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Author: kyonides
Fiction Rated: T - Spanish - Adventure/Fantasy - Reviews: 2 - Published: 06-01-08 - Updated: 06-01-08 - id:2525611

Fulgor Negro: Tercera Parte

Promenas, el Asistente

por Kyonides

En una travesía por el desierto rocoso del Oeste, Lioth trataba de fomentar el coraje de su amigo Promenas, quien deseaba desertar cuanto antes del Camino de Justicia, ya que el bien no requería de tanto sacrificio personal, bastaba con ser sedentario y resolver solo las dificultades más cotidianas. Esto lo dedujo luego de su periodo vacacional. Aseguró que su viaje acabaría en el siguiente poblado.

—Después de considerarlo mucho—expresó el Paladín—me decidí por entregarte un místico brazalete, el de Mêan-Ankh, en calidad de préstamo, mientras continúes en la lucha contra la indiferencia reinante por doquier. En broma te advierto que yo mismo no me hallaré desarmado, pues de ser necesario te detendré con solo el pensamiento.

Su acompañante se quedó perplejo por unos instantes y luego se ríe de la frase de su amigo tan repleto de ingenuidad, no por motivos maquiavélicos como se podría imaginar, sino por la imposibilidad de que evitase algún ataque por ese “método”.

—Te cuento que se trata de algo muy simple y sumamente poderoso—afirmó el justiciero inmutable—. Lo que usaré, será la ancestral Cadena de la Nobleza de Kleos. Una vez colocada la cadena sostendrá el dije y ni el Brazalete podrá contra ella, y si se lo pidiese, lo haría caer al suelo y el usuario del artefacto perdería su eficacia mortífera. Es todavía más preciso que cualquier círculo de protección. Todo golpe sería desviado.

Al vampiro diurno le impresionó lo astuto que resultó su compañero y sabía que no podría ir así no más a la ofensiva o fracasarían sus colmilludos propósitos.

—Te confieso—dijo Promenas seriamente—que he visto tu espada en un duelo mucho tiempo atrás y lastimosamente recuerdo que desde entonces era notoria la oxidación. Es por esto que hallo penoso enarbolarla en público, puesto que ningún anciano sugeriría a algún líder comunal la contratación de un hombre, que por sus relatos y cartas de recomendación y tarjetas de presentación se nombrase paladín, mientras la sostuviese. Y por lo que diviso, la empuñadura no se encuentra en las mejores condiciones.

—Asevero que no todo está escrito, Promenas—exclamó el Jinete Plomizo—, sin embargo, esa arma vería muchos días más.

El silencio los embargó y no se reveló ninguna clave del secreto de su sorprendente certeza. Su inquieto colaborador se desbocó en preguntas, la más seria fue sobre su siguiente destino, pero tampoco tuvo eco. Ambos estaban cerca de cumplir el tercer día sin una gota de agua. Ante la situación, Lioth se mostró inconmovible, lo que desesperó a Promenas, quien exigió que lo condujese a una fuente del preciado líquido y lo terminó amenazando con no responder por sus actos, aunque fuesen amigos inseparables.

El jinete sonrió y le pidió que tomase el envase, el cual había puesto en la parte posterior del caballo, y que se cerciorase de que no saliese agua. No muy contento, el otro lo hizo y le recriminó que lo estaba mortificando y tapó el objeto. El Paladín Andante se lo pidió y al sostenerlo dijo que lo sentía y lo oía como si estuviese lleno o por rebosar. Promenas, de la cólera, le arrebató el recipiente y gritó a todo pulmón que de ser de tal manera bañaría al corcel empezando por la cola. Sin demora lo abrió y se dispuso a continuar con sus quejas, hasta que el sonido inesperado lo obligó a voltearse. Para su deleite manaba la linfa a chorros y se lo lanzó a la boca hasta quedar al borde del vómito por el flujo tan constante. Estaba seguro de que no hubo tiempo para verter en eso ningún fluido y menos para comprimir dentro el equivalente a siete jarras grandes de cerveza, cuando la bota permitía dos a lo mucho. A pesar de las cuentas del incrédulo, se consiguió llenar las diez que portaban entre los dos.

—Un ser pensante es—comentó Lioth—aquél que lo es no por afirmar o dudar algo sino por ser capaz de tomar uno o más tipos de decisión sin importar su condición de mortal o inmortal. Un ser existente es aquél que demuestra su voluntad al entorno o a alguien más por básica, compleja, libre o manipulada que sea tal voluntad. Incluso si uno, por tener voluntad, decide no hacer algo como, por ejemplo, no vivir, eso implica también que de todas maneras expresó su voluntad por constructiva o destructiva que fuese esta. La afirmación ni la negación ni la duda ni el acto de ignorar afectan la esencia de la voluntad ni de la existencia por ser las últimas íntegramente independientes de las primeras. No hace falta que alguien más crea o sepa de la existencia de uno, puesto que esto es irrelevante, ya que el estado puro de esa voluntad no puede destruir a otro, aunque concentrase toda su energía no física. Esto es lo válido para toda criatura, mas se debe saber muy claro lo siguiente: el que crea, destruye... y vuelve a crear. Solo destruye, si hay una necesidad imperiosa de hacerlo en cierto momento específico y no antes. El creador que se torne en destructor conoce el hecho de que debe crear cosas nuevas que habrán de sustentar aquella destrucción. Lo curioso de esto es que la citada destrucción y la nueva creación no siguen un orden de sucesión exclusivo, pues una puede empezar sin que la otra haya terminado aún.

Otra de sus poco comunes travesías lo hizo pasar por los estrechos senderos de la parte oriental de la Cordillera de Myore ubicadas al noreste de los territorios del Señor de Navrim. Es vital aclarar que no partió con el beneplácito de su superior, quien desconocía su paradero desde que el Paladín saliese de su ciudad varias semanas atrás. Por precaución el Jinete Plomizo envió por el servicio de mensajería algunos documentos falsos, que él mismo fabricó, con el fin de ocultar su verdadero destino y sus actividades allí. Promenas también se sobresaltó al conocer que su compañero no se hallaba en el centro. Casualmente Lioth había sustraído de las pertenencias de su amigo el mismo brazalete que le hubiese prestado tiempo atrás y por respeto había dejado una nota aclarando que la portaría en caso de que la requiriese en su momento por mera protección y no por desconfianza de nadie.

Ciudad Aislada

Siempre confiando en la destreza de su corcel Nadiel, el del relincho más sonoro, avanzaba a una hora del mediodía por una guarida de orcos de poca monta. Frente a la gruta se detuvo y contempló el entorno para cerciorarse de que realmente estaba tan solitaria como lo indicaban las apariencias. Desembolsó una reliquia de su familia y la sostuvo con dirección al interior de la montaña. De ella salió un pequeño rayo de luz que se adentró en el escondrijo de mala muerte. No dejó ver ningún rastro de sus pendencieros habitantes antes de desvanecerse allá en lo interno del sitio. Cabalgó con mayor ligereza. Al contar el sexto kilómetro, las rocas empezaron a caer y a colaborar con el desmoronamiento de los altos paredones. Algunas se mostraron como verdaderos estorbos en su camino, otras no menos peligrosas cruzaban la senda, a veces lo hacían a escasos dedos de la cabeza del caballo o eran acompañadas por porciones del camino que se desprendieron con el choque de tales masas rocosas.

Lioth no se atemorizó por algo tan propio de un lugar con demasiadas pendientes y motivó a su fiel amigo equino para no claudicar por tan poca cosa. Había una profunda relación de amistad entre el animal y su jinete. Como si alguien añorase poner en prueba ese muy cercano vínculo, junto al desplome surgieron los “extraviados” orcos con lanzas en sus garras. Lo que le provocó cierto nivel de gracia a su justiciero contrincante fue la visión del poder de arrastre de los escombros que se alejaban junto con algunos porfiados seres que instantes antes dejaban entrever alguna satisfacción por ir a clavar sus armas en el forastero supuestamente indefenso. La culpa recayó en sus compinches que soltaban las lajas a diestra y siniestra, un par terminaron como víctimas de su propio descuido.

Sin importar el bajísimo nivel de los orcos, el Jinete blandió su herrumbrado sable e inició su respuesta con el corte de las piedras no mayores en tamaño que su antebrazo. Fueron estas las que de verdad opusieron resistencia a su avance. A los estúpidos entes bastó con empujarlos y observar como fueron aplastados, o bien, cortó las puntas de sus lanzas, las cuales procedió a sostener con su mano libre, y los traspasó con el filo de su acero.

La excepción la hizo el único ser grotesco al que se le ocurrió portar un escudo, aunque no ayudaría en gran cosa ante el laúd. Este pareció estar consciente de que solo sería útil, si lograba enfrentarse al intruso. Por su dureza soportó el golpe de ciertas rocas hasta hallarse bastante cerca del Paladín Andante. Como intentó ensartar su vara de madera en el caballo, Lioth le ordenó a Nadiel que girase para que quedase viendo al precipicio. El joven provocó un sonido atroz al pegar al escudo con su espada en cuatro ocasiones sin resultados positivos. No cupo la menor duda, el orco sí sabía qué hurtar. De pronto, un atrevimiento del repugnante bicho forzó al guerrero a volver a cortar la madera, mientras le pedía retroceder con celeridad a su animal. Para el tercer o cuarto acercamiento del orco, von Heldenthal estremeció la única defensa de ese enemigo con el quinto choque de su arma, la que partió el escudo llevándose junto al pequeño pedazo la mano, que no mucho tiempo antes estuvo amarrada al objeto. El último movimiento del Plomizo aventó el resto y por el efecto del vaivén cercenó todo lo que se halló alguna vez sobre esos hombros. El resto del sector lo recorrería con las mismas molestias del comienzo.

La vida también tiene la costumbre de no darle a uno lo que espera. Lioth no fue tratado de mejor manera, a los quinientos metros del duelo algo tosco sintió que se le bajaban los ánimos… Un orco cayó de lo alto y en la espalda tenía ensartado una arma de los de su raza. Fue el único que terminó así y para el Paladín eso era motivo de desproporcionada preocupación. Sabía que no contaba con asistentes ni había aliados que acudiesen a su llamado en menos tiempo del que él requirió para llegar a ese punto. Tampoco podía hablarse de una insurrección, pero si se había iniciado, no tenía por qué esperar un mejor recibimiento…

Cada vez que Nadiel avanzaba, se encontraba aún más cerca de su parada en esa cordillera. Era un poblado de míticos orígenes aquél que deseaba divisar con todo su corazón. Las ninfas de la vida despreocupada le habían relatado algo de las características del lugar y de sus moradores, cuando discutió con ellas allá en la floresta mejor conocida como Ninfania, la diminuta. Siempre creyó que fue una fuga de información y no de un favor a él. De paso anhelaba ser él mismo el que diese a conocer la existencia tan insólita de unos entes muy peculiares y que no se preocupaban por la cercanía de los orcos, aún si eran imbéciles.

En un momento del trayecto, que no se mostraba especial por algo, Lioth pensó que había reconocido una extraña protuberancia en el paredón y se impulsó a toda prisa hacia ella. Al detenerse inició la revisión palmeándola por toda su superficie y halló un espacio algo escondido y no muy ancho, por el que entraba su mano. Con esto logró correr esa roca-puerta e ingresar a pie con las riendas entre sus dedos. Debió recurrir nuevamente a su reliquia para poder dar pasos seguros. Su caballo se la pasó bastante inquieto, pero como con la intención de mantener en estado de alerta al héroe. Y no fue para menos. Los trasgos aparecieron muy pronto frente a la entrada y el Paladín solo podía continuar por el túnel o enfrentarse a ellos en plena desventaja. Al ingresar los inmundos seres se cerró la puerta de piedra oscureciéndolo todo. Los pasos retumbaban y no era fácil determinar su distancia con semejante eco. Hasta ese momento él se mantuvo dándole la orden a Nadiel de retroceder un poco en reiteradas ocasiones. Por las condiciones descritas forzó a su britón a girar velozmente y a alejarse, aunque a él lo dejase atrás. Confió en que no se presentasen más inconvenientes en el trayecto. Sin poder calcular cuantos metros recorrió, se topó con varias posibilidades de caminos y lo tomó la incertidumbre por sorpresa al desconocer cual habría tomado el corcel. Lo que lo vino ayudando a reconocer estos cambios fue el mismo artilugio y luego de unos instantes bajó su intensidad para con una orilla reluciente indicarle su “mejor opción”. Al seguir la sugerencia al pie de la letra, retomó a su estado anterior para continuar con su disimulado alumbramiento del túnel. Deseó que los perseguidores no tomasen la misma desviación que él y su caballo escogieron respectivamente. Los orcos dieron la impresión de detenerse. Su brusquedad al pisar el suelo cesó sin motivo aparente. Lioth se desconcertó por ese inesperado cambio. ¿Qué decisión había tomado que provocaba el posible cese de la hostilidad en esos malignos seres?

El hecho es que Lioth siguió por la caverna aún sin tanta luz en su artefacto y palpó las paredes ahora más estrechas y menos parejas. Posteriormente. el suelo olvidó lo que era la uniformidad, las lajas salientes pulularon con creciente facilidad y crearon cierto resentimiento en contra del lugar por causa de espeluznante altura más comparable con estalactitas. De su corcel no se divisó el menor rastro, pues de todas formas aparentaba ser una separación irreconciliable de las sendas de ambos viajeros. El deseo se mantuvo en que el animal no acabase siendo repartido en porciones a los carroñeros orcos y lo temía sobre todo por no escucharlos por un buen rato. Una hora después de quien sabe cuantas más, el Paladín vislumbró una incongruencia mayor a la que su mente registraba hasta en entonces, sin importar la escasa anchura del túnel, este se partió en dos especies de rampas para subir o descender. Él se vio forzado a ir de medio lado una vez que escogiese bajar a algún otro lugar. Su iluminador señaló solo al centro de la bifurcación vertical por ir recobrando su brillo hasta un cincuenta por ciento de su máximo.

No todo el suelo estaba inclinado y a parte de las secciones normales existían otras donde se creería en el ingreso a un prolongado molde para tazones de mayores proporciones. Cuando se volvió a normalizar el pétreo terreno, también se amplió el espacio dando lugar a un salón modesto con reliquias de teas ya no producidas en el mundo. Cerca de una de las esquinas se hallaba una puerta pesada, e no más de metro con sesenta hecha del mismo material rocoso. No logró notar inscripciones talladas y tornó su atención al suelo en busca de escritos aclaratorios de la naturaleza de la puerta. Con un poco de desesperación y terquedad por dar con la respuesta, consiguió acumular trozos de piedra con textos algo legibles. Ordenó y reordenó las piezas hasta el cansancio y retornó a una de las diez combinaciones iniciales por creer que era la mejor de las que se imaginó en ese tiempo tan exasperante.

—Según el actual ordenamiento—dijo Lioth al conversar con su sombra—, que es el que más prefiero, dice de esta manera: “Llamadnos Aliado y se te abrirá la Entrada con celeridad.” Quien sabe qué tan rápido le dé por reaccionar a esta puertita.

Todavía sobraban piezas, pero consideró que debía ignorarlas. Meditó en esas palabras y gracias a las palabras de las aventuras de un libro aceptó el hecho de pronunciar la palabra aliado a falta de interruptores. No le gustó la marca hecha frente a esa puerta que era similar a un indicador de la posición deseada para el interesado. El joven no buscaba ser visto por nadie por medio de algún orificio simulado, por lo que se alejó unos metros a su izquierda y gritó “Aliado”. Por poco regresaba al sector más frontal de no ser porque vería cómo salieron unas oscuras hojas filosas, que en su mayoría se incrustaron en la dura pared por su excesiva velocidad. De inmediato les siguieron dos grandes esferas de roca, que no estaban en el mejor de los estados, con un corto lapso de espera entre cada una y como era previsible, no se abrió la infame entrada.

—Tal parecía que su diseñador era un ávido lector de epopeyas y relatos de tesoros y que sí tendía a aprender de los “errores” de otros. Quizá sus constructores nunca conformaron alianzas de ninguna clase. Asumo que era más humano que enano, a pesar de la gran desconfianza y el nivel de prevención, puesto que no recuerdo que los últimos leyesen toneladas de libros y menos de naturaleza humana...

El hombre cayó por cambiar el piso a la modalidad de rampa, la cual era tan pronunciada que no le permitió aferrarse a nada. Terminó en una sala de paredes de roca tallada con motivos de seres angelicales piadosos, se los veía ayudar a los humanos en necesidad. Luego de ojear eso tan artístico y quizá religioso, empezó a buscar la fuente de luz del sitio, porque no había antorchas ni ventanas que dejasen entrar la luz solar con semejante intensidad. La entrada lucía sellada herméticamente, esta era de lo más sobria y debía ser muy pesada o estaría bien cerrada por algún mecanismo.



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