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Mira la Ventana
Elizabeth permanece sentada en las escaleras junto a la puerta del apartamento de Alan. Ella tiene en el rostro una expresión totalmente angustiada y ansiosa, sus ojos cafés están perdidos y apagados; entrelaza sus dedos una y otra vez haciendo evidente el nerviosismo que invade por completo su cuerpo, después juguetea con una de las ondas de su largo cabello castaño claro. Está un poco triste, sabe que su novio no ha pasado la noche en su departamento y, debido a ello, siente que la tristeza invade su corazón.
A pesar de todo, no se lo reprocharía, no mencionaría palabra alguna sobre el asunto, no debía tomarle importancia. Después de todo, ya había perdido derecho alguno sobre él.
Está hundida en sus cavilaciones, repasando una y otra vez aquello que hubo ocurrido hace dos días. Era terrible que, después de tanto tiempo, no pudiera haberlo superado. Elizabeth sabía que tenía que haberlo dejado hace mucho tiempo, por el bien de ambos, pero su dependencia por él era demasiada, aunque no mayor que su amor.
De pronto, escucha ruidos en la planta baja del apartamento; son pisadas que se aproximaban a la primera planta, donde ella se encuentra. "Seguramente se trata de Alan", piensa Elizabeth al percibir aquel sonido presuroso en las escaleras.
Él pasa junto a ella sin siquiera mirarla y comienza a buscar la llave que abre la puerta de su casa. Ella tampoco dice nada, no reclama, ni se enfada; simplemente se limita a entrar sumisamente detrás de él al apartamento.
Ella lo saluda amablemente con una voz suave y tranquila, pero él no le responde, simplemente arroja las llaves con disgusto sobre la pequeña cómoda junto a la puerta de entrada y camina hacia su habitación. Elizabeth se siente una punzada en el pecho ante tal indiferencia, sólo quiere escuchar la voz de Alan dirigiéndose a ella siquiera para saludarla, ¿era mucho pedir un simple "Hola" de su parte?
Resignada, ella camina hacia la entrada a la cocina y se recarga en el marco de la puerta con los brazos cruzados sobre su pecho. Desde ese lugar les es posible ver cada movimiento que Alan hace: cómo se desnuda y cambia de ropa, cómo se mira al espejo y peina cuidadosamente su los rizos de su cabello oscuro. Nunca fue un chico muy vanidoso, pero le agradaba verse al menos presentable.
—Sigues enfadado conmigo, ¿cierto? —pregunta ella alzando la voz, pero no recibe respuesta alguna.
Con sólo ver el rostro del chico es evidente que no está muy contento, Elizabeth y él expulsan el aire dentro de sus cuerpos en un largo y lento suspiro, casi al mismo tiempo.
Mientras tanto, él camina de un lado a otro de su habitación, busca algo con desesperación.
—Está en el cajón del buró junto a la cama —indica ella al suponer lo que él busca—, siempre lo dejas ahí.
Alan camina hacia aquel mueble, abre el cajón y saca del interior de éste un pequeño dije de plata con la inicial de su nombre; se nota alegre por encontrar aquel objeto, pero no le agradece a Elizabeth.
Luego sale de su cuarto y de nuevo pasa al lado de su acompañante sin siquiera voltearla a ver. Entra a la cocina, mientras que Elizabeth le abre el paso al suponer de antemano que no piensa pedirle permiso para pasar. Él abre el refrigerador, toma un cartón de jugo de naranja y bebe de él para luego limpiarse el rostro con el brazo.
—Ese es un muy mal hábito —le dice Elizabeth con algo de gracia, era algo que le repetía siempre.
—¡Cierto! —exclama él mientras se golpea la frente con la palma de la mano—. No volveré a hacerlo.
Alan chasquea la lengua y arruga la nariz, después, deposita el envase dentro del refrigerador. Elizabeth se alegra porque él, a pesar de todo, aún sigue sus consejos.
—Alan… —musita ella tímidamente—… lo siento.
Siempre quiso pronunciar esas palabras, pero jamás había tenido el valor de hacerlo. En verdad se sentía terrible por haberle hecho tanto daño a Alan durante los últimos meses. Elizabeth haría cualquier cosa por devolver el tiempo atrás o, por lo menos, conseguir borrar la memoria de Alan para dejar de verlo sufrir.
El joven sale de la cocina con pasos firmes, de pronto se detiene y pasa una de sus manos por su cabello.
—Ya deja eso… —murmura él con fastidio después de restregar sus manos sobre su rostro.
Elizabeth baja la mirada con desilusión al escuchar esas palabras, pero sabe que es mejor así.
Él, mientras tanto, camina a la sala al escuchar el insistente ring del teléfono y se sienta en uno de los sofás para tomar la llamada.
—Sí… estoy listo… ahora bajo —dice al teléfono e inmediatamente después cuelga.
—¿Te verás con ella? —pregunta Elizabeth, aunque sabe perfectamente la respuesta.
Junto a la cómoda donde está el teléfono, hay una foto de Elizabeth y Alan, había sido tomada el último cumpleaños de él, cuando aún eran felices. Sí, la expresión de sus rostros en la fotografía derrochaba alegría, pero tarde o temprano eso tuvo que terminar.
Elizabeth se sienta frente a él y lo mira con tristeza.
—¿No extrañas los viejos tiempos? —le pregunta ella, pero, al ver que él no tiene intenciones de responderle continúa—. Sí, yo sé que sí —se contesta así misma mientras arruga un poco la nariz.
Alan toma la fotografía, la mira un segundo y después la pone boca abajo sobre la cómoda. Esa es una clara respuesta a la pregunta de Elizabeth, sin palabra alguna.
Luego, él se levanta repentinamente del sofá y sale del apartamento sin siquiera despedirse de Elizabeth.
Cabizbaja, se acerca lentamente a la ventana del apartamento que tiene vista a la entrada principal. Quiere comprobar con sus propios ojos lo que sospecha. Se encontraría con Andrea, ella lo sabe a la perfección. La noche anterior, Alan no había dormido en su apartamento, seguramente aquella chica se había convertido en alguien muy importante para él. En verdad, a Elizabeth le hierve la sangre con sólo pensar en eso. No era nada justo.
Desafortunadamente, no se equivoca. Abajo, recargada junto a la puerta de su Toyota negro, se encuentra Andrea. Ella tiene un brazo sobre el pecho mientras que en su otra mano sujeta un vaso de café de una sucursal cercana, lleva el cabello suelto, es lacio, largo y de color negro; Elizabeth sabe bien que, tras esos lentes oscuros, se encuentran unos ojos grisáceos, grandes e inocentes; era algo muy irónico comparado con la verdadera personalidad de la chica.
Andrea se incorpora al ver que Alan sale del edificio, deja sobre el techo del auto y se acerca a él.
—¿Te sientes mal, Alan? —le pregunta.
Elizabeth, desde el apartamento ubicado en el primer piso, es capaz de escuchar esa pregunta, aunque casi como un susurro.
Alan mira un instante a Andrea a los ojos, pero no lo soporta por mucho tiempo y agacha la vista. Arruga la nariz en un intento por evitar que las lágrimas comiencen a brotar de repente. Ella le acaricia la mejilla con el dedo índice y le susurra dulcemente: "Está bien". Él se lanza a sus brazos antes de que termine de formular su frase.
Andrea permanece callada mientras las lágrimas de Alan comienzan a caer sobre su cabello y hombros, sabe perfectamente lo que le ocurre al joven. Finge pena por él, por lo que le está ocurriendo, aunque está plenamente consciente de que fue ella misma quien provocó todo, pero jamás iba a confesárselo.
Elizabeth puede ver las lágrimas que brotan en los ojos de Alan, ella no es capaz de evitar que sus ojos se humedezcan de la misma forma y, al mismo tiempo, siente una inmensa rabia al ver a Andrea estrecharlo fuertemente entre sus brazos. Ella es quien debe abrazarlo, siempre había reservado su hombro para consolar a Alan cuando se sentía triste, ¿qué derecho tenía Andrea? ¿Por qué tomaba su lugar ahora, en más de una forma?
—Alan… por favor… —susurra Elizabeth con la voz entrecortada—. No llores más.
Ella pone sus manos sobre el cristal de la ventana con añoranza, como si ese frío y transparente objeto fuera la piel de Alan.
—Estoy aquí y siempre permaneceré a tu lado —dice suavemente—, a pesar de todo.
Alan, como si de un impulso se tratara, mira hacia la ventana de su apartamento. Elizabeth solía mirarlo desde ahí cuando él salía de casa, ambos se lanzaban una mirada y sonreían hasta que él se perdía de vista en el camino. Sin embargo, en esa ocasión, no fue capaz de verla como esperaba. Sí, era mucho esperar que todo se tratara de una terrible pesadilla, desafortunadamente, la ausencia de Elizabeth era real.
A veces, él creía oír las melodiosas risas de Lizzie invadiendo su apartamento, escuchaba su voz cerca de su oído susurrándole "Te quiero" una y otra vez, percibía su presencia bajo las sábanas de su cama, olía su aroma en el ambiente, sentía el calor de su piel en las yemas de sus dedos, incluso sentía que le hacía cosquillas con la punta de la nariz o con sus labios sobre su cuello. Por eso le era imposible comprender lo que había pasado, le parecía horrible tener que aceptar que Elizabeth ya no estaba con él.
—¿Ya estás mejor? —le pregunta Andrea separándose un poco de él y tomándolo de la mano.
—Mira la ventana —dice él.
—¿Disculpa?
—Sí —rectifica Alan mientras finge una sonrisa—, eso me decía Lizzie. En su casa o en la mía, ella siempre me veía por la ventana.
—Date cuenta —le ruega Elizabeth a su novio con desesperación mientras lo observa—. Mira la ventana.
Andrea sonrió levemente y le dio un apretón de manos a Alan.
—Lizzie… —repite ella mientras eleva la mirada hacia la ventana—. Es una pena lo que le ocurrió.
—Maldita —dice Elizabeth con los dientes apretados—, ¿cómo te atreves?
En ese instante, cuando Alan y Andrea tienen la mirada clavada en la ventana, se desploma la cortina y Andrea siente una punzada en los oídos, que atraviesa su cabeza de un extremo a otro.
—¿Qué pasó? —pregunta él al ver lo que había ocurrido de manera tan espontanea e inexplicable, simultáneamente—. ¿Estás bien, An?
—S-sí —responde mientras toma con sus manos sus orejas, sentía aún el rastro de un horrible zumbido en sus oídos—, no es nada…
Las manos, aparentemente, inconsistentes de Elizabeth habían estrujado la tela y la jalaron con tal fuerza que la desprendieron de su soporte; al mismo tiempo, gritó encolerizada. Ella había aguantado tal hipocresía durante mucho tiempo, pero no era posible hacerlo más.
—Sólo mira la ventana —dice Elizabeth mientras reescribe con sus dedos algo que la liberaría. Algo que había escrito desde el día de su muerte en su ventana y en la de Alan.
Quería lanzarse a sus brazos de Alan, gritarle exactamente lo que había pasado esa noche, la manera tan cruel en que sucedieron las cosas.
—Por favor.
Lizzie intenta lanzar vaho con su boca como cientos de veces anteriores, parece no recordar que el interior de su cuerpo está completamente frío y que ya ni siquiera es capaz de respirar.
Elizabeth suspira derrotada, con lágrimas en los ojos. Ahora sólo tenía una opción, debía esperar a que un poco de vaho desvelara el secreto que sólo Andrea y ella sabían.
Era difícil no detestar a Andrea, después de todo había sido ella quien la quitó de camino, la que deseaba arrebatarle el amor Alan —y lo estaba consiguiendo—, porque esa chica de apariencia dulce e inocente la había asesinado sin piedad.
Andrea y Alan suben al auto de ella, el auto arranca y desaparece tras virar a la derecha dos calles después.
—Mira a la ventana… —repite desesperada mientras recarga su frente en ella y la golpea el cristal.
Sí, era horrible que Alan fuera consolado por la misma persona que había sido la causante de su desgracia, por eso tenía que terminar.