Home Just In Communities Forums Beta Readers Dictionary Search Login Register Extras
Fiction » Fantasy » Destinazione Paradiso font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Joan-Bevi
Fiction Rated: K+ - Spanish - Fantasy/Humor - Published: 07-20-08 - Updated: 07-20-08 - Complete - id:2547816

Destinazione Paradiso

La luz de Totoba bañaba las manos extendidas de Farfala… finalmente, después de tanto tiempo de espera… ¡al fin había alcanzado ese cálido rayo de luz amarilla que había estado buscando!

-¿Así que esto es morir? –se preguntó a sí misma, percibiendo una sensación extraña en las palmas, que fluía por todo su cuerpo… además escuchaba un sonido recurrente que era un poco molesto, algo así como un “pi-pi-pi”.

Abrió emocionada los ojos… ¡¡iba a salir de ese mundo!! ¡¡SERÍA LIBRE!!

Extendió más las manos y saltó como una ágil gacela de los Prados de Noia.

-¡Despierta, Farfala… despierta!

Ella se levantó de golpe; de nuevo había soñado con que alcanzaba a Totoba… debía dejar de hacerlo… cada vez que lo hacía, despertaba desorientada y con voces resonando en sus lánguidos oídos.

Quien la despertó fue Alafraf, el fiel compañero de su aventura. Alafraf, un ser pequeño de color amarillo, era redondo, del tamaño de una pelota pequeña, con un par de alas, también amarillas, y patitas pegadas a su cuerpo que sólo poseían dos dedos. Sus orejas eran como las de un elefante, al igual que su trompa. En cuanto a sus ojos, eran dos esferas negras que tenían un brillo muy especial, o eso opinaba Farfala… aunque nunca se lo había dicho, o se portaría insoportable.

Ella se levantó; se habían hospedado en un nicho de hojas verdes. Según les había indicado un campesino, estaban en los bosques Canterollos.

-¿Has escuchado el Carrusel Frenético? –inquirió Farfala, mirando entorno y sacudiéndose hojas del vestido.

Alafraf negó, provocando que su trompa oscilara.

-Dios… llevamos casi una semana sin escucharlo… ¿seguro que es por aquí?

-¡Claro! –respondió éste, ofendido por la pregunta de su amiga- ¿Acaso no estás segura de mis habilidades? Porque puedes conseguirte a alguien más confiable…

-No seas dramático… sólo era para asegurarme…

-Por décima vez…

Farfala ignoró su comentario. Salió de entre los árboles (con cierta dificultad) y llegó a un pequeño prado. Se veían los campesinos de los bosques Canterollos trabajando tranquilamente, cosechando unas largas y delgadas ramitas color arena cuyo nombre desconocía. Después de que las sacaban de la tierra, echaban unas semillas color café e inmediatamente crecían más de aquellas ramas, aunque se veían de color anaranjado con manchas verdosas. Pasando el prado, sobre una barda de tierra, se veían unos rieles que se perdían y confundían con el horizonte y el rosáceo cielo, mismo que estaba repleto de algodonadas nubes blancas.

En ese momento pasó por su lado un enorme óvalo de cristal que emitía un sonidillo agradable. Farfala lo detuvo y se observó en él. Era la misma de siempre; su rechoncho cuerpo (rechoncho, ¡no gordo!, ella sabía cuidarse muy bien… aunque Alafraf argumentara lo contrario) ataviado con su habitual ropa: su falda pastelera color azul rey, su blusa con rayas en zigzag de color verde y amarillo y sus pequeños pies (de 35 centímetros cada uno) dentro de sus mayas multicolor. Sus manos carecían de dedos y parecían guantes de cocina, y no eran precisamente estéticas... Sus alas de mariposa, en cambio, estaban en el área lumbar de su cuerpo, pero eran muy hermosas: color rosa con motas moradas, naranjas, rojas, verdes, amarillas y azules… seguramente no había nada tan hermoso en todo aquél mundo. Y su rostro… ¡nada similar! Era una bellísima masa color carne con dos grandes ojos negros… su boquita en forma de doble u y sus chapitas rosadas en las mejillas… sin duda era el ser más sublime.

Alafraf pasó sobre ella y le robó su sombrero de paja, que tenía un gran listón rosa. Su cabello se alborotó un poco dado que era bastante largo -le llegaba más allá de la cintura- y era color borgoña.

-¡Oye! Consíguete tu propio sombrero… ¡Ese tiene un listón…!

-Rosa… ¡ya sé que te gusta el rosa! Me lo repites mil veces al día…

-También me gusta el amarillo…

Entonces se escuchó un tren. Tanto una como el otro se miraron emocionados.

-Es el Carrusel Frenético –gritó Alafraf, regresándole a Farfala su sombrero.

Ella se lo puso y empezó a correr; varios de los campesinos los observaron. Sus tupidos bigotes color negro y sus rostros morenos estaban bañados en sudor. Farfala corría muy rápido, y a pesar del tamaño de sus pies, no era torpe… de cuando en cuando saltaba muy alto para no chocar contra los campesinos.

Al acercarse a las vías atisbó una gigantesca torreta de humo que se acercaba velozmente: era el Carrusel Frenético. Se trataba de un carrusel de feria de forma redonda, con caballitos de colores insertados en su interior, una enorme carpa de color rosa y azul pastel y ruedas que se unían a los carriles. Detrás del carrusel iban unidos varios vagones, todos éstos de color chocolate; en el interior de todos había un material diferente, principalmente carbón, esmeraldas, palomitas de maíz y colchones manchados de orina.

-Alafraf, a la cuenta de tres… Uno, dos… ¡tres!

Farfala tomó impulso y saltó; Alafraf voló junto a ella y cayeron sobre la lona rosada; los campesinos de los bosques Canterollos los miraron asombrados.

-Qué sencillo es subir en él… -murmuró Farfala.

-Lo difícil es que permanezcas sobre él…

-Lo sé… pero esta vez no nos vamos a dejar tirar… no señor.

El Carrusel Frenético empezó a moverse de manera violenta. Y no sólo él: la barda sobre la que descansaban las vías también se movía, como si fuera una serpiente gigante que se conectaba a las llantas del carrusel.

Farfala miró hacia atrás: el contenido de los vagones caía a ambos lados, y los campesinos corrían hacia ellos, tomándolos al vuelo. Los que alcanzaban carbón, al notar lo que era, ponían cara de profunda decepción; en cambio, los que tomaban alguna joya brincaban de alegría… y a los que les caían los colchones manchados… bueno, debían soportar las burlas de sus compañeros y el mal olor de los colchones.

El Carrusel Frenético dejó de moverse de aquella caótica manera y empezó a andar parsimoniosamente, soltando anillos de humo de la parte superior de la lona, donde se ubicaba un tubo de escape de metal.

-No tienen muchas luces, ¿verdad? –comentó Alafraf, viendo a los campesinos y riéndose de ellos.

-Al menos son más amables que en otras regiones…

-En los Prados de Noia eran agradables… nadie se metía con nosotros.

-Eso es porque todos estaban dormidos o porque tenían demasiado aburrimiento como para querer moverse –espetó Farfala-. Los únicos seres que parecían vivos en esos prados eran las gacelas.

Pasaron unos diez minutos en silencio, tiempo durante el cual el paisaje cambió drásticamente; dejaron atrás los campos de ramitas color arena y los árboles de hojas verdes, y llegaron a un área donde todo parecía hecho de piedra, un desierto rocoso de colores añil y marrón.

-Oye Alafraf… ¿hace cuánto tiempo te conozco?

-No sé… -contestó su interlocutor, que descansaba junto a ella- Hace tiempo que perdí la cuenta de cuántas veces me has gritado…

-¿Cuatro años? –preguntó ella, abrazando sus rodillas con los brazos y mirando melancólicamente hacia la nada.

-Creo –dijo Alafraf, mirándola extrañado-, pero no estoy seguro…

-Me… ¿me puedes repetir cómo fue que me encontraste?

-Sí… yo estaba volando alegremente y de repente encontré un bulto multicolor tirado en medio del bosque… ¿por qué?

-Porque… no recuerdo nada antes de eso… sólo recuerdo que abrí los ojos y entre las hojas de los árboles vi una fuerte luz blanca… luego apareciste sobre mí y me explicaste todo…

-Bueno, no todo… sólo lo que sabía… pero fue porque te pusiste toda loca y me amenazaste con golpearme si no te decía cómo salir de este mundo… pero… ¿salir a dónde? Es algo que no he entendido…

-Salir a otro mundo –respondió Farfala, mirándolo-. Estoy segura que yo pertenezco a otro mundo… a veces sueño cosas… sueño que vivo en un mundo diferente… muy diferente… recuerdo algunos rostros… y muchos lugares…

-Pues lo que describes siempre me parece muy extraño –masculló Alafraf, como si el tema le incomodara.

-Pero sé que existe…

-Si es que existe, es el mundo de los muertos: Destinazione Paradiso…

Se miraron en silencio un rato.

-¿Cómo puedes estar tan seguro? Nadie ha ido ahí… y nadie ha regresado aquí de ese mundo, ¿o sí?

-Pues no… pero es la única explicación… la única forma de salir de este mundo es… muriendo –explicó Alafraf, y agachó las orejas.

-Y para eso debo alcanzar Totoba… ¿cierto? El Carrusel Frenético te lleva directo a Totoba… Pero… casi nadie la ha visto… ¿y si ni siquiera el Carrusel Frenético te hace llegar a Totoba? ¿Si todo es mentira? Si…

-Yo la vi… -le interrumpió Alafraf- Es… es una gran estrella de color amarillo que se mueve lentamente… desde niño me explicaron que debía alejarme de ella, porque si me alcanzaba… moriría…

-Pero se supone que Totoba es la fuente de energía del mundo, ¿no?

-Sí… debe ser por eso que si te acercas, mueres… toda la energía LuTroFo está concentrada en su núcleo…

-La energía LuTroFo es lo que le da vida al mundo… lo que hace que el sol siempre nos ilumine… lo que hace que el Carrusel Frenético se mueva y es la energía que nos permite vivir, ¿no es así?

-Sí…

-Entonces no puede ser posible que si te acercas a Totoba, mueras… seguramente Totoba te guía a otro mundo.

-¿Qué prueba tienes de ello? –cuestionó Alafraf, hablando con molestia.

-No tengo ninguna… es intuición…

-Si mueres…

-Prefiero morir a permanecer aquí…

-Siempre dices eso, y me molesta mucho… No hay nada más hermoso que vivir… y tú… tú…

-A mí no me gusta… y lo peor es que sólo hay una forma de morir… Tocando la estúpida Totoba…

-¡Deja de decir esas cosas! Me molesta mucho, ¿sabes? Todo el tiempo te la pasas renegando de todo…

-¡Sí, todo el tiempo reniego de todo! ¡Es lo único que sabes decir!, ¡por eso estoy harta de ti, papá!

Nuevamente se quedaron en silencio. Acababan de dejar atrás el desierto y estaban en un área donde sólo se veía agua color carmesí y pequeñas piedras grises que navegaban por el mar.

-¿Cómo me dijiste? –preguntó Alafraf, alzando una ceja.

Farfala se quedó respirando agitada… no sólo porque le había estado enojando lo que decía Alafraf, sino porque acababa de recordar algo… el contorno de un hombre alto y delgado… le gritaba a ese hombre mientras una cortina ondeaba frente a ella…

Pi… pi… pi…

Farfala salió de su ensimismamiento y miró a todas direcciones. Ese pitido sólo quería decir una cosa: CiGuarda estaba cerca.

El mar rojo se empezó a mover con violencia y el cielo se tornó necrótico. El Carrusel Frenético también comenzó a moverse violentamente, al igual que el camino por el que andaba.

-Es CiGuarda…

-Ya sé… no necesito que…

Un rayo color rojo impactó a Alafraf y lo derribó, haciendo que cayese al mar.

-¡ALAFRAF!

El Carrusel Frenético empezó a dar saltos sobre las vías, por lo que Farfala casi cae. Logró aferrarse a la lona rosada, con los pies colgando. El centro del Carrusel Frenético empezó a girar, provocando que los caballos se convirtieran en una masa de colores.

En el cielo, entre las oscuras nubes, apareció una gran esfera de color azul marino. Al mismo tiempo se abrieron ocho ojos, todos de color rojo; cada uno tenía expresión diferente y un iris de forma distinta, pero todos miraban hacia un mismo punto: Farfala.

Uno de los ojos, el más grande, lanzó un rayo rojo. No le dio a Farfala, pero impactó sobre el Carrusel Frenético, con lo que éste se movió más estrepitosamente.

Todos los ojos empezaron a lanzar rayos intermitentemente, así como el sonido del “pi… pi… pi…” se hacía más frecuente y estridente.

Nuevamente, el ojo más grande lanzó un rayo que iba directo hacia Farfala… Ella cerró los ojos, consciente de que no moriría, pero el rayo la tumbaría del Carrusel Frenético y perdería la oportunidad de llegar a Totoba…

Pero algo lo detuvo: una figura con un mameluco color azul cielo y rayos amarillos estampados en él; tenía una mascada ancha color violeta que cubría su rostro, y detrás de ésta caía una melena color azafrán.

En la mano llevaba una larga lanza color dorado. Con ella había desviado el rayo que CiGuarda hubo lanzado.

-¿Estás bien? –preguntó la figura, con una voz varonil. En la mano con la que no sostenía la lanza tenía una pelota amarilla y alada: Alafraf.

-S-sí…

El joven dejó a Alafraf sobre la lona del Carrusel Frenético y se agachó para ayudar a subir a Farfala.

-Gracias –musitó ella, tomando a Alafraf, que parecía desmayado.

-Bien, me alegro…

Dicho esto, saltó tan alto que alcanzó la gran mole que era CiGuarda, quien había estado flotando a buena distancia, mimetizado con las nubes.

-Alafraf… despierta, Alafraf…

El ser entreabrió los ojos con dificultad.

-Farfala…

-¿Estás bien? –Farfala tenía la voz ahogada, haciendo un esfuerzo grandísimo para no soltar el llanto.

-No seas tonta… pareces una adolescente caprichosa… -susurró Alafraf, sonriendo, aunque parecía costarle un poco- Nadie puede morir de ninguna manera si no es tocando a Totoba…

-Pero… no quiero estar sola… no…

El Carrusel Frenético dio una sacudida especialmente fuerte, aventándolos al mar rojo. La corriente se hacía más fuerte hacia la misma dirección en la que iba el Carrusel Frenético.

-Aguanta… Alafraf…

Farfala flotaba, moviendo los brazos con terror y manteniendo a su amigo sobre su sombrero. El pitido había cesado y ya no se veían ni CiGuarda ni el misterioso joven.

-¡Cuidado! –gritó Alafraf, pues Farfala había estado mirando hacia atrás.

-¿QUÉ?

La fuerte corriente los arrastró: el mar terminaba en una cascada.

Cayeron por ella, girando en el aire y haciéndose daño con las ráfagas de viento; mientras caían, se hicieron varios cortes con piedras que, como ellos, habían caído por la pendiente de la cascada.

Farfala hizo un gran esfuerzo y movió sus alas, que no solía utilizar.

No sirvió de mucho. Sin embargo, la caída se tornó menos rápida; Farfala aleteaba con brío, apretando los ojos y alejándose cuanto podía de la cascada, para evitar que les cayeran piedras más pesadas.

Sin embargo, debido al cansancio, no pudo más y de nuevo comenzaron a caer, rodando en el aire y cortándose con las ráfagas de viento.

Tuvieron contacto con un riachuelo rojo… y luego...

-Ey… despierten… están invadiendo mi propiedad…

Alguien pateaba a Farfala en un costado. Abrió los ojos perezosamente; Alafraf estaba a lado suyo, inconsciente.

Una anciana de pelos grises era quien la estaba picando con el pie. Llevaba una blusa muy simple de color malva, un pantalón púrpura y zapatos color guinda. La mujer estaba muy arrugada, tan arrugada que el tronco del árbol que tenía al lado parecía liso. Tenía una larga narizota y ojos malévolos, así como una boca llena de dientes agudos.

-¿Quién es usted? –preguntó Farfala, arrodillándose.

-¿Quiénes son ustedes? ¡ÉSTA ES MI PROPIEDAD!, ¡MÍA!

-Señora… nosotros…

-Sí, ya sé, ya sé… yo veo todo en mi poderosa televisión de chorroscientas pulgadas… llevas mucho tiempo vagando por este mundo y ese pedazo de mierda amarilla ha estado desde entonces contigo… lindo cuento, pero me agrada más el canal que sintoniza los ojos de CiGuarda, es más entretenido…

Cerca de la anciana había una gran pantalla de televisión de color purpúreo, con botones redondos y verdes y una antena de conejo. La pantalla estaba apagada, por lo que Farfala vio su reflejo en la grisácea superficie.

-¿Quién es usted? –preguntó Farfala, poniéndose en pie y abrazando a Alafraf, que aún estaba desmayado-, ¿dónde estamos y cómo podemos salir de aquí?

La mujer arrugó el ceño, poniendo una apergaminada mano sobre su cintura… o donde debería estar su cintura.

-Soy Vùti Vidoli, la bruja más genial de todo el mundo. Están en mi propiedad y pueden salir de ella por donde vinieron. ¡LARGO!

De repente, la televisión se prendió y en ella apareció la imagen de un cuarto colorido con cortinas blancas cubriendo un ventanal. Una muchacha rolliza de cabello castaño y ondulado se veía en ella… La muchacha, de unos quince años, estaba llorando, sentada en una cama.

Farfala se le quedó viendo a la imagen… le parecía tan familiar…

Las ondeantes cortinas blancas bailaban detrás de la niña; ella se acercó a un buró, al lado de la cama, abrió un cajón y sacó un frasco blanco con etiqueta roja. Vació el contenido sobre su mano y se tragó todas las pastillas de un bocado. Un hombre alto y delgado entró en la habitación, y detrás de él iba una señora de cabello castaño y ondulado, como el de la chica.

La niña se llevó una mano al cuello –Farfala también, recordando algo, aparentemente- y luego cayó sobre la cama, que tenía un edredón rosa y amarillo.

La televisión se apagó.

-Eso era…

-¡He dicho que se vayan! –chilló la anciana- Si no lo hacen, les echaré una maldición tan potente que sus nietos tendrán diarrea toda la vida.

De entre la espesura de los árboles salió un animal lila con algunas manchas blancas. Era una gacela de los Prados de Noia, y sobre ella iba un muchacho que vestía un mameluco azul y una mascada violeta que le cubría casi toda la cara.

Pasaron frente a Vùti Vidoli y el muchacho asió a Farfala, que aún abrazaba a Alafraf entre sus brazos.

-¡Nos vemos, bruja inútil!

La mujer se quedó maldiciendo, levantado el puño.

Farfala estaba desconcertada, pensando todavía en las imágenes que acababa de observar en la televisión de Vùti Vidoli.

-Esa bruja nunca ha sido capaz de nada, salvo de encender su estúpida pantalla y espiar a la gente.

-¿Quién eres? –preguntó Farfala, aún desconcertada.

-Agárrate bien… Totoba está cerca.

La gacela de los Prados de Noia comenzó a brincar tramos más largos, y pronto dejaron el espeso bosque. Frente a ellos se erigía una gran montaña color lima.

-He detectado que Totoba está en esa montaña… Creo que es hora de que regreses a tu mundo…

-¿Mi mundo?

-Sí, tu mundo… Siento que ya entendiste un poco más las cosas... Tal vez no lo demuestres mucho, pero sé que has aprendido algo…

-No te entiendo… -murmuró Farfala, mientras la gacela brincaba trechos larguísimos.

-Un viaje en un sentido tiene sentido… no es necesario regresar por tu camino si siempre tienes horizontes… Nunca hagas paradas en estaciones ni trates de llegar a confines desconocidos… lo único que importa es que tengas horizontes siempre presentes, tal como los tiene el Carrusel Frenético.

Detrás de una montaña contigua salió el Carrusel Frenético, que se movía con violencia. Las vías iban directo a la cima de la montaña color lima.

La gacela saltó hasta el Carrusel Frenético, (Farfala casi se cae cuando aterrizaron) y dobló las largas patas para que bajaran de su lomo.

-El Carrusel Frenético te guiará a Totoba… mucha suerte –murmuró el joven, ayudando a Farfala a bajar, pero tomando a Alafraf entre sus brazos.

-¡Alafraf!

-Él se quedará conmigo… ya no es necesario que te acompañe, pues él sólo debía evitar que llegaras a Totoba… -montó sobre la gacela, que de nuevo estiró las patas- Por cierto, me llamo Zatofidan… o al menos ese nombre me diste.

-¿Te di?

La gacela saltó y el Carrusel Frenético volvió a dar una sacudida. Frente a ellos estaba una gran estrella de luz amarilla que emitía un sonido como el de CiGuarda.

-¡Suerte en Destinazione Paradiso! ¡Es buen mundo para VIVIR!

Farfala miró hacia un costado. Alafraf le gritaba entre los brazos de Zatofidan.

Totoba estaba a pocos metros de distancia; Farfala estiró los brazos, sintiendo la calidez extraña de la energía LuTroFo recorriendo su cuerpo…

Pi… pi… pi…

Una muchacha rolliza de cabello ondulado y castaño, de unos quince años de edad, abrió los ojos. Se encontraba en una habitación blanca, con muchos aparatos alrededor; uno de ellos era el que emitía aquel inquietante pitido. En la pantalla negra del aparato se veía una línea verde que hacía grecas. Al lado de la cama donde se encontraba la muchacha estaban dos personas: una era una mujer de cabello castaño, con profundas ojeras y expresión cansada; el otro era un hombre delgado de nariz prominente. Ambos descansaban recargado el uno contra el otro.

-Papás… -murmuró la chica.

Los señores abrieron los ojos. Inmediatamente sus ojos se llenaron de lágrimas y se levantaron abruptamente, balbuceando cosas, sin saber si reír o llorar. La mujer parecía deseosa de lanzarse a los brazos de la muchacha, pero el señor la detuvo.

-¿Estás bien? –inquirió el hombre, cuya voz se quebraba, al tiempo que se enjugaba las lágrimas del rostro.

-Sí… -contestó la niña, también con los ojos llorosos- Llegué a Destinazione Paradiso…

Jorge Antonio Becerra Villa

16



Return to Top