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Pues bien, esta historia va del amor entre dos ángeles y de los obstáculos a los cuales se enfrentan para estar juntos.
¤ Street SpiRit ¤
Todo comenzó una hermosa mañana.
Ese día, mi existencia se vio iluminada por la luz que emitía ese ser, oscuro ante todos pero hermosamente brillante para mí.
Aquél bello ángel negro que se interpuso en mi camino cuando menos lo esperé.
Ella estaba arrancando el alma de la madre de los niños a quien yo estaba dotando de su propio espíritu.
Esos seres diminutos cuyos ojos clamaban por la vida, habían quedado huérfano justo en el instante en que habían comenzado a vivir…
Sí, ella era el ángel de la Muerte y yo el de la Vida, irónicamente reunidos en el mismo sitio por azares del destino.
Alguien allá arriba quería divertirse con nosotros y yo estaba dispuesto a seguirle el juego con gusto.
Sabía perfectamente que lo único que debía hacer para volver a verla era morir…
Esa sería una tarea fácil para cualquiera, excepto para mí… que soy inmortal…
¿Qué más podía esperarse del Ángel de la Vida?
Capítulo I.
Charming angel. El ángel encantador.
Como todas las mañanas, Leziack había partido con la larga lista que le había sido dada con los nombres de las almas que debía depositar en los diminutos cuerpecitos de aquellos pequeños seres a quienes los humanos conocían como bebés. El joven ángel volaba con sus blancas y majestuosas alas extendidas a lo largo y ancho del cielo azul cubierto de nubes, se sentía libre y soberano de sí mismo.
Él siempre se había sentido orgulloso de su trabajo, dotar de vida a los hijos del Creador era su único objetivo y vivía muy contento con ello.
Bajo su brazo, la mayoría del tiempo, portaba un recipiente de cristal que contenía la esencia espiritual que debía repartir entre los recién nacidos. Sí, él era el ángel de la vida, perteneciente al coro de las Potestades, uno de los seres más valiosos en la tierra y en su propio mundo.
Descendió velozmente hasta aterrizar en un edificio alto, algunas de sus plumas cayeron al suelo, pero desaparecieron en cuanto tocaron el suelo. Leziack comenzó a bajar las escaleras como si de cualquier humano se tratara.
—Veamos… —dijo pensativo mientras revisaba los nombres en la lista que sujetaba entre su mano izquierda— dice que es el quinto piso. ¿¡Hmm!? ¿Quinto piso? —exclamó sorprendido—. Eso sí que está muy abajo.
Se rascó la cabeza y chasqueó la lengua, se había percatado que la hora en que el bebé viera la luz del mundo humano estaba punto de llegar, si continuaba a pie no llegaría a tiempo y eso significaría el desvanecimiento instantáneo de su alma y, por lo tanto, la muerte del pequeño, ningún ser humano podía cruzar el umbral de la vida sin obtener su propia alma al mismo tiempo.
—Bueno —se encogió en hombros—, un poco de ayuda celestial no vendría mal en estos momentos…
Chasqueó los dedos e inmediatamente después se esfumó de aquel lugar para aparecer a la mitad de un pasillo. Caminó despreocupadamente hasta cruzar una puerta ancha y luego una más que lo condujo a un quirófano lleno de doctores y enfermeras que atendían el parto de una joven mujer, que estaba acompañada de su esposo.
—Ahora, ¡puje! —pidió el médico que la atendía.
La mujer lanzó un quejido, su piel estaba completamente roja y llena de sudor por el esfuerzo que aquello le ocasionaba. Sujetaba con fuerza la mano de su esposo, quien la animaba a continuar y la consolaba.
Leziack asomó su cabeza por detrás del hombro del doctor, a pesar de las miles de veces que había presenciado escenas idénticas, aún no se acostumbraba. Siempre le daban escalofríos al sólo imaginar el dolor que aquello pudiera provocarle, por suerte no era humano, ni tampoco mujer, mucho menos había tenido alguna clase de dolor nunca, pero la simple expresión en los rostros humanos le era suficiente para comprender que no era algo agradable.
Él era la clase de ángel que apreciaba los detalles de la vida, les encontraba un significado distinto y le daba valor a cada cosa. En especial, en lo que respectaba a los humanos, le parecían todo un fenómeno por descubrir.
Observó, con una mirada curiosa e inocente, cada movimiento a la expectativa de que el momento de su actuación llegara, luego se acercó a la mujer y le tocó el vientre por encima de la bata y la sábana.
—¿Uh? ¿Gemelos? —se preguntó al percibir la presencia de dos bebés casi idénticos en el interior de la mujer—. Nadie me dijo nada al respecto —torció la boca y se rascó la cabeza—, suerte que no necesito más reservas.
Golpeteó con cariño la vasija de cristal cortado que resplandecía bajo su brazo y sonrió tranquilo. Después quitó la tapa con sumo cuidado e introdujo sus dedos índice y cordial en la boquilla del recipiente; cuando los sacó, sobre ellos resplandecía una pequeña chispa blanca que se asemejaba a una diminuta estrella del cielo, inconsistente y con un vapor claro a su alrededor.
Todo el mundo, al menos el de los Coros Angelicales, sabía que los gemelos compartían una misma alma. Leziack acunó entre sus manos la luz esférica y después la estiró con cuidado hasta que consiguió separarla por la mitad; las almas no eran sólidas, pero los ángeles tenían la habilidad de moldearlas a su antojo cuando les era necesario. Ahora eran dos centellas hechas con el mismo espíritu.
—Recuerden, pequeñas —dijo él con cariño—, deben entrar por sus bocas, ¿de acuerdo?
El ángel colocó su mano a escasos centímetros de su boca y les sopló suavemente a las almas, como si fueran dos hermosos dientes de león que, de inmediato, flotaron en el viento siguiendo el camino hacia sus nuevos dueños, aún en el vientre de su madre, aunque a punto de salir.
Las almas eran tan pequeñas al nacer porque únicamente eran semillas; el resto del trabajo dependía de los propios humanos quienes debían hacerse cargo de su crecimiento igual que una planta. El espíritu podía llegar a ser tan grande como un inmenso roble o permanecer tan pequeño como una simple bellota seca. Claro, eso sólo metafóricamente, porque el máximo tamaño que alcanzaban las almas era apenas del tamaño de un puño, igual que el corazón.
El trabajo de Leziack era sólo sembrar, el de los humanos era regar y dotar de luz a sus almas, pero había alguien más que se encargaba de cosechar el fruto que se había obtenido a lo largo de una vida y ese era el ángel de la Muerte. Los ángeles de esta clase pertenecían al Coro de las Potestades al igual que los de la vida, pero ellos se encargaban de conducir a las almas por el camino hacia el más allá, el Inframundo, porque el Cielo y el Infierno eran sólo una invención, todas las almas iban al mismo lugar al fallecer sus cuerpos.
El joven ángel contempló con gran ternura los cuerpecitos de los bebés recién nacidos, ambos habían sido varones. Según el médico y las enfermeras, se les auguraba un futuro lleno de salud. A Leziack le encantaba escuchar aquellas palabras, pues eso significaba que había grandes esperanzas de que esas pequeñas semillas de luz tuvieran el tiempo suficiente para convertirse en grandes estrellas que iluminaran el mundo terrenal.
Un tintineo constante y ruidoso atrajo la atención de los presentes en el quirófano, Leziack se alejó de los niños y se aproximó a la madre, quien había presentado una hemorragia que complicó y alteró la situación en el quirófano.
—¿Qué ocurre? —preguntó el esposo, muy preocupado.
—Señor, abandone el quirófano, por favor —dijo el doctor de inmediato.
—¿Alina, Alina?
—Saquen a este hombre de aquí —ordenó el médico intentando mantener la calma.
Dos enfermeras y un interno condujeron al exterior al hombre, casi a la fuerza, mientras que el médico y una enfermera más intentaban detener la hemorragia de la joven madre, quien en ese momento ya había perdido la consciencia.
—No, por favor —pronunció Leziack depositando sus esperanzas en que la mujer recuperara la estabilidad—, no puedes dejarlos solos.
Al ser un ángel, él no comprendía con claridad las situaciones humanas, pero de algo estaba completamente seguro: los bebés debían crecer bajo el cuidado de sus madres, de ambos padres, en realidad. El inocente joven no tenía idea de la gran cantidad de veces en que esa norma —para él— era rota hasta por el más pequeño de los detalles. Leziack estaba muy preocupado por la madre, por sus hijos, sobre todo por ellos.
El ángel percibió una presencia que no reconoció, alguien que antes no se encontraba en la habitación y que había logrado inquietarlo. Inmediatamente después, desvió la mirada hacia el costado izquierdo de la mujer inconsciente, en ese lugar pudo ver a un extraño ser alado con forma humana que vestía una capa negra con capucha, llevaba una guadaña en la mano derecha y un frasco de cristal oscuro bajo el brazo.
—E… es… —balbuceó el joven ángel al comprender quién era aquel ser frente a él.
Caminó despacio para acercársele y verlo mejor, sus pasos eran titubeantes, sus piernas temblaban.
Leziack siempre había considerado a los Ángeles de la Muerte como sus opuestos, pues despojaban a los humanos de la misma vida que él mismos les había dado. Esos seres le causaban escalofríos porque eran oscuros, despiadados, crueles, fríos. Los de su clase eran los peores ángeles, ¿cómo podía ser un ángel un ladrón, un asesino?
—Vete de aquí… —dijo él con un hilo de voz.
En ese momento, el ser oscuro soltó su guadaña, la cual permaneció erguida a su lado como si fuera sostenida por el viento. Con la mano libre, el ángel de la Muerte descubrió su cara lentamente, sólo así, Leziack pudo verla con claridad, era una chica de cabello largo, lacio, negro y de piel muy blanca.
Después de descubrir su identidad, quitó la tapa del recipiente negro que portaba, se despojó de uno de los guantes largos que cubría su mano derecha, se acercó lentamente a la mujer mientras colocaba la palma de su mano desnuda sobre el pecho de ésta.
El ángel de la Vida notó que los labios de la chica se movían, pero no la escuchó emitir sonido alguno, lo cual lo hizo fruncir un poco el ceño.
La joven de alas negras, se descendió a los labios de la mujer y comenzó a aspirar su aliento provocando que su boca se entreabriera. De pronto, una chispa blanquecina salió de su interior, ésta era como una estrella de varios picos resplandecientes y, en el centro, parecía tener una esferita más clara.
Ese ángel oscuro alzó el rostro para contemplar la estela resplandeciente que permanecía flotando en el aire, entonces acercó su mano a ella y la condujo hasta la vasija negra que llevaba, hasta que pudo introducirla.
Ella había despojado a la joven madre de su alma, lo que significaba…
—Hora de la muerte —anunció el doctor— 11:32.
—Pe… pero —pronunció Leziack confundido, aquello era algo que nunca había visto. Todo había sido tan rápido que no consiguió asimilarlo rápidamente.
La chica había ignorado la presencia del otro ángel. Tranquilamente cerró la vasija, se colocó su guante y tomó su guadaña, giró para darle la espalda al cadáver de la joven a quien le había arrebatado la vida y, sin querer, miró de reojo a Leziack. La joven había reconocido a su acompañante como el ángel de la Vida y sabía bien que, los de su clase, no entenderían nunca su trabajo, así que prefirió cerrar los ojos despreocupada y desaparecer entre las sombras. No había nada qué explicar.
—Ella es… —los ojos del joven ángel estaban desorbitados, muchos pensamientos habían pasado por su cabeza en ese momento, pero sólo uno de ellos había conquistado por completo su mente—… hermosa —concluyó tras un suspiro.
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Continuará...
Bueno, pues espero que les haya gustado el primer capítulo, por favor, dejen reviews de cualquier manera