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Fiction » Mystery » Escorpiones font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Therese Dostoievski
Fiction Rated: T - Spanish - Romance/Drama - Published: 06-21-08 - Updated: 06-21-08 - Complete - id:2535296

Raquel no solía ofrecer regalos a sus padres. Que lo hiciera era ciertamente una novedad navideña. Inspirada, seguramente, por una suerte de tradición legada de las mejores series animadas en las cuales, incluso el ratoncito Jerry tiene una tarjeta bonita que otorgarle a Tom por su festividad cristiana preferida.

Su madre, que no se caracterizaba por mantener la calma en todo momento, y no precisamente si no por hacer que sus pelos se pararan ante insectos tan insignificantes como una vaquita de San Antonio, se había llevado la mano a la boca para evitar gritar.
Se había mordido y arrancado carne de los nudillos blanquísimos. Su propia sangre se había marcado los dientes de propaganda Colgate.

El padre de Raquel era algo más racional. Cuando su hija se mandaba algo digno de ser mirado con los ojos abiertos y horrorizados, él le daba una observación pasiva, cauteloso, con las fosas nasales como pozos vacíos en el desierto de Irán. Él era el conciliador, Ernesto el Pacífico, levantando sus manos callosas por usar los instrumentos de cerrajería y buscando las palabras concretas, la labia más suave y los ojos más dóciles para que Raquel comprara sutilezas varias que podía oír en cualquier kiosco de Plaza.

Es algo difícil de recordar. No es del todo ilógico que los años hayan pasado por encima de mí sin preámbulos ni pausas para darme cabida a superarme. No era necesario, hacerlo tampoco, pero mi agenda estaba tan vacía que no podía inventarme excusas para darte un lugar en mis pensamientos.

Eras como una mascota que no fue la primera pero tampoco la última cuya suavidad se mezcla con cualquiera de las muchas entre medio. No es tan raro, mi querido Esteban. Ahora que lo pienso un poco, incluso bajo el sometimiento de mis padres, fuistes poco más que un esclavo. Un gato, un perro, una polilla parlante, un negrito de la villa, mal domesticado, lleno de ceniza y mierda en la jeta. Hasta la fecha en que te marchaste, eras eso, mi pequeño ingrato.

Hoy está lloviendo y la humedad hace mi piel pegajosa y mi erotismo errante. ¿Recuerdas mis mansas arañas, a las que deslizaba en tu cuello los días de lluvia? ¿Hoy día serías un músico exitosísimo, de renombre y falsete, que reniega haber sido mi esclavito pata sucia?

Pero pensalo bien, Estebancito, descuidate. Me dediqué como nadie a domesticarte. Salvo yo, ¿quién hubiera sido capaz de hacer eso, de romperse el lomo de una forma tan erudita? Nadie, amor mío. Yo te enseñé inglés y francés, mientras estabas todo amordazado, temblando en el cuartucho de mi viejo.

Si lo pides como favor, Raquel te los presentará. ¿A quiénes? Los pequeños sentados en sus hombros quedos. Si, esos con cola puntiaguda y veneno de mil demonios.

En una mano, la izquierda, de redondez puntiaguda, está el rojo, el claro, el que es color piel por la mañana y según su libro de arácnidos, tanto veneno trae consigo.
Del otro lado, el gemelo negro azulado, de cola relámpago, bien amarilla, desafinando con el tono perlado de su piel.
La pareja perfecta para ella, nació el mismo día y tiene su edad. Lástima que es un villero.

Su nombre es Esteban y es el héroe de las Hormigas, dueñas de un pub que está ubicado sobre una panadería. No lo supo hasta que lo secuestraron, por supuesto.



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