del aparato me hizo extender mi brazo y prenderlo, ver la pantalla de presentación del sistema operativo como por dos minutos e introducir mi contraseña de la PC. No tardé nada en verificar que, por soberana suerte, la conexión de Internet funcionaba adecuadamente y corrí el programa. Entonces debí comunicarme con mi amigo por el celular.
—Mae, “Vero”, aquí me apareció un mensaje de error de conexión al servicio y al mensajero instantáneo simplemente no le da la gana hacer algo útil. Esto me da pereza y no creo que me meta en la página del correo solamente por una cosa.
—No joda, mi ex era esa Vero, no me vuelva a llamar así. ¿No ve que quiero empezar de nuevo con otra doña? Es solo que yo no puedo quedarme con lo viejo, siempre ocupo estar renovándolo todo, remozando aquello que se ha empolvado. ¿Para qué quiero a alguien tan inútil como ese mensajero instantáneo? Ojalá pudiera correr ahí ese cochino Wizard del programa para hacerla borrada de la mente de todos.
—Sí es cierto, el Wizard… Ahorita lo hago correr hasta quedar sin aire… Grandísima… Mae, lo están bloqueando… Maldita sea, se me olvidó cómo se comporta la muralla de fuego de ese mal nacido Antivirus. Esperate un toquecito, ya voy a configurar eso debidamente.
—De veras, mae, que usted parece nuevo en esto…
Subsanados los problemas con mi mensajero, inicié sesión con suma tranquilidad y alguno que otro grito ahogado. En la siguiente pantalla no vi el menor indicio de que hubiese recibido el desdichado correo de mi amigo. Se abrió la ventana de conversación de él y dudé por unos instantes. Lo más seguro es que pensaría que lo borré sin siquiera haber ojeado el contenido del mismo. Sin embargo, admitir el hecho de que no se lo podía hallar no era algo de lo más inusitado.
—“Vero”, digo, mi amigo, el renovador, no sé qué es lo que me envió. Acá solo veo mensajes de miércoles, pero ninguno es suyo, de Vero o de algún “compa”.
—¡Ah mae, qué basura de servicio! No puede ser que le llegue hasta mañana a quién sabe qué hora del día o la noche. Eran unas fotos de mi nueva cabrilla. Deseaba poder confirmar que esta vez sí la escogí con todo bien puesto, hasta las pestañas falsas, no importa. El hecho era que ocupaba saber que no estaba soñando todos estos días... O madrugadas, je, je, je, je.
—No me venga con eso, es más, solo por eso me voy a poner a revisar uno por uno mis mensajes de alerta, para ver si no debo perderme algún buen programa que vayan a dar hoy. Aquí mismo logro divisar uno bastante intrigante… Mire, aquí salió que ese político usurpador de la casa presidencial se va a lanzar para la reelección. ¡Maldito desgraciado! No pudo haberlo hecho otro. ¡Imposible!
—¿Cómo? ¿Es que ese roco todavía cree que le quedan más años de vida? ¡Uy, no! Tranquilo, ya le entendí. ¿Ahora sí lo vio? Mae, esa güila rica no ha de tener comparación alguna. Con solo oírlo puedo asegurar que valió la pena topármela por ahí. ¡Qué importa si los corroe la envidia!
—Mae, Nando, no se haga el grandísimo infeliz, deje eso de una vez.
—Oiga… De veras que ella vale cada tucán que se invierta en ella… Le cuento que algunos me han dicho que debe tener como diecisiete años, pero yo sospecho que con ese cuerpazo debe tener por lo menos unos diecinueve. Uno no puede pegar la mano porque resbala debido a lo tersa que tiene la piel, esa condenada chiquilla.
—¿Qué? ¡Vaya hijo de la más vil ramera! ¿Cómo se fue a meter con una mocosa de diecisiete? Deje esa vida de desgraciado antes de que lo agarren por abusador o en la de menos por violador y sentenciado a cincuenta años de cárcel. Vea que lo pueden enjuiciar por todo lo que malgasta en ella. ¡Creerán que usted la está comprando con eso!
—Pero, mae, solo son dicharachos de vecinillos envidiosos que no les gusta verla siendo moldeada por estas manos de escultor.
—Mire, perrazo, no digite una palabra más si va a tratarse de eso, ya tengo dos pésimas noticias acumuladas como para seguir leyendo más becerradas sin que grite de histeria o de locura extrema.
—¿Y cuál es esa segunda noticia? ¿Yo qué culpa tengo de esa otra?
—Alguien se metió a mi compu y a mi bandeja. Borró su correo y solo me dejó un comentario de que certifica que está muy buena la menor de edad. Además dice que está considerando el reenviar el correo desde una cuenta suya a todo el mundo, pues merecen echarle un ojo lascivo a tan encantadora zorra. Desgraciado, por su culpa el mal parido se va a convertir en productor de pornografía infantil.
—Mae, yo lo dejo aquí, no tengo nada que ver con producción, nunca llevé un curso de esos en mi vida.
De inmediato se mostró en gris el panel de escritura y no volvió a responderme un solo mensaje instantáneo durante el resto de esa noche. Lo peor se había mudado para vivir conmigo. No había otra forma de interpretar lo ocurrido entonces, estaba con la espalda contra la pared, o quizá era el paredón de ejecución… Jamás me abandonarían los nervios, ese individuo tácitamente me relacionaría con esas fotografías que podían ser de desnudos. Era capaz de haber enviado miles de copias a mis contactos y mucha gente más. Debía imaginar que yo cargaría con la cruz que a Fernando le tocaba cargar. Seguramente, el peso de ella no tardaría en dejarme sin el menor aliento de vida.
—Esa güililla sí está guapa… Dan ganas como de hacerla sentada ya saben dónde, je, je, je, je. Solo esperen que me inspire y verán cómo cae en mis redes.
—¿Qué? ¿Ella se caerá de inmediato? ¡No lo dude! Es más se lo profetizo aquí mismo, ella se irá de bruces con solo que su delicada nariz detecte cuán etílica es su inspiración. La vas a dejar mareada, no sabrá cómo reaccionar. Ahora solo vaya y haga todo lo posible para que se cumpla su destino. Se dará pura química entre ustedes.
—Vos, tan buen mozo… ¿Por qué no vas y dejás que las uñas de esa diva te arranquen todo ese pellejo retorcido que tenés en la cara? Eso sí sería un gran favor para todos, hombres y mujeres y niños. No existiría el temor al grinch durante la navidad.
—Es muy noble de su parte preocuparse por sus compañeros, aún si una afrodita de carne y hueso se contonea por los alrededores. Le cuento que a pesar de eso que tengo en mi cara, no me considero feo ni el más feo de los hombres que habitan sobre la faz oscura de la tierra. De hecho me costó comprender mi realidad. Tardé más años de lo que era estrictamente necesario, mas ahora puedo ir con la frente en alto hasta la entrada de clubes nocturnos de prestigio o de moda.
—Mae, vos estás delirando. Si no sos feo, entonces ¿quién sí lo es? ¿No ve que vos no podés caminar sobre la nieve? Pensarían que el yeti se mudó de continente.
—Permítame sacarlo de ese mundo de ignorancia que lo rodea de la misma forma que las bebidas fermentadas. Lo que le voy a relatar es como una pastilla de mentol, le refrescará hasta la última neurona. Ninguno de ustedes se ha dedicado a ver más allá de su realidad y por eso están confundidos por lo que les digo. Sepan que la realidad no es realmente la verdad sobre sus vidas. Quiero decir que ustedes solo ven una verdad aparente y la convierten en su realidad. Por eso viven engañados y ven todo muy confuso. Yo ya me salí de ese círculo por demás vicioso y entre otras cosas desenmascaré ese fantasma de la fealdad que me perseguía como a perro de las caricaturas.
—¿Y qué descubrió? ¿Qué no era feo sino un esperpento? Solo nos falta verlo con el pelo largo, oscuro y vestido con una bata blanca del siquiátrico. Eso sí, no se enoje conmigo, yo no pretendo que me dejen caminando con un paño blanco donde debería estar mi cabeza.
—No, al contrario mi estimado Sr. Lestrade, vi que tras esa cortina de humo, más conocida como mi fealdad y que no tiene relación con embrujo alguno, se encontraba un principio muy simple del comportamiento humano actual. Hablando francamente, tan solo soy un empedernido egoísta.
—Un bruto quizás. Algún imbécil o monstruo inadaptado.
—Un ser sin verdadera voluntad de vivir.
—¡Un hombre sin luces!
—Un ente que se comporta egoístamente, me doy el lujo de no preocuparme por esas nimiedades que ustedes llaman cuidado personal. No me saco las cejas, con costos me afeito, solo me ocupo de mi sudoración. Es por este motivo que me encanta ser ese hombre egoísta, yo puedo disfrutar al máximo de la hermosa panorámica que hay en derredor. Me alegra ver como se conjugan esas imponentes montañas con esas planicies que lo invitan a uno a recorrerlas por completo. Lo mejor de todo esto es que ellas no parecen capaces de percibir lo mismo, el placer es solo mío y así lo disfruto en su forma más pura, sin interrupciones y sin enajenarme por tratar de que ellas sientan lo mismo. No, yo no pierdo el tiempo en eso, allá ellas si para lograr lo mismo deben consumir éxtasis. De mi parte puedo decir que he de saborearlas bastante, tanto como al mejor de los vinos de Europa.
—Aquí tiene, señor. Su cuenta ya fue cancelada debidamente. Solo necesitamos su firma en el voucher y todo quedará listo al instante.
—Sí, por supuesto. Aquí se lo entrego.
—Mae, ¿por qué firmó usted con la mano derecha? ¿Diay qué? ¿Eso también es parte de su nueva filosofía? ¿No pensará que es debido cambiar de lado el corazón?
—Téngalo por seguro. A diferencia del asunto sobre las mujeres debí aprender a hacerme diestro, a no depender de mi siniestra mano… Ustedes saben, esa mano puede conducir a que uno se meta en serios embrollos. Es por eso que preferí evitar la discriminación por algo que se puede cambiar o se quiere modificar. Por mera casualidad lo del corazón también ocurrió así, solo que en el mundo de las ideas. Yo ya no ando tras las chavalas que van con ropa transparente o hasta inexistente, debido a mi adiestrado corazón prefiero que la mujer vista pantalones manganos o normales y que no sea ni bruta ni astuta. Mejor será que tengan un coeficiente promedio o un poquito inferior a eso.
—¡Claro! Así habla un resignado.
—Mae, no se cierre. De seguir mi ejemplo, usted ya no tendrá que ir tirando las llaves de su microbús del sesenta para estar viendo por debajo de la mini o micro falda de las chicas. A estas no les gusta que las pinchés con tu vista.
No había hecho gran cosa en los últimos meses, la muerte de mis padres fue lo único de interés para este confundido ser. Pude aceptar la realidad en poco tiempo. A pesar de eso la gente cree que me volví un hombre sin pasiones y nada interesado en colaborar para que se mantenga el bienestar común o en lo que le pueda estar pasándoles a los demás. Mientras me vacilan diciéndome que yo soy un fanático hasta la médula de un insulso programa de televisión, yo lo niego y no siento que haya perdido la menor porción de mi seriedad, mi innata característica. Aunque parezca que la corriente me lleva, yo solo iré navegando hasta que vea dónde he de detenerme para reabastecerme.
Esa filosofía ha sido de gran utilidad hasta el día en que a un amigo mío se lo llevaron para un hospital siquiátrico por un mal poco común del cual desconocía sus consecuencias. No fue sino hasta que conversé con su médico que me enteré de lo fascinante y peligroso que era su padecimiento.
—Disculpe, yo no estoy conciente de lo que le ocurrió a mi amigo antes de conocerlo en la universidad… y en alguna que otra parranda a la que asistíamos para “disfrutar de la vista panorámica” de un bar en especial. ¿Podría decirme cómo terminó aquí rodeado de este poco de dementes?
—Sí, claro, dispongo de algo de tiempo para aclararles las dudas a los familiares y amigos, pues me parece importantísimo que tengan muy en cuenta lo que les digo.
—¿Qué debemos de tener claro, doctor?
—Buenos, el mal que aqueja a su amigo es muy único en su clase, pocos lo han llegado a contraer. No se trata de algo producido por una infección o un cáncer sino por desajuste en su cerebro que quizá sea tan hormonal como psíquico. Ustedes no deben de confiar en él mientras no hallemos una cura o podamos tratarlo para que disminuya el peligro de que se manifieste en público de manera sumamente inadecuada.
—De acuerdo, doctor. La verdad es que yo sé que uno jamás puede confiar plenamente en otra persona, pero esto me genera dudas por miles. ¿Qué lo convirtió en una amenaza potencial a la sobrevivencia de la especie humana?
—Es su padecimiento el que nos hizo tomar la dura decisión de recluirlo en una mediana pero confortable habitación de este hospital. Nosotros lo conocemos como una serie intrincada de complejos que, para facilitar su identificación, le hemos llamado el Complejo de Fabiano.
—¿De qué consta este complejo? Es realmente nuevo para mí.
—Para dejarlo fácil de entender, le diré que consta de un delirio de persecución basado naturalmente en un perseguidor que nunca es visto. Este presunto enemigo pasó de estar en el exterior para vivir en el interior de su propia mente. Lo más seguro es que su amigo se encerrara todo el tiempo que le fuese posible y que eso lo llevara a caer en una depresión por un empeoramiento en la oxigenación de su cerebro y la disminución paulatina de la secreción de una sustancia común. Hemos confirmado que de alguna manera se repuso de esto y cobró valor para volver a salir al exterior con mayor normalidad. Suponemos que en este punto él se desmejoró en otro aspecto. Tal cosa dio origen a aquello que llaman el Efecto Highlander, esta sería su siguiente fase. Con esto me refiero a un sentimiento de peligro y a la vez de unicidad, o bien, de universalidad que la persona encuentra dentro de sí mismo. No es algo que debiera ocurrir en la mente, pero ese efecto lograría manifestarse ahí y conseguiría que la línea de pensamiento de la persona se dividiera en dos, esto sin que ocurra un síndrome de disociación de la personalidad hasta este punto. Lo único que las mantiene unidas o que les permite coexistir es la presunta necesidad de luchar entre sí de diversas formas para decidir quién será el único sobreviviente. El que quede será la personalidad disociada que regirá todo el accionar de la persona desde que se levanta por la mañana hasta que esté en el estado onírico. Todos los horarios y planes a mediano y largo plazo los redefinirá este. De momento no hemos visto nada realmente anormal, pero le confieso que no nos sorprendería que en un futuro se atreva a atacar a alguien.
—¿Cuán difícil es poder estar seguro de si es eso u otra cosa lo que él tiene en este mismo momento? ¿Qué tan factible es que él llegue a manifestarse de manera tan violenta?
—Pues no es muy complicado el detectarlo ahora que está algo avanzado y debido al sofisticado equipo médico, humano y mecánico, del que aquí disponemos. Sin embargo, estamos seguros de que se llegó a este punto únicamente porque ninguno de ustedes podía sospechar de la mala condición en la que se encontraba el individuo. No hemos conseguido todavía el apoyo necesario para que logremos lanzar una campaña de concientización sobre la existencia de esta y otras enfermedades de la psique. Sobre su segunda duda lo único que me es posible decirle es que puede ocurrir en no mucho tiempo y que es por esta causa que decidimos que era mejor prevenir que se convierta en alguien sanguinario.
—Le agradezco por su explicación. No ocultaré que es algo que nos ha sorprendido sobremanera. Espero que igualmente le podamos agradecer la curación de nuestro estimado Damián. Con su permiso he de retirarme ahora.
La ignorancia me carcomía aún luego de haber charlado con el médico de aquella institución y no tardé demasiado en averiguar cómo se originó ese mal tan nefasto y sigiloso en este nuevo milenio. La enciclopedia en línea afirmaba que en apariencia esto se desarrollaría por primera vez en una persona que se dio a conocer como Fabiano. Él había sido un hombre de pocas palabras y no mucha acción, algo sumiso y muy respetuoso. No se estaba seguro de si era introvertido o si tenía motivos para reservarse muchas de sus ideas. Se rumoraba que era un escritor frustrado al que le plagiaron o le destrozaron su primer obra. Este le atribuyó el acto a un perpetrador desconocido que deseaba verlo recluido en un “centro médico especializado” e impedirle alcanzar el éxito a toda costa. Según unos registros de dudosa procedencia se afirmó que el origen de ese complejo de persecución se hallaba en la presencia molesta de una cucaracha a la que le dio poderes como la metamorfosis. Así se supone que le terminó dando la capacidad de reeditar sus propios textos. Quienes redactaron ese documento recomendaron que se lo encerrara de inmediato para que lograran hacerle ver la verdadera causa, un error de juicio debido a su padecimiento. Otra nota decía que él cambió su nombre poco tiempo después de que se manifestara esa alteración de su personalidad. No menciona cuál sería el original, pero por alguna razón quise implicar a su abuelo Fabio en esa historia de locos. Recordé que una vez lo vi en una fotografía en una visita en la que me quedé esperando a que su hermana saliera de su cuarto junto con su amiga y fuésemos a un paseo de la empresa en la que trabajaba. Se me metió en la mente que ese podía tener la cara de desquiciado apropiada para saber que él fue el primero que pasaría por eso.
Después de aquellas lecturas terminé sin saber si debía sospechar del extraño comportamiento de mi amigo o si había algún gato encerrado que no se llamara Damián. Entonces me reí en mis adentros y esperé que tal personaje de tan oscuros propósitos no fuese un familiar o enemigo de él ni mucho menos que tuviese mi propio nombre. Me sentiré aliviado siempre y cuando no culpe a nadie conocido de su reclusión. He de creer que los hombres de ciencia saben lo que están haciendo y que todo lo harán por el bienestar de la gente hasta donde les sea posible actuar. No serían capaces de hacerle empeorar.