Home Just In Communities Forums Beta Readers Dictionary Search Login Register Extras
Fiction » Mystery » Albrecht von Nahringen, Detective Alquimista font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: kyonides
Fiction Rated: T - Spanish - Mystery/Fantasy - Reviews: 1 - Published: 05-30-08 - Updated: 05-30-08 - id:2524801

Albrecht von Nahringen, Detective Alquimista

Un Caso

por Kyonides

Después de haber almorzado en su sala comedor de su casa en el pueblo de Glockjen, el joven Albrecht se dispuso a continuar abriendo las cajas de madera, sacos y bolsos donde estaban guardados todas sus herramientas de trabajo y algunos souvenires de su pueblo natal, Nahringen. Entre estos estaban unas zanahorías de madera y una curiosa vaca que pegaba su cabeza al costado de un aldeano como si fueran pareja. No los había incluido sin motivo alguno. Estos le recordaban que en su tierra no siempre se producía suficientes alimentos y que en ocasiones usaban estos objetos como amuletos de la buena suerte o como recordatorio para los niños que preguntaban dónde estaban las zanahorías o cualquier otro producto que no sobreviviera a la inclemencia del tiempo. En el caso del aldeano y la vaca se decía que mientras se tuviera una vaca, un hombre podría sobrevivir a falta de una mujer que se encargara de su alimentación. A Albrecht le hizo gracia verla después de haber comido tanto. Al rato encontró el bolso que contenía sus pinzas, el pequeño martillo, una lima, unas tijeras y sus dados favoritos.

Cuando se disponía lanzarlos para satisfacer la necesidad de aplacar su tic nervioso, alguien tocó a la puerta de su casa y oficina. Por ir a la puerta no pudo ver dónde quedaron sus dados.

Contratiempo Indeseable (Opening)

Acércate a la orilla,
Verás un fiel reflejo
De lo que quieres esconder,
Ya se está transmutando.

Un contratiempo indeseable
Se traslada lentamente
Por medio de un intercambio
Azaroso pero muy útil.

Me hace fijarme en ti
Sin ver tu rostro impasible,
Con mi linterna inquieto
A almas sumidas en sombras.

No se disfrazan elementos,
Cuando mucho los combinas;
Te invito a dispersarlos,
Pues delinearás un patrón.

Sumergiste tus temores
En un lago de impaciencia,
Mas pronto los verás flotar
Después de darle tu nombre.

Abrió y de inmediato Albrecht volteó a ver adentro para vislumbrar el stio donde se podrían esbarónr sus “caros amigos”. El visitante se extrañó por su comportamiento y sin rodeos le dirijió la palabra con un tono muy serio, tal vez más de lo que ameritaba el caso.

—¿Es usted ese “detective alcalino” del que tanto se habla en este pueblo tan apartado de la gracia del Barón?

No hubo una respuesta clara sino un simple siseo que les habría hecho verlo como un híbrido de humano con una serpiente con agenda propia.

—Vamos, responda a la pregunta — dijo el soldado dejando muy al descubierto su gran impaciencia — o nos lo llevamos preso a los calabozos.

—Usted me sabrá perdonar, es que algo pasó por ahí y me distraje un poco. De hecho sí soy un detective alquimista, señor... ¿Me refiero a usted como señor? ¿O debo llamarlo de alguna otra forma?

—No soy señor, detective, soy un soldado del noble barón de Schabenthal por quien vinimos hasta aquí para llevarlo ante su ilustre presencia. Él se encargará en persona de explicarle lo ocurrido en estos aciagos días. Así que será mejor que se olvide de sus actos tan indignos de arlequín y nos acompañe en nuestro viaje a Tannenburg.

Aquel que le sacó del error fue uno de los soldados que portaban las armaduras de bronce no muy pulido y que también incluía con el simple y pequeño escudo heráldico de la casa del Barón Lothar von Tannenburg, noble que no acostumbraba a presentarse mucho en lugares públicos ni a viajar distancias más largas que las de un día de camino. El joven extraño de cabellos castaños no estaba seguro de si esto se trataba de la asignación de un caso real, pero no tenía mucho de dónde escoger a esas alturas del año en curso, la supervivencia podía pender de un hilo si no actuaba rápido.

—Eh, bueno, solo permítame irme por un momento a recoger mis herramientas más básicas. No es nada, solo es cuestión de tomarlo de aquella mesa que usted ve ahí...

Mientras decía eso al soldado del barón, Albrecht no perdía el tiempo para revisar el lugar en busca de sus caros amigos. De mera casualidad pisó uno al dirigirse al extremo izquierdo de la mesa y luego de tomar el bolso localizó al segundo debajo del trastero, que estaba más lleno de frascos y otros objetos de vidrios que de vajillas y cubiertos. Simuló que se le cayó algo y recogió ambos cubos numerados con unos movimientos rápidos y disimulados. Luego pasó el que tenía en su izquierda a su mano derecha para asir otro bolso con un contenido muy especial. Dio grandes zancadas para llegar de inmediato a la puerta de oscuro tono, la cerró desde afuera depositando la llave en un bolsillo especial en su cinturón de cuero de color ocre. Se acercó a los caballos sin dejar de ver su casa hecha de troncos de madera. De repente uno de los dos impacientes soldados lo hizo montar de golpe al tercer caballo que venía con ellos, esto lo desubicó por un momento por no poder recordar cómo le hicieron para prepararlo para el viaje en tan poco tiempo.

Los soldados del barón de Schabenthal les dieron la orden de partir a todo galope a sus monturas y se alejaron de ahí sin ningún contratiempo. El nuevo del pueblo pudo deleitarse de nuevo con el paisaje arbolado de Glockjen y sus alrededores. Ese pueblo de taladores era un lugar tranquilo para empezar con sus experimentos de alquimia que aún debía perfeccionar, porque todo en esta vida se puede ir mejorando. Sin embargo, una mente como la de Albrecht no podía ocultar, por mucho tiempo, su naturaleza por demás inquieta, la cual lo llevó a preguntarles algo.

—Disculpen, soldados, si mi pregunta es inoportuna, pero ¿cuánto tardaremos en llegar a ese lugar, Tannenburg?. Como verán no soy un lugareño y no sé nada de los tiempos y de...

—Silencio, detective alcalino, no queremos estar escuchando sus lloriqueos, especialmente durante las próximas dos noches cuando debemos descansar o montar guardia.

—Dos... Dos noches... ¿A la intemperie? —se dijo el jovenzuelo de la apartada Nahringen —, Debe de estar bien lo...

—Cállese, detective, o sabrá lo que es perder cada hebra de su cabello a manos de todo un maestro barbero como yo — afirmó el soldado a la izquierda del detective mientras se reía a carcajadas al igual que lo hacía el otro —.

—En realidad eso no me preocupa tanto — comentó Albrecht en voz baja al inicio para luego ir subiendo el tono —, pero sí quería dejar en claro que soy un detective “alquimista” y no alcalino, que es algo completamente distinto. Verá que alcalino es lo opuesto a lo ácido...

El mismo soldado con el que había estado conversando se limitó a dirigirle una mirada próxima a ser fulminante gracias a lo opaca que se veía su cara por el brillo tan fuerte de los rayos solares que caían sobre los llanos, que estaban cruzando en ese instante, y a el misterioso fulgor que emana de sus ojos inclementes. Con apenas esto consiguió que el detective no abriera su boca por un buen tiempo de lo confundido o incluso de lo atemorizado que estaba entonces.

El día se fue meramente entre cabalgar e ir conduciendo a los corceles de colores gris y marrón mientras estos debían descansar del extenuante ritmo al que debían ir durante gran parte del recorrido. Por la noche entraron en un pequeño bosque y acamparon en un claro que aún les permitía ver claramente un sector de los campos al noroeste y otro al sur. Al no haber señal de peligro ni de que se avecinaran ráfagas heladas decidieron que se ahorrarían mucho esfuerzo al no encender una fogata ni designar a alguno a hacer una ronda para patrullar los alrededores. Eso no implicó que no fueran a discutir cuál sería el orden en que vigilarían el bosque para evitarse desagradables sorpresas.

—Hans, creo que deberíamos dejar a este maltrecho detective a cargo de la primera hora de vigilancia, ¿no te parece?

—No lo sé, Wolfgang, eso no nos conviene del todo, él podría cabalgar de día sintiéndose muy relajado y nosotros nos la pasaríamos con un ojo abierto y otro cerrado.

—Eso no es ningún inconveniente, lo forzamos a vigilar en el último turno y listo. Nosotros estaremos soñando con aquellas doncellas de la taberna de Glockjen que molestamos tanto. ¿No te parece genial, Hans?

—Suena a que no nos puede fallar este plan, Wolf, je, je, je. Bueno, detective, si le incomoda mucho comer carne cruda por esta noche, no se moleste en decírnoslo que nosotros lo ayudamos comiéndola por usted.

—Tal vez sí esté de ánimo para comerla cruda, soldado. Espero que no se enojen si les pido que me pasen un jarrón con algo de cerveza. Supongo que nadie puede vivir sin un poco de esta, ¿no lo creen?

—Está bien, detective, le daremos algo de cerveza, pero le advierto que esta no es muy digna del paladar de nadie, no es tan f´ría y espumosa como la lomena. De hecho le cuento que esta es la versión local, nuestra “daliana”.

—Supongo que fue llamada así en honor a una mujer conocida por el bello nombre de Dalia — comentó Albrecht mientras colocaba detrás de sí mismo el bolso que no traía sus herramientas —. Me extraña que lo nombraran así en nombre de una fémina..

—En realidad acá no tendemos a beber la lomena porque rara vez nos visitan mercaderes con esa clase de cerveza tan gloriosa — dijo el soldado que tendía a ser más callado cuando ya había empezado a tomar sorbos de su jarrón —. Si no hubiera sido por ella, ya estaríamos odiando a nuestras mujeres y castigando a nuestros malcriados hijos a punta de latigazos. ¡Qué sería de nosotros sin nuestras añoradas tabernas!

—Y sin esas curvili, curvil, bah, esas doncellas pechugonas con esa cadencia al moverse de una mesa a la otra, ja, ja, ja.

Con el enfoque machista de los soldados en el tema de la bebida y las chicas, Albrecht von Nahringen pudo abrir el bolso que de hecho llevaba un frasco con especias que podían mejorarle el sabor a la cerveza hasta casi convertirla en su idílica lomena. Por supuesto que este viajero no lo hacía solo por llevarse bien por sus escoltas.

—Compañeros, les quería decir que, después de ver cómo extrañan esa cerveza tan emblemática de este reino, me gustaría hacer un pequeño “experimento” con sus jarrones. Solo busco echarles estas especias y agitar los jarrones para que noten el cambio de sabor al finalizar todo esto. Les aseguro que valdrá la pena, creerán que se los regresaré con llenos de la mismísima lomena.

Al oír esto los dos soldados algo embriagados se vieron las caras y no lo pensaron ni una sola vez antes de entregarles sus jarrones de cerveza con la firme convicción de que de seguro se darían festines durante las comidas. No dejaron de comentar más sobre sus andanzas en las distintas cantinas de la región y los malos ratos por los que pasaban las camareras que acosaban sin límites. No se esperaban que eso de ofrecerles semejante regalo fuera parte de las tácticas del joven detective. A él no le dolería nada el compartir un poco de jengibre y otros ingredientes de la receta familiar con tal de que pudiera ir avanzando en su investigación.

—Pero cuénteme algo, Hans. Ese dijo que es su nombre, ¿no es verdad? ¿Qué han escuchado acerca de este caso que tiene tan preocupado al barón? Al menos algo debieron oír por ahí de las conversaciones de la gente común...

—Eh... No lo sé... O no lo recuerdo... Creo que se dijo en la taberna...

—Sí, sí, en la de Glockjen, ¿verdad?

—Ah sí, en esa fue... Me parece que el ganar, no, suave... Era el ganado el que se desaparecía sin dejar rastro — contó a medias el soldados Hans por estar medio afectado por la gran cantidad de cerveza que bebió a gusto —. ¡Qué buena sabe con esas cosas que mezcló usted! Cualquiera diría, no... juraría que es lomena.

—Ya lo es — agregó Wolfgang —, por cierto... Ojo, todo está temblando aquí... El ganado no le pertenece al Barón sino a un comerciante de la región a quien le debe mucho... pero mucho, mucho dinero... Creo que lo ha estado presionando toda la semana para que le resuelva esto de una vez. Sí, creo yo...

—Como no lo encontrábamos — explicó Hans en cuanto el otro se mareó —, el Barón se estaba poniendo muy impaciente. No fue sino hasta ayer... Ayer supimos que un bicharejo medio extraño estaba en Glockjen y...

—Claro y optaron por probar suerte ahí y se sorprendieron al ver que me habían localizado al fin.

—Sí, así fue, compa... Lo encontramos.

—Exac... To, así nos pasó... Oiga — dijo Wolfgang — qué buena le quedó esta lomena, mi amigo, mi gran amigo... ¿Cómo se llama mi amigote? No recuerdo ya...

—Soy Albrecht, Albrecht von Nahringen. Bueno, está bien, llámenme Al a secas.

—Por su... Puesto que sí, Al.

—Ahora que somos tan amigos — dijo “Al” con el afán de sacarles más información —, ¿podrían decirme en dónde se ubican los campos de este mercader tan adinerado?

—De hecho aún... Estamos en una de sus tierras...

—Ya veo, conque esta tierra también le pertenece... ¡Qué interesante!

El manto de oscuridad y la vigilia pasaron y los hombres se pusieron en marcha con los primeros rayos cegadores del sol. Albrecht estaba algo cansado, pues la conversación se había prolongado un poco más de lo debido por el factor espirituoso, que sin dudas le permitió concentrar su atención en los pastos, los árboles y las orillas de los ríos y arroyos que pudieran revelarle algo sobre el paradero actual de las reses. Su vista estaba muy cansada, no se había adaptado lo suficiente a la luz, pero esas pequeñeces no lo detendrían. Pasó todo ese tiempo usando alguna de sus manos como viseras. Por un momento creyó ver cosas semejantes a pisadas que iban en dirección al noreste, como si quisieran acercarse a Herzgebirge, hogar de los mineros que extraían los metales, minerales o rocas para la construcción de torres y castillos de toda la región.

El nada aclimatado Albrecht, cuyos ojos siempre parecían reflejar la indiferencia de la oscuridad, se percató de que los soldados no le prestaban mucha atención y por ratos se distanciaba de ellos y se desviaba algo del camino para ver un poco mejor lo que había hacia el este con los vidrios y una especie de tubo que venían en su estuche.

Volvió la noche y todo fue parecido a la anterior excepto porque Albrecht no preguntó nada nuevo, únicamente repitió algunas de las decenas de preguntas que ya les había hecho y descansó todo lo que pudo. Cuando abrió nuevamente sus ojos estaba amaneciendo y los soldados estaban saliendo de su trance medio onírico, medio etílico. Disimuló de manera que creyeran que había vigilado durante la tercera hora y los alentó a prepararse para terminar de recorrer la última porción del largo trayecto. A las dos horas de cabalgar uno de los soldados le indicó que divisaban en ese momento la punta de la torre principal de Tannenburg.



Return to Top