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Fiction » Romance » StReet SpiRit font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Lannis
Fiction Rated: T - Spanish - Drama/Humor - Reviews: 4 - Published: 07-03-08 - Updated: 07-14-08 - id:2540291

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¤ Street SpiRit ¤


Capítulo II.

Too late. Demasiado taRde.

Leziack no había dejado de pensar en aquella ángel de alas oscuras que había visto después del nacimiento de los gemelos. Pasó días enteros dando vueltas de un lugar a otro con la esperanza de volverla a encontrar, aunque sin resultado alguno, para su desgracia. Se preguntaba una y otra vez cómo podría reencontrarse con ella, pero ninguna idea le venía a la mente, aunque la respuesta era demasiado lógica.

—Si quiero encontrar a la muerte —pensaba—, bebo ir a lugares de muerte.

Lo primero que hizo para comenzar su plan, fue tomar el mapa que le había sido entregado en el Inframundo, donde se le señalaba su territorio, sus límites y alcances dentro de un espacio físico en la Tierra. Los ángeles debían estar completamente organizados entre sí para no cometer errores, no podían darse el lujo de que los ángeles de la vida dotaran de dos almas a los recién nacidos. Porque causaría ciertos problemas de identidad y eso ya no hacía falta en una sociedad como la humana, pues las tensiones citadinas eran suficientes para causar esta clase de conflictos: depresión, desórdenes alimenticios, ansiedad y estrés, la lista no terminaba ahí, de hecho jamás tenía fin.

Si su razonamiento lógico funcionaba de manera adecuada, tanto él como la Ángel de la Muerte tenían trazadas rutas, aunque no iguales, con cierta similitud. Eso le daba un poco más de ventaja. Tenía escasos minutos hasta el próximo nacimiento, así que debía empezar con el plan desde ahora.

—Hmm… si yo fuera la muerte… —examinó con cuidado el mapa —¿en dónde estaría?

Leziack caminaba por las calles transitadas de la Ciudad, por suerte tenía la habilidad se ser invisible e inconsistente ante los seres humanos, lo cual le daba libre movilidad a cualquier lado que fuera. Él era un joven de cabello violeta oscuro un tanto despeinado y ojos púrpuras, su piel era morena clara, de nariz recta y boca fina; llevaba puesto un pantalón blanco y una camisa negra con un dibujo trazado en tinta blanca, había desvanecido sus alas blancas, por lo cual era posible confundirlo con cualquier otro chico de la ciudad.

Una idea pareció llegar a su mente y sus labios se curvearon hacia un lado mostrando una leve sonrisa.

—¡Ya sé! —exclamó.

Tras mirar el mapa, había encontrado un posible lugar en dónde encontrar a esa misteriosa chica. Acunó entre sus manos el arrugado y amarillento papel para hacerlo desaparecer. Después emprendió el vuelo desplegando sus impecables alas blancas; hizo revolotear el aire a su alrededor, esa fue la única señal que los humanos pudieron percibir acerca de su presencia ahí, pero no había nada en ese exacto lugar cuando giraron sus miradas. Debía haber sido el choque de dos corrientes de aire, se decían unos a otros para explicarse el extraño fenómeno.

Leziack sobrevoló la ciudad, inmensa y llena de gente, nada en el horizonte llamaba su atención, su único interés estaba depositado en encontrar aquel lugar que había ubicado en el mapa.

—¡Ahí está! —dijo, triunfal.

Dio media vuelta en el aire y comenzó a descender; cayó con un pie y rodilla en el suelo; alzó la mirada y hubo un pequeño brillo en sus ojos. Frente a él, a un lado, en otro, en todo su alrededor, había lápidas. El primer destino que había elegido era el cementerio de St. Clair.

Caminó entre las tumbas observándolas con curiosidad, jamás en toda su existencia había pisado el suelo de un cementerio, por eso le parecía tan fascinante. Sin embargo, aunque su curiosidad por descubrir todos los misterios y fenómenos de la vida o muerte eran inmensos, no eran mucho más grandes que sus ansias por encontrar al Ángel Oscuro. Así que optó por continuar su camino y limitarse a observar a los posibles seres animados que estuvieran cerca.

Vio varios grupos de personas reunidos cerca de un orificio en la tierra recién cavado. Se acercó con las esperanzas de encontrar lo que buscaba, pero nada. Chaqueó la lengua y frunció el ceño, sólo había una caja negra y mucha gente vestida de negro, con lentes oscuros, otros con los ojos a la vista, pero rojos de tanto llorar. Leziack los miró a todos, pero era momento de continuar con su búsqueda.

Y aunque caminó por mucho rato, no obtuvo resultado alguno. Ahí no estaba la chica.

Se sentó en una lápida, tras pedirle disculpas al cuerpo que ahí reposaba, y se dedicó a contemplar su entorno; simplemente observó.

Sin que Leziack se percatara de ello, un ángel descendió del cielo y caminó hacia él sin hacer el menor ruido con cada paso que daba. Era un hombre alto y fornido, tenía el cabello castaño oscuro, la piel morena y los ojos cafés, su cara era alargada y la barbilla triangular.

—Pst… pst… —susurró cerca de los oídos del Ángel de la Vida, sabía que eso iba a exaltarlo—. ¿Descansando?

Leziack saltó como un felino asustado y se puso de pie, el murmullo aquel le había provocado un ligero escalofrío en la nuca, que recorrió cada una de sus vértebras. Tomó su pecho para acompasar su respiración, así como el salto constante que tenía en el pecho.

—¡Ah! Eliel… —dijo, una vez que lo reconoció—. ¡Eliel! —gritó al percatarse de la gravedad del asunto.

Eliel pertenecía al coro de los Dominios o Dominaciones, su labor era supervisar que las labores del resto de los ángeles subordinados a él —Virtudes, Potestades, Principados, Arcángeles y Ángeles Guardianes—, fuera llevado a cabo tal como se les había ordenado.

—¿Qué… qué es lo que pasa? —preguntó Leziack, con unas cuantas gotas de sudor cayendo sobre sus sienes.

—Dime tú —respondió Eliel, su voz sonaba tranquila, posó su mano sobre una lápida y se miró las uñas despreocupado—, eres tú el que está retrasado.

—¿Retrasado? —miró el reloj de su muñeca, sus ojos se abrieron de par en par cuando vio lo tarde que era. Según la hora señalada, habían pasado dos minutos desde que debió haber depositado un alma en el cuerpo de un recién nacido—. ¡Maldita sea!

—No blasfemes —reclamó Eliel, con su poder mágico había hecho que la lengua de Leziack chispeara un poco.

—¡Ahu! —se quejó, había sentido una ligera descarga eléctrica impactarse en la punta de su lengua—. Lo sdiento —pronunció, con dificultad.

Agachó la mirada avergonzado, tenía miedo de alzar la vista para encontrarse con los ojos chispeantes de su supervisor.

—¿El bebé… murió? —preguntó, tragó saliva antes de concluir la frase y cerró los ojos esperando la peor de las respuestas.

—No… —respondió Eliel después de una larga pausa—, pero tuve que enviar a Vlon al darme cuenta de que faltaba poco para el nacimiento del bebé y tú no aparecías en el lugar acordado.

—¿Vlon? —cuestionó nuevamente el ángel—. ¡Ah! Es un buen chico, ¿lo hizo bien?

—Sí, casi está listo. Creo que ha tenido al mejor maestro —le lanzó una mirada significativa a Leziack—, a quien espero no hayamos perdido porque es muy valioso.

—N-no —contestó Leziack, pues sabía que se refería a él, agitó la cabeza de un lado a otro para reiterarle a su superior la respuesta.

—¿Qué fue lo que ocurrió? En todo este tiempo jamás me has fallado —caminó hacia él y le tomó el hombro—, puedo decir que eres el mejor Ángel de todos a los que superviso, incluso debes entrar en la categoría de los mejores de todo el planeta, aún comparado con quienes pertenecen a otros Coros.

—Sólo me distraje un poco —se rascó la cabeza y fingió una sonrisa—, yo…

—¿Estás buscándola, cierto?

—¿¡Q-qué!? —le pregunta de Eliel lo había tomado por sorpresa.

—Yo sé cosas —expresó mientras esbozaba una sonrisa—. ¡Vamos! Soy el supervisor de un montón de ángeles, algunos de ellos con las lenguas muy sueltas, ansiosos por revelar cualquier cosa que les parezca sospechosa o fuera de lo normal —explicó—. El hecho de que un Ángel de la Vida vaya de un Coro a otro preguntando por un Ángel de la Muerte, es algo que llama mucho la atención, ¿no crees?

—Malditos boquiflojos —murmuró.

Eliel rodó los ojos y chasqueó los dedos. Una vez más, Leziack sintió una chispa punzante en la lengua, había sido castigado por sus maldiciones.

—¿Qué quieres con esa chica?

Leziack abrió los ojos de par en par, comenzó a mirar a todas partes, con la esperanza de encontrar una posibilidad, por mínima que fuera, para escapar de ahí. Necesitaba evitar a toda costa aquel interrogatorio o le iría muy mal, ¿cómo iba a explicarle a su superior que se había enamorado del Ángel de la Muerte?

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—Y desde entonces, como ya has oído, la he buscado —concluyó tras un prolongado suspiro.

No había pensado contarle la verdadera historia, en un principio. Pero Eliel, más que su superior, había demostrado ser su amigo; seguramente, sus consejos serían de ayuda.

—H-hmm… —asintió Eliel, reflexionaba con cuidado la historia que Leziack le había relatado.

"Un Ángel enamorado", ya había escuchado historias como esa antes y todas ellas tenían finales trágicos, algo que no era muy alentador y eso era lo que más le preocupaba. Le daba terror la posibilidad de que su joven amigo tuviera la posibilidad de ser protagonista de uno de esos relatos, lo peor es que quería serlo. Pero, Eliel, repasó: Leziack era un ángel con curiosidad insaciable, tal como un niño; todo aquello que no conocía le era fascinante, sorprendente, cautivador.

Cuando Leziack encontrara algo que fuera más interesante, abandonaría su antigua obsesión, siempre lo hacía. Había pasado con objetos tanto animados como inanimados: una vez pasó buscando globos flotando en el cielo, quería evitar que al llegar al punto más alto, se rompieran y cayeran en el océano provocando la muerte de los peces; también había perseguido a algunos perros, preguntándose si sus ojos veían a colores o no; incluso una vez atrapó a un gato negro para comprobar si en realidad atraía la mala suerte. Y la lista se alargaba enumerando las cosas más interesantes y también absurdas del mundo. Sí, definitivamente Leziack era un chico sin remedio, se le pasaría tarde o temprano.

Sin embargo, Eliel no consideró la posibilidad de que esta vez no se tratara de un simple capricho o deseo por aprender o descubrir algo completamente nuevo para él. Grave error.

—¿Y bien…? —pronunció Leziack, su intención era incitar a su amigo a que le ofreciera ayuda—. ¿Qué opinas?

—Dudo que la encuentres —resopló el ángel—, los ángeles de la muerte no suelen aparecer hasta el último momento y, en cuanto terminan su trabajo, se marchan inmediatamente. Nadie sabe por qué, pero no suelen vagar mucho por el mundo de los vivos.

—¿"Nadie sabe por qué"? —repitió él muy entusiasmado.

Eliel apretó los ojos y se golpeó la frente con discreción, había olvidado que palabras o frases como aquellas no hacían más que incitar —todavía más— la curiosidad del ansioso ángel de la Vida.

—Leziack —dijo—, como tu amigo, te sugiero que te olvides de ese asunto, porque no va a conducirte a ningún lugar «Al menos no a ninguno bueno» —se guardó lo último para sí mismo—. Pero te conozco y sé lo testarudo que eres, no descansarás hasta encontrarla, así que sólo te pido que tengas mucho cuidado y, sobretodo, que seas muy discreto.

Leziack asintió.

—Pero, como tu supervisor —continuó—, he de decirte que no estoy de acuerdo con que hagas tus rutinarias exploraciones en el mundo de los humanos —expresó con seriedad—, y nunca lo he estado. Sin embargo, te he dejado hacerlas porque hasta el momento jamás me habías fallado —aclaró su garganta y se levantó—. Te advierto que si esas investigaciones tuyas interfieren con tu trabajo, no dudaré en removerte del puesto que tienes —sentenció—, tenlo por seguro. Quizá estarías mejor lejos de la Tierra, hay mucho papeleo pendiente por hacer en el más allá, los informes de los ángeles están un poco dispersos en los archivos generales, creo que necesitamos algo de ayuda con eso.

—¿¡Qué!? —exclamó, más que sorprendido estaba algo asustado—. El hecho de que tu trabajo sea de lo más aburrido no quiere decir que puedas arrastrar también a otros indefensos ángeles como yo.

El ángel de la Vida, simplemente sintió un fuerte golpe en la cabeza. Eliel se había ofendido con su comentario.

—Leziack —expresó, Eliel tenía los dientes ligeramente apretados y comenzó a girar un poco su muñeca después del golpe que le propinó al ángel—, estoy hablando en serio.

—¡Ay, ay, ay, ay! —se quejó tras sobarse el lugar justo donde, aún, podía sentir los nudillos de Eliel hundiéndose—. Sí, me he dado cuenta de ello.

—Y bueno —resopló Eliel, luego de sacar de su espalda sus hermosas alas blancas—, espero tus informes para esta tarde, también estás un poco retrasado con ellos. ¡Ah! Y dile a Vlon que también espero su primer informe, tú debes firmarlo, como su maestro.

—Eliel… —lo llamó antes de que emprendiera el vuelo—, gracias…

Eliel giró el rostro hacia Leziack y sonrió levemente, para, después, extender ser sus alas y comenzar a volar en el cielo, hasta perderse entre las nubes.

—Uff —resopló cerrando los ojos—, vaya, me he salvado de ésta.

—Hmm, así que es cierto —escuchó una voz un tanto alejada, detrás de sí.

Leziack giró la mirada; sobre una lápida alta, cuya punta terminaba con una cruz, se encontraba un chico de cabello lila y ojos azules, su apariencia era la de un niño de 13 años aproximadamente. Él estaba recargado, con los brazos sobre el pecho, en la alta cruz que se alzaba al final.

—¡Vlon! —exclamó Leziack con una sonrisa—. ¿Qué te trae por aquí?

El chico sonrió levemente y, de un salto, se colocó justo frente al ángel de la Vida e hizo una reverencia.

—Maestro, me tenía un poco preocupado —dijo respetuosamente—. Es por eso que estuve buscándolo y, sin querer, escuché parte de la conversación que tuvo con el superior Eliel.

—Chico entrometido —masculló Leziack después de darle un golpe en la cabeza a Vlon, tal como el que Eliel le había propinado a él—. Ya me extrañaba que fingieras toda esa educación.

—Ahu-ahu —se quejó, luego de sobarse con ambas manos—, ah… lo siento Leziack, no pude evitarlo.

El ángel lo miró con el ceño fruncido.

—¡Hey, Vlon! Más te vale que no digas ni una palabra de esto —advirtió mostrándole el puño.

—¡Oh, vamos! Deberías confiar más en mí —reclamó el chico—, yo podría ayudarte a encontrarla.

—¿Qué va a saber un chiquillo como tú de esas cosas? —preguntó menospreciando al chico.

—Al menos sé que esa angelita debe ser preciosa —enunció con una expresión un tanto pervertida, las palmas de sus manos estaban volteadas hacia arriba y salía un poco de saliva por la comisura de sus labios—, si tantas ansias tienes por encontrarla.

—¡Ah, pervertido! —le gritó tras darle un segundo golpe, éste todavía más fuerte que el anterior. Incluso tiró al chico de boca al suelo.

Leziack se sentó de nuevo en la lápida donde había estado, cruzó los brazos sobre el pecho y se mantuvo en completo silencio; simplemente observaba a su alrededor, como antes de que lo interrumpiera Eliel. Vio de reojo cómo Vlon se levantaba del suelo calmadamente y se sacudía de su túnica blanca el polvo que se le había pegado.

—Ejem —carraspeó—. ¿Entonces estás en busca de lugares de muerte? —le preguntó Vlon, después de una larga pausa.

—Ajá —asintió el chico aún dándole la espalda a su discípulo—, lugares en donde podría estar esa Ángel, suena lógico ¿no?

—¿Y, quieres decirme —caminó despacio hacia él—, por qué estás en un cementerio?

—¿Uh? —expresó al no comprender la pregunta y se rascó la cabeza—. ¿A qué te refieres?

—Leziack, lo pondré fácil para ti —dijo Vlon, a pesar de ser más pequeño, sabía perfectamente que su maestro era muy distraído e incluso un poco lento, así que meditó las palabras correctas con las cuales conducir a su amigo a la respuesta definitiva—. ¿Qué hay aquí?

—¿Muertos…? —respondió, aunque lo dudó, su rostro era similar al de un niño confundido e inocente, incluso tenía el dedo índice sobre su boca.

—Bien, ¿y qué busca el Ángel de la Muerte? —preguntó pacientemente el chico.

—¿Muertos? —repitió, Leziack, de nueva cuenta. Había tenido suerte al responder la primera pregunta con esa palabra, quizá tendría la misma fortuna con la segunda.

—¡No, tonto! —exclamó, mientras saltaba para alcanzar la altura de su maestro y le daba un golpe en la cabeza con los nudillos.

Leziack aprovechó el momento en que Vlon cayó al suelo, después del salto, y le pisó con fuerza el pie derecho. Luego, Vlon lo jaló de la camisa y Leziack comenzó a tirar de la túnica del niño, mientras ambos intentaban morderse y empujarse, todo había terminado en un cómico forcejeo.

—¡Ah! Grr —gruñeron los dos.

—Ah… —se quejó Vlon después de tirar una mordida a la mano de Leziack, igual que lo haría un tiburón hambriento, aunque no tuvo suerte—. La muerte busca la vida.

Acto seguido, casi por acto de magia, ambos se soltaron y Leziack miró con curiosidad a Vlon.

—Busca vivos a quienes arrebatarles la vida —concluyó el chico, estiraba su túnica para eliminar las arrugar que las manos de su maestro le habían provocado en su pequeña pelea—. ¿Entiendes?

—Am… sí —expresó, puso su mano sobre la barbilla—, pero, para comparar supuestos… ¿qué entiendes tú?

Vlon cayó al suelo de espaldas, no podía comprender que Leziack fuera tan tonto, lo peor de todo era que él era el discípulo del tonto, entonces… ¿quién era peor?

—¡Tengo que deletrearlo para ti! —gritó, exasperado tras levantarse del suelo, luego intentó recuperar la compostura—. El ángel de la Muerte ya no tiene nada qué hacer en un cementerio porque todos están muertos, si están muertos no tienen almas y, si no hay almas, no hay nada qué robar —aspiró aire para continuar—. El último lugar que pisan en toda su existencia estos ángeles es el cementerio, ¡idiota!

—¡Oh! Ya veo —dijo, se encogió en hombros despreocupado, se acarició la cabeza y sacó la lengua—. ¡Qué tonto fui!

—Sí, el ángel de la Muerte sólo pisaría el cementerio, a menos que alguien muera aquí. Pero no son cosas muy comunes. Así que debes buscar sitios donde ocurran muertes.

Leziack torció la boca y frunció el entrecejo.

—¡Oye! ¿Por qué me llamaste idiota? —preguntó tras reaccionar, tardíamente, al insulto de su alumno.

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Continuará...


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¿Es mejor lo abandono, de plano lo borro o lo lanzo por el wc?

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Escribo porque me gusta... pero es mejor si me leen y les agrada :P




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