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Disclaimer: Todos los personajes, lugares y situaciones de esta obra son de mi total autoría y, por lo tanto, propiedad. No los robes y todos seremos más felices.
Está inspirado en el título de la canción Cold Winter Nights, de Stratovarius. Responde, además, al Cuarto Reto Semanal del Sexto Periodo de la comunidad de livejournal lmftoneo.
Espero que os guste.
APB Productions presenta...
En una fría noche de invierno
Ocurrió en una fría noche invernal, mientras el resto del pueblo se cobijaba en sus casas, reunidos alrededor del calor del hogar. Todos atentos a sus propios problemas, que generalmente consistían en sobrevivir al frío del más crudo diciembre.
Hacía ya un par de horas que había anochecido cuando Abygail salió de su casa en busca de Henry. Su joven marido. Se habían casado apenas un año atrás, y ahora ella estaba encinta y él, ante la proximidad del alumbramiento, había ido al bosque a buscar madera para confeccionar una pequeña cuna para el neonato.
Pero había caído la noche y Henry todavía no había regresado. Y Abygail se puso la capa larga y salió de su pequeña casita de madera, cerrando la puerta con una gruesa llave de hierro colado.
Los pequeños copos de la nieve que caía se amontonaban sobre su pelo negro, que se confundía con la negrura de la noche, y aunque sabía que era peligroso en su estado, debía ir a buscar a Henry, porque tal vez estuviese en peligro. Y ella lo amaba. Mucho.
Al salir del pueblo y adentrarse en el bosque, que cada vez ganaba más terreno al pequeño pueblo, la nieve parecía arreciar, porque Abygail tuvo que cerrarse la capa y cubrirse el vientre, que abultaba levemente, con las manos para mantenerlo en calor.
Las pisadas, que ella suponía que eran de Henry –pues nadie más que su loco marido se aventuraría en el bosque con una inminente nevada-, se borraban a cada paso que ella daba, porque la nieve caía implacable sobre ella, y el viento tironeaba de su capa, en la que ella se arrebujaba con dificultad.
Llegó al borde del río, donde crecían los árboles más fuertes y vigorosos. Sus ojos se encontraron con una figura recostada a los pies de un árbol, parcialmente cubierta por la nieve humeante.
Ahogando un gemido consternado, Aby se acercó allí y se encontró con los ojos de su Henry, azules como el cielo de verano, que la miraban suplicantes.
-¡Dios mío, Henry!-susurró arrodillándose a su lado.-¿Qué te ha pasado?-preguntó luego, acariciándole la mejilla con suavidad. Miró a la nieve humeante y se percató de que a su marido le habían sacado las tripas y yacían sobre su regazo, cubiertas de nieve.
Ahogó una arcada con un sollozo. Las lágrimas empezaron a caer por su rostro casi con violencia. Juntó su frente con la de Henry, entendiendo que era el final.
-¡Cariño! ¡Dime que te ha pasado!-su voz estaba rota por las lágrimas. Por el miedo. Por el dolor.
Henry abrió la boca, pero no pudo articular sonido alguno. Parecía como si cada segundo fuese a ser el último. Aby sabía que no podía llorar. Tenía que ser fuerte por los tres. Por ella, por Henry y por su hijo.
-Te llevaré al pueblo. El doctor Thomson te curará.-dijo, intentando creerse ella misma las palabras.
Vio como Henry esbozaba una sonrisa ante su ilusa propuesta. Él alzó una mano pegajosa de su propia sangre y le acarició la mejilla.
-No… no hay… tiempo.-susurró con un mínimo hilo de voz.-Aby, tienes que correr.
-Henry…
-Correr… al pueblo…-su vida parecía a punto de terminar, y Aby no podía dejar de llorar, apretando la mano de Henry contra su propia mejilla.-Da la voz… de alarma…
-¿De qué?- inquirió sorbiéndose las lágrimas.
Pero Henry no contestó. Esbozó una sonrisa mientras su mano caía.
-Te… amo-susurró, y la sangre salió a borbotones de su boca, mientras su mirada se volvía vidriosa y sus pulmones se vaciaban al tiempo que su corazón dejaba de latir.
Abygail soltó un grito agudo y desgarrador, al tiempo que su hijo daba una pequeña patada. No quería moverse. Quería quedarse allí con Henry para siempre. Le cerró los ojos y lo besó en los labios, llenándose el rostro de sangre.
Luego se levantó. Lo amaba. Y tenía que cumplir con su última voluntad. A toda costa.
La nieve había cubierto ya sus huellas pero ella poseía un innato sentido de la orientación. Corrió hacia el pueblo, con las manos sosteniendo su vientre y las mejillas llenas de lágrimas escarchadas.
Al llegar a la plaza mayor del pueblo cayó de rodillas, exhausta y aterrada. El pueblo estaba desierto pero todos sus habitantes estaban en la plaza, con las tripas fuera, tiñendo de color escarlata la blanca nieve que seguía cayendo en aquella fría noche de invierno.
¡Hola! Espero que os haya gustado. Si ha sido así, o si no, dadle al Go. Estaré encantada de contestaros. Muchísimas gracias por leerme.
.:Thaly:.