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Fiction » Fantasy » Fulgor Negro: 3 Parte font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: kyonides
Fiction Rated: T - Spanish - Adventure/Fantasy - Reviews: 2 - Published: 06-01-08 - Updated: 06-01-08 - id:2525611

Fulgor Negro: Tercera Parte
Los Inicios
por Kyonides

Lioth fue un héroe a destiempo. Apareció en una época no tan corrompida por los defectos y la desconsideración, como sucedía en la de Kerbos, en realidad vivió varios siglos antes que el segundo. Por ello no se desenvolvió plenamente, en cambio, su paso pudo inquietar a sus coetáneos por su desprendimiento y su sentido de la rectitud. Nadie logró comprender entonces, que él era la advertencia que llegaba anticipando la formación última de la maldad. Debido a este sinsabor esperó volver siglos después, luego abandonó su orgullo y deseó que alguien retomase su labor en el preciso segundo en que lo maligno concretase los medios de destrucción ideados desde que tuviese memoria. No quería que esta controlase la mente de los simples. Al joven, Lumi lo respaldaría con todo su poder, aunque existían dos condiciones aparentemente incomprensibles. Le estaba prohibido, bajo pena de castigo de por vida, conformar su propia armada y empeñarse en perseguir a los líderes de la gran influencia maligna por tierra, mar y aire. En fin, Lioth solo podía ganar ideológicamente y no con ayuda de su maestría en duelos de espadas, con excepción de proteger las vidas de los inocentes según las indicaciones oportunas de ella.

En su adolescencia se desempeñó como aprendiz de albañil, después sería de zapatero. Era lo suficientemente hábil para ejercer tales oficios, pero él deseaba algo muy distinto a esos trabajos sedentarios. Anduvo buscando la oportunidad de viajar hasta los confines del universo. Por varios años, esta le huyó sin parar hasta que a los diecisiete se convirtió en uno de los ayudantes del Maese Vigía. Comenzó a usar una porra y a rondar dos villas muy cercanas entre sí a distintas horas. Al tiempo se cansó de la rutina y para entretenerse durante las rondas pidió que le prestasen una espada. No dejaron de reírse por varios días y cuando pasaba por las posadas y veía a algunos de sus compañeros, no dejaba de adivinar que se mofaban de él. Como esto continuó, en una ocasión se presentó iracundo en la cabaña que les servía de base, a vociferar que no soportaría más burlas. Los presentes trataban de evitar que afloraran las carcajadas. De improviso entró un hombre a exigir que acudiesen a los campos a librarlos de unos bandidos que pretendían robarse las cosechas pertenecientes al Señor de Dichterheim y quemar lo que no les fuese de provecho. El Maese Vigía se acercó donde Lioth y le otorgó una daga, que el mismo hubiese usado de joven. Los colegas del joven se mostraron muy sorprendidos, mas al verlos el muchacho se tornaron serios y salieron no muy de prisa.

Dos años más tarde se le seguía viendo por la zona y parecía perder la voluntad de servir a su señor y se cuestionaba si podía considerar como logro algo que alcanzase ya. Terminó su meditación y retornó a la Base para iniciar su recorrido del día. Oyó ciertos rumores sobre una lucha próxima y no dejó de pensar en su origen. No le cabía en la cabeza la posibilidad de un conflicto armado de importancia en los campos y menos de la clase de masacres que los villanos imaginaban. No consideraba factible el excesivo derramamiento de sangre manchando los terrenos en reposo o a una parte de las cosechas. Con este revoloteo de incongruencias se entretuvo hasta regresar a la cabaña para quedar como témpano ante el escenario tan poco común. Les proveían de todo el armamento necesario para un serio enfrentamiento; escudo, lanzas, cotas de malla o armaduras, espadas, algunos caballos fornidos, todo estaba justo ahí y el ayudante no ocultó su desesperación por apoderarse de un escudo y empuñar el acero lacerante. No le importó, si conseguiría blandirlo correctamente por el tiempo suficiente, el asunto era experimentar el cambio, aunque no supiese cómo atacar al oponente de forma segura. Algunos temían que se lamentaría, irremediablemente, la muerte del joven por varios días y aún así sabían que no les convenía ser muy colaboradores con él.

Durante una etapa de su trayecto se vio restringido a las cercanías del Señorío de Navrim, con extrañas apariciones en los Altiplanos, en los cuales se detenía justo al borde del risco cual lobo en la plenitud de la noche con la majestuosa lumbrera de plata por fondo. Las conexiones mentales de la gente comenzaron a surgir de inmediato. Hay quienes afirman que sus bisabuelos o anteriores a ellos fueron testigos de la ulterior mutación en licántropo del justiciero. Se supone que de ahí provienen las sagas de la Manada del Halo Lunar en la zona y aún más lejos. Esa febril imaginación ya lo había convertido en lobo. Por las pocas apariciones, se lo cree el líder por sus robustas proporciones y solo se lo ha de escuchar en noches de luna roja. Es por demás incierta su naturaleza, pues dicen que su aullido es el gran clamor de justicia ante el inútil derramamiento de sangre. Otros aseveran que se lo debe considerar el remordimiento de su caída y niegan cualquier supervisión de los asuntos concernientes a los humanos. Lo consideran un lobo que sabe de una fuente de alimento abundante y muy especial.

Sobre Promenas hay registros poco claros de su vida y más aún de su muerte. A pesar de la falta de pruebas fidedignas se asegura que su deceso ocurrió en una emboscada que “debió anticiparse con bastante antelación” y que siempre surtió el nefasto efecto. De esto existen solamente dos versiones casi completas. Una nos cuenta como una tarde ambos jinetes atravesaron un denso bosque que les impidió saber cuánto tiempo habría transcurrido. Luego de muchas leguas, fueron flechados a la altura de sus hombros. En estas condiciones se enfrentaron a sus contrincantes, cuyo número era grande y sumamente peligrosos. El occiso debió permanecer como ánima en desiertos incorpóreos extensos hasta que se trastornase. Demasiados afirmaron sentir su presencia y oír sus gemidos seguidos de flechados fantasmales. Los lugareños comenzaron a llamarlo Beol. No pasaron meses, cuando el ente invisible iniciase su supuesta cacería poseyendo cuerpos humanos que albergasen su inmundicia para manifestarse con ira en contra de los vivos. El siguiente nivel fue el de posesionarse de personas susceptibles a sus maléficos encantos que eran puestos al servicio de la víctima por un corto periodo para ganarse su confianza y luego tomar el control total del individuo usándolo como su títere.

Uno de los afectados por esa entidad, fue el posterior fundador de una inusualísma orden semirreligiosa antiespíritus, que obviamente era muy reservada con los extraños, se le conoció por muchas tierras como la Orden de la Ética Palatina de Altar Fin. Sus representantes resultaron ser feroces cazadores de cuanta cosa rara se topasen, aunque fuesen humanos deformes que aparentasen ser de un carácter exacerbadamente hostil (esto conforme a su extenso criterio sobre la vileza).

Hasta ahora hubo un dato ignoto de curiosa relevancia. Se trataba del padecimiento oculto del joven Promenas, que llevaba casi tres siglos en la búsqueda de un proceso que revirtiese su mutación. En ese lapso no halló cura alguna, solo remedios temporales o simples atenuantes de los síntomas o de sus reacciones más bruscas. En una de las expulsiones de Beol, el Dominador, este aseveró que había sido atacado por el legendario Conde Drácula, quien tuvo que sobrevivir a las gigantescas masacres organizadas por la naturaleza en contra de la humanidad. No le creyeron ni una palabra y atribuyeron su estado a otro ente maligno que no se hubiese eliminado a tiempo.

Ese sería el gran misterio de la gran amistad entre Lioth y Promenas, pues debido a su vampírica habilidad tuvo que ver y sentir esa extraña alteración en la presencia de su caballeresco compañero. Es de siglos de sabiduría popular que un vampiro sea capaz de reconocer y asociarse sin dificultades con los hombres lobo, puesto que era su esencia la que se comunicaba con su contraparte lobuna, en el caso del Paladín se hallaba inmersa en el abismo del olvido. Su vínculo y su previsible encuentro no podían ser naturales, sino lóbregos. La causa final de la incómoda sensación de desaprovechamiento del tiempo y de la pérdida súbita de la orientación del jinete grisáceo radicaría probablemente en la figura de Promenas. Su inconsciente abarcaba más que solo su mente; se diluía en el ambiente como lo hacen las fragancias, pero únicamente sería notorio, si expandía su visión al tercer ojo para ver la otra cara del mundo tan presente y tan ignorada. Con todos los sucesos fuera de lo común, el caballero no experimentó ninguna extrañeza. En más de una ocasión, su inoportuna ingenuidad dejó que su compañero viese cómo caían en sus fauces, las del intrépido mensajero del advenimiento del fin de los días, a aquellos que poco antes ayudase a escapar de las garras de otro ser monstruoso.

El cazador nocturno no dejaba pistas, su modus operandi era bastante variado parecía detestar la imitación por lo indignante. Si hoy le clavaba a alguien los colmillos en la parte posterior de la muñeca, mañana ensartaría un cuchillo cerca de la clavícula. Mientras brotase sangre con sus inigualables encantos hipnóticos, le placería verlos morir con expresiones que lo motivaban más. Sus bosquejos de las figuras humanas, que le inspiraban en la muerte, eran una colección privada de una galería del horror.

Ambos viajeros visitaron infinidad de sitios. Ahí millares de casos consistían en acusaciones contra posibles brujas o monstruos más humanos que bestias. A veces Lioth fue clave en las resoluciones, aunque Promenas lo asistiese a inusuales horas del día sin mostrar molestias ni prisa. En uno de los incontables “juicios” se hallaba en Amminon y el mismo justiciero se contó como otra víctima más de los brutales ataques del acechador de la comunidad y no supo cómo relatar su inusitada experiencia, pensó en el recuerdo del brillo de su espada como posible reflejo de la cercanía de un ente, aún cuando se hallaba conciente de que se encontraba prácticamente envainada a varios metros de distancia del riachuelo donde tomaba agua. Él casi confundió a su agresor con una poco amistosa y silenciosa banshee, al menos estuvo muy callada hasta tenerla cerca. Su compañero de aventuras no se “percató” de la llegada por perder el conocimiento antes de caer, gracias a un feroz mazazo en la nuca ejecutado con precisión. Por ende no pudo apoyar la versión de Lioth, quien se encargó de informarlo de cuanto aconteció y que de inmediato abandonaron esa floresta con dirección al poblado vecino, Nachtenstein, la Tenue. En Amminon terminó el día con la hoguera incendiando a dos seudobrujas, que creyeron, en algún momento, que quedarían absueltas o recibirían un castigo menor por su voluntaria confesión, lo que motivó la partida tan apremiante del Paladín Andante.



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